Tiene una flor en la boca. No precisamente dentro de la boca, sino entre los labios. Se asoma con naturalidad, casi como si hubiera germinado de la semilla de su lengua. Es una flor silvestre. Me pregunto si tiene un nombre específico o si silvestre alcanza. Vos lo sabrías, la examinarías de un vistazo rápido y me echarías en cara tus años en Agronomía. No es que no valore tu opinión, sólo que todavía no aprendí a traducirla como algo más que un insulto. Me dirías qué especie de flor es, te tomarías tiempo para describir la forma de su cáliz, dónde crece y con qué condiciones climáticas, pero en lugar de eso, de reconciliarte conmigo, estás ausente, aunque cerca, apenas del otro lado de la pared.
Hasta recién se oía un murmullo. Ya no. No alcancé a distinguir qué decía, parecía un jadeo seco, algo apagado, que se movía de un lado a otro de la habitación. Un jadeo, sí, pero no quise pensar lo peor y cerré los ojos y me llevé las manos a los oídos como lo hacen los chicos. Luego, silencio. ¿También vos tendrás un cadáver del lado de tu pared? Puede que hayan distribuido uno en cada habitación, como un suvenir de mal gusto. Generalmente con un chocolate en la almohada alcanza; quizás la moda cambió, desde hace tiempo que no entraba a un hotel, mucho menos en uno de categoría como este.
Te seguí desde que nos despedimos. Vi el vestido que miraste durante minutos en la vidriera de Arenales. Te haría lucir falsa, tanto como la imitación del Botticelli de la galería de Primera Junta donde entraste. Te seguí, no podía librarme de los besos residuales, me parecieron demasiado poco. Me dio pánico que fueran los últimos, uno nunca sabe cómo descifrar eso, ¿no? Cuándo es la última vez que se besa a la mujer que ama, el último sexo, la última palabra real o cuándo la última tarde que compartimos en casa sin estar lamentándonos a escondidas del otro. Tenía que comprobar qué hacías con los míos, con mis besos. Esta puerta estaba sin llave. Eso diría si me encuentran en la habitación de un desconocido y junto al cadáver. “Estaba sin llave, sólo entré”. Debería ser suficiente. Que justo se trate del mismo piso y sea la habitación contigua a la que te metiste vos, fue un golpe de suerte. Uno de esos guiños inesperados que nos regala el destino. Pero la suerte no siempre es para bien, creo que confiamos en ella ciegamente sólo porque es gratuita. Así de miserables somos.
El muerto me mira fríamente. Me pregunto de qué otra forma podría hacerlo. Del otro lado, todo está aquietado. Me asusta, te siento lejos. ¿Te habrás ido? No, tendría que haber escuchado la puerta cerrarse. De mi lado, una cama matrimonial, una mesa de luz con la biblia junto al velador, un televisor con una pátina gris sobre la pantalla y uno, dos, tres cuadros, además del baño de azulejos con diseños en rombo. Las obras parecen reproducciones de algún pintor famoso, el yanqui de Iowa del que me hablabas semanas atrás. Dos granjeros, quizás amish, hombre y mujer. Él sostiene un rastrillo vertical entre los dos. Parecen profundamente infelices, pero de eso nadie habla. Nos lo gritan, y nosotros elegimos adorar la sutileza en la gradación de celestes que se despliega sobre la cabeza calva de él.
Para apoyar mi oreja contra la pared debo saltar al cadáver. ¿El tuyo tendrá la misma expresión que el mío? Y la flor... ¿la de tu cuarto será igual a esta? Me agacho sobre él, debe llamarse Andrés o Mariano; nadie deja muerto a un Felisberto o a un Jacinto en una habitación anónima de hotel. A este no lo debe recordar ni su asesina ya. Lo repito, “asesina”, la palabra se me hace extraña en la boca, como un bocado de arena entre los dientes. Cuanto más la mastico, más difícil se me hace tragarla. ¿También vos estarás acurrucada sobre el cuerpo en el suelo? ¿Por qué siento la necesidad de acercar mis labios al cadáver de Andrés o Mariano y arrancarle con la boca la flor de sus labios? No lo hagas, vos no lo hagas. No lo beses, no me importa que sea un cuerpo estéril, lo mismo que besar un almohadón de cenizas, no lo hagas. Quizá deba golpearte la puerta, gritarte desde afuera. “¡No lo hagas, no lo beses! Alejate, por favor”.
