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El libro ausente

viernes 21 de mayo de 2021
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El libro ausente, por Manuel Aristimuño
Luego de varios días de ansiedad y noches de insomnio, decidió no alterar lo que inexorablemente trazaba su destino.

El arte de la lectura, antología digital por los 25 años de Letralia

Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2021 en su 25º aniversario

¡Qué vida! La verdadera vida está ausente.
Arthur Rimbaud

Nadie ignora que la felicidad de Natalia Jiménez duró hasta los seis años de edad. El súbito fallecimiento de su padre, debido a un accidente automovilístico en la Autopista Regional del Centro, llenó su joven pensamiento de confusiones. El significado de la palabra muerte no lograba impresionarla; aún no podía comprenderla en toda su dimensión. Tal vez pensaba que su padre volvería en cualquier momento; que era como si se hubiera tomado unas vacaciones en solitario y pronto llegarían a su fin. Luego, debido al tiempo sin aparecer, creyó que la muerte era similar a un abandono voluntario. Sin embargo, algo le resultaba difícil de comprender: ¿por qué la abandonaría aquel hombre cariñoso que siempre tenía para ella una resplandeciente mirada, una palabra tierna, un beso en la mejilla, una sonrisa indeleble? El tiempo y la resignación hicieron que progresivamente la figura paterna se fuera desdibujando hasta ocultarse casi por completo en el brumoso lugar donde habitan los recuerdos.

Por otra parte, Rosaura Villegas, su madre, joven, hermosa y viuda antes de cumplir los treinta años, intentó resistir los llamados naturales del cuerpo y la tenacidad de los hombres (entre ellos varios amigos del difunto) que de inmediato comenzaron a observarla como un apetecible ejemplar necesitado de compañía y afecto. La razón principal para rechazar los ofrecimientos se debía a la negativa de que su hija creciera bajo la figura, no siempre positiva, de un padrastro.

Quizás nunca sabremos el o los motivos que llevaron a Rosaura Villegas a cambiar radicalmente de opinión; lo cierto, es que dos años después del entierro del marido, la mujer llegó una tarde a su casa acompañada de un hombre tal vez de su misma edad o pocos años mayor; abogado de la empresa donde ella trabajaba y de nombre Mauro Noguera. Si tomamos en cuenta la estatura, la blancura de la piel, el cabello oscuro y los ojos claros, podemos afirmar que era bastante parecido al padre de Natalia quien, al mirarlo por primera vez, sintió cómo en su mente se agitaba el pasado.

La niña cerraba los ojos, apretaba los labios; sentía náuseas y deseos de llorar, de huir.

Aunque al principio hubo resistencia por parte de la niña, que no toleraba ver a su madre ofreciendo y recibiendo afecto de un desconocido, las significativas muestras de cariño por parte del hombre, la vistosa celebración de su cumpleaños número nueve, organizada y costeada por el padrastro; los viajes a la playa durante las vacaciones y el semblante de felicidad que ahora exhibía permanentemente su madre, hicieron que Mauro fuera teniendo una aceptación progresiva.

La dicha parecía haber llegado de nuevo a la vida de Natalia Jiménez. Sin embargo, las manifestaciones afectivas del hombre hacia la hijastra comenzaron a diferenciarse, radicalmente, de acuerdo a las circunstancias: Mauro se mantenía a prudente distancia de la niña cuando jugaban o cuando la ayudaba con las tareas escolares en presencia de la madre, pero todo cambiaba cuando quedaban solos en la casa. Natalia sentía que su padrastro la observaba con una mirada extraña, diferente, inquietante, como expresando algo que ella no lograba descifrar; también mostraba un desmedido interés por sentarla en sus piernas y tocarla. Cuando las temblorosas y frías manos del padrastro rozaban o se detenían en aquellas partes de su organismo que siempre mantenía ocultas bajo las ropas infantiles, la niña cerraba los ojos, apretaba los labios; sentía náuseas y deseos de llorar, de huir.

Aunque con gran dificultad, Mauro controlaba el deseo de penetrarla, debido al temor a dejar evidencias delatadoras; no obstante, la obligaba a colocar sus manos y su boca sobre la intimidatoria lanza del hombre. Posteriormente, el líquido espeso y caliente que recibía en su cuerpo, le provocaba asco, la hacía llorar, aumentando el rencor y las ganas de romper el silencio.

