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El abismo inventado, libro de cuentos de Javier Febo Santiago

Cuídese bien
(Cuando tú te hayas ido)

• Martes 23 de abril de 2019
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cuando tú te hayas ido
me envolverán las sombras
R. S.

Para regresar de la escuela o para ir a casa de Jorge nunca atravesamos el campo de pelota donde la hierba ha crecido hasta casi taparnos, preferimos ir por la calle por si algún día tienen que recogernos. Es más fácil vernos o localizarnos por el olor.

Mi hermano Jorge come mucho, a mi hermana Claudia y a mí nos da risa lo rápido que se come un plato grande de arroz y otro de frijoles casi sin respirar. Jorge se queda preocupado y llama a casa a ver si llegamos. Fue cuando su hijo Jorgito estaba recién nacido que recogieron a nuestra hermana mayor. La dejaron casi intacta en el camino de la escuela. Mamá dice que es porque venía de regreso pasadas las seis de la tarde, que no se apuró porque después de esa hora no se debe salir. A eso de las seis vienen las leonas con sus cachorros, se acuestan en los portales, algunas suben a los techos trepando con su agilidad sorprendente. Luego se les unen los machos. Tienen las barrigas infladas porque vienen de las afueras, donde están las vaquerías.

Pasamos al lado de ellos despacito para no molestarlos o despertarlos y nos vayan a dar un zarpazo, o nos arranquen el corazón como le pasó a mi hermana mayor.

Desde la azotea del edificio de Jorge se ven los leones en las azoteas vecinas. Y en la calle, si cruzan con su andar parsimonioso, los pocos carros que hay se detienen a esperarlos. A algunos les gusta dormir sobre los techos. En las carnicerías abren las rejas y los leones viejos se comen los perniles que dejan descolgados de sus ganchos. Cuando hay luna llena se ven iluminados y dispersos, apacibles, confundidos con el polvo amarillo.

Por la mañana, pasamos al lado de ellos despacito para no molestarlos o despertarlos y nos vayan a dar un zarpazo, o nos arranquen el corazón como le pasó a mi hermana mayor. Era muy bella con su pelo negro largo, también era bella por dentro, su garganta y su pecho abiertos, todo de rojo, y sus ojitos asombrados y tristes.

Dice mamá que antes, cuando yo no había nacido, no había leones en el pueblo. Después fueron viniendo hasta que, si una se asomaba, veía a varias familias por las calles. Yo desde siempre los he notado, crecí al lado de ellos aunque el corazón no deja de latirme fuerte y las manos me sudan, se me hace una bola en la barriga cuando alguno se acerca con su olor tan fuerte y me mira fijo. A Claudita le pasa lo mismo. Una vez me arañaron, fue por un cachorrito muy lindo que jugaba conmigo, a la madre no le gustó y me lanzó su garra antes que pudiera evitarla. Las heridas fueron profundas, me llevaron al hospital, todavía tengo las cicatrices en los muslos y en los tobillos.

Mamá espera preocupada a que regresemos de la escuela, ella sale poco. Yo soy la que está más cerca de los leones y tengo que proteger a mi hermanita, aunque nunca han atacado a los niños pequeños. Todos los días salgo lista para un ataque, no dejo de sentir miedo, tengo más miedo que todas las personas que conozco. Creo que algunas no lo sienten o lo disimulan mucho; quizás no han perdido a su hermana o a algún familiar, o piensen que nunca serán presa para ellos. Y otros no hablan nunca de eso, y viven como si no existieran.

Pasó su lengua áspera por mi pecho y por mis brazos, se relamió y retrocedí. Yo me volteé despacio, subí la calle escalonada y desde lo alto vi cómo se alejaba.

A mi sobrino Jorgito se lo llevó su mamá, ella decía que este pueblo era de locos porque en el que ella nació y en otros cercanos, no había leones o al menos no había tantos. Jorge la quería mucho pero no podía abandonar el pueblo. Siempre le daba alguna razón a su mujer, que en otros pueblos no hay leones pero hay otras cosas tan malas como ellos, que aquí tenía su trabajo y aquí, que el agua era buena y medicinal. Mi hermano debe saber, él vivió en otros lugares y estuvo en la guerra. Su mujer nunca estuvo contenta y terminó por abandonarlo, se casó de nuevo y después Jorge veía muy poco a su hijo.

