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Hablemos, de Octavio Santana Suarez

Antes del colapso

• Domingo 29 de julio de 2018

Aunque con un poco de dificultad, puedo escribir estas líneas para reflejar de algún modo el latente y patético estado en el que me encuentro. Mi cuerpo está cubierto con una sábana blanca. Debajo de ella siento cómo mi carne, mi sangre, mis huesos y todo aquel componente de mi pobre humanidad, se debate entre lo funcional y lo estático.

Mi cabeza, en su interior, es un infierno: los ruidos continuos me atenazan cual verdugo a su presa. Uno de esos ruidos, que suele aparecer con inusitada frecuencia, parece un taladro a toda revolución, pero que no termina de tocar ningún tejido, aún. Hay otros ruidos que compiten como en un campo de batalla; un concierto de estridencias que he llegado a distinguir, a enumerar, a clasificar hasta el punto de saber que tienen olor, temperatura, color y sabor.

Como no poseo visión ocular, me dedico a ver las cosas a través de lo que transmiten, y es como si mirara televisión todo el tiempo. Sólo que las interrupciones ocurren cuando surge un imprevisto que desvíe mi atención.

Mi vida es grata. En las mañanas siento el espectro luminoso si se trata de un amanecer soleado; o siento la timidez de un día nublado o la nostalgia de uno lluvioso.

Cuando duermo, sueño. Visito otros escenarios. Soy otra persona: bailo, canto, corro… ¡No quiero despertar!

Para mí, soñar es un lujo. Puedo disfrutar los paisajes frescos o cálidos, donde las memorias sobrevivientes me lleven.

Ahora se acerca el médico de la guardia nocturna. Son las nueve. Primero reconocerá a mis acompañantes: un paciente de ochenta años que llegó por unos días y lleva tres años aquí, sin decir nada; la otra compañía es una maestra de treintaicinco quien sufrió una caída en la calle. Mi contacto con ellos es absolutamente técnico, ya que percibo, paso a paso, todos los movimientos que genera su reclusión en este lugar.

Mi vida es grata. En las mañanas siento el espectro luminoso si se trata de un amanecer soleado; o siento la timidez de un día nublado o la nostalgia de uno lluvioso. Los disfruto por igual: a cada uno por su propio encanto…

Por las noches, todo es mejor. No quiero dormir. Se aprende mucho de los demás. Y cuando digo se aprende, es así…

Julieta vino por aquí una de estas noches. Estaba muy acelerada. Hablaba con todos nosotros y con ninguno. Hasta se permitió insultarnos un poco. Movía las cosas de forma violenta y producía ruidos extras para el torbellino de mi existencia.

También he podido gozar de la condición humana. Les escribo a duras penas. Hay una señora, beata ella, que viene a verme cada semana. Se sienta a mi lado a la hora de visitas y me habla con voz culpable. No estoy en condiciones de demostrar emociones, pero he sentido algunas lágrimas calientes rodar en mi cara. Estoy aprendiendo a reprimir emociones que puedan conducir al llanto, para servir de confidente sin riesgo de interrupciones. Esta señora me ha contado casi toda su vida y valoro el orden cronológico que utiliza, pues me permite retomar los hechos con facilidad.

Creo que hoy me cremarán. Alguien habló de mi situación y dijo que era “cuestión de unas horas”.

¡Es grandioso!: dentro de mí se recrea la imagen donde soy una niña de ocho años, sentada en el piso, oyendo historias con las palmas en las mejillas y los codos apoyados en los muslos… ¡Claro que en algunas ocasiones debo crecer rápidamente, porque la historia no es apta para menores! Así que los ojos se me desorbitan de espanto, hasta que consigo cambiar a una edad apropiada a tales circunstancias. (En otra ocasión les contaré sobre estos episodios).

Lo que sí puedo contarles hoy es lo sucedido anoche. El doctor equis vino a cubrir la ronda de las nueve. A los pocos segundos entró la enfermera encargada del piso y hablaba bajito, muy bajito… no obstante, para mí, un rayo de luz tiene su propio sonido. Pasó algo absurdo. Antes de abandonar la habitación, y luego del intercambio de gemidos, cometieron un error imperdonable: ¡dejaron la camilla separada cinco centímetros de más! Este evento me produjo un cambio de ánimo durante el cual no podía entender cómo estas personas no se percataron de que habían tropezado en algún momento mi cama, causándome un descuadre de mil demonios. En consecuencia, comencé el trabajo de ajustar mis coordenadas al nuevo esquema. Pasé toda la noche con la incomodidad del reajuste. Ya traen el desayuno. Han colocado bolsas nuevas y me han cambiado el traje.

Creo que hoy me cremarán. Alguien habló de mi situación y dijo que era “cuestión de unas horas”.

Así que lo lamento por ustedes, pero no será hoy cuando les cuente cosas que se oyen en este cajón de ruidos, ya que la carrera del tiempo es lo único que no admite reversa.

Eva Gil

Escritora venezolana (La Guaira, Vargas, 1952). Reside en Cagua, Aragua. Ha trabajado como correctora en el diario La Verdad y en Noticias 24, y también como profesora de secretariado ejecutivo. Trabaja en un bufete de abogados como revisora de expedientes. Pertenece al Grupo Literario Destellos, de Maracay.

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