“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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Tan ardiente como el beisbol

sábado 1 de junio de 2019

Hoy por la tarde, como cada vez que el equipo local anida en casa, mi novia y yo iremos al partido. Wendy es adicta al beisbol, también a otras cosas, pero por el juego y el ambiente bullicioso del estadio siente algo especial; de hecho cada situación, cada momento, acaba por expresarlo en términos beisbolísticos. Particularmente debo decir que lejos de incomodarme más bien me agrada, y desde luego me sumo y le sigo la corriente. Ella, como buena gringa, conoce a fondo los detalles del juego, incluso va más allá. Por ejemplo, la primera vez que la besé masculló una frase en español que apenas entendí:

Más allá de cada jornada, donde nos amoldábamos en una relación sólida, hurtaba a las noches algo de tiempo para repasar la historia del beisbol.

—Al fin has pisado la primera base.

What! —respondí.

Nothing!

Cuando aconteció, hacía unas pocas horas que acababa de conocerla.

Días después nos vimos en casa de un amigo. Unos compañeros de trabajo habían preparado una reunión sorpresa para una secretaria que estaba de cumpleaños y allí fuimos a parar. Era muy temprano, de modo que nos acomodamos en la sala y comenzamos a ver televisión. A esa hora pasaban The Big Bang Theory. Poco después, durante el episodio ocurrió una situación sumamente curiosa: Bernadette le pregunta a Howard: “¿Dónde llegará nuestra relación después de la tercera cita?”. Entonces Howard respondió que por lo menos hasta la segunda base. Al principio quedé como Bernadette, en las nubes, pero luego la cuestión se fue revelando por sí sola. Fui incapaz de interrogar a Wendy sobre el asunto; sin embargo, esa misma noche la incógnita quedó despejada: en medio de un encuentro ardiente y profundo fue la primera vez que alcancé el home, es decir, anoté la primera carrera. ¡Qué carrera!

Después de aquella experiencia se inició un largo camino cuya exigencia mereció mis dudas. Más allá de cada jornada, donde nos amoldábamos en una relación sólida, hurtaba a las noches algo de tiempo para repasar la historia del beisbol. Necesitaba conocer la jerga hasta ponerme al día. Luego de manejar el tema con indudable amplitud, me interesé por el trabajo de los lanzadores (pícher). A finales de los setenta, por ejemplo, los Orioles de Baltimore disponían de la rotación de abridores más efectiva de todas las grandes ligas. Los lanzadores: Palmer, McGregor y Flanagan, no sólo se anotaban juegos ganados con frecuencia sino que además recorrían los nueve innings. Cubrir esa ruta requería habilidad, control y, muy importante, fuerza y condición física. Hoy en día es cosa del pasado, los lanzadores relevistas, quienes rescatan a los abridores, tienen ahora un enorme peso específico. A todas estas la única certeza era que, aunque en la vida real soy un lanzador bastante regular, estoy lejos de ser un lanzador de los setenta; ello quedó demostrado una noche cuando, ya entrada la madrugada y luego de haber empapado las sábanas con chorros y chorros de sudor, Wendy preguntó:

Can you pitching two innings more?

What! —reclamé irritado y casi moribundo.

Is it a “no”?

Yeah! ¡Coño!

La amaba, la amaba con todo mi corazón, de manera que a menudo debía prepararme física y emocionalmente.

Definitivamente los gringos se las traen, son una especie muy peculiar, sus principales intereses están orientados en lograr entornos y realidades donde resalte lo “funny”, de lo contrario, todo les resulta en “boring”. De cualquier forma fue difícil complacer a Wendy, hubiese dado mi patrimonio a cambio de saber de dónde carajos heredó ese calor tan abrumador e incontrolable. Lo cierto era que, más que una chica de Portland, cariñosa pero fría y apacible a la vez, parecía una latina ardiente y desquiciada cuya libido se disparaba a un nivel tan elevado como un pino de Oregón.

Pero la amaba, la amaba con todo mi corazón, de manera que a menudo debía prepararme física y emocionalmente no sólo para la convivencia corriente, ya de por sí complicada, sino también para enfrentar un cúmulo de exigencias que, en ocasiones, resultaron en situaciones un tanto disparatadas.

Y justamente, a pocos minutos antes de irnos al partido de esta tarde, se me arrojó encima, me abrazó, y en un tono empalagoso preguntó:

Do you think we make a quickie strike in the car?

—Está bien —respondí—, pero eso sí, que sea antes de arrancar el auto.

Y entonces, mientras se apartaba de mí manifestando cierto desacuerdo, como si fuese una niña reprendida refunfuñó:

Why are you so boring?

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