“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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El pasmao Puchalski

jueves 17 de enero de 2019

Lo de Puchalski empezó como un empacho. Comía media galleta de campaña y a los tres bocados quedaba inflado, como si se hubiese despachado dos platos de fideos. Le pasó un día, dos. Al tercero fue a visitar a la nieta de doña Francisca. Decían que había heredado algunos poderes de la curandera.

La gurisa sacó un cordón de tela de un armario. Puchalski se puso una punta sobre la boca del estómago. Ella sujetó la otra punta con la mano izquierda, estiró el cordón y se persignó. Murmuraba mientras medía tres veces la longitud de su antebrazo derecho e iba recogiendo el cordón con la mano izquierda. Tres veces hizo eso y las tres veces la punta de sus dedos llegó hasta la mano de Puchalski. No era empacho.

Aunque no era creyente, estaba considerando ir de rodillas hasta el monumento a la Virgen a la entrada de Paysandú si se le pasaba la molestia.

La nieta de la curandera abrió un cajón del armario y sacó un manojo de carqueja que había juntado el viernes santo al lado del cementerio. Le dijo que hiciera té y lo tomara tres veces por día. Puchalski le preguntó cuánto le debía. La gurisa dijo que no aceptaba plata, pero que si quería le podía arrimar algún comestible. Esa misma tarde Puchalski le llevó un kilo de pulpa.

Empezó el tratamiento con el té. Una semana y nada.

Fue a la policlínica. Una pastilla de omeprazol cada mañana, media hora antes del desayuno. Un mes después seguía igual. El médico le mandó hacer una gastroscopía. Nada raro.

Cambió de dieta: menos carne roja, menos fritos, menos picantes. Nada. Dejó de tomar alcohol. Sin novedad. Aunque no era creyente, estaba considerando ir de rodillas hasta el monumento a la Virgen a la entrada de Paysandú si se le pasaba la molestia.

Estuvo tres semanas sin pisar el boliche de la Cooperativa, pero finalmente fue a desahogarse. Encontró al rengo Benítez tomando unas copas con Timosha y Yorka Oserov. Los tres se quedaron con la boca abierta cuando pidió un agua Salus.

—¿Está enfermo? —dijo Timosha, mirándolo con compasión.

Puchalski pasó el parte.

—¿Por qué no va a ver al Higúmeno? Se está quedando en la chacra de Mitia Tsariov y atiende pacientes. Aproveche —dijo Yorka.

—¿A quién? —dijo Puchalski.

—Al Higúmeno.

—¿Y eso qué es?

—Un ruso especialista en yuyos —dijo Yorka—. ¿No se enteró?

—Qué se va a enterar —dijo Benítez por lo bajo, como hablando solo—. Hace como dos meses que no sale del rancho. Ni de los amigos se acuerda.

—Mucha gente ya lo ha visto y algunos dicen que se sienten mejor —dijo Yorka—. ¿Por qué no va? Perdido por perdido…

Puchalski se quedó conversando con los parroquianos hasta que empezó a ponerse el sol. Llegó a la chacra a eso de las siete. Desde el portón se veían un algarrobo enorme, una mesa y varios barbudos sentados. Estaba a punto de golpear las manos cuando se largó la perrada. El dueño de casa se levantó, lo reconoció, pegó un par de gritos y le hizo señas para que entrara. Puchalski abrió el portón con miedo y caminó despacio mientras un pastor alemán, un doberman y tres marca perro lo olfateaban de cerca. Saludó. Estaban Varegov, Dubniov, Ribinski y Malbrán. El más prolijo era el Higúmeno. Alto, bien vestido, barba negra, ojos oscuros, mirada profunda. Le apretó fuerte la mano. Su perfume contrastaba con el olor a ropa sucia, pelos grasientos y sudor agrio de sus acompañantes.

El Higúmeno metió una mano en el bolsillo de la camisa y le pasó una tarjeta. De un lado,

Константин Тимофеевич Третьяков
Игумен натурoпат
127 Пьедра Альта ул., Джунг

Del otro,

Konstantin Timofeievich Tretiakov
Higúmeno naturópata
Piedra Alta 127, Young

Mitia le arrimó una silla. Puchalski se sentó entre Varegov y Dubniov. Miró con disimulo los alrededores. Pollos y patos picoteando el suelo, un chancho suelto cerca de un maizal raquítico, botellas vacías apiladas a la que te criaste contra una pared de la casa. Mierda de gallina, bosta de vaca, colillas de armados y cigarrillos negros, moscas. Arriba de la mesa, unos platos de estaño con fiambres, galleta y silotka, una damajuanita de cinco litros de vino a medio llenar, vasos. Y el olor a sudor de sus vecinos.

Malbrán le ofreció un mate. Puchalski vio los dientes partidos y negros del borrachín y dijo que le dolía el estómago.

El Higúmeno retomó el hilo de un monólogo. Hablaba de sus años en la Unión Soviética. El óblast de Omsk lo había comisionado para estudiar la virgulilla del cólera. Recorrió trescientos kilómetros del curso traicionero del Irtish analizando muestras en cada balota. “Esos pantanos son el caldo de cultivo de las virgulillas”, dijo, mirando a Puchalski. Con un informe favorable en el bolsillo pasó al óblast de Tomsk. Los bosques de píceas y alerces a orillas del Ob lo cobijaron.

El Higúmeno lo hizo sentarse en el borde de un catre cubierto con una morita rotosa y le pidió detalles de sus hábitos alimenticios, incluyendo la frecuencia, color y consistencia de sus deposiciones.

