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Mercurio

viernes 24 de mayo de 2019
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Mercurio, por Leonardo Espinoza Benavides

Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2019 con motivo de arribar a sus 23 años.

No hubo tiempo para peinarse ni mucho menos para cambiarse de ropa. El traje de turno que llevaba puesto desde las últimas treinta y seis horas se le antojaba a esas alturas un tanto oleoso, un tanto demasiado adherido a su propia piel escamosa.

Caminó desde su residencia, que no era más que un sofá gastado al lado de un camarote enclenque, lámpara incluida, directo hacia la salita donde le correspondía realizar las consultas matutinas. Eran las ocho de la madrugada, hora local, y en treinta minutos llegaría el primer paciente. De seguro alguien más con deshidratación severa, pensó; hacía tiempo que no llegaban simples resfriados. No ahí, al menos, con ese clima infernal que bordeaba los cincuenta grados Celsius. En la sombra.

Tenía treinta minutos. Sólo treinta minutos. Y, verdaderamente, nada más.

—Doctora Rodríguez, ¿qué hace acá?

La voz venía de un hombre joven, de traje celeste, que se había asomado desde la compuerta al verla sentada frente al computador. Sudaba profusamente.

—Tengo pacientes hasta mediodía, José —respondió, sin desviar en lo más mínimo su vista desde el monitor. Los minutos corrían como si también escapasen del calor.

—¿No viene con nosotros?

Si no lo envío ahora después no alcanzo a cumplir el plazo. El viaje hasta la Tierra es largo y arriba no nos dan señal. Tengo que escribirlo.

—Me voy más tarde —dijo cortante—, en el transbordador de las dos —recalcó distraída. Su concentración estaba en el documento en blanco que ya tenía abierto.

—¿Está segura? ¿Está segura de que vendrán pacientes?

—José, no es cosa mía, tengo que cumplir con el horario —comenzaba a bambolear los dedos sobre el teclado, buscando letras, buscando palabras, con los pulpejos húmedos, con las manos llorando.

—¿Qué está haciendo, doctora?

—¡José! —exclamó y se contuvo de inmediato. No era culpa del muchacho—. Tengo unos veinte minutos para dejar un documento listo y alcanzar a enviarlo. Si no lo hago ahora después no tendré cuándo.

José entrecerró los ojos, apuntando hacia el texto que la doctora escribía. Cuando entendió lo que veía, sus cejas se alzaron y elevaron los párpados en una tracción controlada:

—¡Es del cuento que le pidieron!

—Sí, es eso —dijo todavía ensimismada, pero sonrió ligeramente ante la revelación de su auxiliar—; si no lo envío ahora después no alcanzo a cumplir el plazo. El viaje hasta la Tierra es largo y arriba no nos dan señal. Tengo que escribirlo.

José la miró unos segundos en silencio y ella sintió aquella mirada. Susana Rodríguez conocía esa forma de ser observada, pero no sabía distinguir todavía cuando se la dirigían en gesto respetuoso de aprobación o bien en sentencia de su triste insensatez.

Después de un instante, José habló:

—Espero leerlo después. La dejo de molestar, doctora. Ojalá que alcance —y se retiró.

Tanto contenido en esas frases. Pero Susana no tenía tiempo para darle vueltas a un juicio encapuchado al cual ya estaba acostumbrada. La cierto es que poco le importaba si leían o no su cuento. Para ella, esto era un tema de sobrevivencia personal. Si no lo hacía, significaba una derrota sin comparación, definitiva. Significaba que había perdido la batalla contra todo lo que le rodeaba. Era médica, sí, pero primero era escritora. Y si no tenía tiempo para escribir, por mucho que el hospital se estuviera derritiendo en esos momentos y la evacuación fuera inminente, entonces qué sentido tenía lo demás, cómo podría dormir por las noches sin flagelarse por su cobardía. Entendía su rol, lo hacía de la mejor forma posible, pero simplemente no podía permitirse aquel lujo. Las flores sin agua se marchitaban irremediablemente.

Escribió.

Escribió y se fue vigorizando.

La historia la pensó durante la noche, mientras hacía ronda y evaluaba a los pacientes hospitalizados. La trama sería en torno a un personaje que había decidido llamar Manuel Fuenzalida. Al igual que ella, habría sido asignado por orden ministerial a este hospital en el lado adaptado de Mercurio. Él sería uno de los mecánicos encargados de la mantención del sistema de acondicionamiento climático. Sin realmente entender qué había pasado, sería el primer testigo de la falla de los mecanismos, el primer paso hacia la lenta fulguración de toda la base. Coincidiría con las protestas de los funcionarios y con los subsiguientes disturbios originados ante los oficiales que enviaran para detener la marcha. En ese contexto, Manuel batallaría su propio conflicto interior, sin estar del todo seguro si el error había sido culpa suya o si bien podía simplemente inculpar los eventuales daños ocasionados por los manifestantes.

La historia era mediocre y con la poca revisión que alcanzó a darle quizás estaba incluso mal escrita. Pero no importaba.

Sí, de eso sería su historia.

Aún no tenían un informe oficial respecto a lo que realmente pasaba allí en su hospital. Las condiciones propias de este planeta probablemente serían suficientes por sí solas para explicar los desperfectos, sumado a un trabajo hecho sin mucha delicadeza. Por más que esto fuera Mercurio, la realidad solía terminar siendo bastante anticlimática. O al menos así se encargaban de comentarla.

Teclado empapado, Manuel Fuenzalida desesperado, el hospital derritiéndose en papel, en pantalla y en concreto. Le quedaban diez minutos para cerrar el relato y enviarlo a la comisión que le había encargado participar en una antología que preparaban. Era una escritora del montón, sopesaba ella, pero había sido una invitación a la cual no podía defraudar. De eso dependía su propia integridad, su propio tratado de paz aún en tiempos de conflictos.

Y terminó. Posó las manos sobre el escritorio, victoriosa. Respiró profundo, viva, muy viva. Había alcanzado. Llenó las últimas solicitudes del documento y lo envió a través de la red a la dirección solicitada.

Eran las ocho y treinta de la mañana y el primer paciente había llegado. Deshidratado, seguramente. Tomó el citófono de la consulta y llamó:

—Don Rodolfo Villavicencio, consulta número tres. Don Rodolfo Villavicencio, pasar a consulta número tres.

Llegó un pobre anciano maltrecho, seco como el desierto, la piel craquelada, y Susana Rodríguez lo recibió en su pequeña salita. Ya sabía lo que tenía que hacer y lo haría con amenidad, cumpliendo quizás con órdenes un tanto forzadas, pero libre al final del día. Libre como sólo sus letras se lo permitían.

Mientras le pedía a don Rodolfo que se recostara en la camilla, echó un último vistazo al correo que había enviado. Según el sistema, había sido despachado y recibido correctamente. La historia era mediocre y con la poca revisión que alcanzó a darle quizás estaba incluso mal escrita. Pero no importaba. Tal vez nadie lo leyera, y no importaba. Tal vez a tan sólo un pobre individuo le gustara: eso sí importaba, pero no en ese preciso momento. Lo que importaba ahora es que había sido fiel a lo que su coherencia mandaba. Las flores regadas, el girasol apuntando hacia el sol. Y el sol ardiente de Mercurio que era implacable, aunque no pudieran verlo directamente desde el hospital.

Le llegó un mensaje a su ordenador: para cuando se dirigiera a las plataformas de evacuación, debía buscar el transbordador cuyo piloto se llamaba Manuel.

Leonardo Espinoza Benavides
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