“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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El sepulturero

jueves 18 de octubre de 2018

En la distancia un largo y angosto camino de tierra amarillenta resalta como una cicatriz en el rostro verde que lo rodea. Y dentro de ese camino, lejos y a la derecha, se vislumbra algo como un punto. Pero lo que se asemeja a un punto no permanece estático, inalterable. Avanza lentamente, con pausas eventuales, de corta duración. La marcha continúa, gana terreno y ahora están más cerca. Ya es posible precisar con claridad: son cuatro hombres cargando un modesto ataúd; mientras, otros seis los escoltan y aguardan para el relevo de los cansados brazos.

Florencio Rosales ha muerto. Su gastado y frágil corazón decidió, finalmente, separarlo del mundo. Según dicen, tenía ochenta y dos años, aunque pudieran ser más. Desde hacía varias décadas habitaba en una casa bastante retirada; tan antigua, desgastada y falta de vida, como él; acompañado de su sombra. Sin parientes conocidos ni riquezas que los hicieran aparecer de repente. El deceso no fue una sorpresa o una noticia generadora de interés entre los habitantes del pueblo. Varios vecinos del lugar se encargaron de realizar la colecta acostumbrada en estos casos. El viejo Florencio Rosales ha muerto y nadie llora.

Un recuerdo lo atormenta, lo determina. No es posible dejar de recordar, a pesar de los persistentes consejos de algunos amigos o conocidos, la violación de Rosa, su única hija, de apenas diez años.

Ya son las tres de la tarde. Y aunque el deslumbrante sol se oculta a ratos detrás de pequeñas y tímidas nubes, el calor abrasa, se fortalece, se manifiesta en los rostros y en las espaldas de quienes cargan el ataúd. Ahora observamos cuando la marcha finalmente se detiene. La urna es colocada sobre el ardiente suelo tapizado de sol. La mitad de los hombres caminan presurosos buscando la oscura y refrescante sombra de los escasos árboles frondosos. Se alternan, presurosos, el único envase con agua que los acompaña. El resto permanece de pie, expectantes, frente a la fosa destinada a recibir el cuerpo del anciano; justamente en una de las esquinas del lugar: una esquina lejana y solitaria, donde se encuentran las tumbas más antiguas, aquellas que ya nadie recuerda ni visita. El cementerio es bastante viejo, así lo atestiguan las fechas, algo borrosas, en varias lápidas cubiertas por la maleza, la arena, el olvido. Y aunque sus límites se han expandido progresivamente, al igual que los del pueblo, aún los separa una distancia considerable.

Mientras el cadáver de Florencio Rosales comienza a desaparecer bajo paladas de tierra y tal vez el recuerdo de alguna anécdota que a pocos despierta interés, por la agitada mente de Antonio Colmenares, sepulturero de la región desde hace más de veinte años, se atraviesan imágenes insistentes, llameantes, lacerantes. Las figuras, como retazos de películas, se desplazan con rapidez del pasado al presente; del presente al futuro; luego retornan y ahora es como si se tratara de estímulos para una persona o para un mundo que, muy dentro de él, en lo más primitivo, lucha por rebelarse, por imponerse; sin embargo, enfrenta no poca resistencia. Intenta concentrarse en el trabajo, hacerlo de manera perfecta, como es su costumbre, pero en esta ocasión los pensamientos se lo dificultan. La fosa, la tierra, el lugar lejano y solitario; la tumba que nadie visitará y pronto será olvidada. En todo esto, y tal vez algo más, es en lo que está pensando.

Durante el trayecto de regreso a su casa; también mientras se baña, se viste y luego cuando prepara algo ligero para la cena de más tarde, las ideas que comenzaron a aflorar en el cementerio ahora se aclaran de súbito, se solidifican y ahora quedan fijas en su mente como si fuera una obsesión. Un recuerdo lo atormenta, lo determina. No es posible dejar de recordar, a pesar de los persistentes consejos de algunos amigos o conocidos, la violación de Rosa, su única hija, de apenas diez años, ocurrida hace poco menos de tres meses.

