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Arquitectura autócrata

jueves 16 de mayo de 2019
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Ángela Dorotea regó al gato e inmediatamente después echó de comer pienso a las plantas de su casa.

Coby, la cobaya, intentaba sobrevivir al ahogamiento en la bañera, justo en el momento en que Ángela Dorotea echaba a volar su pez tropical por la ventana.

—¡Vuela, estúpido pececito, vuela!

No dormía en su cama: prefería el frescor de los arbustos y la madriguera de la densa vegetación de su jardín, nada de cortarse las uñas.

Una última bocanada de agua acabó con Coby.

Ya no quedaban animales vivos en casa excepto un gato húmedo que decidió gastar su séptima vida sin dejar carta de despedida; su hermano: un bebé de tres meses al que no le dejaban acercarse, y el loro, que por algún extraño motivo, esa misma mañana, se negó a hablar e intentó pasar desapercibido.

Ángela Dorotea imponía sus condiciones, la Reina de Corazones tenía sus propias reglas y las aplicaba como si se tratase del Sacramentum romano: no dormía en su cama: prefería el frescor de los arbustos y la madriguera de la densa vegetación de su jardín, nada de cortarse las uñas: las tenía como Dick Van Dyke después de que la malvada Mary Poppins le obligara a limpiar la central nuclear de Chernobyl, acumular el máximo de pajitas de colores y practicar sexo cuando cumpliera los cinco años.

Dos años de terapia y nada.

Golosinas a tropel: madrugadas de litio, un manantial de diazepam y tres estanterías de risperidona.

La cuenta bancaria de la familia bajo el metro.

Tráfico de medicación, ingresos múltiples, vestidos de airbag para su propia seguridad y un generoso surtido de diagnósticos: psicopatía, autismo, psicosis, síndrome del acaparador compulsivo, Diógenes…

—La niña confunde la realidad, necesita comprensión, siente muchos celos de su hermano pequeño —dicen todos los especialistas.

—¡Y un cuerno! —dijo su padre—. Esta niña es tonta. ¡Mañana mismo nos centramos en el bebé y nos olvidamos de Ángela!

—A lo mejor es por el parche del ojo —dijo la madre—. Puede que no vea bien las cosas.

En la escuela Ángela Dorotea era una alumna atenta; esta semana le enseñaron la clasificación de los elementos y seres de la naturaleza.

—Hay animales terrestres, animales marinos y animales aéreos.

—¿Y los anfibios? —preguntó Ángela Dorotea.

—Bueno, los anfibios pueden vivir en la tierra y en el agua. ¿Lo has entendido, Ángela?

Ángela afirmó con la cabeza al tiempo que escribía en un papel: la Reina de Corazones tiene sus propias reglas.

El otoño dio paso al otoño y a Ángela le permitieron continuar con sus excentricidades a golpe de monerías y paciencia.

Parecía mimar cada vez más a su hermano, al que le llamaba “Ratoncito” cariñosamente.

—Está más gordo, mamita querida. ¿Verdad, verdad? ¿Me dejas pesarlo? Yo lo cuido, es mi Ratoncito favorito.

La familia pareció tranquilizarse con la actitud de la niña, aunque sospechaban que estaba demasiado obsesionada por el peso del bebé.

—¡Mientras sólo sea eso! —decían.

Suprimieron su medicación, se acabaron las visitas al psicólogo y le quitaron el parche de pirata. Ángela parecía gozar de una vista excelente.

—¿Y qué pasa si no te quiere de novia el chico que te gusta? —le preguntó su padre discretamente.

Continuaron sus excursiones nocturnas por el jardín y las peloteras por el corte de uñas, y a cambio le dejaron coleccionar todas las pajitas de colores que quisiera.

Ángela Dorotea aceptó el acuerdo, aunque la Reina de Corazones tiene sus propias reglas.

A punto estaba de soplar sus cinco primeras velas cuando les reveló a sus padres que tenía que buscar novio. Todos continuaron cantando el cumpleaños feliz como si no la hubieran oído.

—¿Y qué pasa si no te quiere de novia el chico que te gusta? —le preguntó su padre discretamente.

