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Tres textos de Viaje inverso, de Iris Tocuyo Llovera

jueves 21 de marzo de 2019
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“Viaje inverso”, de Iris Tocuyo Llovera
Disponible en Amazon

Viaje inverso
Iris Tocuyo Llovera
Cuentos
2018
Edición de la autora
ISBN-13: 978-1727059137
84 páginas

Libélulas

Comenzó mirándola de soslayo, escrutando cada parte de su cuerpo, sintiendo escalofríos en cada mirada o palabra que ella pronunciara.

Cada visita era una angustia o un deseo, no sabía cómo describirlo.

Al salir de la casa, ella lo acompañaba a la puerta y su sonrisa lo abanicaba y le impedía despedirse, hasta que ella coqueteándole (bueno, era lo que él imaginaba) le decía un adiós con un vuelve pronto que se quedaba en sus oídos como una melodía infinita.

Desde su carro seguía observando la puerta que ocultó su cuerpo de Afrodita.

Miles de pensamientos lo perturbaban y el deseo de poseerla se acrecentaba. En su fuero interno se maldecía por su estúpida timidez y culpaba a su padre por eso. Cuántas veces le dijo: “Olvídate de las mujeres; sólo te traerán problemas. Estudia y en algún momento entenderás mis palabras”.

Atormentado, encendió el carro y se dirigió a su consultorio donde lo esperaban las parturientas anisópteras junto a los zigópteros.

El recorrido se hizo inalcanzable; el tráfico, el ruido, el desespero de su ardor que lo convulsionaba.

De pronto… la luz roja encabritó su pie y todo eclosionó en ninfas que rodearon su boca pronunciando un canto que lo sumergió en un éxtasis eyaculante.

Entreabrió los ojos, y allí estaba ella, acechando en camuflaje con sus mandíbulas extensibles, mirando sedienta hasta el paroxismo, aquel fascinante rostro lleno de larvas y renacuajos.

 

Recuerdo

Ya era el atardecer de siempre, pero esta vez un arcoíris demarcaba el infinito.

Agobiada de paquetes en su espalda para el desayuno, de niños que, sin ser harapientos, sufren de soledad ante la furia de la madre ajena.

Y tú, escondida detrás de caracoles y medusas, engalanas tus muñecas de piedras con lazos de espuma.

Me acerco y simulas que no existo, porque si despiertas de tu juego, ya el mundo real te posesiona.

Lamento no encontrar palabras para decir que no encuentro palabras.

Es como decir que la palabra está fuera de mí, sumergida en tu cuerpo desde la partida del limonero que arrancó el temporal, arrasando con todo lo deseado en nuestros pensamientos. La enramada está cubierta de sol y reseca de la desesperanza.

Ni siquiera parece un desierto, porque en el desierto existe la ilusión del oasis.

Tu figura la dibujo en las cenizas para descubrir por lo menos una línea que me permita escribir una carta de despedida; aunque nunca llegue a su destino.

Así, meditando ante el ventanal, la brisa marina mueve sus cabellos, y una lágrima resbala por su rostro casi petrificado en el tiempo.

Sólo un epitafio te llora.

“¡Corten, corten! —grita el director—, ¡alteraste el guion! Esa es la copia textual de un poema”.

“Sí —contesta el actor—. La muerte siempre se repite sin importar los escenarios”.

Y la cámara cae sin pesadumbres.

 

Viaje inverso

Ese día se levantó con el azoro de la partida e hizo una agenda mental midiendo el tiempo y los puntos de distancia de la ciudad.

Preparó las maletas y se lavó el pelo secándolo de manera vertiginosa.

El reloj marcaba la hora de partida y el horario de oficina alterado por la restricción energética del momento.

Se vistió y tomó lo necesario para salir a la ciudad temida, utilizando un sobretodo con anchos bolsillos que sustituían su cartera italiana que dejó protegida en la habitación del hotel.

Estaba indecisa entre tomar un taxi directo a su primera parada —visitar la tumba de su madre en el cementerio, ubicado en las afueras de la ciudad— o montarse en el tren y luego hacer los diferentes transbordos entre trenes, autobuses y taxis.

Tomó la última decisión.

Arrepentida en el caluroso autobús, se extendía en pensamientos por la lentitud del tráfico y el apretujar de la gente con su cuerpo.

