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Lamentos de un cautiverio

viernes 1 de noviembre de 2019
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Su papá es todo lo que un hombre debe ser, nos repetía mamá. Él fue por mucho tiempo lo que más admiramos en este mundo, un hombrazo que llegaba todas las noches oliendo a alcohol y a perfume de mujeres. Eso es a lo que debe oler un hombre, decía el Yerry, que iba que volaba para ser idéntico a papá. Mi hermano, hasta entonces, no había llegado oliendo a perfumes, pero sí borracho y con el hocico roto. En esos tiempos le tenía envidia al cabrón, porque se parecía más a mi papá que yo. Estaba mamado, desde los quince años le salían el bigote y la barba tan espesos como a él y tenía la misma voz de mono aullador. Aunque, con todo y lo que me cagaba, no le tenía mala fe. A veces hasta lo ayudaba a esconderse cuando los malandros venían a buscarlo. Mi mamá casi no se enteraba de los malos pasos en los que andaba su hijo, ni nadie de la familia, ella se la vivía haciendo la comida que le gustaba al señor de la casa. Tarea nada sencilla, pues él siempre quería comer algo distinto, que mole, pozole surtido, sopa de lima, chiles en nogada, tamales de cochinita. El hombre era recio para los gustos. Y exigente. A ver, pendeja, qué es esto. Qué es qué, Ramiro. Esto, chingá. Una cáscara, Ramiro, se me pasó, quítala. Y qué perra madre hace una cáscara en mi caldo de camarón, ya te he dicho que los quiero bien pelados. Perdóname, Ramiro. ¿Me pides perdón, puta? La derecha de mi papá se llamaba perdón; la zurda, disculpa.

Mamá nos advirtió, ni siquiera intenten ocupar el lugar de su padre, los dos juntos no son lo bastante hombres para ocupar los huevos de tamaño señorón.

Yo estaba en el umbral de mi cuarto el último día que vi a papá antes de que lo ascendieran a teniente y lo mandaran a patrullar al norte. Vi cómo movía puntillosamente su ropa del clóset a la maleta y de aquél a ésta. Me voy, mijo, porque nuestra nación ha llamado a sus hombres, y quién más hombre que su padre. No se me preocupe, voy a intentar enviarles algo desde allá. Va a ser un poco difícil, porque vamos a estar en un lugar secreto, incomunicados y la cosa, pero algo haré, se lo prometo, mijo. Brinqué al colchón y escondí la cabeza en la almohada, para que no me viera las lágrimas y para no escucharle lo de: llorar sólo los putos y las viejas, mijo, un hombre se emborracha. Esa tarde mamá se desmayó del llanto hasta que se le agotaron las lágrimas. Se le blanqueaban los ojos, se jalaba las greñas y desde el suelo se aferraba a los muslos del que se marchaba. Mi hermano no estaba presente, pero regresó a gatas, después de la media noche.

La ausencia de papá fue resentida como un luto. El equilibrio de hormonas de la casa se había esfumado con él. Mamá nos advirtió, ni siquiera intenten ocupar el lugar de su padre, los dos juntos no son lo bastante hombres para ocupar los huevos de tamaño señorón. Yerry y yo lo sabíamos. La pobre mujer dejó de dormir en su cuarto y empezó a hacerlo en la sala —le daba tristeza ya no tener en su cama a quien acostar de lado para que no se ahogara con su vómito, ni quien le exigiera todas las mañanas y todas las noches qué quería de desayunar y de cenar. Además de la peste a perfumes, nos contaba ella, siempre escucho entre pesadillas la voz de tu papá que me dice, ayúdame a salir, auxilio.

Me puse triste los primeros dos o tres días. Después, aunque lo extrañaba, me calmé. Sabía que mi papá estaría bien y me daba orgullo que anduviera en el ejército, sirviendo al país, combatiendo a los malos (en la tele repetían lo de que los buenos éramos más). Sin embargo, supe usar su alejamiento para tener una excusa ante la orientadora de la escuela, cuando me llamaba a testificar respecto a por qué no entraba a clases y me vestía como un prángana. Desde hace unos meses había descubierto la mota. Una droga noble. No como el alcohol. Mi papá y el Yerry siempre estaban hechos mierda las mañanas de resaca, que eran casi todas. Tampoco como la piedra o el cemento, que le habían chupado el cerebro, la carne y las ganas de vivir a los que la usaban en mi colonia. No. Una planta buena, la mota. Nadie nunca ha muerto ni tenido resaca por fumarla. Desde que papá se marchó, pude adentrarme más en las bondades de la yerba. Me la pasaba en las canchas de la escuela, liquidando porro tras porro. Mi comodín moral era que papá se había ido y, por tanto, tenía derecho a drogarme todo el día, sin entrar a clases.