—¡Que le decapiten! —contestó la niña entre risas inocentes, siendo la menos inocente de todas las sonrisas.

La Reina de Corazones tiene sus propias reglas.

—Lorito, lorito guapo… ¿Quieres un trozo de tarta? —le dijo Ángela revoloteando entre su jaula.

El Loro cayó fulminado.

Un ataque al corazón.

El bebé y la madre se echaron a llorar.

Ángela Dorotea le cogió con sus propias manos y afirmó:

—¡Mira, mamita querida, está tieso, podemos usarlo para jugar al cricket!

Le enterraron en el jardín, junto al gato, junto al pez tropical y junto a Coby.

Esa noche Ángela Dorotea durmió en su propia cama, rodeada de pajitas de colores, y al amanecer las sábanas estaban salpicadas de sangre.

—No puede ser —dijo la madre—, tiene sólo cinco años, a mí me vino a los trece.

—Centrémonos en el hermano —dijo el padre desesperado.

Ángela Dorotea no preguntó ni le dio más importancia al asunto. Tan sólo un extraño olor a rancio desprendía de su cuerpo.

Nunca le invitaron a un cumpleaños ni parecía tener amigos, mientras que su hermano crecía y engordaba como un lechón sano y hermoso.

Una llamada de la escuela volvió a poner a los astutos padres en vilo.

Ángela Dorotea parecía haberse encaprichado de un niño mayor, un chico raro de catorce años al que no dejaba ni a sol ni a sombra. El chico no se quejaba, pero la relación era muy extraña.

—Es mi novio —les dijo.

—Es mayor para ti, cariño, todavía no tienes edad de tener novio —comentó la madre sorprendida.

—Quiero probar el sexo, mamita querida.

El padre no pudo contenerse más ante tanto despropósito y le arreó un bofetón en toda la boca.

Ángela Dorotea le picoteó para defenderse como pudo.

—No le pegues, es muy pequeña —dijo la madre—, no sabe lo que dice.

El incidente no volvió a repetirse, Ángela Dorotea pidió perdón a su padre y escribió: la Reina de Corazones tiene sus propias reglas. ¡Que le corten la cabeza!

Un olor a viejo se esparció por toda la habitación de Ángela y ni el mejor ambientador podía hacerle frente.

—Si me dejarais dormir en el jardín no olería así la casa —dijo la niña dulcemente.

—Está bien, dormirás fuera pero sólo durante el verano.

Ángela Dorotea pasó las noches más felices de su vida, juntaba las pajitas de colores formando un círculo al que a nadie permitía entrar excepto a su hermano. Si alguien se introducía en él le hacía pagar peaje o le deportaba.

La Reina de Corazones tiene sus propias reglas.

Impulsada por su propia respiración extendió las alas.

Adornó su pequeño reino con ramas, flores y pequeños insectos.

El olor a putrefacto desapareció y el verano se abrigó de hojas secas.

—Es el momento de volver a tu cuarto, cariño —le dijo la madre a Ángela—. Ya empieza a refrescar por las noches. Mañana te daré un buen baño y te cortaré esas uñas, pareces una salvaje.

Ángela Dorotea no protestó, entró en casa y escribió en su diario: “Mi noche ha llegado. La Reina de Corazones tiene sus propias reglas. ¡Que les corten la cabeza!”.

Mientras todos dormían, Ángela Dorotea colocó las pajitas de colores, las ramas y las flores en un montón. Se asentó sobre ellos y gruñó de dolor.

Impulsada por su propia respiración extendió las alas.

De un salto agarró a su hermano con las garras y echó a volar.

Cuando la policía llegó sólo halló el cuerpo de los padres decapitados a picotazos.

El inspector jefe se puso las gafas, se estiró firmemente el chaleco y miró su reloj: “Tengo prisa, que los de criminalística recojan todas las pruebas sin contaminar la escena”.

En un oscuro pasillo de un Juzgado de Instrucción, una caja rotulada “Caso de la desaparición de Ángela Dorotea Merkel” contiene un enorme huevo que no para de crecer, una bolsa con multitud de plumas y una nota que dice: “La Reina de Corazones tiene sus propias reglas”.

Lucía Cuevas Martín
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