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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

Artista famélico

• Sábado 29 de diciembre de 2018
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Eloy abrió los ojos. Su mañana se presentó dulcemente. Por la ventana entraba una luz limpia y el sol apretaba con benevolencia. Las calles, los peatones, los coches, los pájaros, todo sonaba con calma, como el agua que corre por las tuberías, siempre y cuando nadie tire de la cadena. Acostado sobre la cama notó la espalda húmeda por el sudor, miró hacia sus piernas; por la noche, de forma inconsciente, se había destapado y había tirado las sábanas a los pies de la cama. Hacía calor, un calor cercano al buen tiempo, lo justo para no ahogarte al aspirar una bocanada de aire. Estiró los brazos, aún tenía sueño, pero debía desperezarse lo antes posible, levantarse y asearse para aprovechar el buen día que se le presentaba. Salir a la calle y realizar todo tipo de actos extravagantes tan propios de él, de Eloy, escritor frustrado y parado feliz, con tal de conseguir un trabajo o cualquier otra cosa provechosa.

La llamaba Vero por tomarse las confianzas por su cuenta, puesto que ella no dijo en ningún momento su nombre, ni preguntó por el suyo, pero lo leyó en la chapa identificativa.

Al posar el pie en el suelo escuchó un crujido y sintió un bulto en la planta del pie. Al principio pensó que ese sonido provenía de sus propios músculos y huesos, que se estaban adecentando por su propio bien, para que siguiera dando pasos y pasos hasta el lugar que se merecía. Manteniéndose sentado al borde de la cama, con ese pie apoyado en el suelo y los brazos erguidos y listos para dar el impulso final, se regocijaba con esa idea, la de que su cuerpo estaba de su parte, que todo apuntaba a que iba a conseguirlo, ¿el qué?, ya lo conseguiría y desentrañaría aquel misterio. Aguardó más tiempo, reuniendo fuerzas y autoconfianza, disfrutando del momento, echando la cabeza atrás con los ojos cerrados para saborear el principio esperanzador. Colocó el otro pie y se impulsó con los brazos para levantarse. Caminó hasta la puerta, notando cómo la planta del primer pie estaba algo rugosa, ligeramente molesta. Pensó que cualquier cosa de su cuarto, un trozo de papel o un hilillo, se le habría pegado por el sudor. Miró al suelo, siguió su rastro con la mirada y vio pequeñas manchas blancas. Frunció el ceño, apoyó la mano en el marco de la puerta, levantó el pie y ahí estaba: una cucaracha espachurrada y perfectamente incrustada en la planta de su pie. Su reacción no fue nada del otro mundo, no era tan escrupuloso como para alterarse por algo así. Fue al baño, intentando no apoyar mucho ese pie, arrancó un trozo de papel higiénico y despegó a la víctima, tirándola al váter y sin dedicarle siquiera unas palabras. Fue directo a la bañera, donde se duchó sin ningún problema. Sangre, sudor, pereza, todo se fue por el desagüe. Se puso el albornoz, lió una toalla en su cabeza, encendió un cigarro y fue directo a la cocina. El resto de la mañana ruló con normalidad.

Salió a la calle, por las aceras los peatones escaseaban, los coches pasaban con lentitud, como aturdidos, tres nubes se dejaban ver entre los pisos más altos de los edificios, y la temperatura era idónea, sobre todo en la sombra. Eloy, quieto, en su portal, miró a su alrededor, pensando por dónde empezar el día; buscar trabajo, relajarse antes en alguna cafetería y considerar ahí mejor sus posibilidades, o ir a una librería a mirar libros e, incluso, quién sabe, podría ir a la librería Miramar, a la que ya fue una semana anterior, y volver a hablar con Vero, la empleada que se le acercó mientras ojeaba la contraportada de un libro sobre Billy Wilder, cuando aún se planteaba la idea de ser guionista de cine, donde el dinero caía a raudales.

Eloy, aún plantado e inerte, rememoró a la perfección ese primer —y único— acercamiento con Vero. La llamaba Vero por tomarse las confianzas por su cuenta, puesto que ella no dijo en ningún momento su nombre, ni preguntó por el suyo, pero lo leyó en la chapa identificativa.