Parece difícil salir de aquí porque poca gente se va y también poca gente viene. A veces he preguntado, pero nadie está cómodo con las preguntas, responden dándome la vuelta y hablan de otra cosa.

No hay muchas escopetas en todo el pueblo. Unas dos o tres, y según los viejos, desde hace más de cincuenta años no se venden. Los dueños no han querido utilizar las municiones que les quedan, saben que dispararles sería traer la venganza del resto y se alteraría esa convivencia, pues los ataques de los leones se consideran acontecimientos aislados a los que muchos no les dan importancia.

Nunca he dejado de ir a la escuela o a casa de mis amigos, pero a mi hermanita le advierto que debe tratarlos con cautela y no darles mucha confianza. Una vez un león me siguió desde el parque hasta la casa de mi amiga Sara. Sentía el ruido de sus pasos y su aliento caliente y apestoso en la espalda y en la nuca. Las piernas me temblaban y apenas lograba caminar. Sabía que no podía correr porque estaba perdida. Sin embargo, mis piernas querían correr, a veces tenía el impulso de detenerme, y él se iba acercando más. Cuando llegué al muro del callejón con escaleras, estaba muy cerca. Me di vuelta, quedé frente a él contra la pared, entonces se irguió apoyando las patas a cada lado. Sentí su respiración poderosa, su pelaje duro rozándome. Pasó su lengua áspera por mi pecho y por mis brazos, se relamió y retrocedí. Yo me volteé despacio, subí la calle escalonada y desde lo alto vi cómo se alejaba. Muchas semanas después y aún ahora puedo volver a ver sus ojos redondos y ambarinos, su gran lengua rosada y su melena que se movía como trigo por el viento. Cuando llegué a casa de Sara, el corazón se me quería reventar, mucho tiempo estuve temblando. A Sara nunca le ha pasado, nunca un león la ha mirado tan fijamente, con tanta decisión y tanta hambre de su carne.

Los leones son los animales más hermosos que conozco, cuando caminan con el cuello erguido y sus grandes patas, parecen sentirse dueños de todo.

Un día pasé cerca de uno de ellos mientras sus mandíbulas mordían el cuello de un ciervo. A los ojos de la presa se les iba la vida. Y vi en los ojos del león lo que él estaba sintiendo. Casi no se veían sus pupilas, apenas el borde hacia la parte de arriba del ojo. Era como cuando tomas agua después de caminar muchas horas bajo el sol. Me hubiera gustado mirar por un momento con los ojos del león acechando, perseguir la presa, acercarme con sigilo y sorprenderla hasta que finalmente la atrapara, poner la pata sobre su cuerpo descansando de la emoción de la caza, la carne fresca y la sangre inundando mi boca de ese placer líquido y perfumado.

Los leones son los animales más hermosos que conozco, cuando caminan con el cuello erguido y sus grandes patas, parecen sentirse dueños de todo. Las hembras acarician a sus cachorros con tanto amor como Mamá a nosotras y retozan tan graciosos que una no puede resistir mirarlos.

Siempre he pensado que me va a pasar lo mismo que a mi hermana mayor. A veces imagino mi zarpazo final y me pregunto cómo será ese dolor. ¿Será posible sostener ese dolor? ¿Habrá alguna alegría al final de esa herida? Quisiera al menos que me llevara un león joven, sería una buena forma de irse.

Ahora voy ver a Jorge, tengo ganas de verlo y hace horas que no salgo de entre estas paredes blancas de mi casa.

Jenny Carralero Rodríguez

Escritora cubana (Santiago de Cuba, 1972). Reside en Madrid (España). Ha asistido a talleres literarios en su país. Ganadora del premio “Migraciones” de la Junta de Andalucía, España (2009), con el cuento “Aros”. Es cantautora y ha grabado el disco Un salto al vacío.
Jenny Carralero Rodríguez

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