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Dayana e Iker

sábado 13 de octubre de 2018
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A Dayana Brandy López le dijeron una semana antes de su cumpleaños dieciséis que estaba embarazada. María Fernanda López, su mamá, la había llevado al centro de salud porque la veía muy pálida, llena de ascos y vómitos. “No vaiga a ser la chingada epidemia esa”, pensó doña Fer, desde hace veintidós años empacadora de pilas en la duracell, y madre soltera desde hace veintitrés. Eran los días de la gripe porcina. Llegaron a las seis de la mañana para alcanzar ficha. No fueron atendidas sino hasta después del mediodía. “Señora, por favor déjeme unos momentos a solas con Dayana”. Y ya sin la madre presente, la adolescente le contó a la doctora los pormenores.

Esa tarde fue la primera en la vida de Dayana en que vería un preservativo.

Marcia la había invitado a su fiesta de quince años. Dayana asistió. Se enamoró de uno de los chambelanes de la festejada: Iker Casals Durand, desde hace dos años estudiante que recursa el primer semestre en el colegio de bachilleres. A Dayana y a Iker les gustaba el ska; ambos habían ido a ver a la Tremenda Korte cuando hubo un portazo y entraron cuatrocientas personas en un espacio de sesenta metros cuadrados; ambos querían salirse de sus casas y ser independientes; a ambos les gustaba la mota; ambos tenían tatuajes clandestinos y ambos creían no haber conocido ni volver a conocer a nadie como tú, debes de ser libra, lo sé porque los libra siempre me dan buena vibra, pásame tu teléfono y vamos por unos pulques un día de estos, etc. Antes del primer vals se fueron a fumar al estacionamiento del salón de fiestas Yesenia y ya relajados y sin cohibiciones se pusieron a hacer el amor detrás de la limosina de Marcia, al amparo de la luna invisible por la cortina de niebla y de la peste del depósito de desechos orgánicos. El acto no duró más de tres minutos, pero después de dos gordos churros de la mejor yerba tepiteña, a ambos les había parecido haber experimentado un abandono extracorporal. Volvieron a la fiesta sin que nadie notara su ausencia. Iker bailó El Danubio azul trastabillando, desfajado, los ojos rojos y las comisuras de los labios con espuma de saliva seca. Luego de los bailes, Dayana y él volvieron a hacer el amor, esta vez rodeados de agua encharcada y de un aire viciado disfrazado por el aromatizante del baño de hombres. Después de esa noche, de la que muy poco recordarían después, se habrían visto dos veces más, en las que volverían a fumar yerba y a hacer el amor tantas veces como caladas les darían a los cigarrillos.

La doctora sacó un diagrama del útero y repitió para Dayana una clase de educación sexual que ésta había escuchado decenas de veces y a la que tampoco prestó atención. Esa tarde fue la primera en la vida de Dayana en que vería un preservativo. La doctora hizo pasar de nueva cuenta a la mamá al consultorio tres. “Pues con la novedad de que los malestares de Dayanita se deben a que está embarazada de nueve semanas, señora”. Les entregó un cartapacio de folletos que ellas no leerían. Tan pronto les comentó la posibilidad de la interrupción legal del embarazo, doña Fernanda soltó una bofetada a ambas. “¡Esas son pendejadas!”. La mamá se llevó de los cabellos a Dayana, pirujeándola y pendejeándola durante todo el trayecto. En casa le dio una golpiza como muy pocas se las había dado; eso sí, cuidando de no maltratarle el producto de su vientre. “¡Jesús! ¡¿Por qué todas las mujeres de nuestra familia salimos putas?! ¡Maldita sea nuestra cruz!”. Llegó el hermano mayor y le dio otra golpiza más severa, aunque con el mismo cuidado de no maltratarle el torso. “¡Mañana vamos a buscar al mariconcito ese que nos hizo esto!”, prometió Jonathan Gerardo López.

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El otro día llegó la Karina a mostrarme a su hijo. A mí qué que le haya salido así. Uno no tiene la culpa de ser güerito.