En este momento retornan a su memoria, cayendo como gruesas cascadas de recuerdos, los cambios mostrados por la niña de manera repentina: el encierro en su cuarto durante mañanas o tardes enteras; el rechazo a las comidas; el deseo desmedido por bañarse varias veces al día, aunque no hiciera calor; el llanto trabajosamente contenido, pero que de todas maneras se deslizaba hasta los atentos oídos de su padre en forma de sollozos; el extraño desinterés por asistir a la escuela, donde se destacó desde el primer grado como una de las alumnas más inteligentes, disciplinadas y participativas. Era tomada como ejemplo para el resto de las niñas. El miedo a hablar, a liberar sus sentimientos por temor a que su padre la reprendiera fuertemente por considerarla culpable. El terror expresado en su mirada líquida cuando finalmente no pudo soportar más la ignominia y, sin importar las consecuencias, decidió confesar toda la verdad. A partir de esa dolorosa experiencia su hija permanece en silencio, retraída, como separada del mundo.

Tampoco puede (ni quiere) olvidar la libertad plena otorgada a Silvio Sánchez porque, según la sentencia, no se encontraron pruebas categóricas que lo implicaran en el caso. Nadie atestiguó ni a favor ni en contra de las partes implicadas. Sólo fue su palabra contra la de la niña. La firme y apasionada palabra de un padre de familia ejemplar, próspero hombre de negocios, además, un asiduo participante en las misas dominicales, contra la dudosa palabra de una menor insignificante, deleble, con una imaginación desmedida (algo así, aunque no lo expresara textualmente la sentencia, es lo que se puede deducir).

Sin embargo, tanto el médico forense como el juez lo confesaron a personas que posteriormente, estimuladas tal vez por el licor o alguna deuda pendiente con el acusado, lo repitieron sin comedimiento en el bar del pueblo, difundiéndose en seguida por toda la región, como era de esperarse: decenas de reses y suficiente dinero se encargaron de alterar o desaparecer las pruebas en su contra, de comprar el dictamen, de ocultar la verdad.

No faltaron quienes, aceptando un mísero pago o alguna promesa, acusaran a Antonio Colmenares de preparar una treta para sacar provecho de las circunstancias, dando por hecho que Silvio Sánchez, temeroso por la gravedad de la acusación, le ofrecería de inmediato una respetable cantidad de dinero para llegar a un arreglo satisfactorio y retirar la demanda. Otros afirmaron, con ausencia total de pruebas, que posiblemente la niña ya había tenido relaciones voluntarias y permanentes con alguno o varios de los muchachos del pueblo y para evitar el seguro castigo de su padre, en caso de verse descubierta, inventó la historia de la violación.

Los infelices comentarios llegaron a oídos de Colmenares, aumentando su indignación, su repulsión.

Ahora vemos a Silvio Sánchez caminando tranquilo, despreocupado, risueño, por las calles del pueblo. Se detiene en varias ocasiones para saludar afablemente y aunque todos le corresponden de igual manera, saben muy bien lo que se esconde detrás de esa sonrisa, de ese gesto amable. Todos lo conocen perfectamente y, si las circunstancias fueran otras, nadie hubiera apostado a favor de su inocencia, pero en este pueblo el silencio tiene valor de vida.

Si al menos tuviese una mujer como compañera, algún pariente cercano o alguien de máxima confianza en el pueblo, esta historia sería diferente.

En varias ocasiones, aunque siempre trata de evitarlo, ha estado cerca de Antonio Colmenares, percibiendo, no sin temor, su mirada incisiva, ilimitada, que se le incrusta en la mente como una esquirla. La mirada del hombre expresa abiertamente rencor, deseo de venganza, pero a la vez impotencia. Pero Silvio Sánchez se siente protegido: sabe (o cree) que Colmenares nunca se atreverá a matarlo, ni siquiera lo intentará. Y no es por cobardía, como han asegurado varios hombres en el pueblo deseosos de provocar un enfrentamiento; mucho menos porque ya no sienta deseos de hacerlo. Piensa (o cree) que no se atreverá jamás porque su asesinato lo condenaría inexorablemente a varios años de prisión y, por lo tanto, la niña quedaría sola, desamparada, debido a la ausencia de otros familiares que pudieran encargarse de ella.

