Saltar al contenido
Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

Circo de sesenta segundos

• Martes 19 de junio de 2018
Siempre viajar, siempre cambiar
Pasen a ver el circo
Otro país, otra ciudad
Pasen a ver el circo
Es magistral, sensacional
Pasen a ver el circo
Somos felices al conseguir
A un niño hacer reír
Había una vez un circo
Que alegraba siempre el corazón
Que alegraba siempre el corazón
Miliki
Payaso español
Sevilla, 1929; Madrid, 2012

Nuevamente llegó la hora del espectáculo; todos están sentados cómodamente en sus asientos, las luces rojas iluminan una de las cuatro pequeñas pistas y aunque no hay aplausos los dos malabaristas se sitúan en el centro; la mayoría del público los ve sin mucho interés ni expectativa; es como si todos los presentes pensaran: “¿Otra vez los mismos zanqueros?, pero bueeeno, está bien, ya que estamos aquí, hay que verlos”.

No falta la música —el otro ingrediente imprescindible para cualquier circo que se respete—, pero lo que suena pareciera no armonizar con el espectáculo: una vieja versión de El cantante de Héctor Lavoe acompañado por la Fania suena a todo volumen, pero las cornetas —aunque grandes— están mal distribuidas y el sonido no llega con igual nitidez e intensidad a todos, mientras el dúo hace una exuberante reverencia al público y Héctor nos ofrece:

Desde lo alto de sus zancos, saca dos pequeñas antorchas las cuales ha atado al final de sendas guayas de freno de bicicleta, las enciende y comienza a girarlas con mucha velocidad alrededor de su cuerpo.

—Vinieron a divertirse, y pagaron en la puerta, no hay tiempo para tristezas, ¡vamos, cantante, comienza!

A la chica se le nota, claramente, que es novata en esto de los zancos; da algunos traspiés al enredarse con los grandes pantalones a los que les sobran dos o tres tallas, pero —con más arrojo que gracia— se mantiene arriba de sus zancos y comienza a realizar malabares con sus tres viejas pelotas de goma, de esas con que se hacen jonrones en los estadios del recreo. No hay aplausos, tampoco abucheos, sólo una espesa indiferencia que duele hasta en el alma.

—Y nadie pregunta si sufro, si lloro, ¡si tengo una pena que hiere muy hondo!

Un chiquillo —aún con su uniforme amarillo de preescolar— la observa admirado desde el asiento de atrás en donde su madre lo ha sentado, se le queda mirando y por un breve instante sus miradas se cruzan; la chica se llena con la admiración del chicuelo y se siente como la estrella principal del Cirque du Soleil, pero en eso el niño se da cuenta, le da pena y se esconde detrás de su madre. La conexión se rompe.

—¡Yo soy el cantante y mi negocio es cantar, a los que me siguen mi canción vine a brindar!

El joven demuestra un mayor manejo de los zancos, es el fruto de los cientos de veces que ha realizado el mismo acto. Desde lo alto de sus zancos, saca dos pequeñas antorchas las cuales ha atado al final de sendas guayas de freno de bicicleta, las enciende y comienza a girarlas con mucha velocidad alrededor de su cuerpo; ahora sí hay más miradas, una adolescente sentada al lado de su padre se le queda mirando hipnotizada por los círculos de fuego, lo mira durante unos largos cinco segundos hasta que su padre la distrae con un comentario, ambos se ríen.

—Y sigo mi vida, con risas y penas, con ratos amargos, ¡y con cosas buenas!

Ya han pasado los primeros treinta segundos y ahora todo se acelera, la chica se acerca al joven y alarga las parábolas de sus pelotas para permitir que su compañero pueda entreverar sus círculos de fuego entre ellas, como si se tratara de un sebucán de fuego. El resultado es seductor y atrae nuevamente la mirada del niño con uniforme preescolar, de la adolescente hipnotizada y de otros jóvenes espectadores, pero no llegan los aplausos, cuando más algunas dispersas sonrisas.

—Hoy te dedico mis mejores pregones, ¡hoy te dedico mis mejores pregones!

El circo termina sin aplausos, sin hurras, sin bis.

Ahora ambos —con una gracia que no había aparecido hasta ahora— se bajan de sus zancos y corren hacia el público con una gorra en la mano; la mayoría los siguen ignorando, pero algunos sí los ven, se meten la mano en el bolsillo, sacan un arrugado billete de 5 o 10 bolívares y lo meten en las gorras.

—Yo soy el cantante, vamo’ a celebrar, no quiero tristezas, ¡lo mío es cantar, cantar!

Pasan los sesenta segundos, la luz del semáforo cambia a verde, las ruedas y las cornetas de los carros chillan y el circo termina sin aplausos, sin hurras, sin bis, los zanqueros recogen sus peroles y se van a la otra esquina, en donde otro público ya está sentado cómodamente en sus asientos y espera el inicio de otro espectáculo; la camioneta Encava también arranca y se lleva a Lavoe y a la Fania…

—¡Si no me quieren en vida, cuando muera no me lloren!

Juan Rodrigo Rodríguez Martín

Juan Rodrigo Rodríguez Martín

Escritor venezolano (Barquisimeto, Lara, 1963). Ingeniero mecánico egresado de la Universidad Simón Bolívar, USB (1986).
Juan Rodrigo Rodríguez Martín

Textos recientes de Juan Rodrigo Rodríguez Martín (ver todo)