Saltar al contenido
Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

La herradura entre las zarzamoras

• Martes 5 de junio de 2018

“Más espacio del que soñamos”, de Leonardo Espinoza Benavides

Nota del editor

Acaba de ser publicado Más espacio del que soñamos, un volumen que reúne diecinueve relatos de ciencia ficción del escritor chileno Leonardo Espinoza Benavides que será presentado en Viña del Mar el jueves 21 de junio de 2018, en el marco del 6º Ciclo de Literatura Fantástica Chilena, y el sábado 28 de julio en la 7ª Feria del Libro de Villa Alemana. Hoy presentamos a nuestros lectores uno de los cuentos que componen el libro.

Más espacio del que soñamos
Leonardo Espinoza Benavides
Cuentos
Editorial Puerto de Escape
Santiago de Chile, 2018
ISBN: 978-956-8648-71-8
304 páginas

La brisa fresca del campo iba mimando arbustos, matorrales y malezas. Iba meciendo con holgura y sencillez las hojas de las copas de los árboles, dando movimiento al sombreado que descendía de lo alto hasta la tierra del camino, por donde el viento levantaba sólo aquellas partes aún no apelmazadas por los apacibles andariegos. Los montes se asomaban dispersos y expectantes, jubilosos vigilantes de las andanzas de sus lomas, dueños orgullosos del relieve del paisaje y acogedores mensajeros del guardián cordillerano en lontananza. Las aves y sus bandos aportaban desde la altura su propia impronta fugaz al trayecto terroso y empolvado, sumándose a las sombras del caballo y de su colindante cuidador, quienes caminaban escoltados por zancudos y mosquitos. De vez en cuando zarandeaba un tábano rebelde.

Avanzaban por la senda caminando sin apuros. No había razón alguna para apurarse en estos lados. El tiempo no parecía presionarlos; parecía, más bien, esconderse entre las hierbas simulándoles su ausencia, mostrándose tan sólo en el cansancio y en las marcas de sus cuerpos. El suelo que pisaban no se perturbaba por el paso de los días, por el lento paso de las horas que abrazaban tiernas a sus espectadores, firmes sobre ellos, sujetándolos y recordándoles que aquí, donde el pasto crece libre y es comido varias veces por las vacas, no necesitan agitarse al deambular. A veces, sin embargo, estas horas parecían apretar un poco fuerte, un tanto autoritarias y celosas de sus cuentos alegóricos.

El camino era un camino tranquilo.

—¡Vamos, Baldomero! ¡Ya va quedando menos! —dijo el cuidador.

Hasta el terreno al que debían llegar quedaba todavía un buen tramo. En la misma dirección y con el mismo destino discurría, a un costado, un delgado arroyo de aguas marrón, recipiente de curiosos y frugales pececillos que nadaban según la corriente les mandara.

—¡Estamos viejos, Baldomero! —suspiró risueño—. Todavía nos queda un buen poco… O ni tanto en verdad. Una hora más yo creo.

Se detuvo y destensó la rienda con la que guiaba a su camarada. Miró hacia delante, hacia el campo y su extensión, disfrutando de una bocanada de la brisa revitalizante.

—Ya, bueno —dijo al darse vuelta y enfrentar al animal—, descansemos un poco. Andamos bien con la hora —se acercó al caballo y le dio una palmada confortante sobre el cuello. Repitió el agasajo y le sintió el sudor—. ¡Estás mojado entero, Baldomero! ¡Estás empapado!… Ya, no te preocupes; ya va quedando poco.

Se desplazó hacia el borde del camino y se sentó sobre una roca. Dejó que Baldomero bebiera del arroyo.

—Ah… Que estamos viejos, Baldomero —se sacó la chupalla y la tendió en su regazo. La terminó por ocupar para espantar a los zancudos que le zumbaban en la oreja. Baldomero se las arreglaba con la cola—. ¿Te acuerdas de la Mercedes, Baldomero? ¡Si se la comían entera los zancudos! —se reía—. Pobre la chiquilla. La otra vez se fue con el ojo todo hinchado, no lo podía ni abrir; se veía refea la pobrecita. Qué va a querer volver. ¡Esa Mercedes se fue más enojada! Y a uno que no le hacen nada estos bicharracos…

Baldomero sacudió un poco la cabeza para acomodarse entre las riendas.