Si me hiciera cargo de cada vieja que me llega con eso de que el hijo que esperan es mío, no me alcanzaría ni todo el patio de la escuela para tener mi harén. Además si así de fácil me las dieron, lo más seguro es que se las den a cualquiera; y así uno nunca va a andar sabiendo de quién es el niño. Yo conozco a las viejas: se quieren aprovechar de uno porque lo ven medio pendejo y drogo y buena gente, pero, al menos lo que es conmigo, no se les va a hacer. Que vayan con el que las embarazó.

El otro día llegó la Karina a mostrarme a su hijo. A mí qué que le haya salido así. Uno no tiene la culpa de ser güerito. Eso es, como quien quiere, una casualidad. Pudo haber sido cualquiera.

Ya ni me acordaba de su nombre. ¿Dayana?, ¿Dayana? Dice que la conocí en la fiesta de la Marcia. Todo puede ser. Se me hace algo familiar. Tampoco me acuerdo mucho de esa fiesta. ¿Dayana? Dice que fuimos hace un mes por unos pulques. Dice que yo la estuve buscando y que le mandaba mensajes al whatsapp. Dice que volvimos a vernos hace dos semanas y que le prometí que la amaría para siempre. Yo, lo que viene siendo la verdad, no me acuerdo. Digo, puede ser que sea verdad eso de que siempre sí lo hayamos hecho, pero de eso a que su hijo sea mío, pues no. No hay modo de saberlo.

Lo que sí es que ya no voy a andar tan de pito loco, porque que en una de esas sí me andan cortando los huevos.

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Si me nace a los nueve meses, como nace la gente de bien, le voy a poner Marlon. Siempre me ha gustado ese nombre, como de estrella de cine. Si me nace sietemesino, le pongo Brayan: un nombre naco y feo como castigo.

Mamá dice que las mujeres de la familia nos vamos degradando cada vez más y que cada generación nueva sale un año más puta que la anterior. Mi abuela la tuvo a ella a los dieciocho; mi mamá tuvo a mi hermano a los diecisiete; yo vengo teniendo al mío a los dieciséis… y dios no quiera que me salga mujer porque ¿a los quince?, eso sí que sería lo que se dice ser muy puta. ¡No, no, no!, si me sale mujer, yo creo que veo la forma de darla en adopción o algo, aunque mi mamá diga que eso es pecado. Yo quiero que salga hombrecito y cabrón para que vaya a pasarle la maldición de la putez de nuestras mujeres a otras familias; así como mi hermano se la anda pasando a varias de la colonia.

La vez que lo vi, él llevaba en una mano la nalga de la puta con la que iba; en la otra, una tornamesa y los audífonos colgados al cuello.

El otro día vi a Iker. Se veía tan guapo el cabrón con sus chingadas rastas güeras. Hasta se parecía al cantante ese de la banda que fui a ver cuando iba a la escuela… ya no me acuerdo cómo se llamaba. Iba el Iker con una vieja toda repugnante y gorda. Hubiera querido ir a desgreñarla como una vez vi que mi mamá en plena calle fue a desgreñar a la mujer de una pareja; entonces mi hermano y yo éramos muy niños. Yo creo que el hombre con el que iba la mujer a la que mi mamá desgreñó era mi papá. Creo que intuí eso cuando vi a Iker con la estúpida esa y quise matarla, mi niño me lo decía porque empezó a soltar de patadas.

Dicen que él ya se volvió DJ. Que se hace llamar DJ Quick. Que lo corrieron del bachilleres por andar vendiendo droga. Que siempre lo ven con una nueva vieja. Rumores. Aunque lo que sí es que, la vez que lo vi, él llevaba en una mano la nalga de la puta con la que iba; en la otra, una tornamesa y los audífonos colgados al cuello. Lo único que sí me consta es que me hubiera gustado que ya que no quiso hacerse cargo del niño, por lo menos le diera el apellido, porque ya estuvo bueno eso de que desde hace chingo de tiempo todos los que nacen en esta familia tengan que tener sólo uno.

Francisco Santoyo Pérez
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