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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

217 llave de oro

• Viernes 12 de abril de 2019
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En Granada llovía la noche con un rostro de soledad aterido de vacío. Cada vuelta de madrugada, Elba giraba su cuello hacia el hueco que había dejado el cuerpo de su amado. Aún perduraba en su piel el olor de Ian, el tacto del abrazo profundo y cierto. Artista de la espera, agitaba en sueños un abanico de vida multicolor, aireando el drama, espantando miedos con la mantilla puesta.

Cuando las luces del faro interior fueron apagándose solas a punto de desmoronarse entre las hiedras de la Alhambra, apareció dulcemente una luna blanca, claro de magia tras los árboles.

Sonaba una melodía de mirlos locos en el patio, una confusión de risas y trinos contagiando ilusión. A la fuga del blanco y negro, dio un salto de la cama deshabitada y se plantó en la ducha. Ella seguía a diario el ritual del bautizo del agua, el jabón de limón, la humildad del arreglo floral, la sal de la forma. Una vez lista con su turbante de seda, bajó a tomar un café, una última mirada a la fuente del sultán antes de subir al autobús del adiós. Ni dos sobres de azúcar pudieron llenar su boca con la dulzura del recuerdo, nada podía compararse con un beso a la cafeína del amor…

Unos días antes, habían viajado juntos en tren desde Madrid. Durante el trayecto, los montes y llanuras se convirtieron en un horizonte de olas sobre un mar de años prohibidos. Sintieron la certeza del ahora, de esos momentos únicos que fueron, son y serán. Allí se detuvo el tiempo. Intensidad. Capitanes de navío, surcaron las dehesas, los desfiladeros, los campos de olivos. Ian miraba a babor, era la vida, clamaba al cielo esa verdad, pero preguntaba, por si acaso, en voz alta, al Señor de las Mayúsculas. Le pidió permiso para amarla mientras entraban en el túnel de los códices y esperaban el azote con su veredicto de penas. Ser feliz y ser culpable. Por eso luchaba, lloraba su corazón, le caía tiernamente una lluvia de perlas. Ian se censuraba a sí mismo hasta agotar sus latidos, era ya un rumor de océano, un náufrago sin isla. Intentaba a toda costa difuminar su pasión en el paisaje para no sufrir de hambre. No era propicio atravesar las aguas —le decía su razón despierta. Un campo de batalla en su pecho dejaba heridos en los ojos de su amada, no quería que nadie muriera en ella. Y, sin embargo, allá arriba, las nubes no derramaron ni una lágrima, había un silencio de sirenas, quién sabe si su voz ascendió al Señor de las Mareas en plegarias de incienso. Era la duda, era la espera del hombre ahogándose en las brazadas del misterio… Aquella noche, al llegar a puerto, cuando el tren llegó a la estación de destino, pasaron sobre la quilla las nubes del no-saber… La desesperación bajó la cabeza ante las olas. Y entonces, cuando las luces del faro interior fueron apagándose solas a punto de desmoronarse entre las hiedras de la Alhambra, apareció dulcemente una luna blanca, claro de magia tras los árboles, mimosas floridas y camelias, y la sonrisa del gran misterio vino a acunarles el alma mientras sorbía su mejor cosecha. Extendió su mano y les sirvió en bandeja esa copa de cristal de Bohemia que hizo el mismo día en que nacieron. Se la ofreció para brindar por la vida con ellos, criaturas. El aroma del vino era exquisito. Elba paladeó hasta la última gota. Su voz irradiaba belleza, un Oriente de ensueño. Y Granada se convirtió en una inmensa playa.

Fueron tres días inolvidables que quedarían tatuados para siempre en sus almas; sin embargo, había llegado la hora de separarse. Bifurcación de destinos, nerviosismo, distancia… No les quedaba otra opción que adentrarse en el devenir de una casa gris sin sonrisa. Ian fue el primero en partir. Elba se quedó un día más. Por eso, aquella mañana, al bajar a la recepción del hotel para entregar la llave de su habitación 217, sintió que pesaba como un medallón de oro puro. Tuvo unas terribles ganas de llorar, pero en ese instante, la ternura de una pareja de ancianos la consoló con palabras que se le grabarían para siempre en el corazón: “Saludos a su marido y que Dios les dé muchos años de felicidad, se les ve tan enamorados como el primer día”. Por eso dicen que los ojos siempre son niños.

Teresa Iturriaga Osa

Escritora española (Palma de Mallorca, Islas Baleares, 1961). Reside en Gran Canaria desde 1985. Es doctora en Traducción e Interpretación por la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria (ULPGC). Ha trabajado en gestión y periodismo cultural, sociología, radio, poesía, ensayo, relato, traducción. Ha dirigido proyectos literarios con voces de mujeres de distintas culturas. Ha publicado los libros Mi playa de las canteras, Juego astral, Yedra en vuelo, Revuelto de isleñas, Desvelos, Sobre el andén, Gata en tránsito, Campos Elíseos, En la ciudad sin puertas y DeLirium. Sus poemas y relatos se incluyen en varias antologías españolas: Orillas ajenas, Hilvanes, Fricciones, Que suenen las olas, Ecos II, Doble o nada, Espirales poéticas, Madrid en los poetas canarios, París, Mujeres en la historia I, II y III, Casa de fieras y Pilpil y mojo. Publica en las webs Women Artists y Plataforma de Mujeres Creadoras.
Teresa Iturriaga Osa

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