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La mañana era fría

martes 10 de abril de 2018
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La noche anterior la lluvia barrió la pequeña ciudad tropical, los rayos cortaron algunos árboles en el bosque lluvioso, se llevaron los techos de zinc oxidado de las casas de lata y madera de las familias más pobres de los barrios pobres, rompieron los techos de los viejos edificios patrimonio arquitectónico de la ciudad y los truenos deambularon por la llanura hasta meterse a mi habitación asustando a mi mujer, que creía que los rayos también se iban a meter por las ventanas.

La mañana era fría.

Aún había huellas del paso de la tormenta en los andenes y en los charcos de la calle. Unos habitantes somnolientos caminaban de sur a norte como hormigas buscando algo para llevar al hormiguero.

La cuadrilla de la empresa del servicio eléctrico estaba trabajando en un poste de una de las calles del sector comercial. Una grúa enorme como los brazos de un insecto gigante sostenía en su extremo una canastilla donde un hombre con casco azul intentaba desenmarañar cables enredados en un extremo del travesaño del poste de donde cuelgan los transformadores. Frente a él, otro hombre hacía malabares para sostenerse. Llevaba casco azul también, y una soga de color amarillo le colgaba desde la cintura hasta la camioneta blanca donde otros hombres con idéntico uniforme azul y sus cascos azules conversaban.

Sentí que algo pasó junto a mí. Un intenso escalofrío recorrió mi cuerpo y crispó mis nervios. Era ella.

Fue cuando la vi. Se movía entre los transeúntes de la mañana. Y supo que yo la miraba porque se volteó y me miró retadora.

Entonces le dije.

—¿No te has saciado ya de tantos muertos por nuestra absurda guerra, que ahora piensas llevarte a esos indefensos trabajadores?

—No sé de qué me hablas —dijo sonriendo, como sonríe ella.

—Claro que lo sé, te he visto en otras ocasiones y te conozco…

Entonces cambió de cara, se transformó.

—No me engañas, sé que estuviste ahí cuando la bomba dio con la iglesia y cobraste la vida de esos inocentes. Aún veo por estas calles los huérfanos de esos muertos y oigo los llantos y lamentos del infierno en que padecieron.

—Estaban en mi lista —dijo sin inmutarse, sin mirarme.

—¿Los niños también? ¿Sus madres asustadas?

—Todos.

—¿Y ellos, están en tu lista? —le pregunté señalando con mi mirada a los técnicos que trabajaban en el poste.

—¿Tú qué crees? —preguntó y sonrió juguetona, como si me estuviera advirtiendo de algo.

—Eres injusta. ¿Sabes?

—¿Por qué?

—Tu lista es la más absurda que conozco.

—Así es la vida —dijo, y se fue hacia el grupo de trabajadores y se confundió entre ellos y los transeúntes. Quise gritarles a los hombres que ella estaba cerca, que estaba revisando su lista, pero no pude, algo me tapó la boca, quizás la vergüenza, quizás el miedo. Esperé unos minutos más, mirando cómo seguían las actividades de los técnicos. Pasadas dos horas bajaron, descolgaron la escalera y bajaron al hombre de la grúa. Estaban desocupados y se fueron en su camioneta.

Respiré.

Pensé que esta vez nos habíamos salvado, respiré contento y me retiraba de la ventana cuando escuché el estampido. Me había equivocado. Un motociclista a toda prisa se pasó el cruce de la esquina, corcoveó en un hueco del asfalto y vino a dar al poste de la energía eléctrica. Fue un estruendo espantoso, un estallido estremecedor. Allí quedó el muchacho, lo habían llamado para hacer una carrera hasta el aeropuerto. Cinco mil pesos que quiso ganarse rápidamente.

Cuando recogían el cuerpo ensangrentado y tieso, sentí que algo pasó junto a mí. Un intenso escalofrío recorrió mi cuerpo y crispó mis nervios. Era ella; pasó cerca de mí, fría, indolente, sin dignarse a mirarme y menos a decirme algo.

Ahora sé que los técnicos no estaban en su lista. También pienso ahora si en realidad tiene una lista o si sólo actúa por capricho. No sé. ¿Quién sabe?

Jaime Rivas Díaz
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