Además, el abrigo la sofocaba y no podía quitárselo por las circunstancias. Era prácticamente “una cartera de cuerpo entero”, donde llevaba las llaves, el dinero, las tarjetas de crédito, el teléfono, las copias y originales de identificación.

La ciudad mandaba, determinaba.

Al llegar a la última estación, tomó un taxi que la subiría al cementerio, compró las flores y se puso sus protecciones en homenaje a sus santos. “¡A’salamo alicum! ¡Alicum a’salam!”, desde el inicio, palabras que le abren el camino para encontrar la tumba en ese maremágnum.

A pesar de que va con cierta frecuencia, siempre se pierde en un torbellino. Ya al pie de la tumba, coloca las flores encima de ésta y busca el agua para el florero.

Esta vez tuvo que caminar al otro extremo para conseguirla, debido a un percance del momento con la llave del agua en la que siempre se surtía para poner las flores.

El taxista esperaba limpiando el parabrisas y mirando de vez en cuando hacia donde se efectuaba un funeral en ese momento.

Colocó las flores y trató de rezar, pero se sintió extraña, como si su espíritu no la acompañara o el espíritu de su madre no estuviera en ese momento como otras veces que, a pesar de haber pasado veinte años de su muerte, siempre que iba sentía que era como el primer día.

Esa sensación dolorosa de la pérdida y el abandono.

“Qué extraña me siento, parece un presagio”.

Se despidió, volvió a montarse en el taxi, fue a su segunda dirección y de allí le pidió al chofer que la llevara al hotel a recoger las maletas y le preguntó cuál era su tarifa para llevarla después al aeropuerto; acordaron el precio. Al llegar al hotel, tomó rápidamente sus maletas y el taxista amablemente introdujo el equipaje, le abrió la puerta del carro y con una sonrisa le dijo: “Seguimos el viaje”.

Se dirigieron a la autopista, con la tranquilidad de que su vuelo saldría a las cinco de la tarde y apenas era mediodía.

La ruta trazada muy temprano le había dado resultado.

Al llegar al aeropuerto, se dirigió al stand de la aerolínea.

En ese momento estaban chequeando el vuelo de la 1:40 pm. Habló con la empleada y le pidió un cupo para esa hora. La empleada revisó el boleto, marcado para las cinco de la tarde; sin embargo, aceptó incluirla en el vuelo que ya estaba a punto de salir.

Presurosa, se dirigió a pagar el impuesto y a poner en orden el maletín, la cartera y una sopera que le había comprado a su santo.

Pasó el chequeo cotidiano del aeropuerto y se dirigió a la puerta de embarque, la número 6 señalada en el boleto y en la pizarra electrónica.

A los pocos minutos, se oyó una voz por los parlantes que informó sobre un cambio de puerta y todo el mundo corrió escaleras abajo hacia la número 5.

No pasaron tres minutos cuando nuevamente la voz en los pasillos indicó que se dirigieran a la puerta 9.

Ya el peso del maletín, la incomodidad de la cartera y la sopera, más el cansancio de toda la semana en esa ciudad de noticias alarmantes, estaban haciendo estragos en sus fuerzas.

Los pasajeros comenzaron a incomodarse y el tiempo del embarque iba quedando en el retardo.

Las informaciones se contradecían y el paso de las horas alarmaba, la voz incómoda de los agentes de la aerolínea no emitía una información veraz. Niños, ancianos, jóvenes, mujeres, hombres, cada uno predijo una historia y los más aguerridos iban hacia el stand de la aerolínea y volvían más desconcertados y disgustados ante las diferentes versiones de la demora.

El avión está en mantenimiento, el avión salió hacia otra ruta, el aeropuerto está cerrado por lluvia, y así todas las explicaciones posibles.

Dentro de esta confusión, la tripulación entró al avión y a los cinco minutos salieron nuevamente, muy elegantes con sus maletines y sus sonrisas de pintura fresca.

El capitán, un joven que parecía tener apenas unos veintitrés años, acompañado por las aeromozas, no daban vestigios en sus rostros de alguna preocupación o interés por el retardo de la salida del avión, ni por los pasajeros.

Siguió la espera y la mayoría permanecía de pie en una fila considerable.

De vez en cuando, la voz repetía que el vuelo 2008 saldría por la puerta 7 aproximadamente en treinta minutos.

