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Hubris

jueves 6 de junio de 2019
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El señor Fu se sienta en la puerta de su tienda a fumar un cigarrillo de tabaco negro, sin filtro. Hoy no está ocupado, no hay nada que vender más que algunos vegetales arrugados, alguno que otro enlatado que quedó olvidado en un estante, quizá próximo a su fecha de expiración. No habrá que seguir a los clientes por los pasillos llenos de mercancías de poco valor para que no roben un frasco de champú de marca dudosa. No tendrá que pelear con los niños que se comen las golosinas antes de pagar. El señor Fu quiere seguir esperando. Quizás ya no hay tiempo.

Toma el teléfono. Pregunta por los nietos. Se despide con ternura e intenta disimular la tristeza. Su marido ha vuelto a decir “no” a la solicitud de la hija.

El teléfono escondido en el bolsillo interior de su guayabera está vibrando. Al sentirlo, aspira con fuerza el cigarrillo, las minúsculas partículas de hierba se consumen con rapidez y el fuerte olor se extiende por la calle vacía de transeúntes y de ilusión, como su presente. Entra al establecimiento cuyo aroma recuerda que alguna vez hubo allí verduras frescas, detergente, escobas y juguetes de plástico. Ahora esos olores se mezclan con el del moho que empieza a apoderarse de los anaqueles con la humedad condensada en las tibias tardes de aquella ciudad que hace unos años lo recibió con tráfico y apuros.

Ve en la pantalla el anuncio de llamada perdida. Llama a la señora Fu que apenas lo oye vociferar. A ella ya casi no le importa lo que pase allá afuera. Está en el depósito viendo un programa repetido doblado al español y con risas grabadas. Luego discuten en el dialecto que aprendieron de sus padres antes de huir a Venezuela. Antes de casarse. Antes de tener a su única hija. Deciden marcar el número que aparece en la pantalla del teléfono. Llamada perdida. Suyin Fu.

El objetivo de la llamada es el mismo de hace meses, él contesta rápido a las preguntas de Suyin, sin pensarlo siquiera un poco. Los esposos se miran adivinando los pensamientos del otro. La señora Fu arruga el delantal con una mano y con la otra trata de contener las lágrimas. Toma el teléfono. Pregunta por los nietos. Se despide con ternura e intenta disimular la tristeza. Su marido ha vuelto a decir “no” a la solicitud de la hija. Los quiere fuera del país cuanto antes. Que vayan a vivir con ella. Otro país, otros tiempos. Está la señora Fu, le impreca. Asegura que se va a arrepentir de su terquedad. Respira. Se contiene. Por un momento siente que sus palabras podrían ser de mala suerte, pero en el fondo sabe que eso no funciona con el señor Fu. Para él las maldiciones son como el humo que aspira y suelta sin percatarse.

Él sabe que ella no se va a ir sola. Lo acompañará hasta que uno de los dos deje de respirar. Está seguro de que él se irá primero. Suyin les ha rogado que cierren de una vez. Es el último local que les queda. Ya no hay más que perder. Sus primos y amigos se han ido. No queda nadie de su pueblo en el club social. Hasta los cocineros son gente reciente que viene con otras costumbres. Pero el señor Fu sigue esperando. Abre la puerta y el resplandor de las dos de la tarde le hace entrecerrar los ojos.

El sol sobre el asfalto caliente crea la ilusión de que hay una inmensa laguna en medio de la avenida. A esta hora la peluquería de al lado estaría llena de señoras buscando no perder el alisado. La farmacia anunciaría el turno del próximo domingo. La escuela de ballet le traería clientes aburridos mientras sus hijas terminan la clase. Estarían llegando los chicos del liceo a comprar meriendas y refrescos.

Fu enciende otro cigarro y recuerda a Suyin, a esta misma hora, a la edad de los muchachos que venían en bandadas a la tienda. Recuerda la primera vez que la vio llegar con aquel amigo y siempre con él casi todos los días después. Caminaban sonrientes, hasta que lo veían. Siempre demasiado cercanos, siempre él tan distinto a lo que hubiera aspirado para su única hija.

Fu no quiere recordar cuando Suyin le dijo que dejaba la universidad porque estaba embarazada. Se culpa por haberse asentado en aquel vecindario donde había gente de plaza y barrio, en vez de ocuparse de las tiendas de juguetes que había abierto con su primo en zonas residenciales. Pero la señora Fu quería estar cerca de las amigas que había encontrado con más excusas que razones. Se había convertido a una iglesia con el fervor del desesperado. A ella la saludaban los clientes con su nuevo nombre de bautizo. María Fu se había hecho parte de la calle y de los vecinos que le encargaban artículos escasos, descuentos y hasta fiado. Él fumaba y pensaba. No creía, sólo vivía, sólo deseaba todo lo que podía conseguirse en aquella ciudad que le había brindado prosperidad tan lejos de su primer hogar.

Suyin escucha a unos hombres gritar y un correteo al otro lado del teléfono. Sigue escuchando sus voces mientras su mente la lleva directo a su calle.

No podría volver a empezar. No podría vivir como pobre recién llegado con aquella familia que lo había emparentado sin su consentimiento. Moriría primero. Mejor estar muerto que arrimarse al yerno al que había despreciado.

El celular vibra y Fu lo contesta olvidando que está en la calle. Al frente hay dos hombres que se percatan de sus movimientos. Hacen señas. El cómplice se acerca a zancadas y sorprende a Fu por detrás. Trata de arrebatarle el teléfono. Forcejean. Fu toma el cigarro entre el índice y el pulgar y lo estruja sobre la mano del sujeto, la piel se chamusca mientras el hombre se retuerce de dolor y empuja la terca humanidad del comerciante contra el cemento. Un ruido sordo le dice a Fu que ya se hace tarde para el café negro de las tres que ya se está colando en el almacén.

Suyin escucha a unos hombres gritar y un correteo al otro lado del teléfono. Sigue escuchando sus voces mientras su mente la lleva directo a su calle, a la salida del liceo, a los que se llevaban productos sin pagar, a la entrada del barrio construido en un terraplén detrás de la licorería. La señora Fu camina con la humeante taza de peltre, un pequeño lujo en esos tiempos de escasez. Empuja la puerta y las campanitas colgadas de la manija aún suenan cuando ve el cigarrillo retorcido que se consume lentamente sobre el cemento.

Alicia Monsalve
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