La compañía y los permanentes cuidados del padre son indispensables ahora más que nunca. Colmenares así lo comprende y acepta. Si al menos tuviese una mujer como compañera, algún pariente cercano o alguien de máxima confianza en el pueblo, esta historia sería diferente. Pero luego del inesperado y tormentoso abandono de la madre de su hija durante una madrugada imposible de olvidar, desconfía de todas las mujeres y prefiere hacerse cargo él solo de la niña. Y así lo ha hecho durante los últimos ocho años con resultados favorables. Hasta ha pensado en irse a vivir lejos de ahí. A pesar de todo, la venganza no está definitivamente descartada. Ese deseo se ha convertido en una obstinada sombra.

En este instante observamos a Antonio Colmenares en su casa. Es casi medianoche, pero el sueño se ha esfumado como en tantas otras ocasiones. Sin embargo, esta vez, además del intenso y asfixiante calor, al que podría ya haberse acostumbrado, hay un motivo nuevo, poderoso para alimentar el insomnio. Cansado ya de mirar sin interés el techo, los objetos de siempre y la foto de sus difuntos padres colgada en una pared, decide abandonar la cama y se dirige con pesadez hacia la cocina. Calienta el café sobrante de la tarde. La llama absorbe su atención mientras piensa. Luego, orienta sus pasos hacia el pequeño patio de la vivienda llevando una taza humeante en su mano derecha.

Así como se encuentra ahora: descalzo, sin camisa y pantalón corto, es fácil observar que es alto, moreno, cabellera negra sin preocupación por el peinado; ojos oscuros, pequeños, mirada severa; de brazos forrados de músculos y torso fuerte como una roca. Ha trabajado desde pequeño en labores donde lo más importante es la fuerza, la resistencia. Probablemente ya está cercano a los cuarenta años. Ahora recuesta el espaldar de una silla de madera sobre una de las paredes de ladrillos y piensa. La ausencia de luna hace invisibles los objetos, los árboles, los caminos. Algunos grillos delatan su monótona presencia.

Apura el último trago de café, de seguidas coloca la tasa en el suelo arenoso y enciende un tabaco a medio consumir. El humo, ante la inexistencia de brisa, queda suspendido frente a su cara como si fuera una figura espectral. Y piensa. Ya no puede (ni quiere) alargar más el momento sublime de la venganza. La muerte de Florencio Rosales le señaló el camino a seguir: representa la clave. Logra aislar su mente del entorno y ahora se encarga de repasar detenidamente las etapas del arriesgado plan que comenzó a meditar cuando enterraba al anciano. Luego de un tiempo impreciso, una larga bocanada agranda el tamaño de la brasa como una señal de aprobación. Está convencido de que todos los detalles concuerdan a la perfección.

Estos pensamientos (y otros anteriores) se unen y ocasionan de súbito una especie de fractura en su mente. Experimenta como si algo muy adentro de su cuerpo, desconocido e incomprendido por él, hubiera emergido de forma precisa, transparente, independizándolo de sí mismo, de las poderosas ligaduras que lo mantenían encadenado a ese otro Antonio Colmenares, temeroso, abatido, al que tanto aborrecía, pero no lograba superar a pesar de intentarlo a diario. Y, según lo que parece, se siente extraño, integrado; con una placentera, única sensación de libertad. Ahora sí es, finalmente, quien quiso ser.

Da una última bocanada y arroja el cabo de tabaco hacia un pequeño pozo de agua: de inmediato se escucha la muerte fulminante de la brasa. Necesita dormir, relajarse por completo, desconectarse del mundo durante unas horas.

Tal vez ya ha dejado de pensar.

Hoy, ante los demás, debe comportarse con total normalidad, sin despertar sospechas. Tampoco puede desperdiciar las horas ni dejar asuntos pendientes que lo perturben.

El amanecer lo sorprende acostado en su hamaca. Ahora sí ha podido descansar lo suficiente, como si en vez de algunas horas hubiera dormido varios días completos. En vano trata de recordar cuándo fue la última vez que pudo dormir con tanta placidez y holgura; sin interrupciones ni pesadillas. Tal vez fue cuando aún vivía con la madre de la niña. De inmediato se dirige al baño: el contacto con el agua fría le eriza la piel, aleja los últimos rastros de letargo. Luego de vestirse, esta vez sin darle demasiada importancia a la ropa escogida, se traslada hacia la cocina: prepara café negro fuerte y con poca azúcar, lo consume sin demora. Luego abre con cuidado la puerta del cuarto de su hija, se acerca lentamente a la cama y la observa durmiendo, posa sus cálidos labios sobre la frente joven. No desea despertarla: cada minuto de reposo es importante, son como días de vida para ella.