El primer sábado que fuimos a la oficina de correos a reclamar cartas de papá, llegamos incluso antes de que abrieran. No, jefa, no hay ninguna carta para usted de ningún Ramiro Félix, vuelva la próxima. Yerry se marchó con sus amigos y yo fui a comprar sábanas. Mamá, que necesitaba también su vicio, se dedicó a ya no hacer comida ni ningún quehacer. Ahora que ya no tenía a nadie que le diera sus putazos por pendeja, se dedicaría a ver en la tele a otras mujeres sufrir, a traslapar su miseria a la de las cenicientas de Televisa.

A la oficina de correos nos turnábamos unas veces mi hermano, otras yo. Nunca recibimos respuesta. Desistimos del todo luego del primer semestre de negativas. El Yerry pasaba días, una vez dos semanas, sin volver a casa. Cuando lo hacía, llegaba sin tenis, sin algún diente, sin sentido del tiempo ni de la realidad. Me daba pena. Se volvió una figura teporocha. De estar mamado pasó a estar en los huesos. Su barba tiesa le llegaba hasta las axilas y tenía la cabeza rapada, llena de cicatrices. Sólo volvía para llevarse una botella o algún electrodoméstico para empeñar. Las veces que se quedaba a dormir, despertaba para contarme que había soñado con papá. Desde su cuarto empezaba a salir un olor como de perfumes y me llamaba, sigo aquí, ayúdame a salir, libérame, mijo, estoy en cautiverio. ¿No será que papá es prisionero de guerra o algo así y por eso no nos manda cartas? Nombre, pinche Yerry, cómo crees, si esto no es una guerra de verdad.

Ya no tengo pesadillas con papá, me aseguró mi hermano una tarde, aunque sigue oliendo medio raro allá arriba.

Me volví tan marihuano que terminaron por echarme de la escuela. Pasaba todo el día en casa. Me encerraba en el clóset y de ese modo no sólo me llegaba más rápido y loco el viaje, sino que me sentía más cerca de papá. La mota olía mejor allí. Lo jodido es que cuando me mal viajaba, comenzaba a escuchar, entre mis alucinaciones, lamentos con la voz de papá, similares a los que me habían contado Yerry y mamá… Aquí, mijo, ayúdame, auxilio, por favor, no aguanto más. Quiero salir… Debe ser la droga, pensaba, está jugando con mi mente. Me estás traicionando, Mary Jane. La familia y mi relación con la yerba estaban por los suelos; mi papá, quién sabe dónde.

Una vez llegó a la casa un séquito de trabajadores sociales. Traían a mi hermano, desnudo y lleno de costras de mugre. Apagaron la tele y se esforzaron por incorporar a mamá del camastro. A mí me arrebataron el bong y me echaron un vaso de agua helada en la cabeza para que se me pasara el viaje. Nos sentaron a la mesa. Después de muchos tientos, nos hicieron caer en su juego de las terapeadas. Contamos nuestros dolores, nuestro dislocamiento por papá, lloramos y juramos ser mejores personas. Nos prometieron ayuda y visitas diarias para sacarnos adelante. Tenemos un nuevo programa de reinserción social, ¿les gusta bailar? Desde entonces, todos los días empezamos a salsear. Dábamos mantenimiento a la casa o aprendíamos alguna manualidad. Nos ponían Amor y control para que nos inspiráramos. Fue gracias a la influencia de Blades que poco a poco nuestra familia fue rehabilitándose hasta el grado en que, a los pocos meses, el Yerry volvió a ser un alcohólico funcional: consiguió trabajo y le bajó unas cuantas caguamas a su desmadre; mi mamá volvió a ser una mujer abnegada, que sólo vería telenovelas un par de horas al día y que sustituiría los abusos de papá con los nuestros; yo volví a la escuela y dejé casi por completo la yerba. Si quería estudiar administración de empresas, tendría que conservar algunas neuronas. Ya no tengo pesadillas con papá, me aseguró mi hermano una tarde, aunque sigue oliendo medio raro allá arriba. Empezaron a decirnos la familia fénix, con n. Habíamos resurgido de nuestro cagadero.

Mamá dijo un día, después de un maratón por Netflix del Queer Eye, saben qué, voy a volver a dormir en mi cuarto y lo voy a remodelar. El Yerry y yo nos miramos como no creyéndolo. Nos precipitamos detrás de ella. El tintineo de las llaves en su mano nos pareció una música libertaria. Giró la perilla. Dio una patada a la puerta. Se levantó una polvareda que nos hizo toser durante unos minutos. La ayudamos a barrer y a pasar una trapeada, contra todas las enseñanzas de papá. Las mujeres son para limpiar y servir al hombre; los hombres, para pararse en lo limpio y ser servidos por la mujer. A mamá le regresó el color. Nosotros nos sentíamos aliviados de verla tan mejorada, aunque un poco avergonzados por haber estado haciendo tareas de mujeres. Entonces nos miramos con los ojos a punto de botársenos de las cuencas. ¿Escucharon eso? Un murmullo inconfundible. Provenía del clóset. Lo abrimos. Encontramos dentro a papá besándose con un soldado.

Francisco Santoyo Pérez
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