—Se acercó —se decía a sí mismo mientras esbozaba una placentera sonrisa—, se acercó sin que la llamase. Vino a mi búsqueda para ayudarme desconsideradamente, movida por su afán de ayudar a los demás, sin intereses ocultos, lo sé, porque no compré nada ni tenía pintas de que fuera a hacerlo, y se quedó conmigo, hablando y hablando mientras el reloj de su turno corría y no conseguía ventas por doquier. Tal vez cobrase comisiones. Seguro que conseguía algún plus por cada venta, pero conmigo no logró hacer nada. Hablé con ella, y ella sonreía como si fuera el mejor momento del día, ¡qué digo del día! ¡Seguro que fue el momento más feliz de su vida! Una persona no sonríe de esa manera así porque sí. Necesita motivos reales, humanos, cercanos al idealismo, a la gloria, una línea temporal y espacial totalmente ajena a esta tierra de polvo, piedras y casquillos. No, Vero Vero, no, tú y yo compartimos algo, como notas de amor en el instituto, miradas y muecas de jóvenes enamorados. No, de verdad, fue algo mágico y yo también lo noté, no te preocupes, lo noté en el instante en que te me acercaste y me preguntaste si me podías ayudar en algo. ¡Ni siquiera especificaste que fuera algo relacionado con la tienda! Me preguntaste y te miré, vi tu corto cabello pelirrojo, tus grandes gafas, la estrechez de tu cintura, incluso vi tu diente grisáceo. Sí, lamento decírtelo, pero me di cuenta y me encantó.

Eloy se quedó absorto en esos pensamientos. Juntó las manos simulando sostener un libro entre ellas y escenificó cómo fue aquel primer acercamiento. Hizo como si leyera, atentamente, se sobresaltó como si oyese una voz y apartó la mirada del libro imaginario, dirigiéndose a la nada. Miró de arriba a abajo la nada y sonreía y asentía. No tardó en notar una mirada en su nuca. La sensación de estar siendo observado lo sacó por completo de su pantomima. Miró la acera de enfrente; esta vez sí había alguien de carne y hueso: una señora entrada en años —más hueso que carne— lo observaba detenidamente, con la boca entreabierta y la cabeza ladeada. Eloy se recompuso, fingió que tosía y se piró raudamente del lugar.

Fue directo al Parque Municipal que había a dos manzanas de su casa. Una pareja de veinteañeros cruzaban por ahí, paseando un husky blanco y negro con los ojos más azules y claros que había visto en su vida. Apenas se fijó en la pareja, el perro era lo más llamativo de todo el parque. Se sentó en un banco que había cerca y observó con cautela los pasos del perro, el caminar cansado, la lengua asomando por el lateral de la boca, goteando, goteando, goteando. Eloy se acodó en sus piernas y apoyó la nariz en los dedos índices de ambas manos, como si tratara de ocultarse parcialmente. La pareja con el perro se perdieron al rato, tras cruzar la gran verja verde que limitaba el parque. Sin la visión del perro le entró el aburrimiento, los párpados se le caían y las ojeras le pesaban, bostezaba y bostezaba, expulsando ásperas ráfagas de aliento. La espalda le empezó a molestar, sintiendo pequeños pinchazos entre las lumbares, obligándolo a estirarse y sacar pecho para reducir el dolor. No lograba acomodarse en el banco; primero se acostó boca arriba, después de lado, y nada. De esa forma parecía que el banco era su cama habitual. Volvió a sentarse, subiendo y cruzando las piernas, pero las rodillas le flojeaban. “Este banco no estaba hecho para soportar un cuerpo humano”, pensó; “está hecho para perros, sí, para huskys posiblemente. ¿Tal vez aquel perro me viera aquí sentado y se fue rencoroso por acaparar el sitio? No, no, ni hablar. Ni me miró, no, no, no me miró ni por un instante. He vigilado cada movimiento suyo y no, ni se ha fijado en mí. ¡No soy digno para esos ojos azules!”. Se golpeó el muslo con el puño. Movía la cabeza, trazando círculos, para despejar el cuello, y volvió a recordar a Vero. No rememoró nada de ese día glorioso, sólo se limitó a conjugar su nombre de manera aleatoria e incongruente: Vero, Veró Veró, Veronicia, Veroyali, Oh Oh Veroyali, Veriveriveritá… Se reía y gimoteaba, iba alternando estados emocionales. Al rato recordó a la señora que lo observó con semejante insistencia. Llegó a la conclusión de que era una cotilla y una entrometida, una mujer desesperada y sin vida que se dedicaba a vagar por la ciudad en busca de alguna presa, alguien que fuera capaz de sentir lo que ella era incapaz, sentimientos que escapaban de su entendimiento.