Es domingo y de pronto recuerda la necesidad de ir al mercado a comprar algunas cosas indispensables para las comidas de los próximos días, pero debe apresurarse: a las diez en punto lo estarán esperando en el cementerio para un nuevo entierro. Hoy, ante los demás, debe comportarse con total normalidad, sin despertar sospechas. Tampoco puede desperdiciar las horas ni dejar asuntos pendientes que lo perturben, que lo distraigan de su objetivo. Aspira, y necesita, que tanto la mañana como la tarde transcurran con rapidez, sin contratiempos. La prudencia le aconseja ser discreto y no comentar con nadie, ni siquiera con su hija, lo que tiene pensado hacer.

Y la noche llega, silenciosa, profunda, privada de luces en el cielo. En la expectante atmósfera anida el motivo. Todo parece anunciar lo inevitable. Finalmente Antonio Colmenares lo ha decidido sin vacilaciones: hoy hará efectiva la venganza.

Piensa que esta noche, como es habitual los domingos, Silvio Sánchez encaminará sus lentos pasos hacia el bar y luego, como también es su costumbre, pasará largas horas jugando a las cartas o al billar; mientras, el licor se desplazará sin medidas por sus venas y, cuando decida abandonar el lugar rumbo a su casa, ya no será el mismo de cuando llegó. Y no se ha equivocado: luego de varios minutos observa cuando el hombre entra, sonriente, despreocupado y sin compañía, a la cantina. Lo que nadie sabe ni sospecha es que Colmenares lleva más de tres semanas prestando atención y absorbiendo detalladamente cada paso, cada instante de esta rutina, y cree (o quiere) estar seguro de las condiciones en las que saldrá el hombre a quien espera. Y allí se encuentra ahora: oculto, vigilante, al acecho, muy cerca del bar.

Observa el reloj: faltan escasos minutos para las once. En las casas situadas cerca de la cantina las luces se encuentran apagadas; puertas y ventanas cerradas; en completo silencio, como si ya todos durmieran. Las sombrías calles se encuentran vacías de gente. Sólo se percibe en la cercanía la habitual presencia de algunos esmirriados perros noctámbulos caminando sin premura, sin rumbo fijo, husmeando nerviosos entre la basura, peleando entre ellos por el bocado revitalizante, provocando la huida apresurada de las ratas.

Para Antonio Colmenares los minutos avanzan con angustiosa lentitud y pesadez. Por instantes parece que va a desesperarse más de lo normal, que la impaciencia o la imprudencia podrían hacerle cometer alguna torpeza haciéndolo desistir, acabando de inmediato con todo lo pensado y sumando otro fracaso para luego sentirse como un inepto. Sin embargo, algo allá, en lo más recóndito de su mente, lo detiene y tranquiliza restableciéndole la calma necesaria. En este instante vuelve a repasar el plan. Tiene todo dispuesto. Está absolutamente convencido de que no podrán encarcelarlo por la extraña y repentina desaparición de Silvio Sánchez. Sin duda será el principal (o tal vez el único) sospechoso, a pesar de que varios hombres en el pueblo deseaban la muerte del violador y, con total seguridad, celebrarán el acontecimiento como si hubieran sido ellos los culpables. Será detenido, interrogado con ensañamiento durante horas o días; quizás lo internarán provisionalmente en una celda oscura y solitaria. Pero está preparado para soportar en silencio las probables torturas y amenazas. El cadáver del violador no será encontrado jamás, piensa. A pesar de todo, quiere confiar en la justicia aunque no crea en ella. Tampoco faltará quien ayude a su hija durante los complicados días por venir.

Esa noche piensa haber tenido el suficiente cuidado al esconderse tras la oscuridad y la soledad para no ser visto en las calles desde que salió de su casa. Un solo testigo sería motivo suficiente para abandonar el objetivo. No puede haber alteraciones. Decide ya no pensar más en el futuro, ahora sólo importan el pasado y, sobre todo, el presente.

