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El viejo metesaca

domingo 30 de mayo de 2021
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El viejo metesaca, por Oscar Seidel
Los autores y sus personajes regresaron a la estantería de libros de donde habían descendido, y el obsceno librero le dijo sin ninguna consideración a la asistente que estaba despedida porque cometía errores ortográficos al leer.

El arte de la lectura, antología digital por los 25 años de Letralia

Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2021 en su 25º aniversario

Hoy es el tercer viernes desde que el librero comenzó a cerrar el local a las cinco de la tarde. Para asombro de la policía, fue encontrado muerto junto a un libro con el lomo ensangrentado, titulado Sexo para uno, de Betty Dodson.

Aquel primer viernes, era casi de noche cuando el librero se puso el saco y se encerró en el sótano. En los estantes había filas largas de libros. Se quedó mirando el desorden en la habitación. Abrió una puerta lateral y penetró en su dormitorio, en donde había una cama, una lámpara y las incómodas sillas de madera. Se descalzó y se puso las zapatillas.

Enseguida, la joven asistente de la librería fue solicitada. El viejo le dijo que, si estaba interesada en aprender de literatura, la letra con sexo entraba, y le ordenó buscar en los obsoletos libros las escenas más eróticas.

Lucía un vestido negro, cuyos pliegues se ensanchaban en abanico; con zapatos finos, y el pelo negro suelto y abundante.

A continuación, leyeron el Kama Sutra. La empleada le narró al librero cómo aumentar la potencia sexual en el hombre con un hueso de pavo real embadurnado de semen virgen.

Estaban en pleno coito, cuando llegó un carruaje. Alguien llamó con fuerza a la puerta; el librero se levantó para abrir. Una mujer alta y delgada apareció en el umbral. Lucía un vestido negro, cuyos pliegues se ensanchaban en abanico; con zapatos finos, y el pelo negro suelto y abundante.

La desconocida habló con voz sensual:

—¿Podemos entrar?

—Estoy muy ocupado —contestó el viejo con desaliento. Pero se apartó de la puerta, dejando paso a la mujer y tres acompañantes.

—Estaremos callados hasta que usted pueda hablar con nosotros.

Él cerró la puerta y fue a buscar sillas.

—Tendrán que disculparme —dijo.

Excusándose, manifestó que había empezado un coito y no podía interrumpirlo.

—¿Pueden hacer otra cosa mientras lo acabo? Es tan desagradable que algunas personas no pueden resistirlo. Tal vez sea mejor que salgan y esperen —les remató.

—No —contestó ella, con tono impasible—. Queremos compartir lo que está haciendo.

El librero se fijó en la otra mujer que permanecía callada; una prostituta bajita de gordura prematura, de manos hinchadas y dedos estrangulados en las falanges como rosario de salchichas.

—Estábamos esperando este momento —dijeron en coro.

Las mujeres eran Madame Bovary y la adorada Bola de Sebo. Todos fueron al carruaje que estaba en la calle, cuya estructura de madera se meció como una hamaca. Durante un largo rato, se escucharon gritos en francés y español.

Terminada la faena, el viejo abrió con sus llaves la puerta y entraron a la librería. Los autores y sus personajes regresaron a la estantería de libros de donde habían descendido, y el obsceno librero le dijo sin ninguna consideración a la asistente que estaba despedida porque cometía errores ortográficos al leer.

El fisgón era Henry Miller, quien había salido de la portada de su libro Trópico de Cáncer.

El segundo viernes, el viejo despachó a los clientes, cerró el local y ordenó a la nueva ayudante que buscara La filosofía en el tocador, del Marqués de Sade, antes de practicarle la prueba de conocimiento literario. Mientras la jovencita repasaba las páginas, quedó impresionada al enterarse de la iniciación de una niña de quince años en las artes y perversiones del sexo. En ese preciso momento, el librero se inquietó porque escuchó gemidos de alguien en la otra habitación:

—¿Qué quieres? —preguntó el librero.

—Sólo quiero ver a la joven mujer —alguien respondió.

—¿Qué quieres de ella? —preguntó el librero.

—Quiero ser capaz de entregarme a ella —dijo de improviso—. ¿Permites?

El fisgón era Henry Miller, quien había salido de la portada de su libro Trópico de Cáncer para provocar un mènage à trois. Miller los hizo vibrar con una descripción poética que leyó sobre lo asqueroso de la condición humana. Terminado el acto sexual, el viejo, que sudaba de manera copiosa, despachó del trabajo a la joven mujer por no superar la prueba de comprensión de lectura, y obligó al autor que se introdujera al libro, en donde permanecía desde hacía muchísimos años.

Hoy es el tercer viernes desde que fue cerrada la librería a las cinco de la tarde. Después de haber encontrado en su lengua restos de un refinado anilingus, la policía extrajo del bolsillo del saco del cadáver del librero una nota explicativa de su asesinato, dejada por una fémina con muy mala ortografía: “Por realisar el beso negro, y no tener el perbertido viejo la pasiencia para enceñar a leer”.

Oscar Seidel
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