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Invasores

martes 6 de agosto de 2019
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Va pues, yo voy primero, ni qué. Cuando llegue a la reja, si no hay ninguno de ellos cerca, prendo un cerillo, después me sigues. Agustín apretujó su cabeza entre el espacio que había quedado entre la puerta y el marco. La luna se sofocaba tras un enorme nubarrón gris que parecía tapar el cielo entero. Después de unos segundos en los que nada pudo distinguir, con un solo movimiento terminó de abrir la puerta y se encaminó desapareciendo en la penumbra.

Horacio se quedó solo. Aunque no fue consciente de esto hasta que oyó el suave clic de la puerta al cerrarse. No veía nada. Se acercó, lento, con los brazos extendidos hacia la ventana, y se asomó. La oscuridad era idéntica adentro y en el exterior. Apenas distinguía la reja plateada que parecía absorber la poquísima, la única luz, y reflejarla. De Agustín nada podía saberse, más que el hecho de que aún no encendía el cerillo.

Esperaría un poco… la puerta crujió. Horacio supo que sólo tenía una opción. Fue a tientas hacia la puerta de salida y se lanzó a la oscuridad antes de que la otra puerta se desplomara.

Apoyó su rostro sobre el mosquitero de la ventana, como si fuera a fluir a través de él. Los escuchó a su espalda. No pudo evitar dar un salto. Se dio la vuelta. No podía verla, pero sabía que a quince pasos, frente a él, se encontraba la gruesa puerta de roble que separaba la habitación, donde ahora se encontraba, del resto de la casa, que se encontraba infestada. Nunca los había visto, pero recordaba la primera vez que escuchó de ellos. El viejo Antonio, dueño del rancho vecino, los había alertado de que algo estaba matando sus vacas, esos flacuchos animales que hubieran muerto de una u otra manera. Dijeron que esas eran leyendas inventadas, cuentos de viejo, dijeron. Nadie los tomó verdaderamente en cuenta hasta que doña Margarita, la mujer de Antonio, llegó gritando con el rostro hecho agua la muerte de su hijo, el pequeño, el que cupo en sus brazos aquella noche que llegó cargándolo y llorando su muerte. Los viejos, que apenas habían querido ver al niño, dijeron que había sido un lobo o algún otro animal, pero desde ese momento el miedo se instaló en el rancho. Los rumores llegaron rápidamente hasta el pueblo, hasta Nuestra Señora del Prado. La gente dejó de salir por las noches, hasta los rezos cesaban al caer el sol. Ya nadie quiso acercarse por acá. Antonio y su mujer se fueron, dejando su rancho vacío. El padre de Horacio dijo que ellos no se irían. Que esta era su tierra y que si el gobierno no había podido quitársela, nadie lo haría.

Un chillido, al otro lado de la puerta de roble, devuelve a Horacio al presente. Al otro lado, ellos se arrastran, trepan por las paredes, chocan con ellos mismos. Escuchó los retratos caer y rebotar contra el piso. Se sobresaltó al oír el enorme espejo de su madre hacerse trizas contra el suelo. Volvió a poner su cara contra el mosquitero. No veía la luz que Agustín había prometido pero tampoco los veía a ellos. La puerta retumbó. ¡Si me quedo aquí me van a chingar!, ¿dónde estás, viejo? Tenía que decidir rápido. Aún podía esperar un poco más. Quizá Agustín no había podido encender el cerillo, él sabía que le temblaban las manos. Esperaría un poco… la puerta crujió. Horacio supo que sólo tenía una opción. Fue a tientas hacia la puerta de salida y se lanzó a la oscuridad antes de que la otra puerta se desplomara. Si yo no puedo verlos tal vez ellos tampoco a mí. Comenzó a moverse muy lentamente por el patio en parte porque casi no veía y en parte porque las piernas no querían responderle. Tropezó con algo y cayó al piso. Se manchó las manos con un líquido espeso, caliente, con olor a hierro. Durante unos segundos no entendió lo que era. Las nubes comenzaron a dispersarse y la luz de la luna cayó furiosa sobre la tierra. Horacio soltó un grito, se puso de pie como pudo, tropezando varias veces corrió hacia la salida. Supo lo que había sucedido con Agustín.

Atravesó la reja y salió de la casa. Distinguió perfectamente el paraje que tenía en frente —el camino de tierra, los arbustos y el esqueleto de los árboles secos—, que rodeaba la casa y se perdía en el horizonte. El último de los invasores se marchaba y al fin aquella tierra regresaba a sus dueños originales. Horacio corrió en dirección al pueblo forzándose a no mirar atrás mientras que la luna iba subiendo, casi azul, sobre un cielo cada vez más claro.

Felipe Alí Santamaría Ricci
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