Desconocemos cuántas veces soportó Natalia aquel patológico acercamiento de Mauro. Lo cierto es que un día, decidida a ponerle fin, amenazó con referir a su madre lo que acontecía durante sus ausencias. El hombre (conocedor y confiado de la fascinación que ejercía sobre la mujer) mantuvo la aparente tranquilidad y amenazó a la niña: si confesaba, él haría sufrir a Rosaura hasta ocasionarle la muerte. Sin embargo, aquel chantaje no frenó las resueltas intenciones de la niña que, con palabras entrecortadas, el rostro cubierto de lágrimas y a veces sintiéndose como si ella fuera la culpable de todo, no ocultó detalles al momento de hablar con la madre.

A pesar de que el semblante de Rosaura Villegas denotaba un estupor acorde con la desconcertante revelación de su hija, decidió mantener la calma, respirar profundo y escucharla con atención, pero conservando un elevado nivel de escepticismo. Como era de esperarse, cuando fue confrontado con la niña, el hombre negó todo lo dicho por Natalia y acusó a la mujer de consentirla, de carecer de autoridad, de no haberla educado como debía ser; por último, le advirtió, con firmeza en las palabras y en la mirada, que abandonaría de inmediato el apartamento y nunca más volvería a verlo, si dudaba de él. Y Mauro Noguera no se había equivocado.

En la nueva casa, Natalia encontró la tranquilidad necesaria para tratar de ordenar su vida.

Aunque se cuidó de no excederse (¿debido a las dudas?), Rosaura castigó a la hija por considerar que todo lo afirmado por ella se debía a inventos producidos por los celos o a la súbita reaparición del recuerdo paterno. Lo cierto es que algo conveniente para ella debía concebir, pero no permitiría que Mauro la dejara. Debido a la sorpresiva y alarmante actitud de la madre, alguna vez la niña se sintió acosada por la idea del suicidio.

A los once años, Rosaura Villegas decidió enviar a Rosaura a vivir con la abuela paterna. La prolongada soledad de la anciana fue la excusa perfecta que encontró la mujer para acabar de una vez con los permanentes reclamos y amenazas de la hija y, sobre todo, para no ver perjudicada la relación con Mauro Noguera y los demás hombres que estuvieron después de él.

En la nueva casa, Natalia encontró la tranquilidad necesaria para tratar de ordenar su vida. La abuela, aunque era poseedora de un carácter enérgico, le permitió ciertas libertades. Su adolescencia no fue muy diferente a la de sus contemporáneas. Aparecieron los primeros encantamientos amorosos, las primeras salidas a los centros comerciales con amigas y amigos. Sin embargo, su primera relación, más allá de los simples besos y las caricias por encima de la ropa, se produjo cuando había cumplido los dieciocho años y era una chica interesante para los ojos masculinos. Esa primera experiencia no podía recordarla como algo placentero, como ese recuerdo maravilloso, indeleble, que atesoran las mujeres: la hiriente imagen del padrastro, sus mentiras y amenazas, además de la actitud complaciente de la madre, se sobreponían largamente a sus deseos. Los hombres terminaban sintiéndola como una mujer dominada por la enfermiza frialdad de sus sentimientos, problemática, incapaz de demostrar satisfacción. Debido a ello, ninguna pareja tuvo la suficiente paciencia para estar junto a Natalia más de seis meses. Algo demasiado poderoso, incapaz de controlar, la llevaba a rechazar, a mofarse, a herir. Pronto reconocería que en su futuro estaban descartados el matrimonio y la maternidad.

Tal vez la soledad y el silencio de la casa, junto a la ausencia de amigas confiables, motivaron a que Natalia se acercara y, finalmente, se interesara por la vasta biblioteca que su difunto abuelo fue consolidando a través de los años. El interés por la lectura, sobre todo de poesía, se le despertó casi de inmediato. No era extraño observarla en ferias del libro, en conferencias de escritores y en recitales. Llevada por la emoción que le ocasionaba el contacto con los libros y los múltiples universos que iba descubriendo en ellos, decidió inscribirse en la Escuela de Letras de la Universidad Central de Venezuela, demostrando desde el inicio de las clases que había acertado en la escogencia. Antes, ya había abandonado, decepcionada y con deseos de retirarse de la universidad, estudios de administración y de comunicación social.

