XXXVII Premio Internacional de Poesía FUNDACIÓN LOEWE 2024 Saltar al contenido

La noche del agobio

miércoles 17 de julio de 2019
¡Comparte esto en tus redes sociales!

Salió decidido a no dormir esa noche en la estación del metro. Estaba aburrido de tanto trajinar entre vagón y vagón. La desgracia del día no tenía límite. Tres años, o más, no lo recordaba, llevaba en ese rol de duros días, sobre todo los invernales, tan ajenos a su tierra tropical.

Las musas eran ásperas. Evasivas, esquivas. Nunca las veía ante sí cuando tocaba el bongó.

Apenas si sacaba unos francos de las manos bondadosas de los pasajeros, que agradecían la alegría desbordada por su bongó solitario y su cadencia tropical, la música vernácula de la lejana Colombia, que asombraba y arrancaba simpatías entre los pasajeros franceses, absortos en su cotidianidad. Oficinistas de traje y corbata, mujeres de sastre y guantes, empleados de toda índole, turistas y gente parisina del común, le hacían la corte y tarareaban en franchute:

Bello puerto de mar mi Buenaventuraaaa,
donde se aspira siempre / la brisa pura.

Algún compatriota lo gratificó cierta noche con un billete de cinco euros porque sus canciones lo transportaron hasta la tierra lejana, “al otro lado del charco”, con su hálito de nostalgia amilanada ante la alegría del bongó y la voz que entonaba “…las olas centelleantes / vienen y te besan / y con un suave rumor / vuelven y se alejan”.

Su duende aparecía de cuando en cuando: era un duende esporádico, diferente a las musas que relacionaba con las gárgolas de los antiquísimos edificios retorcidos de la ciudad. Él lo veía con frecuencia. Saltaba entre el bongó y su mano. Lo impelía a tocar, a tocar sin descanso. Bata cun pa pa, batatacun ta ta. Cum bing, gon gan gan. Cum bing, gon gan gan. Gon gun gan cum bong gan. Ta ta pa pa ta. Gong cum gan ta gon gan gan. En cambio, las musas eran ásperas. Evasivas, esquivas. Nunca las veía ante sí cuando tocaba el bongó. Las veía pasar espantadas de ver a su duende, su duende negro. Y volaban con los ángeles que tampoco lo asistían.

Su delirium trémens se instaló en su mente de a poco, gota a gota podríamos decir. Y persistió pese a que él a veces no tomara licor. Se olvidó de extrañar el aguardiente nativo y desde tiempo atrás lo remplazó con el armagnac, un aguardiente galo de uva muy especial, porque al país donde fueres haz lo que vieres, frase que reiteraba cada que podía. Ángeles y musas son elitistas, no son lo de él, un man con corazón de negro del Pacífico colombiano, avecindado en la Ciudad Luz. Sin plata y sin luz.

Estaba agobiado de ser un clochard. “No soy vagabundo porque no soy un vago”, piensa en serio, apretando su bongó bajo el brazo. Es un artista y no un SDF, no es un ser Sin Domicilio Fijo. No es un número ni una sigla discriminatoria y justificante de la sociedad de consumo que bota a la calle miles de clochards porque no les da ninguna esperanza. Si come en la calle sobrados, lo hace con dignidad de artista. Durante muchos meses se alimentó con los restos de viandas que dejan, ex profeso, los citadinos en las barandas de los puentes que pasan el río, o en los quicios de ciertos restaurantes cuando cierran sus puertas en la noche.

Se cansó de deambular por París, como el andariego clochard que se resiste a ser. Lleva la música por dentro y siente que todo tiene su música propia. Piensa que la tarea del artista es descubrirla y pasarla en limpio. Volver música el mundo pleno de sonidos melodiosos. No se sintió nunca un vagabundo parisino, pero portaba su charmé propio, sobre todo porque no se abandonó a su suerte desde el día en que le fue tan mal que pensó en irse, no a través del océano, una posibilidad remota que sólo le cruzó por la mente tiempo después de sobrevivir tantos avatares a punta de música en la informalidad del metro. Irse. Dejarse ir. Irse con su música a otra parte.

Añoraba el vaivén del mar Pacífico, de su natal puerto, donde nació gracias a la tarea de una partera, entre el ritmo de tambores negros y marimbas. Las ondas del río parisino no le producían emoción alguna, pero le gustaba estar en el centro de otra cultura, la que su padre le enseñó a través de la literatura.

