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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

El ladrón de celulares

• Jueves 13 de septiembre de 2018

Estábamos buscando una panadería para comprar el pan del desayuno del siguiente día. Eran más de las ocho de la noche de un domingo soleado. El aire seco ardía en los ojos. Había un vocerío que venía de un granero donde un enorme televisor proyectaba un partido de futbol. El vocerío aumentaba de volumen al ritmo de la tensión del partido; en la otra esquina, en un edificio de dos pisos, algunas familias con sus niños departían los nuevos sabores de una nueva heladería; más allá un grupo de hombres departía, sonrientes, recostados algunos en sus motocicletas y embelesados con otro televisor que emitía el mismo partido de futbol de la liga europea. María y Luna se adelantaron al pasar el andén y yo las alcancé. El grupo de motociclistas que disfrutaban el partido había copado el andén y parte de la calle con sus motocicletas, de manera que la gente que iba o venía por este lado de la calle tenía que pasar entre las motocicletas o por fuera de ellas, por la calle, esquivando los autos. El grupo de hombres no advertía la incomodidad de los transeúntes, entre el futbol y el alcohol se les iba la vida.

Ya las motos habían doblado la esquina y lo divisaron cuando el muchacho volvió a girar, esta vez a su derecha. Los motociclistas aceleraron.

De pronto, salió como una saeta, corriendo a toda prisa, un muchacho: llevaba en la mano un teléfono celular que brillaba con luces de colores. Lo llevaba en una mano y corría velozmente. En segundos, un hombre del grupo resintió el robo, se alborotó y corrió a prender su motocicleta para perseguir al ladrón. Dos hombres más encendieron sus motocicletas e iniciaron la persecución.

El muchacho era flaco, lucía una pantaloneta verde y una camiseta azul; iba descalzo y su ropa parecía más bien una bandera izada al viento en una palanca.

El muchacho llegó hasta la esquina que queda frente a la tienda con el televisor gigante y los fanáticos del futbol europeo, había atravesado la calle transversalmente, luego giró a la derecha y se fue raudo por la avenida; los tres motociclistas lo siguieron; el muchacho siguió corriendo, esperando alcanzar la siguiente esquina. Ya las motos habían doblado la esquina y lo divisaron cuando el muchacho volvió a girar, esta vez a su derecha. Los motociclistas aceleraron.

—¡Un ladrón! —dijo una voz a mi lado.

—Se robó un celular —dijo otra…

—Ojalá lo cojan —dijo un mestizo a mi lado.

Lo miré. El hombre era rudo, de rostro quemado y cabello lacio, de indio.

—Pobre muchacho —dijo María.

—¿Pobre?, que lo cojan y le den su paliza —dijo el mestizo a mi lado.

 

Entonces sentí que el aire se me acaba. Tenía que correr todavía más rápido para alcanzar la escalera sobre la loma entre las dos casas de concreto de la familia Mosquera. Ese había sido un viejo camino de barro por el que por muchos años atrás las familias que teníamos nuestras viviendas allá arriba de la loma bajábamos y subíamos pisando el barro. Ahora, hacia algunos años, se había construido una escalera. Necesitaba llegar a ella.

Siguieron otros golpes, en el pecho, en la espalda, otra vez en el estómago, otra vez en la cara, golpes que ya había recibido antes, pero éstos venían de todas partes, con furia asesina.

Los motociclistas doblaron en la esquina y sentí el sonido de sus motores encima; mientras corría, reparé que sólo me faltaban algunos metros, algunos segundos para llegar a la escalera, ahí los perdería. Las motos me daban alcance, ya estaban sobre mí, entonces alcancé la escalera y subí los escalones saltando de uno en uno. Ya lo había hecho antes, no en una ocasión como esta, pero lo había hecho. Seguí saltando escalera arriba. Entonces los motociclistas frenaron, dejaron tiradas las motocicletas en el andén y subieron también la escalera, pero yo era más ágil y me estaba alejando; entonces algo pasó y sentí en mi pie izquierdo un fuerte dolor y no pude dar otro paso. Angustiado vi cómo se acercaban los hombres: un mestizo, paisa, y dos negros, gruesos, fuertes. Yo quise explicar. ¿Qué iba a explicar?, ¿que necesitaba el dinero de la venta del celular para comer en la casa? ¿En cuál casa? ¿Esa pocilga de madera con piso de barro?, ¿qué iba a decir?, pensaba asustado, agitado y desalentado por la derrota.

Dos gruesas manos me detuvieron por los brazos y luego sentí un golpe en el estómago que amenazó con sacarme todos los órganos por la boca. Se me ahogó el grito de dolor porque otro golpe tapó mi boca y sentí el dolor, el crujir de mis dientes y el sabor de la sangre caliente chorreando entre mis labios partidos; pero no pude reparar más porque siguieron otros golpes, en el pecho, en la espalda, otra vez en el estómago, otra vez en la cara, golpes que ya había recibido antes, pero éstos venían de todas partes, con furia asesina, y entonces me doblé, ya no sentía dolor y tirado en el piso de cemento sentía las patadas y oías las voces iracundas hasta que ya no pude ver ni sentir, ni oír nada, sólo la imagen de una mujer negra, delgada y de cabello canoso que me miraba llorosa. El celular cayó conmigo y se hizo trizas.

 

—Papi el pan, el pan —dijo la niña. Entonces sentí que una camioneta de esas modernas me rozaba el hombro.

—¿Cuál pan? —pregunté.

María me miró asustada y me haló del brazo, inquieta, asombrada.

—Estás pálido, ¿qué te pasa? —preguntó.

—No. Nada —dije, mientras emprendía camino detrás de ellas y sentía un intenso dolor en las tripas y un sabor a sangre me llenaba la boca.

Jaime Rivas Díaz

Jaime Rivas Díaz

Escritor colombiano (Cabo Manglares, Nariño, 1968). Reside en Quibdó, Chocó. Comunicador social egresado de la Universidad del Valle (2002). Actualmente asesor independiente de organizaciones comunitarias en formulación de proyecto y sistematización de experiencias. Ha publicado los poemarios Coplero del Buenavida y El monólogo de Jacinto Yoruba (Fundación HablaScribe, 1996) y las novelas Endiablao y El silencio de Luz Marina (Autores Editores, 2014).
Jaime Rivas Díaz

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