Eloy se incomodó, se levantó de un salto y puso rumbo a su piso de nuevo, para coger la libreta de notas de todo buen escritor y un bolígrafo, que no debía ser necesariamente especial.

—¿Amor? —se preguntó Eloy—. Eso para ella no tiene sentido alguno —chasqueó los dedos y proclamó—. ¡Por eso me miraba con tanto desconcierto! ¡Aquella pobre mujer —ahora le daba pena—, sin familia ni amantes, en la eterna búsqueda de personas sentimentales como yo, con tal de absorber aunque sean las migajas, los desperdicios residuales de todo cuanto soy capaz de amar!

Estaba tan eufórico, proclamando, con los ojos clavados en el cielo, los desajustes de aquella mujer mayor, que entró en un estado ideal para escribir. Él mismo se dio cuenta de ello, que en ese momento las palabras fluirían como quien ve llover sobre un rejado metálico. Tanteó sus bolsillos buscando su libreta de ideas. Todos los escritores tienen una, y la mayoría atufaban a papel mojado en vinagre. No la encontraba, se la había tenido que olvidar en su apartamento.

—¿Desde cuándo necesita un escritor algo para escribir para ser escritor? —se dijo a sí mismo, mintiéndose para no caer en la desdicha y acabar con la cabeza gacha.

Se irguió en el banco, cruzó las manos y comenzó a crear una historia mentalmente. Una historia sobre esa mujer entrada en años, un ser que tuvo la mala suerte de nacer vacía y se dedicaba a vagar por la Tierra en búsqueda de sentimientos. En su cabeza todo estaba siendo narrado de forma cotidiana, envuelto en un aire corriente, exento de conjuros y maldiciones, totalmente ajeno al ocultismo. Era, simple y llanamente, una mujer que podría ser tu madre o tu abuela —depende de la edad que tengas—, que pasa totalmente desapercibida y se ajusta a la perfección a la imagen de una sociedad occidental media. Siguió trabajando, en silencio, con la mirada perdida y el rostro apagado. De repente, vuelve la sensación de que alguien le observa, se le eriza el vello del brazo, un calor sofocante le baja por la cabeza hasta los hombros, parpadea incesantemente mientras menea la cabeza; un niño, no mayor de diez años, probablemente, lo mira detenidamente a lo lejos, casi al final del parque. Sólo se ve un cuerpo diminuto tocado con una mancha amarilla, que debía ser el pelo. Eloy se incomodó, se levantó de un salto y puso rumbo a su piso de nuevo, para coger la libreta de notas de todo buen escritor y un bolígrafo, que no debía ser necesariamente especial.

Caminaba con la mente y los ojos completamente en blanco. Cuando llegó a su portal miró la acera de enfrente, el lugar en el que había estado la protagonista de su nueva historia. Ya no estaba: estaría deambulando por las calles, intentando encontrar un alma tan fuerte como la de Eloy y saciar sus apetitos. Entró al piso, fue directo al dormitorio. El ordenador estaba encendido, como siempre lo dejaba, con una página en blanco y otra con un relato a medio escribir, dependiendo de por dónde le salía la inspiración. La libreta estaba entre dos libros, sobre su mesilla de noche. La cogió, miró al ordenador: nada. Puso la libreta bajo el brazo y miró a su alrededor, buscando un bolígrafo o un lápiz: nada. Salió al comedor, un lápiz rojo a medio terminar, con el cuarto de su tamaño original, coronaba un bol plateado lleno de gomas elásticas, papeles varios de facturas y publicidad, una gafas de sol de plástico viejas y demás basura. Cogió el lápiz, sacó el paquete de Winston, calculando si cabría ahí; cupo a la perfección, boca arriba, como el cigarrillo de la suerte, como algunas personas lo llaman. Salió.