—Démosle. Hay que seguir.

Estuvieron nuevamente en su marcha campestre, custodiados por la sucesión de zarzamoras que también saciaban su sed con el escueto arroyo. Al lado contrario, hectáreas de rumiantes esparcidos en su letargo e inocencia, con sus rostros necios y sinceros, siempre masticando algo de pasto, seguros de su refinamiento.

—¿Le seguirán cayendo mal las moras a don Alberto? —preguntó mientras sacaba el pequeño fruto púrpura de la zarza—. El señor ese estaba convencido de que si comía y comía iba a hacerse resistente —sopló el racimo miniatura y lo ingirió—. ¡Después pasaba el día entero sentado en el baño!

Al frente divisaron la pequeña casita de adobe que resguardaba los austeros terrenos del patrón. No tenía más caballos ni tampoco algún otro cuidador. Habían ya pasado las primaveras ecuestres que dejaran su lugar ante la hegemonía del cultivo y el ganado.

Cruzaron una endeble entrada de madera.

—Llegamos, Baldomero. Nada más por hoy —dijo cerrando los palos que marcaban su ingreso. Dirigió al caballo hacia su establo y buscó luego la manguera.

Mientras llenaba el bebedero de su camarada, escuchó que lo llamaban:

—¡Jacinto!

—Me llama el patrón, Baldomero. De ahí te vengo a dar comida. ¡Voy, patrón! —gritó.

Estamos mal de plata, Jacinto. Ahora sí que estamos mal.

El sol ya se había posado tras las montañas más pequeñas que apuntaban a la costa, reemplazándose el celeste por los indicios del violeta y del naranja, con los saltamontes empezando su incesante melodía. Al cuadro se sumó un relinche.

Jacinto caminó hasta donde lo esperaba su patrón.

—¡Cómo está, patrón!

—¡Bien, pues, Jacinto! ¿Cómo estuvo la cosa hoy día?

—¡Aquí estamos! Ese Baldomero llegó mojado entero, ¡pero llegó!… Estamos muy reviejos, patrón.

—Ya estamos todos viejos ya… Mientras no nos falte chicha, o un vinito, no hay problema.

—¡Mientras no nos falte el ponche del patrón! —dijo Jacinto, jovial.

—¡Mira con la que saliste, diablo!… ¿Y qué sabes tú, Jacinto? Para ti es la misma cosa nomás, ¿o no? —dijo el patrón, poniendo un brazo sobre el hombro del cuidador para arrimarlo al interior de la casita.

—¡Cómo está, señora! —preguntó una vez adentro, sacándose cortésmente la chupalla. Ella respondió que estaba bien; guardó unos platos y tapó la olla de la cazuela, adentrándose después por el pasillo hasta su pieza. A Jacinto no le había parecido muy alegre su respuesta—. ¿Le pasa algo a la patrona, don Mateo? —preguntó en un murmullo, mientras un interruptor era apretado para iluminar la oscurecida habitación. Jacinto pudo ver los ojos rojos del viejo campesino—. ¡Oiga, patrón!, ¿le pasa algo?

—Más o menos, Jacinto.                                                      

—¿Anda con pena, don? —consultó tras verle el rostro congestionado y rubicundo—. ¿Le pasó algo a la Julita?

—No, no, la Julita está rebién. Le ha ido bien con el trabajo y la casa la tiene tranquila.

—¿No es nada con el tontorrón ese?

—No, Jacinto, nada que ver con ese jetón.

—No me diga que otra vez el problema de la tierra con el viejo, ese Fernández… ¡Cuándo va a dejar de molestar el cabezón!

—Tampoco es eso… Estamos mal de plata, Jacinto. Ahora sí que estamos mal.

Don Mateo le hizo un gesto indicándole tomar asiento. Los sillones de la sala relucían sus décadas de antigüedad a través de un verde desgastado y unas cuantas rasgaduras. Jacinto dejó su sombrero en un costado y su patrón, sentado frente a él, tomó la taza de té que reposaba en la mesa baja del centro de la estancia.

—¿Está muy fea la cosa, patrón? —dijo Jacinto, dejando de lado el tono de sus elucubraciones previas. Hacía tiempo que no veía de este modo a don Mateo, tan abatido y compungido, mucho más viejo de lo que estaba él y Baldomero.