La ciudad lo deslumbró, pero la perspectiva de su vida no daba para mucho más. Ni el Museo del Louvre, ni el Barrio Latino, ni la Torre Eiffel, ni las catacumbas parisinas lo colmaban. La impaciencia del destierro no lo torturó. Da lo mismo tocar bongó aquí o allá. Acullá era el bar donde encontró refugio para su bongó y para su música. Como él, había marroquíes, mexicanos, colombianos, dominicanos, haitianos, africanos, cientos de artistas que fungían como clochards pero no se dejaban ir porque tenían vena de artistas. “Soy un artesano de la música”, contó alguna vez entre copa y copa.

Como él, miles de forasteros deambulan por la ciudad. Él era un man que no supo bien a bien cuándo nació porque su mamá tenía una fecha, el acta de nacimiento otra, y por ende sus papeles no reflejaban bien el cuándo, razón de peso para no celebrar jamás “esa güevonada”. Con su onomástico era distinto. Su padre lo bautizó en honor al primer astronauta de la humanidad. Yuri, como Yuri Gagarin. Lo contaba con orgullo en sus veladas en el bar, cuando todavía hablaba un francés enrevesado que a veces arrancaba risas no detectadas con su sentido original: bien podían ser celebraciones de sus ocurrencias y su labia, o porque hablaba el idioma local como forastero, con acento vallecaucano, un punto remoto en una tierra costera de un mar remoto.

Unos meses llegó a estudiar economía en La Sorbona, carrera que abandonó por su impaciencia, su impulsiva búsqueda de horizontes y de un destino insospechado.

Recordaba a su padre, un jesuita que se retiró de su apostolado porque se enamoró de una monja. A la postre, los religiosos dieron vida a Yuri lejos de las tierras paisas, en Buenaventura, a orillas del Pacífico, en su ostracismo de amor. Desde niño lo fascinó la cultura francesa gracias a su progenitor, un hombre culto que le leía cuentos y poemas de autores galos. Por eso decidió buscar su vida en París, a los veinte años cumplidos, y no en Estados Unidos, a donde iban sus paisanos en busca del sueño americano, como polizones en los barcos cargueros. Yuri, de hecho, jamás pensó en buscar sueños redentores para su vida, sólo quiso aventurarse en el país europeo que sus padres le inculcaron a través de la lectura. Más fácil le fue pensar en ir a la tierra de Rimbaud, Baudelaire y Víctor Hugo, que al consumismo gringo que jamás le atrajo.

Unos meses llegó a estudiar economía en La Sorbona, carrera que abandonó por su impaciencia, su impulsiva búsqueda de horizontes y de un destino insospechado. Recordó el día en que puso el pie en el aeropuerto Charles de Gaulle, “un paisaje parecido a la luna”, donde no estaba esperándolo el amigo que en Cali le ofreció, meses antes, alojamiento en París. Por el contrario, debió soportar la minuciosa requisa de un agente migratorio, que no tuvo empacho en revisar con el dedo un totumo de arequipe que llevaba como presente a su anfitrión que nunca apareció. Desde ese instante emprendió su andadura por la capital gala. Primero habitó en un cuartucho estrecho, un chambre de bonne, ubicado en un suburbio. Después en la catacumba moderna: el omnipresente metro.

El clochard sin acta de bautismo evitó dormir bajo un puente. Por eso no se consideraba un vago parisino, aunque años después grabó un disco titulado Vagabundo. La policía lo detuvo varias veces pero jamás le inquirió por su origen, lo cual lo hubiera catapultado a la repatriación. Tuvo suerte quizás por su labia y su porte de africano magrebí. Jamás durmió en un albergue porque tan pronto como lo trasladaban de la comisaría policial a su hogar de beneficencia, se escapaba y recurría a su atlético estado para poner pies en polvorosa.

Su verdadero hogar está en medio del Sena, contaba entre canción y canción: vivo en la isla de la Cité. Soy vecino de la Prefectura de Policía y de la Catedral de Notre Dame. Aunque arrancaba hilaridad del público del bar, él no escuchaba ya y rompía el cuero del bongó con sus cantos natales. El Guantanamera lo tocaba sólo si algún espectador estereotipado se lo pedía. Muy difícil es hacer entender a un europeo que hay mucha música también lejos del Caribe aunque tenga idénticas raíces negras. Cuando se emberracaba por “semejante ignorancia cultural”, tocaba con pasión. De los versos de Martí saltaba a los cánticos de los negros del Pacífico colombiano. Sus manos azotaban el cuero con ardor y saltaba la fuerza del currulao:

Caderona, caderooona
caderona vení meniate
con la mano en la cabeza
con la mano en la cintura.