En la calle todo se mantenía tal y como lo había dejado. Esa vez no dudó y fue directo a la cafetería de la esquina, que tenía terraza a pie de calle. El lugar estaba abarrotado. El buen tiempo y el sol les sonreía a todos aquella deliciosa mañana. Eloy se sentó en la única mesa libre que pudo pillar, en la calle, la mesa que estaba justo pegada a la cristalera que daba al interior, y la silla estaba a un palmo de la puerta por la que salían raudos los camareros, los niños correteaban y algún que otro anciano se las veía negras para conseguir abrirla.

Aquella chica no paraba de moverse, hablando con clientes, yendo de un estante para otro, al ordenador, a caja… Pero no era ella, no era su Veronicia.

Lo primero que hizo fue percatarse de que hubiera cenicero: en sus planes estaba fumar como un poseso. Lo había. Se acomodó en la silla, pidió un café con leche y encendió un cigarro. Al principio se limitó a dar caladas, expulsar el humo y embobarse con el ambiente: escuchaba las conversaciones de las mesas colindantes, señores mayores medio sordos hablando a gritos entre ellos, un bebé que lloraba mientras su hermano, con unos diez años ya por lo menos, reía a carcajadas mientras cogía sus juguetes, se los restregaba por cara y los apartaba al instante de su alcance. Así no había quien escribiera, y menos sin abrir la libreta de todo escritor que lo valga. Eloy sorbía con cautela el café, como si estuviera haciendo pausas para descansar de algún esfuerzo mental. Por fin, se dignó a abrir la libreta y repasó antiguos escritos. Pensó que si sus propias palabras eran capaces de inspirarle, de activar el resorte, estaba logrando su objetivo. Leyó y leyó, frases sueltas, poemas cortos, microrrelatos de no más de doscientas palabras, y no se inspiró en absoluto. Hizo el esfuerzo de releer lo leído, pero esa vez con la historia de la señora mayor absorbealmas: todo en vano. Se quedó quieto, mirando la libreta mientras el café se enfriaba por momentos. Alzó la vista y vio con mayor nitidez a la bebé que lloraba. Se había puesto de pie en la silla, mientras su madre había ido al interior del local. Miró a la madre a través de la cristalera y la vio apoyada en el expositor de bollería, hablando tranquilamente con el camarero. El hermano, el crío de no más de diez años, también había desaparecido. Dejaron sola a la niña, de pie en la silla y jugando con una botella de cristal de zumo vacía. Tendría unos dos años. Tenía una frente enorme, mirada perdida y la cara hundida. Eloy la miró, con ojos tristes y llenos de compasión, y se sintió culpable, sin saber exactamente por qué, pero se sentía culpable por haber maldecido a todos los presentes en sus adentros, incluyendo los llantos y alaridos de aquella niña inocente. Remató la taza de café, entró a paso ligero y puso un euro en la barra.

—¡Aquí te dejo lo del café! —exclamó al camarero, que seguía hablando con la madre, mientras se dirigía a la puerta.

Se fue, directo a la librería Miramar, directo a la búsqueda de Vero. En el camino volvió al juego con su nombre: “Vero, Veramar, jiji, Veratusta, Veralita, Verayali; Verayali Verayali Verayali”.

Llegó a la puerta de la librería, sin llegar a entrar. Primero miró por el escaparate, enfocando directamente al interior, sin detenerse en los libros. Vio a una chica con el uniforme de dependienta: chaleco verde y vaqueros azules. La camisa daba igual la que fuera. Aquella chica no paraba de moverse, hablando con clientes, yendo de un estante para otro, al ordenador, a caja… Pero no era ella, no era su Veronicia, ni su Veratusta, ni mucho menos su Verayali. Aquella mujer era más grande, más alta, con el pelo corto rubio y rizado en el flequillo.