—Muy fea —meció su taza y Jacinto pudo ver que el contenido era de un rojo oscuro. Dudó que oliera a té—. Ya no puedo mantener la tierra, Jacinto. Voy a vender el terreno y me voy a quedar con este pedacito de la casa a vivir lo que me quede. Con la vieja vamos a vender unos choclitos y con eso nos debería alcanzar para nosotros dos, lo justo nomás.

—¿Y sus hijos, patrón?

—Cada uno anda en lo suyo. Les va bien. Uno está en la capital. No los vamos a molestar con la vieja. Ya les contamos ya… Les contamos todo —dijo con la voz quebrada.

—¡Mensa noticia, pues, patrón!… ¿Y le ofrecen buena plata?

—No mucha, pero es algo por lo menos.

Jacinto se sentía inquieto. No encontraba cómo preguntarle a don Mateo, pero sabía que el viejo no iba andar soltando lagrimones por vender un pedazo más de tierra, por mucha que ésta fuese. Intentó negar la intuición que le acechaba; enderezó la espalda y esperó a que su patrón se pronunciara.

—Jacinto…, ya no te puedo mantener.

No necesitaba de mucha clarividencia para haber estado en lo correcto.

—Patrón…

—Y vamos a tener que vender al Baldomero también.

El viejo se tomó la chicha de un solo trago y precipitó después el vaso sobre la mesa. Dio una sonora inhalación y se frotó el rostro con la mano.

—Oiga, patrón, pero el Baldomero ya está viejo ya, pues… ¿No lo vaya a andar vendiendo al matadero? No, patrón, ahí sí que no…

—No, no…, no. No lo van a faenar… El Baldomero me lo va a comprar el flaco Astorga y se lo lleva a un terrenito en San Vicente.

Hoy es tu última noche aquí en la parcela, Jacinto —dijo Mateo, parándose en busca de la garrafa y otra taza—. El contrato está firmado ya… Mañana se lo llevan todo.

Jacinto miró a su alrededor, un tanto aliviado pero aún dubitativo. La sala en la que estaban tenía una sección reconstruida con madera todavía a medio terminar, consecuencia del último temblor que remeció el enclenque adobe de la casa. La luz mortecina escogía con delicadeza los rincones donde reposarse, y a Jacinto se le hacía claro que la noticia aún no había concluido. Sintió que la nostalgia pronto lo reclamaría: ya podía predecir que ésta iba a ser su última noche en la parcela.

—El contrato dice que el terreno me lo compran con el metal incluido, por pieza, y ellos ven qué hacen después —dijo el viejo apretando la mandíbula; los párpados hinchados.

—Así los venden, patrón…, con todo lo que haya nomás.

—Hoy es tu última noche aquí en la parcela, Jacinto —dijo Mateo, parándose en busca de la garrafa y otra taza—. El contrato está firmado ya… Mañana se lo llevan todo —dijo en su camino a la cocina, con las palabras ya soltadas, ocultando su semblante taciturno.

Y tal como Jacinto anticipó, la melancolía se hizo dueña del humilde cuidador. Sus andares se despojaron del concepto de rutina y se convirtieron en ese mismo instante en recuerdos de otros tiempos. La ventisca de la tarde y las colinas somnolientas adoptaron el gusto de dulces añoranzas, de la lejanía incierta, desvalijada, embellecida por su ausencia.

Don Mateo había vuelto con la ronda para ambos; un simbolismo.

—Treinta años estuvimos juntos —dijo su patrón—. Una vida entera… Espero que nunca le haya faltado nada, Jacinto.

—No, patrón, no me ha faltado nada. Siempre me han tratado bien aquí.

—Jacinto, usted es un hijo más de esta familia… Se lo digo en serio… ¡Ya! ¡Salud!

Brindaron para no dejar que la tristeza les tumbara, para no mostrar debilidad ante el campo firme que los había curtido con sus penetrantes amaneceres.

—Los voy a echar de menos —dijo Jacinto—. Despídase de mi parte a la señora, patrón. Dígale que gracias por todo. Si me permite, don Mateo, voy a pasar la noche en el establo, con Baldomero.

—Como quieras, Jacinto. Les voy a decir a estos cachetones que eras un buen trabajador…, el mejor. Voy a hacer lo posible para que caigas en buenas manos, Jacinto. Lo prometo.