Antonio Colmenares mantiene la vista fija en la descolorida puerta de madera del bar. A sus oídos llega, con poca dificultad, la risa aguardentosa y sarcástica del hombre que está esperando. Seguramente es la misma risa escuchada por su hija en las noches desbordadas de insomnio, de temor, de llanto. Antonio Colmenares piensa y observa. Observa y piensa. Por momentos siente enormes deseos de fumar, pero se abstiene: el humo o el olor del tabaco podrían delatarlo. Un ladrido no muy lejano lo aparta súbitamente de su estado casi hipnótico. De pronto, la puerta del bar se abre y en seguida emerge la persona esperada. Pero otro hombre, que no logra reconocer, lo sigue, y ahora ambos se detienen a conversar luego de dar pocos pasos. Debido a esto, Colmenares cree que ahora sí todo lo planificado se estrellará contra este imprevisto. Los latidos de su corazón se aceleran, igualmente su respiración. También siente como si algo pegajoso se hubiera adherido a su garganta impidiéndole tragar sin dificultad. Dos gotas de sudor (que las siente frías) resbalan veloces por su frente hasta detenerse en las cejas.

Los pasos del violador, impregnados de licor, carecen de firmeza, tal como lo había pensado el sepulturero.

Los dos hombres continúan conversando sin premura frente al bar. Debido a la distancia, no es posible escuchar el diálogo. Uno gesticula con los brazos como reclamando algo; el otro mueve la cabeza en señal de negación. Finalmente parecen haber llegado a un acuerdo. De inmediato Silvio Sánchez introduce la mano derecha en un bolsillo de su pantalón y luego de tantear durante algunos segundos como si no encontrara lo que busca, extrae algo, aparentemente son unas monedas, y lo entrega al ahora satisfecho acompañante. Posteriormente estrechan las manos con fuerza, se despiden y se marchan por diferentes rumbos. Antonio Colmenares vuelve a respirar con tranquilidad.

Los pasos del violador, impregnados de licor, carecen de firmeza, tal como lo había pensado el sepulturero. Ahora el hombre, blanco, pequeño, bastante delgado, con acentuada calvicie y, tal vez, de cincuenta años, se detiene algunos metros más allá del bar. Trabajosamente logra encender un cigarro que extrae del bolsillo de la camisa. Luego de aparecer la brasa, unos leves movimientos de su mano derecha intentan apagar el tercer fósforo utilizado; con un gesto automático lo arroja al suelo a corta distancia, sin embargo, el fósforo permanece encendido. Ante la ausencia de brisa, la pequeña llama se consume con lentitud, como si luchara tenazmente por continuar con vida, hasta desaparecer por completo de la vista. “Así será tu vida esta noche, Silvio Sánchez”, piensa quien lo está vigilando. Luego reanuda la caminata con pasos torpes, sinuosos. Antonio Colmenares determina que ha llegado el momento apropiado para actuar y comienza a perseguirlo sigilosamente.

La distancia entre ambos hombres se acorta aceleradamente. Tal vez en este momento los separan apenas dos o tres metros. El atacante da una rápida mirada final alrededor confirmando la soledad en las calles. De repente, como salido de la nada, un brazo inmenso, enérgico y decidido traza una curva cortando el aire, aprisionando con fuerza el débil cuello del violador. El dulce estado de embriaguez se desvanece al instante; el cigarrillo se desprende de su boca y luego de un viaje fugaz se estrella contra el suelo levantando pequeñas chispas.

Silvio Sánchez reacciona y hace vanos esfuerzos por liberarse de la poderosa garra que lo mantiene inmóvil, aturdiéndolo, asfixiándolo hasta enrojecerle el rostro; logra palpar los músculos tensos y la piel sudada del agresor; ahora baja apresuradamente su mano derecha, los dedos nerviosos logran rozar apenas la cacha de la inseparable pistola que suele guardar a la altura de su cinturón.

Antonio Colmenares conoce la astucia de su rival y permanece atento a todos sus movimientos. Esto le permite observar a tiempo la maniobra y responde con rapidez sujetándole la mano. Si el forcejeo se prolonga su víctima pudiera liberarse durante algunos segundos: tiempo suficiente para gritar y despertar a los vecinos. Colmenares lo sabe y, como consecuencia, un certero golpe en la nuca de Silvio Sánchez lo aleja momentáneamente de la realidad. De inmediato, el sepulturero coloca sobre la nariz del violador un pañuelo humedecido con una sustancia que lo mantendrá adormecido el tiempo suficiente para continuar ejecutando el plan de acuerdo a lo previsto.