Algunos malestares físicos al principio le parecieron insignificantes; no obstante, cuando se multiplicaron y su cuerpo se negó a reaccionar positivamente a los medicamentos, Natalia decidió apresurar la consulta con el médico de la familia. Ante los síntomas que la mujer iba describiendo, el doctor, desconcertado por lo que escuchaba, prefirió esperar los resultados de los exámenes practicados a la mujer, para no anticiparse a dar un veredicto poco satisfactorio. Luego de conocerlos y de analizarlos con los especialistas, el dictamen fue determinante: dentro del cuerpo de Natalia iba expandiéndose un mal que, tal vez debido al avance que ya presentaba, sería difícil (o imposible) de contener. Una sola palabra sintetizaba la gravedad.

Como era de esperarse, la noticia sumió a Natalia en una profunda incertidumbre. Aún no cumplía los cuarenta años y ya su vida estaba notoriamente amenazada de muerte. Las preguntas se agitaban en su cerebro. ¿Debería batallar hasta el final, sometiéndose a inútiles y penosos procedimientos médicos, apoyándose en una posibilidad casi inexistente de salir vencedora? ¿Viviría los últimos momentos de su existencia como si ignorara el cercano destino que la esperaba? Luego de varios días de ansiedad y noches de insomnio, decidió no alterar lo que inexorablemente trazaba su destino. La universidad quedó en el olvido, como otro de sus propósitos inalcanzados. De esta experiencia académica únicamente sobrevivió el trato afable y permanente con Guillermo Arellano quien, además de haber sido su profesor de Teoría Literaria I, se transformó en lo que Natalia necesitó desde siempre: un amigo, un sincero confidente y consejero, descartando otro tipo de intenciones. De esta manera, Arellano conoció todo sobre su pasado, la enfermedad que la aniquilaba y su pasión por la lectura.

Quedó desconcertado por la palidez y la extrema delgadez de la mujer; también sobresalía su mirada carente de brillo, su voz apagada.

Una mañana, Natalia se acercó hasta la oficina de Arellano en la universidad. Al no encontrarlo, dejó sobre su escritorio un sobre con una breve nota. Sabedor del estado de ánimo de Natalia y pensando que podía tratarse de algo grave, apenas llegó lo abrió. El amigo se mostró sorprendido por lo que había finalizado de leer: era un manuscrito de ciento cincuenta páginas que contenían poesía de altísima calidad, la mejor que había leído en muchos años. La autora: Natalia Jiménez. Destacaba la sobriedad del estilo, el acierto en el uso de las imágenes y las palabras, la solidez de los versos. En ellos predominaban los contenidos íntimos, lacerantes; era, hasta cierto punto, testimonial. El fascinante influjo de Rimbaud y de Poe, de Baudelaire y Ramos Sucre, estaba presente.

Durante varios días Arellano intentó vanamente comunicarse con Natalia, quien mantenía el teléfono apagado, al igual que las luces de su casa. El amigo quería respetar su natural deseo de alejarse de todo aquello que significara preocupaciones, problemas, contacto humano; sin embargo, el hombre tenía para ella una noticia que seguramente la complacería: los propietarios de una editorial habían mostrado interés en el manuscrito y estaban dispuestos a publicarlo; sólo faltaba establecer los acuerdos necesarios entre las partes.

Una sorpresiva llamada de Natalia a Guillermo la puso al tanto de la aceptación que había tenido su manuscrito. Al siguiente día, cuando se encontraron en una cafetería ubicada en Bello Monte, Arellano quedó desconcertado por la palidez y la extrema delgadez de la mujer; también sobresalía su mirada carente de brillo, su voz apagada. Al caminar, era como si arrastrara su cuerpo inútil. Luego de varias horas de insistencia y de mencionarle la trascendencia de lo que había escrito Natalia, finalmente, aceptó que el libro fuera publicado; sin embargo, no mostró el entusiasmo esperado. Delegó en Guillermo todo lo relacionado con la edición. Luego, volvería a desaparecer para llenarse de luz y de brisa marina bajo la verde sombra de los cocoteros.

Un azulado paisaje de Macuto, capturado por la mirada y las mágicas manos de Reverón, ilumina la portada del libro que Natalia Jiménez no llegaría a ver.

Manuel Aristimuño
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