Los huasos se despidieron y Jacinto salió a la noche despejada.

Se encaminó bajo el abrigo lácteo de la Luna que alumbraba el recorrido hasta el establo, iluminando con sus tonos grises los parajes del mundo serenado. Anhelaba un día más de su jornada sosegada, de los largos recorridos con terrales imprevistos que asustaban con leyendas y relatos fantasmales; un día más con las gallinas y los gansos y los chanchos. Pero era tiempo de partir y dejar atrás sus peripecias, entregárselas al aire y a la historia de la vida. Una vida entera aquí en el campo.

¡Tranquilo! ¡Tranquilo! ¡No es de ingrato! Tú sabes que a mí me gusta mucho esta parcela, y que don Mateo de verdad nos trata como a uno de los suyos… Pero nosotros no somos realmente hijos de nadie.

Baldomero lo esperaba muy parado en su camastro hecho de paja.

—Mi querido viejo, perdona la demora —dijo el cuidador—. Ya estás muy viejo para andar durmiendo parado… Acuéstate un rato, que yo por lo menos me voy a echar aquí esta noche.

Se encargó de rellenarle la reserva de heno y fue en busca del cepillo.

—Bueno, quédate parado nomás. Hoy es nuestra última noche, viejito —dijo mientras comenzaba a cepillarle su pelaje pardo—. El patrón nos tuvo que vender. Pero no es culpa suya… No hay para qué pensar tonteras —le iba comentando—. Tú y yo sabíamos que esto nos podía pasar, que algún día podía pasar. Somos iguales, Baldomero, los dos. Somos peones, viejo mío, eso es lo que somos. Peones felices, eso sí —Baldomero había comenzado a relinchar—. ¡Tranquilo! ¡Tranquilo! ¡No es de ingrato! Tú sabes que a mí me gusta mucho esta parcela, y que don Mateo de verdad nos trata como a uno de los suyos… Pero nosotros no somos realmente hijos de nadie. No me quejo, eso sí —cepillaba a la altura de las costillas del caballo—. Está bien…, es lo que nos tocó nomás, pues, y por lo menos en eso nos tocó rebién, ¿o no?

Jacinto terminó el aseo y acarició la crin de Baldomero.

—Déjame mirarte esas patas —le dijo—. Mañana se va todo el metal, así que las herraduras… hasta ahí te llegaron nomás… No, Baldomero, ¡es broma! ¡Ya, tranquilo! Era broma nomás —rio—, pero mis suelas de metal sí que se las llevan. ¡Yo me quedo en pelota!

Terminó de revisar al animal, fijándose en que no tuviera heridas en sus largas piernas ni en otra parte de su cuerpo desgastado. Le pasó la mano por la frente antes de improvisar su lecho con el forraje personal de Baldomero.

Se tendieron juntos.                                                            

—Última noche, Baldomero. Lo pasamos bien nosotros dos. No nos podemos quejar, ¿cierto? —dijo mirando al equino—. Y pensar que yo te recibí como potrillo. ¡Así es la vida, pues! Bonita nomás… Así es la vida.

Desde donde reposaban se observaba el firmamento con todos sus detalles. Un universo abierto ante sus ojos tan pequeños, tan pasivos. La noche hacía su respectiva reverencia sin ninguna nube de invitada, y los astros, en su inmensa multitud, servían el banquete a sus contiguos comensales, demasiado lejos como para considerar a los dos observadores del establo.

—¿Te acuerdas de don Horacio, Baldomero? Hace un par de años me explicó que las estrellas que se mueven hacia los lados son en verdad satélites, que se supone están girando alrededor del cielo, y las otras estrellas, las que se mueven para arriba o para abajo, son los cohetes, donde van los ricachones, los regalones de don Jecho. Don Horacio me dijo que casi todos viajan hasta Marte, pero que otros van incluso hasta más lejos, ¡hasta Plutón!… Deberíamos ir nosotros dos también —soltó una risa—, a Marte que sea. ¿Cómo sabes si allá están contratando a puros viejos como nosotros? Quién sabe…

El dinamismo de aquel cielo ennegrecido era impresionante, con sus millares de puntos relumbrantes que ascendían y bajaban, que ondulaban y enlazaban, que danzaban alrededor de otras pequeñas cabezas de alfiler que tintineaban a un ritmo indescifrable.