—Vi árboles gigantescos —dijo, perdiendo la mirada más allá del portón de la chacra—. Sibirsky kedr. Qué árbol. Puede vivir más de quinientos años. Acá no hay nada parecido.

Ribinski levantó la cabeza y fijó sus ojos de ido en el Higúmeno. Tenía la boca abierta y un hilito de baba se le escapaba por una de las comisuras. Puchalski se sintió incómodo. Le costaba no mirar a Varegov, que tenía un tic y no paraba de pestañear. El Higúmeno volvió a las fétidas marismas del Vasiugán y al krai de Krasnodarsk, siempre detrás del cólera. Siguió el curso del Yenisei hacia el Ártico. Convivió un año con los ostiacos y aprendió sus tradiciones chamánicas y el conocimiento de las hierbas medicinales. Contaba todo en un castellano poético, con un acento neutro, entre grandes pausas y pitadas a un armado.

—Tabaco rubio con salvia, lo mejor que hay. ¿Fuma?

Puchalski dijo que no con la cabeza. El Higúmeno siguió relatando sus aventuras entre los siberianos, matizándolas con detalles de la flora y fauna y divertidas anécdotas de sus ocasionales compañeros de viaje. Una noche estuvo a punto de morir congelado cuando se desató una tormenta de nieve. El ostiaco que lo acompañaba desenvainó el cuchillo y se puso a cortar los pastos altos de la llanura. El Higúmeno, poco acostumbrado a las tareas manuales, ayudó mientras pudo. Se despertó a la mañana siguiente dentro de una especie de carpa vegetal. Afuera estaba todo blanco y helado.

—Me salvó la vida —dijo el Higúmeno, mirando fijamente a Puchalski—. Para eso estamos los seres humanos, para ayudarnos. A partir de esa tormenta algo cambió en mí. Sentí como una revelación. Me arrimé a la iglesia ortodoxa clandestina y al tiempo era el jefe de una comunidad de fieles. Cuando alguno caía enfermo aplicaba lo que había aprendido de los ostiacos y trataba de ayudar. Por eso conservo el título que me dieron, para no olvidarme de mi misión. —Hizo una pausa—. ¿Qué puedo hacer por usted?

Puchalski le contó su problema.

—Vamos a mi consultorio —dijo. Manoteó un bastón y caminó hacia la casa. Cruzaron el comedor esquivando las gallinas y entraron en un cuarto oscuro y con olor a humo y encierro. El Higúmeno lo hizo sentarse en el borde de un catre cubierto con una morita rotosa y le pidió detalles de sus hábitos alimenticios, incluyendo la frecuencia, color y consistencia de sus deposiciones. Después del interrogatorio le dijo que sacara la lengua y le tomó el pulso. Con la mano izquierda le sostuvo la cabeza y con el pulgar y el índice de la otra, amarillos de tabaco, le separó los párpados y estudió el iris.

—Sáquese la camisa y acuéstese —dijo. Puchalski pensó en pulgas y chinches pero siguió las instrucciones. El Higúmeno empezó a palparle el abdomen y a preguntarle si le dolía. Tanto le apretó el vientre que Puchalski se rajó una menta.

—Perdón —dijo, sintiendo que le ardían las orejas.

El Higúmeno respiró hondo.

—Al contrario, con esto ya puedo definir el diagnóstico. Puede sentarse.

Puchalski se prendió la camisa y miró al Higúmeno con ansiedad.

Serñísti vadarod, clarísimo, y un poco de maslánaia kislatá —dijo el Higúmeno—. Ya me parecía.

—¿Y eso es jodido? —preguntó Puchalski, aprensivo. El Higúmeno lo miró con benevolencia.

—Para nada. Sulfuro de hidrógeno y ácido butírico. Usted tiene un pasmo estomacal, mi amigo.

Puchalski se puso pálido.

El Higúmeno se acomodó en su silla, sacó una tabaquera de cuero y se puso a armar un cigarro con la parsimonia de un iluminado.

—No tiene de qué preocuparse. No es nada que no se pueda tratar con un buen compuesto.

Fue hasta un aparador y se puso a revolver unas bolsas. Sacó un paquete marrón y se lo entregó.

—Haga un té con estas hierbas y tómelo tres veces al día. Una cucharada sopera en medio litro de agua alcanza.

Puchalski abrió el paquete. Pedazos de hojas, palitos, flores secas. No reconoció ninguna planta.

—Puede comer y tomar lo que quiera, pero, como siempre insisto, con moderación —dijo el Higúmeno—. Son trescientos pesos —agregó, como al pasar.

Puchalski se quedó en blanco unos segundos. El Higúmeno miró distraídamente por la ventana del cuarto. Afuera empezaron a cantar. Puchalski reaccionó y pagó la consulta. El Higúmeno le dio las gracias y guardó los billetes. Salieron en silencio.

Llegaron a la mesa bajo el algarrobo cuando Malbrán estaba terminando de llenar los vasos. Ribinski y Varegov seguían desentonando Katiusha. El Higúmeno se acomodó en su silla, sacó una tabaquera de cuero y se puso a armar un cigarro con la parsimonia de un iluminado. Mitia se levantó y se acercó a Puchalski.

—Voy a preparar la cena. ¿Te quedás a comer?

Puchalski miró con disimulo las uñas largas y sucias del dueño de casa.

—No, no, gracias. Tengo visita esta noche. Otro día.

—Bueno. No te pierdas. Siempre estamos acá —dijo Mitia, sonriendo.

Puchalski saludó al barrer y empezó a caminar hacia el portón. Lo envolvió un vaho de sulfuro de hidrógeno y ácido butírico. “Otro pasmao, y el especialista con ellos”, pensó, apurando el paso.

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