Su vida en el periodo que tocó en los bares no era agobiante. Recibía una paga, bastante mejor que sus presentaciones en los vagones del metro o en los pasillos durante las horas pico. No pagaba arriendo. Vivía de facto en la Île de Cité, en la estación del metro. Llegaba en el penúltimo tren hasta la estación subacuática y se bajaba con sigilo para evadir la ronda del gendarme. Luego se saltaba a las vías y corría cual gacela en busca de un recodo que había acondicionado como dormitorio. Como la estación tiene calefacción, no pasaba las penurias del invierno. Allí vivió durante meses y no compartió con nadie su recóndito refugio secreto. Vivía bajo el lecho del río Sena, porque la línea del metro pasa veinte metros por debajo del agua. Y además, tenía cerca Notre Dame, nada menos. Y la sede de la policía francesa. De vez en cuando, ciertos domingos, daba paseos matutinos por su isla, por la Île de la Cité. Era su reino. El reino de Yuri, monarca del bongó.

Una correría bohemia, recién llegado a París, lo llevó a presenciar la revelación de su vida: escuchó por vez primera la canción Ne me quitte pas, del cantante Jacques Brel. En un televisor de un bar, donde pagó una primera copa de vino con los pocos francos que tenía, Yuri vio al gran representante de la Chanson, con el dramatismo del blanco y negro, el sudor y la tensión histriónica del intérprete. Pensó que era un documental y no la actuación del famoso cantante: una imagen que jamás olvidaría. Esa canción le repicó mucho tiempo en su cabeza. Y se prometió que, algún día, la cantaría en perfecto francés. Esa noche gastó buena parte de su reserva de algunas decenas de francos. Valía la pena emborracharse tras su descubrimiento. Fue la única noche que pretendió dormir bajo un puente sin lograrlo. Ne me quite pas. Nomequitpa, se repetía una y otra vez.

La noche del agobio, pocos años antes de grabar su primer disco, caminaba pensativo por la ribera del Sena.

Entonó hasta el amanecer la melodía que lo cimbró como artista, artesano de la música que llevaba por dentro desde que combinó su primer llanto con los tambores afrocolombianos. Varios años después, le puso su sabor al tema, y lanzó la canción con ritmo de salsa, un verdadero éxito musical en Francia, aunque la versión inicial fue grabada en un estudio de Cali para su primer disco: Herencia africana. Ese primer álbum, cuya grabación fue cortada con lapsos de diez segundos con la promesa de entregarla completa cuando Yuri pagara el trabajo, lo difundió Rémy Kolpa Kopoul en una radio alternativa parisina. Días después, a través de una llamada telefónica intercontinental, acordaron grabar las canciones con óptimas condiciones técnicas, trabajo galardonado con un disco de oro en Francia.

Lo que pudo ser una irreverencia, dada la calidad y fama de la pieza, se convirtió en los años 90 en un himno para los galos y la multitud foránea que habita París, desde antillanos hasta africanos. Antes, los países francófonos acogieron esa versión con entusiasmo (los caribeños Martinica, Guadalupe, Guyana; los africanos Senegal, Congo, Costa de Marfil, Gabón, Guinea). Después se posesionó, con éxito, entre los franceses que aman a Brel y se extasían con la voz de Yuri y sus arreglos salseros.

La noche del agobio, pocos años antes de grabar su primer disco, caminaba pensativo por la ribera del Sena. Fiel a su educación religiosa, recordó a sus padres y sin vacilar pasó frente al Teatro Châtelet, miró la columna de la fuente de Palmier y se encaminó al puente de Change, el mismo que aparece en alguna página de Los miserables.

