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Papá y los alemanes

sábado 6 de julio de 2019
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En mi familia Alemania siempre fue un mito. Un mito creado por papá. Decía que los alemanes habían perdido la guerra pero no la dignidad. Aunque perdieron dos guerras mundiales, papá creía que lo mejor venía de Alemania: la cerveza, los sombreros, las máquinas de todo tipo, incluidas las máquinas de coser Singer, las ollas, los autos y hasta las tijeras para cortar el pelo. Si era alemán, papá aseguraba que era bueno. Nos criamos con esa idea. Después, cuando pude leer y enterarme de cosas por mí mismo, más allá de la sacrosanta palabra de papá, supe que de Alemania habían venido en el siglo XVI unos señores banqueros, llamados los Belzares (o Welser) en plan de colonizar y saquear riquezas, oro particularmente, en parte del territorio que corresponde hoy a Venezuela, y por supuesto supe de los más de quince millones de víctimas que produjo el nazismo. También supe que algunos de esos jefes nazis huyeron y se refugiaron en países latinoamericanos, en algunos de los cuales como Brasil, se dice, experimentaron con humanos o fundaron centros de detención y tortura como la irónicamente llamada colonia Dignidad en Chile. No sé si papá sabía esto.

Parte del mito que fue tejiendo consistió en darse cuenta de que los alemanes eran muy dedicados al trabajo y tan serios, decía papá, que nunca se les veía en fiestas y ni siquiera reían.

Pero papá amaba a los alemanes más allá de cualquier error. Cuando Alemania se recuperó del desastre de las dos guerras mundiales y se convirtió en una potencia científica y tecnológica, junto con sus grandes hallazgos en medicina y tecnología, entraron a Venezuela los primeros y democráticos Volkswagen, los famosos escarabajos mandados a diseñar por Hitler. Al llegar a Maracaibo, papá inmediatamente se compró uno. Recuerdo una calurosa mañana haberme levantado a mis tempranos ocho años y ver apostado en el garaje de la casa familiar, un extraño y pequeño auto. Cuando indagué me dijeron que era la más novedosa adquisición de papá. Hasta entonces sólo conocíamos los anchos y largos carros norteamericanos. Este era pequeño y como cosa curiosa, además de su forma, parecida a la de un “coco” o insecto rastrero, tenía el motor detrás. Lo vi como todo un fenómeno. Al poco rato supe que lo llamaban el escarabajo.

Pasado algún tiempo el escarabajo dejó de encender su motor en las mañanas. Había que empujarlo. A papá no le importaba. Decía que el motor en las calurosas noches de Maracaibo, cuando la temperatura podía alcanzar los 35 o 40 grados centígrados, se enfriaba. Desde finales del siglo XIX y durante las primeras décadas del XX algunos alemanes llegaron a Maracaibo y se involucraron activamente en el comercio de la ciudad fundando empresas y reconocidos negocios como la casa Blohm, H. L. Boulton, Christern y Zingg, etc. Papá, que fue un granjero próspero, dedicado a la cría y comercio de cabras y aves, conoció el florecimiento económico y comercial que vivió la ciudad y se lo atribuyó a los alemanes. Seguramente estableció contacto con algunas de esas empresas dedicadas a la importación y comercio de productos. Sabía de la seriedad de ellas y daba fe de la calidad de sus mercancías. Parte del mito que fue tejiendo consistió en darse cuenta de que los alemanes eran muy dedicados al trabajo y tan serios, decía papá, que nunca se les veía en fiestas y ni siquiera reían.

Por supuesto eran sus preferidos productos de ferretería y otros de consumo frecuente como la leche en polvo, que seguramente no venía de Alemania sino de Dinamarca o Inglaterra.

