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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

Un mal día

• Jueves 4 de abril de 2019
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Ese día comenzó mal…

Primero, fue el problema del espejo. No sé si lo que estaba mal era el espejo o mi imagen… pero yo no podía ser, de ningún modo, ese anciano sin cabellos, de hombros caídos y barriga prominente, vestido de lana gris… No podían ser míos esos labios apretados y la mirada malévola que paseaba de reojo sobre todas las cosas…

No, ese no era yo. Me miraba en el espejo con cierto malestar… como esperando despertar de un mal sueño…

Ellos retrocedían y ni siquiera protestaron, como hacían otras veces, cuando me agaché a recogerla.

—No soy yo —me repetía—, ese no soy yo.

Entonces los oí.

Gritaban con sus voces chillonas y atipladas, voces que me hacían vagamente recordar la ira o el dolor… Gritaban de un modo que yo no podía soportar, y el ruido de sus carreras me producía un temblor nervioso en las manos.

Intenté no escucharlos.

Me paseé de arriba abajo por la pieza… me tapé los oídos… encendí la radio. Pero, insinuándose entre mis pasos, filtrándose por entre mis dedos, subiendo por sobre la música, estridentes, sus gritos penetraban en mis oídos hasta enloquecerme.

Y ya no pude más.

Tuve que abrir la puerta y salir a la calle, allí donde esos monstruos corrían y gritaban detrás de la pelota.

Al salir yo, hubo un momento de desconcierto, y cuando me acerqué al grupo se abrieron para dejarme pasar. No sé con qué expresión me veían ir hacia ellos, porque no miré sus rostros. Sólo tenía ojos para la pelota, que resaltaba, sola, en medio de la calle.

Ellos retrocedían y ni siquiera protestaron, como hacían otras veces, cuando me agaché a recogerla.

Sin mirarlos, les di la espalda y me encaminé a paso lento, cojeando levemente, y entré a la casa, y cerré la puerta.

Aseguré el pestillo, hice girar la llave y puse la cadena de seguridad.

Entonces los atisbé a través de la ventana.

La calle me había parecido gris y triste, pero acá en el patio, el sol caía dorado desde un claro en las nubes.

Ellos miraban en silencio hacia la casa. No se atreverían a venir a pedirla. Miraban simplemente, con los labios un poco entreabiertos, con ojos a la vez desamparados e incrédulos. No podían convencerse de que ocurría de nuevo.

Lentamente se retiraron en un grupo a orillas de la solera y comenzaron a hablar entre ellos aunque no podía escuchar lo que decían. Los veía mover los labios y las manos, y de vez en cuando miraban hacia la casa.

Eso terminó de exasperarme y me retiré de la ventana.

Con la mano apoyada en la cadera izquierda, que me dolía un poco, me fui hasta la puerta del fondo, la que da al patio y saqué el seguro, y descorrí el pestillo.

La calle me había parecido gris y triste, pero acá en el patio, el sol caía dorado desde un claro en las nubes, iluminando el césped crecido sobre ellas.

Miré con cierto orgullo mi obra. Era tal la profusión de pelotas enterradas que el patio entero parecía un paisaje de minúsculas colinas. Sobre las curvas que formaban, crecía el pasto… Con una sonrisa tomé la pala apoyada contra la pared y me dirigí a enterrar este nuevo trofeo.

Sentí, por primera vez en el día, que valía la pena vivir.

Jacqueline Sellan Bodin

Escritora chilena (Balmaceda, Coyhaique, 1957). Reside en Michoacán, México. Cuentos y poemas suyos han sido publicados en diferentes periódicos y revistas, así como en la antología Nosotros, del taller literario del Ministerio de Educación de Chile (Santiago, 1977). Autora de la novela El vidrio empañado (Ediciones El Kultrún, Valdivia, Chile, 1996) y del poemario Profundos arenales (Zitácuaro, México, 2019).
Jacqueline Sellan Bodin

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