Eloy decayó, su mano dejó marca en el ventanal del escaparate al separarla. Miró al suelo, pensando, dándole vueltas y vueltas a qué ocurría. Se la habían quitado, robado, extraído quirúrgicamente. Tal vez no fuera su turno, no le tocaba ese día o esa hora. Peor, tal vez la echaron porque no consiguió las ventas necesarias para mantenerse en plantilla. ¡Peor! Tal vez la echaron por su culpa, por entretenerla y no lograr las ventas necesarias. “No, no, no”, se repetía, dándose manotazos en cara y pecho, con los ojos humedecidos y las lágrimas aglomerándose. Si se le ocurría parpadear, caerían. Parpadeó y una sola lágrima rectó por su mejilla. Miró de nuevo por el escaparate. “Un último vistazo antes de la muerte”, pensó. Nada. No era ella.

Antes de largarse de ahí, ojeó los libros, y vio que no se podía permitir ninguno. Pasó frente a la puerta y vio un cartel pegado en ella. Era un cartel nada artístico, simple. Sencillamente ponía en grandes letras sobre fondo blanco: SE BUSCA DEPENDIENTE/A. Siguió de largo y se marchó.

 

Al llegar a su piso, el ordenador seguía ahí, encendido y juzgándolo. A Eloy le entró una extraña sensación de culpabilidad, recordando lo de aquella niña. Cerró los puños, rememorando y rememorando aquel extraño día. Se encendió un cigarro y se sentó al borde de la cama, justo en frente del ordenador. Se quedó quieto, inmóvil, estático, como si aquella anciana hubiera logrado arrebatarle algo. Enumeró mentalmente los acontecimientos del día, tratando de hallar algo con lo que alimentar la pantalla encendida del PC. La anciana sorbepupilas, un niño rubio inerte en el parque, aquel husky tan increíble, la niña de aspecto extraño llorando, la madre camelándose al camarero, el niño de unos diez años que desapareció de repente, aquella chica grande que suplantó a Vero, los libros, todos esos libros de escritores que seguro portaban una libreta a todas partes. En ese momento cayó, se sobresaltó, miró sus bolsillos, por debajo de la cama, rodeó toda la habitación con la mirada y recorrió cada metro cuadrado del apartamento. Se dejó la libreta en la cafetería. Volvió a la cama, se acostó bocarriba, mirando el techo.

—Vero, Verirte, Varetano, Varoña, Se busca dependiente, ta, Verrusia, ta, ta, dependiente, te, te…

 

Una semana después, Eloy estaba anclado en medio de la librería Miramar, uniformado con un chaleco verde, vaqueros azules y la camisa que quiso. Tenía un sueldo fijo más comisiones, y su permanencia dependía de los libros que fuera capaz de vender durante el primer mes, debiendo cumplimentar un mínimo que desconocía, para darle más juego al asunto. Frente a uno de los estantes había una chica dándole la espalda. Tenía el pelo corto pelirrojo, una cintura estrecha. Eloy suspiró, recordando a Vero, y se dirigió a la chica.

—Perdone, ¿puedo ayudarla en algo? —preguntó.

La chica se giró.

—¡VERAYALI!

Arturo Zafra Moreno

Escritor español (Caravaca de la Cruz, Murcia, 1996). Fue finalista en el concurso de la I Antología Internacional de Poesía Contemporánea de Estudios Universitarios, finalista en I Premio Internacional de Poesía Experimental Barco Ebrio, finalista en el II Concurso de Poesía “¿Versamos?”, seleccionado en “Por Amor a la Poesía” y seleccionado para aparecer en la antología poética Ver-S.O.S, promovida por el concurso +Poesía de Ediciones de Letras. Ha publicado los poemarios Viento embriagado (2015), Réquiem del licor (2015) y Delirios y ataduras con el nudo mal hecho (Ediciones En Huida, 2018). Textos suyos han sido publicados en la antología universal de poesía Arte Poética: Rostros y Versos y en revistas digitales como Almiar, Resonancias Literarias, Poesi.as, Espacio Luke, La Poesía Alcanza para Todos, El Humo, Lengua Suelta, Poesía Cuatro, Bitácora de Vuelos, Letras Salvajes y Opulix.
Arturo Zafra Moreno

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