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Volkov y las horas

domingo 29 de mayo de 2022
Volkov y las horas, por Álvaro Ríos
Siempre se preguntaron cómo era posible que tocase la campana a la hora exacta sin tener reloj. Fotografía: Albrecht Fietz • Pixabay

Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2022 en su 26º aniversario

Aconteció en el siglo pasado.

Ahora vuelve a suceder.

Por alguna razón la historia siempre se repite.

La primera de ellas fue contada por un primo hace mucho tiempo, incluso ha sido reseñada en libros y revistas; pero como pocos la recuerdan, hay que volver a empezar.

Veamos entonces la más reciente:

Al este de Kiev, muy cerca de Glujov, se encuentra un pequeño pueblo llamado Suvodar. Dicho lugar, además de ser un sitio olvidado en un rincón del planeta, tiene una característica bien curiosa: allí jamás han tenido relojes. En el campanario de la iglesia se puede observar uno, pero lleva años detenido, quién sabe cuántos… Según dicen, ni Volkov ni su padre lo vieron andar.

Volkov, hasta hace unos días, fue el campanero de la iglesia. La gente solía decir que era tan viejo como el viento de Siberia. Incluso siempre se preguntaron cómo era posible que tocase la campana a la hora exacta sin tener reloj. Tal vez escuchaba la radio, o quizá se guiaba por el sol y a veces por la luna, aunque claro, por la noche no era necesario hacer sonar las campanas: sólo las hacía sonar en los momentos de mayor importancia.

Mucho antes de que llegaran los bárbaros advirtió que tenía serios problemas para enfrentar las escaleras. Sus rodillas, resentidas por tanto tiempo de subir y bajar, ya pasaban factura, de modo que a partir de allí empezó a dar las horas disparando a las campanas con un rifle de balines que heredó de su padre.

Hace unos días despertó tembloroso. Una serie de ruidos: disparos, detonaciones, zumbidos, de pronto lo sorprendió. Cuando se dio cuenta, el pueblo se había transformado en una nube de humo y polvo.

Volkov, quien ya no podía levantarse de su silla, menos aún correr para resguardarse, permaneció sentado mientras a su alrededor hileras de escombros se amontonaban ante sus ojos.

Milagrosamente salvó la vida.

En horas del mediodía, el pueblo parecía una morada cuya respiración se resumía en breves lamentos. Aun así, se mantuvo inmutable, sentado en su silla con el rifle adherido a su pecho.

Ya entrada la tarde, un grupo de soldados arribó a las ruinas de la iglesia. Al verlo lo levantaron y le quitaron el rifle.

Desde entonces, aquel pueblo se quedó sin las horas.

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