Siento celos por él, tirado sobre tu cuarto, tan cerca de la cama donde debés estar acostada. ¿Y si se incorpora? ¿Si el muerto de tu habitación llegó fallado y no está realmente muerto? Se acerca a tientas a tu cama, con un jadeo galvánico, ni vivo ni extinto, irresistible en ese limbo, y te escupe la flor en tu cuello para recuperarla con los dientes y la lengua. ¿Qué le dirías? Lo detendrías. ¿Pensarías en mí? Pero también puede que no haya ningún cadáver en tu habitación y que sea solamente una excepción en la mía. Ahora lo miro a Andrés o a Mariano —debe ser Andrés, se le emparenta mejor con los rasgos indefinidos— y pienso que si no hay otro cuerpo en ningún otro cuarto del hotel, debe ser el hombre más solitario del mundo. Siento lástima por él. Debe ser doloroso no tener un igual con quien compadecerse. Nadie debería morir solo, quizás con un llamado a recepción alcance, que traigan otro igual y lo dejen a su lado. Ya verían cómo mi muerto se empezaría a sentir mejor.
Creo que eso nos pasa, una vez que alguien muere nos olvidamos de la piedad, como si ya no importara, andá a saber de qué serían capaces si yo no protegiera a Andrés. Escuché que algunos testean los cadáveres como abono para fabricar biogás que alimente a las industrias. Lo que faltaba, de la crisis energética nos sacan los muertos.
Ya trascurrieron dos horas. El muerto continúa en su lugar. También la flor. De tu lado de la pared nació un jadeo pastoso, como si alguien arrastrara una frazada sobre una malla de pasto. Eso fue minutos atrás. Me preocupé de que te hubiera pasado algo y salí al pasillo; tu puerta estaba cerrada y del picaporte no colgaba el cartel de “No molestar”. Me vieron. Dos hombres y una mujer que entraban a diferentes habitaciones del mismo piso me vieron. Debieron notar mi desesperación, porque me examinaron de arriba a abajo. Creo que después se dedicaron unas miradas cómplices, “pobre imbécil”, habrán pensado, “pobre imbécil, su mujer en otro cuarto y él con un cadáver”. Después se perdieron detrás de sus puertas y la luz del pasillo se vino abajo al instante. Me quedé solo en el túnel de oscuridad. Apenas el botón del ascensor era un brote violeta que se desvanecía en el punto de fuga. Los portazos de los extraños retumbaron durante algunos segundos. No recordaba que habían cerrado sus puertas con vehemencia, pero ahí estaba el eco de testigo. Inconfundible. Lamenté que no tuviera mis cigarrillos encima. Te los di a vos antes de despedirnos en esa cafetería sobre Azcuénaga. Me obligaste a encontrarnos ahí. Un lugar público, nada de escándalos. Había algo de impiadoso en la penumbra, especialmente en el ojo ácido del fondo del túnel. Los cíclopes son conocidos por su cinismo. Extrañé a Andrés y me metí de vuelta. Me recibió con su mirada fría pero constante. Eso bastó para no sentirme tan solo.
Está anocheciendo. Y continúas dentro de la habitación. Debería regresar a casa, lavar la vajilla que dejé sucia en la pileta. Sé que no te gustaría encontrarla así. Todavía hay ropa tuya en mis cajones. Son un ancla. Quiere decir que nos volveremos a ver. Que tendrás que pasar a recogerla y entonces nos volveremos a ver. Pero ahora ya es tarde. Y el frío me recuerda a casa. A la casa sola. Y no quiero tener frío, no esta noche. Mejor permanecer acá, con Andrés. Acurrucarme junto a él, besarle la flor en los labios y abrazarme a su cuerpo. Él, quizá, no me devuelva el abrazo, parece un hombre frágil, de esos que esconden los gestos para no sentirse fuera de lugar. Conmigo no hará falta disimular. Y juntos sobreviviremos la noche. Presiento que en la mañana tendré mejor ánimo para enjuagar la vajilla.
- La constancia en la flor - viernes 26 de julio de 2019
- Tres poemas de Emmanuel Lorenzo - lunes 15 de abril de 2019


