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Salvados por la campana

viernes 3 de mayo de 2019

Albert Adler, euroascendiente, y Pedro Matamba, afrodescendiente, fueron enemigos desde que se conocieron en el liceo. Lo único que tenían en común era que no les gustaba estudiar. Durante el tiempo que estuvieron juntos en el liceo repitieron dos veces el primero y el segundo de bachillerato. Todas las tardes, al terminar clases, se daban golpes desde la salida del colegio hasta sus casas, cercanas una de la otra. Nadie supo el origen de esa enemistad. Jamás ninguno le pudo ganar al otro. Cada uno tenía su propio círculo de amigos, y su rústico gimnasio en donde alzaban pesas, y le pegaban a la parchada pera de cuero de forma incansable para encontrar la magia de poder ganar la pelea.

En el pueblo había una hermosa mulata llamada Victoria, de quien los dos enemigos se enamoraron al mismo tiempo.

Por esos días llegó a manos de Albert la revista de boxeo The Ring de Estados Unidos, en la que narraban cómo el 19 de junio de 1936 el boxeador afroamericano Joe Louis, apodado “el bombardero café”, sufrió un importante revés. Se enfrentó al alemán Max Schmeling, apodado “el terror del Rhein”, en el Yankee Stadium de Nueva York, y fue derrotado por K.O. en el duodécimo asalto del combate por el campeonato mundial de los pesos pesados. Aunque pidió de manera inmediata la revancha con el alemán, ésta sólo se celebró en 1938. Un combate vibrante que terminó en el primer asalto con la victoria de Louis, y Schmeling con dos costillas rotas. Más tarde serían excelentes amigos. Impresionado con esta historia, Albert le dijo a su padre que no quería estudiar más, que por tener pies planos no podía ir al ejército, que no sabía hacer nada más que boxear. Por su parte, Pedro decidió ayudar a su padre en el negocio de maderas que tenían con la condición de que le permitiera ser boxeador, y nunca supo quién fue Joe Louis puesto que la plata no alcanzaba para comprar revistas.

Eran los años de la preguerra, la juventud tomaba Coca-Cola con hielo, fumaba Camel y Viceroy y bailaba foxtrot. En el pueblo había una hermosa mulata llamada Victoria, de quien los dos enemigos se enamoraron al mismo tiempo. Ella siempre evitaba ir a los bailes a los que ellos asistían, porque era seguro que se agarraban a puños. Además sus padres no le permitirían la compañía de ese par de patanes. No ocurría lo mismo con Antonio, un muchacho juicioso e inteligente, quien había sido compañero de ellos y ya se iba a graduar de bachiller.

Al poco tiempo llegó al pueblo un empresario de boxeo en busca de prospectos para llevarlos al país vecino, en donde ya se peleaba de forma profesional. El profesor de educación física del liceo le recomendó entablar la pelea de fondo entre Albert y Pedro. Patrocinado por la colonia alemana, Albert se quedó con el nombre de combate de “El Panzer”, y de esa manera quedó registrado en el cartel publicitario. Por su parte, Pedro se hizo llamar “Kid Congolito”, en homenaje a un marinero que nunca perdió una riña, y acabó hasta con la tapa del cóngolo en los bares del mundo en donde recalaba su buque. Victoria, para zanjar la disputa, les dijo que aceptaría de pretendiente a quien ganara la confrontación.

El día esperado, el narrador deportivo local Jorge “El Hocicón” Martínez comenzó la narración así: “Estamos transmitiendo en vivo desde el ring del San Marino en donde se enfrentan El Panzer contra Kid Congolito. El Panzer con pantaloncillo amarillo con rayas negras y rojas, y Kid Congolito con pantaloncillo negro, ambos con guantes rojos, y peso welter 66 Kg. Comienza la pelea, crispando los dientes El Panzer suelta recto de derecha a la barbilla de Kid Congolito, Kid Congolito contesta con una combinación de ganchos en corto derecha izquierda sobre El Panzer. El Panzer amortigua los golpes y se lanza como una fiera cruzando recto uppercut, voleando gancho al hígado, se tambalea Kid Congolito, cae a la lona, el réferi cuenta 1, 2, 3, 4, 5, 6, suena la campana, y se ha salvado Kid Congolito”.

Ambos contrincantes buscaron la figura de la dama, pero no se encontraba en el ringside.

La pelea continuó así asalto tras asalto, hasta que en el último round Kid Congolito tomó un segundo aire. El locutor emocionado narró al estilo criollo: “Kid Congolito, pram, le mete un cobao al hígado y piás, el taguazo en la nuca. El Panzer agotado le hace el rabo de mico, pero cae a la lona. ¡Cómo se dan de duro estos diablos! El réferi cuenta hasta ocho, pin, pin, suena la campana anunciando el final de la pelea”. El público, en el ring side, alborotado, espera la decisión de los jueces con gran expectativa. Algunos comentan que el que pegó primero es el que debe ganar. Otros por su parte gritan que el que quedó tumbado en el último asalto es el perdedor. Decisión unánime de los jueces: empate.

Ambos contrincantes buscaron la figura de la dama, pero no se encontraba en el ringside. Victoria desanimada se fue a bailar con Antonio al grill del San Marino. El empresario de boxeo ante este resultado decidió no contratarlos por supuesta manguala, y los púgiles no haber puesto atención en la clase de inglés, pues durante la confrontación no entendían qué era break, punch, jab, clinch, y el árbitro no podía apartarlos cuando les gritaba “do not clinch, break”.

Al final se olvidaron de Victoria, no volvieron a pelear y arreglaron por las buenas. Ya de viejos, hacen amagues y les tiran puños a sus sombras.

Oscar Seidel
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