Jacinto continuó:

—Y pensar que a algunos de nosotros se los llevan para allá. Yo he escuchado que también se han llevado caballos, Baldomero. A mí igual me da miedo, eso sí. De seguro a ti también, no salgas con cosas. Imagínate subirte a uno de esos cohetes y partir para allá arriba, ¡quizá hasta dónde! No… ¿Y si explota la cuestión y me quedo por ahí flotando? Estoy bien aquí yo —estiró una mano hasta la pierna de Baldomero, acariciándole—. Yo sé que hay varios como yo que los programan para pilotear esas cuestiones. ¡Eso me podría haber tocado a mí! —palmoteó con cariño la pata del caballo—. No me acuerdo cómo fue que me trajeron hasta acá. Sólo me acuerdo de don Mateo. Me imagino que tú también. En una de esas después me reprograman… No creo… Estoy muy viejo encuentro yo. Tú vas a vivir más que yo, Baldomero; acuérdate nomás. ¿Sabías que en la capital no se ve ni una cuestión de noche, en el cielo? Dicen que es porque tienen mucha luz.

Jacinto recogió el brazo estirado y cruzó ambos tras su nuca. Sentía pena. Le entristecía recordar que aquella era su última velada. Tal vez nunca más volvería a ver a Baldomero, o al establo, o a don Mateo; a los árboles con sus sombras misteriosas, y a los cerros y a las montañas recelosas.

Baldomero, yo me voy a programar para dormir; prefiero estar dormido cuando pase, así se le hace más fácil también a don Mateo.

Cayeron lágrimas por sus mejillas.

—Se supone —explicó a Baldomero— que las lágrimas están hechas para cuidarnos los ojos, para la mugre y esas cosas… ¿Por qué será que salen cuando estamos con pena, Baldomero? —dio una pausa, conmovido por sus propias palabras—. A ti no te salen, pero incluso yo puedo llorar, y eso que estoy hecho de metal… Es raro, ¿no?… Mi buen Baldomero, viejo pillo… ¡Oh! ¡Mira ese! ¡Mira ese cohete! ¡Va como petardo para arriba! ¿Lo estás viendo? ¡Ahí deberíamos ir nosotros dos! ¡Ahí! ¡En ese! ¡En ese cohete!

Siguió con su dedo el resplandor de la astronave y la siguió en su recorrido hasta que el techo del establo le cubrió su trayectoria. La imagen le llenó de tranquilidad, un último gozo inofensivo, y luego… sólo quietud y placidez.

Y así los observó la Luna por al menos una hora, interrumpida en ciertos puntos por manchones que giraban en torno a ella.

—Bien, Baldomero, es tiempo de dormir —comenzó a decir Jacinto—. Fue un buen día…, un día largo y harto cansador. ¡Harto que caminamos, pues! Tú quedaste empapado, de hecho, acuérdate, así que ahora ya es tiempo de echarse a descansar; a pegarse una buena pestañeada. ¡A ti ya se te andan cerrando las pepas!… Baldomero, yo me voy a programar para dormir; prefiero estar dormido cuando pase, así se le hace más fácil también a don Mateo. Mañana me tiene que desconectar. Me van a desarmar. Pero yo no me voy a dar ni cuenta. Yo voy a estar durmiendo a pata suelta, aquí al lado tuyo, como un tronco, para siempre, mi viejo. Así que mañana, cuando venga el patrón y traiga una herramienta media rara, no relinches tanto. Él también va a estar con pena, Baldomero, así que hay que portarse bien, pues. Acuérdate mañana de estarte tranquilo. No te asustes, que todo va a estar bien. Buenas noches, Baldomero. Duerme bien.

Leonardo Espinoza Benavides

Leonardo Espinoza Benavides

Escritor chileno (San Fernando, 1991). Es médico cirujano de profesión. Autor de Más espacio del que soñamos (Antártica, 2018). Fue miembro de la Washington Science Fiction Association (WSFA) y expositor de la primera participación chilena en la convención Capclave de Estados Unidos. Ha publicado ficción y no ficción en Dos Disparos Magazine, El Sitio de Ciencia Ficción, Editorial Puerto de Escape y WSFA Journal, entre otros.
Leonardo Espinoza Benavides

Textos recientes de Leonardo Espinoza Benavides (ver todo)