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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

La luna en el bosque de sargazos

jueves 28 de marzo de 2019
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Cuando la plateada lengua de la luna lamió las escamas de su cuerpo ella gorjeó como pájaro marino, y la genital anémona que gravitaba en el centro de su continente endureció la suculencia de sus pétalos, y de sus pechos manó la leche que embriaga a los delfines. Pero los dioses marinos estaban muy lejos, buscando perlas en los mundos abisales, y el oro sumergido en los galeones que perdieron casco y velamen contra el furioso embate de las olas. Los dioses marinos ausentes, la lúbrica lengua de la luna, escurría saliva adiamantada por las escamas y pliegues secretos de ella.

Sobre la oscura faz del piélago reverbera el deseo palpitante de la genital anémona, pero los dioses andaban lejos, metidos en quimeras imposibles; se han llevado con ellos a los delfines, y la leche de los pechos enturbia los oscuros cristales del océano.

¿Quién puede escuchar el deseo escondido entre los pliegues de su cuerpo marino?

Aquella lengua sutil escudriña los rincones de su cuerpo amurallado como dedos invisibles que sacan trinos de pájaros errantes en el bosque de sargazos. Los dioses andan lejos, se han llevado a los delfines, y ella estremece bajo los labios difusos de la luna, las olas se llenan de estertores plateados mientras se despeinan en un negro intenso. Pero la luna sólo podría cubrirla con su sábana de plata. En el centro la genital anémona encabrita su boca hambrienta de pétalos erizados, y empieza a bramar tormentas que mugen desesperadas entre arrecifes y mareas. La luna fue a dormirse a su lecho de nubes y se cobija de estrellas. Los dioses andan lejos, y los delfines los custodian, no fueran a perderse en los reinos abisales.

¿Quién puede escuchar el deseo escondido entre los pliegues de su cuerpo marino? ¿Quién puede percibir los latidos del tesoro guardado bajo las escamas de jade? ¿Quién puede?

Ella gemía. Era como el chocar de olas contra rocas, bufido de ballena y cantos hechiceros que diluyen en la niebla; los barcos pasan siguiendo derroteros de serpientes marinas: estaba en celo, era el tiempo de gestar un monstruo marino de cuerpo espiralado y escamas tornasoles. Agita la cola bifurcada tirando sus cabellos de sargazo, pero los dioses no están y se llevan con ellos a los delfines.

Daniel, el de los sueños, la ha visto al bucear en busca de abulones y almejas, ahí entre las rocas del bosque de sargazos. Ella dormía plácida como una medusa flotando a la deriva. Era monstruosa con sus carnes lívidas, pero su cuerpo ondulado cubierto de escamas iridiscentes, y pechos enormes hechos de nácar y madreperla; parece inofensiva. El muchacho se llevó aquella imagen clavada en el centro de su frente, de su pecho y de su vientre bajo. Recordarla le produce escozor y agitaciones, sobre todo cuando evoca a la anémona carnosa que tenía a medio cuerpo. Se llena de inquietud, de extraños hormigueos, y en su estómago parecen saltar infinidad de grillos que derraman frío y angustia en el interior de su vientre.

Aquella noche Daniel caminaba por la orilla de la playa vestido de noche y espejos bruñidos; pensaba, pensaba, pensaba en Ella. Y escuchó sus gemidos de hembra en celo, percibió los temblores y la respiración agitada, sintió el deseo que se le prendía en la totalidad de su piel como si fuera arena viva.

“A las sirenas sólo puedes tenerlas una vez, porque a la segunda, mueres”.

El mar se llenó de chispas luminosas, las huellas en la arena brillan, todo resplandece; en el cielo duerme la luna arropada en un manto de nubes sobre un lecho de estrellas más allá de la línea de rompientes. Llega un aroma intenso que provoca que Daniel no tenga otro deseo que penetrar la turgente carne de la anémona. La voz lo llama y ella se sabe escuchada. El canto y las olas calmaron sus embates. Daniel dirigió sus pasos mar adentro, y se despoja de la ropa conforme avanza por la línea de las olas que lo cubren de luminiscencia. Se volvió brillante. Apenas reconoce su forma cotidiana, opaca y deslucida.

Si los dioses existían, él se había convertido en uno. El agua lo cubre y empieza a nadar con brazadas expertas. Se dirige al punto exacto donde convergen las rutas marinas de dioses y cetáceos, al bosque de sargazos que en aquel momento ilumina la luna en su lecho de estrellas. Daniel se sumerge entre las ramas del bosque para buscarla. Allí la encuentra, palpitante flor con su centro bordeado de dientecillos y los suculentos pétalos que se mueven como lenguas dispuestas a acariciarlo. Ella extiende los brazos y Daniel, sin pensarlo, se dirige a ellos ansioso. Es un breve instante lo que duró en llegar junto a ella, y la voz de un viejo marino reverbera en su mente:

“A las sirenas sólo puedes tenerlas una vez, porque a la segunda, mueres. Cuando estés con ella sabrás lo que es el bien y el mal, la gloria y el infierno, y la vida y la muerte. Serás un dios. El peligro que corres es el de ser padre de un monstruo marino, pero lo que sí debes evitar a toda costa es probar la leche de sirena; si la bebes jamás regresarás vivo a este mundo. ¡No volverás! Vagarás insepulto a la deriva sobre las mareas para siempre”.

Es demasiado tarde. En los labios de Daniel chorrea la dulce leche marina. Mientras entra gustoso en el abrazo de la madreperla.

Marta Aragón R.
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