Ella en sus pensamientos, conociendo el país, se decía: “Van a unir los dos vuelos, el de la 1:40 pm con el de las 5 pm. Seguro no tienen los aviones dispuestos para los diferentes vuelos”.

Se levantó de la silla y se dirigió a un cafetín para comer algo. Al momento tuvo que apurar los bocados porque escuchó un nuevo cambio de puerta.

Una especie de marea se movía por los pasillos y regresaba a la vez.

La voz se interrumpió y advirtió que el vuelo saldría a las 5:30 pm.

Ya la gente se tiró al piso, las madres con niños pequeños los amamantaban en las esquinas del salón cerca de la puerta de embarque.

Los hombres buscaban apoyo en las paredes y todo era una sola conversación, donde se involucraba la irresponsabilidad de la línea, el momento político, la necesidad de cada uno de llegar para sus diferentes eventos y relaciones familiares; sin embargo, era un grupo sin violencia, en la espera inaudita.

Desde el ventanal de los pasillos del aeropuerto se divisaba el avión.

Ella se acercó a una de las señoras que se encontraban en la fila y preguntó: “¿Ya entró la tripulación?”. “Sí —contestó la señora—, pero yo no los vi”. “Porque mientras ellos no estén no tenemos seguridad de la partida”.

La señora insistía en que sí entraron al avión.

Ella se dirigió al ventanal y observó que el capitán estaba dentro de la cabina y hacía algunos movimientos que interpretaba como de ofuscación.

Así pasó casi más de media hora en esos menesteres.

Al fin hicieron el llamado al abordaje y los pasajeros, ya cansados, ni siquiera reclamaron, se ubicaron en sus asientos, y sólo la pasajera sentada a su lado comenzó a estar nerviosa y a hablarle de la impuntualidad, de su congreso de farmacia que ya debía haber empezado, que si ella cambió de línea aérea para llegar más rápido y ahora será la última en llegar, que no quería ser negativa, pero sentía que eso era como un presagio y si mejor era que se devolviera.

Y así, entre las indicaciones habituales de seguridad de la aeromoza y la intensa cháchara de la señora, comenzó el vuelo.

La duración del vuelo era de 35 minutos, más corta que las horas de espera, así que ella, tranquila, comenzó a mirar por la ventanilla y a descubrir elementos imaginarios en las nubes.

Quince minutos antes del aterrizaje, un estruendo sacudió el avión.

Un grito de alarma alertó a todos los pasajeros, la señora vecina la agarró por el brazo y comenzó a desesperarse, a decir que ella lo sabía, que ella lo presentía, que el avión iba a estrellarse.

El pasajero del asiento delante de ella se volteó y la miró con ojos de súplica y dos de los muchachos de la sinfónica juvenil, sentados en los asientos detrás de ella, le tendieron sus manos.

Ella era como una tabla de salvación en el fatídico momento que se avecinaba.

El avión proseguía en picada y en una turbulencia estrepitosa, las nueve manos eran una sola, y su voz de rezo y súplica tranquilizadora los animaba a esperar y a confiar en un milagro, el cual ella estaba segura… sucedería.

La señora vecina continuaba en sollozos, el hombre la seguía mirando ya con serenidad ante lo inminente, los jóvenes se confiaron en ella quizás recordando a sus madres.

El rezo seguía, así como la rabia interna por la situación del desamparo de parte de la tripulación, que había desaparecido por arte de magia.

Ni un anuncio de salvamento, ni un anuncio de tranquilidad, nada.

Parecía que ellos se preparaban para sucumbir sin avisar a los pasajeros.

En ese momento le vino a la mente la intranquilidad que sintió en el cementerio ante la tumba de su madre, unida a los presagios de la señora.

Esto le hizo tomar una decisión: “No voy a esperar la muerte aquí sentada, averiguaré qué está pasando”.

Apartó sus manos de los angustiados compañeros de viaje y rápidamente, sin entrar en pánico y pidiendo calma, se quitó el cinturón de seguridad y corrió hacia la cabina dando traspiés ante la turbulencia dentro del avión.

Pero, horror, quedó estupefacta al encontrarse, frente a frente, al hermoso y joven piloto zarandeando rabiosamente un acordeón diatónico y a toda la tripulación en batería, bailando un parrandero vallenato.

Un grito los fosilizó en silencio.

Iris Tocuyo Llovera
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