Mientras daba pasos lerdos, al menos se veía así, sollozaba, porque una vez más, minutos antes, la brusca temperatura tensó y rasgó el cuero del bongó, su querido instrumento, su único bien en este mundo. No era la primera vez que sucedía semejante percance. La reparación costaba 150 francos, la ganancia de una semana de trabajo. Era el colmo, era demasiado. No tanto el dinero, sino la brusquedad del cuero roto que lo dejaba sin con qué trabajar y además con un gasto inevitable. Pensaba en el dios de sus padres, en su inclemencia con él. En su inmisericorde y ensañado castigo con el bongó roto, con el cuero reventado cada tantos días. No llevaba la cuenta para no deprimirse ni enfurecerse más.

De una dejó de pensar en su infortunio. Ubicado en el centro del puente, encima de las aguas gélidas del río Sena invernal, pensó en una salida fulminante, como de azote y suplicio cumplidos. Masculló una maldición que nadie oyó: Adiós, vida ingrata. ¡Vida hijueputa!

Decidió cortar de raíz su infame dolor. Con un gesto de atleta desesperado que llega a la meta final de su carrera decidió terminar con todo. Se amarró al cuello el bongó con el cuero rasgado, y con la agilidad propia de sus jóvenes amigos negros de Buenaventura, saltó la barda y se clavó en las aguas frías y oscuras.

Se zambulló buscando esa serpiente que sabía que engullía el mundo en su finiquito. Se metió en sus fauces, en ese momento líquidas. Sin conciencia del tiempo, se dejó llevar por la garganta de la sierpe gigante que veía en sueños. Era la gran Anaconda sagrada que se tragaba el mundo, y esa noche a él con todo y bongó, y atributos musicales, y sueños, y su nombre de astronauta ruso.

Se tiró al agua con todo y lo que denominaba su casa porque contenía todo cuanto tenía en su vida: el estuche del bongó que guardaba su ropa cuando no guarecía el instrumento. El agua lo engulló. La sierpe lo engulló como la pesadilla que soportó muchísimas noches. Bajó cuanto podía hundirlo la inercia.

La visión de la gran culebra era nítida. Veía sus ojos como candiles. Lucecitas allá, donde lo esperaba el instante fatal. Era el final. Parecía su final. Era su debut y despedida. La actuación máxima de su vida: la puesta en escena fluvial de su muerte, con sí mismo como único espectador.

Siempre, en cada tarima, recordaba esa noche, la sombra que no fue fatal.

Aun cuando en esos instantes no era consciente de su proceder y deliraba, las aguas del Sena lo hicieron emerger limpio. Sin el bongó deshecho que se había atado al cuello, emergió despojado de las prendas de vestir. Ni siquiera la camisilla térmica. Salió a la superficie con apenas un calcetín y los calzoncillos. Casi desnudo. Íngrimo. Las aguas gélidas lo despabilaron del delirio. La acción involuntaria de luchar por la vida lo hizo sacar lo mejor de su fuerza corporal para nadar hasta la orilla, ágil, como cuando en su niñez nadaba con sus amiguitos negros en las aguas de su Pacífico natal, en la playa de la isla de Cascajal, allá en Buenaventura.

Salió a la orilla turbado. Fundido en un delirio que lo impulsó a sobrevivir. A seguir la vida que la gran sierpe le perdonó. El bongó resonaba en su cabeza, su cuerpo extenuado yacía en la orilla tiritando de frío, extático por el altísimo grado de adrenalina. Vio el cununo de su infancia y escuchó la hermosura de su tamtam, de su tatatababumba. Nomequitpa. Sudaba el cantante en su delirio. Nomequitpa, cantaba él ante su proscenio síquico. Muchos escenarios aclamaron su salsa tiempo después.

Siempre, en cada tarima, recordaba esa noche, la sombra que no fue fatal. Muchas veces cantó la famosa pieza ante auditorios de veinte mil personas o más, hechizadas con su voz y sus ojos entrecerrados y su actuación peculiar, reflejo de Jacques Brel, pero propia como el sudor de su frente y el candil de su voz:

Nomequitpa.
No me abandones.
Nomequitpa.

Desde la noche del agobio las musas musitan impasibles en las teclas de los pianos. Las gárgolas se estremecen entre fuentes con sordina. Un duende negro salta contumaz sobre la crestería de un edificio y con voz aguardientosa entona:

La música debe fluir como el agua en un bongó.

Yesid Contreras
Últimas entradas de Yesid Contreras (ver todo)

¡Comparte esto en tus redes sociales!
correcciondetextos.org: el mejor servicio de corrección de textos y corrección de estilo al mejor precio