Cuando yo nací ya no era el mejor momento de los alemanes en Maracaibo. Debido al crecimiento de los negocios petroleros, la ciudad había pasado a ser invadida por la industria y el comercio norteamericanos. Pero aún pude conocer alguna de esas empresas alemanas tan elogiadas por papá. Se trataba de Zingg y compañía, dedicada a la importación de productos y al procesamiento del cuero. Su nombre era el de un joven alemán, Gustavo Zingg, nacido en Hamburgo, que llegó a Maracaibo en 1898 contratado por la casa Christer Co., y luego se abrió paso por sí mismo fundando sus propias casas comerciales. Al pasar por uno de los sectores de la avenida Los Haticos, donde vivíamos, podía ver el aviso de la empresa Zingg, que siempre llamaba mi atención de niño, quizás por lo poco frecuente del apellido. Pero el nombre de los alemanes está también en mi infancia asociado al hogar de un niño amigo alemán, hijo de un maestro cervecero que vivía en una de las más bellas casas que haya yo podido conocer. Para papá era una gran distinción que yo fuera amigo de ese niño y cada invitación que me hacía debía reseñársela en sus pormenores. Una de las cosas que me impresionaban era una habitación dedicada completamente a los juguetes de Zuny, mi amigo, y también, por supuesto, los esplendorosos jardines colmados de plantas y bellas aves tropicales. Entre esos juguetes destacaba un gran tren eléctrico que daba vueltas alrededor del cuarto. Eso era para mí una verdadera maravilla. Se trataba de una atmósfera que me encantaba al atravesar el portón de esa bella residencia provista de lujosas alfombras y de muy finos muebles de madera. Un capítulo especial era el de la hora del almuerzo, pues tenía la oportunidad de disfrutar de platos para mí completamente exóticos y atractivos. Disfrutaba plenamente esas comidas.

También están asociados a mi infancia en la avenida Los Haticos los paseos algunas tardes, en compañía de mis hermanas mayores, a una pastelería alemana donde podíamos degustar las más ricas y variadas tortas, presentadas a mis ojos de niño, con un refinamiento particular, exquisito. Recuerdo la amable atención que nos dispensaba una señora que presumiblemente era la dueña. Lo cierto es que papá hablaba maravillas de los productos alemanes. Esa pastelería era para él una de las mejores de Maracaibo, pero también la cerveza Regional, en la que ponía su acento el maestro alemán, era la mejor. Y por supuesto eran sus preferidos productos de ferretería y otros de consumo frecuente como la leche en polvo, que seguramente no venía de Alemania sino de Dinamarca o Inglaterra, pero que papá, no sé por qué, la asociaba a Alemania. Si era buena, decía, debía ser alemana.

Para él no existía un país tan importante en el mundo como Alemania. No sé si esa desmesurada admiración lo llevó a pensar que él tenía ascendencia germana.

Pero por encima de todo estaban los pequeños y gloriosos escarabajos, especies de invencibles todoterrenos. Además eran los más económicos del mercado. Papá tuvo varios en distintas épocas. Su presencia en las calles de la ciudad contrastaba con los grandes y espaciosos autos norteamericanos. Papá lo prefería. Con él íbamos a las granjas y atravesábamos cualquier terreno por dificultoso que fuera. No importaba que estuviera lloviendo y se hicieran huecos y lagunas en los caminos de tierra. El pequeño Volkswagen atravesaba airoso. Una vez que encendía su motor, no se apagaba.

Papá era, pues, un germanófilo convencido. Para él no existía un país tan importante en el mundo como Alemania. No sé si esa desmesurada admiración lo llevó a pensar que él tenía ascendencia germana. Lo cierto es que una vez cuando le pregunté por el origen de nuestro apellido, me dijo que en su estudiado árbol genealógico había una importante rama alemana. Sin embargo papá no era blanco como los alemanes. Era alto y de un rosado de piel casi rojo. Papá era más bien rojo. Siempre lo vi rojo. ¿Sería papá un rojo de la estirpe de Carlos Marx?

Douglas Bohórquez
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