Ahora vemos a dos hombres (aunque en la distancia aparenta ser uno solo) alejarse apresuradamente del pueblo en la misma dirección. Uno marca con firmeza y determinación cada pisada llevando al otro, que aún permanece inmóvil como un animal cazado, sobre sus hombros.

Debido a lo extenso del camino, Antonio Colmenares comienza a sentir gradualmente el peso del cuerpo que lleva a cuestas. También se ve obligado a detenerse en varias ocasiones cuando le parece escuchar algún ruido como de voces cercanas o cuando cree observar alguna sombra que lo vigila y persigue. Y aunque su cuerpo le pide un descanso más prolongado, saca fuerzas de algún lugar profundo de su mente, de sus músculos, de su determinación. Pronto tendrá tiempo para descansar, piensa. No dejará perder esta oportunidad que pudiera ser única, inaplazable. Ya dejan atrás las últimas casas, las últimas luces del pueblo. Luego de no pocos minutos finalmente la marcha se detiene.

Antonio Colmenares trabaja con decisión y destreza. Los veinte años de experiencia multiplican su valor en este instante. Unas sogas se encargan de inmovilizar las manos y los pies del hombre que yace en el suelo. Ahora los ojos de Silvio Sánchez se abren con lentitud, aún siente la pesadez en los párpados.

Mientras descansa, siente que el trabajo fue dificultoso, tal vez más de lo esperado, pero también fue seguro y perfecto.

Después de algunos segundos, el sopor se desvanece. De inmediato el hombre recuerda lo sucedido y reacciona sobresaltado. Sentado frente a él, Colmenares lo observa fijamente y una sonrisa leve aparece en su rostro. Podría expresarle con palabras todo el odio contenido, todo el sufrimiento acumulado; sin embargo, prefiere callarse y actuar. De inmediato se levanta sin quitarle la mirada a su víctima quien, desde abajo, ve la figura alargada del hombre que, con seguridad y decisión, comienza a empujarlo con los pies hasta un sitio cercano. Cuando finalmente advierte sus intenciones, Silvio Sánchez siente urgentes deseos de gritar, de liberarse, pero sólo puede manifestar su desesperación a través de su mirada acuosa, de sus incontenibles gemidos, de su cuerpo convulso.

Si no tuviera la boca sellada con un pañuelo imposible de expulsar, tal vez le suplicaría perdón. O posiblemente le propondría a su verdugo la confesión inmediata de la verdad ante las autoridades a cambio de su vida; quizás le ofrecería suficiente dinero o reses como ha sido la costumbre salvadora en el pasado. Sin embargo, Antonio Colmenares no siente deseo alguno de escuchar su voz suplicante, acobardada. Ya es demasiado tarde. El rostro sonriente de Antonio Colmenares fue su última visión antes de caer pesadamente en la húmeda fosa; antes de que varios metros de tierra lo borraran del entorno.

El sepulturero ya está próximo a ejecutar la última etapa del plan. Sólo necesita de unos minutos más para colocar todo en el lugar preciso, eliminar los rastros. Considera (o quiere convencerse) de que no será posible encontrar el cuerpo de Silvio Sánchez. También cree (aunque no está completamente seguro) que no hubo testigos de los hechos. Gruesas, transparentes gotas de sudor se deslizan presurosas a través de su rostro distendido, regando suavemente la aridez del lugar. Mientras descansa, siente que el trabajo fue dificultoso, tal vez más de lo esperado, pero también fue seguro y perfecto.

La venganza de Antonio Colmenares concluye. A partir de esta noche Florencio Rosales comparte su morada.

Una figura oscura y solitaria se dirige con precaución y rapidez en dirección al pueblo, atravesando el largo y angosto camino de tierra que ya conocemos. Aunque va con el rostro sereno, impasible, sabe que esta historia aún no ha concluido.

Más allá, en la lejanía, la azulada luz de los relámpagos presagia una probable tormenta.

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