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Hablemos, de Octavio Santana Surez

La barricada de los funerales

• Martes 8 de enero de 2019
Toda la ciudad se ha ido llenando de este llanto.
Álvaro Mutis

—Decime, ¿qué va a pasar cuando ninguno esté ahí para nosotras y no sepamos dónde enterrar a nuestros muertos?

—Todavía nos quedará el campo y la piedra bajo el agua.

—No puedo evitar las turbulencias nocturnas, pero le temo más a la luz del día. Nada hay más silencioso y perturbador que la sombra que intenta vencer a la luz.

—Yo quisiera no ver. Vamos, se nos hace tarde.

—Espero que aún nos reciba. ¿Escuchaste? Son balas otra vez.

¿Escuchaste esos lamentos? Gritan. Huele a flores a punto de marchitarse, a niños calcinados, a fosa abierta.

—La paciencia es su virtud; en declive, pero persiste.

—Siempre que camino estas calles vuelvo en el tiempo cuando en verdad tenía las intenciones de hacer algo por lo cual sintieran admiración.

—Éramos jóvenes.

—Nunca pude olvidar ese olor a comida recién hecha en casa, la brisa.

—¡Ya basta! Eran otros tiempos, otras virtudes.

—Lo sé. A veces lo pierdo. No sé si en verdad alguna vez lograré vencerlo.

—No seás pesimista.

—Lo soy.

—No es preciso que me lo digás. Lo veo en tus labios lacerados y en tus dedos sangrantes.

—¿Qué ganás con mentir? Sé que tampoco estás satisfecha. ¿Escuchaste esos lamentos? Gritan. Huele a flores a punto de marchitarse, a niños calcinados, a fosa abierta. Intento no pensar, pero esta ciudad es un infierno.

—¿Y qué has ganado?

—Sosiego… Al menos las pastillas.

—Tenés razón. Al final de cuentas, es lo que mejor podemos hacer. Seguir las instrucciones.

—Detesto tener que enfrentar mi debilidad. Violarme, y permitir que otros decidan por mí. ¡Qué sé yo! Como si no tuviera otro propósito más que el olvido. ¡Cómo olvidar si nos están matando! Maldita la bala que atraviesa el cuerpo de la disidencia. Maldita la mano que empuña el arma parca y maldito el odio que erupciona con violencia para ultimar las flores a su paso.

—Yo también estoy fastidiada. Soltá esa maldita taza podrida, es asquerosa. ¿Por qué cargás tu propio vómito?

—Se llena de mi asco, la vacío y la vuelvo a llenar. Es como limpiarme de todo el hedor para volver. No puedo callar. Se termina el día y el funeral apenas empieza.

—Es lo único seguro. Pero no pensemos en eso ahora… Nos están esperando, acelerá el paso.

—Hay neblina.

—Acelerá el paso, llegaremos. No respirés y cubrite la boca; son gases.

—¿Qué me corresponde?

—Comportarte. Eso o una nueva dosis, quizá más insoportable, te lo aseguro. ¿Escuchaste? Son balas.

—¡Callate!, ni pensarlo. Veo sombras. ¡Quiero vomitar!

—Si así pudieran salir tus demonios.

—¡Qué no daría por ese exorcismo!

—Ya ves, estamos siempre a punto del azote.

La noche nunca ha sido eterna. Nadie puede detener el amanecer.

—Pero nunca llega ni llegamos. Se escapa. Estoy cansada.

—No con las fuerzas necesarias.

—Si vos lo decís.

—Sí, lo digo. Estaremos más tranquilas.

—¿En la noche? Quizá sea de noche siempre. Le temo a la luz y a su silencio estremecedor. ¿Cuándo amanecerá?

—La noche nunca ha sido eterna. Nadie puede detener el amanecer. No te adelantés, se está acercando.

—Como todos los malditos días, ¿y yo qué?

—Pues nada, lo que corresponde.

—Fingir.

—No, seguir la dosis al pie de la letra.

—No me está ayudando en nada, ni siquiera puedo dormir tranquila. Esta angustia de no saber qué otro hijo nos arrebatarán, qué nueva atrocidad nos guarda la mañana.

—Ya pasará, no te aflijás.

—¿Desde cuándo está pasando y no termina?

—En algún momento.

—Quizá mañana. Quizá sí pueda sentarme en el pasillo. Quizá sea más fácil poder decir que todo es mejor. Quizá sí pueda enterrar este cuerpo. Quizá pueda escuchar la radio, leer un libro, escribir un poema. Sin embargo, el peso de estas flores. Y las balas, y la sangre, y el llanto… Estoy cansada.

—Nada de eso te ha hecho bien. Mejor ni lo pensés.

—¿Desde cuándo saben qué es bueno para mí?

—Yo lo sé. Te he visto.

—¡Mentira!

—Es probable, no lo niego.

—¿Entonces por qué seguís su juego?

—¿De quién?

—El de todos.

—¿Quiénes son todos?

—Los que me perturban, las sombras… ¡Asesinos!

—No sé si al final también sabremos sus nombres.

—No quisiera.

—Es mejor eso que la ausencia.

—¿Y qué sabés de ausencia?

—Mucho más de lo que pensás; es el misterio de la victoria entre cenizas.

—No pienso nada. Te he visto sentarte en el pasillo y nada más.

—Entonces me has escuchado cantar la canción de cuna a un niño helado.

Quizá mañana pueda despertar en otro mundo, con otras flores, en otras guerras.

—Y me enferma.

—¿Por qué?

—Me provoca vómitos pensar que en algún momento también pude cuando respiraba.

—Me alegra.

—Paremos. Tengo sed y me duele respirar.

—Aguantá, falta poco.

—Apesta.

—Estás sentada sobre la mierda.

—Quizá mañana me pueda levantar.

—Quizá mañana pueda despertar en otro mundo, con otras flores, en otras guerras.

—¿Allá con el silencio?

—Allá conmigo misma.

—¿Qué hay allá? ¿Lo escuchaste?

—Mi voz quedita.

—Mi cuerpo sin tu voz susurrándome la muerte.

 

—¡Despejen la zona! Pensé que no llegarías.

—Hicimos lo posible por estar a tiempo.

—¿Quiénes?

—Las dos.

 

Jorge Campos

Jorge Campos

Escritor nicaragüense (Managua, 1987). Es economista de profesión. Autor del poemario Ruinas del árbol (400 Elefantes, Managua, 2017). Ha publicado en revistas electrónicas e impresas latinoamericanas como Círculo de Poesía y La Estantería (México); Carátula, El Hilo Azul, La Prensa Literaria, 400 Elefantes y Álastor (Nicaragua); Pórtico21 (Costa Rica), Resonancias Literarias (Francia), Θράκα Περιοδικό Εκδόσεις (Grecia) y Efory Atocha (Cuba). De 2012 a 2015 fue director y editor de Vórtice. Textos suyos han aparecido en diversas antologías.
Fotografía del autor: Franklin Villavicencio

Sus textos publicados antes de 2015
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Jorge Campos

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