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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

P-rrow

jueves 29 de agosto de 2019
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Comenzó en Egipto. Ahí fue donde un colectivo de químicos, joyeros e ingenieros crearon el dispositivo. Lo hicieron a partir de una aleación entre la plata y el aluminio y le llamaron “espejo”. Como siempre pasa, se discutieron las repercusiones y ventajas que podría conllevar la comercialización del invento y se concluyó que, de ser usado por seres racionales, no tendría por qué generar inconveniente.

Antes los contornos de los objetos sólo se reflejaban en los cuerpos de agua fija, y en ellos se desdibujaban o se mezclaban con otros; pero la nueva tecnología lograba mostrarnos con una maravillosa claridad las dicotomías entre un ser y otro, el detalle, las particularidades y los colores de cada silueta y de lo que la rellenaba; lo que se reflejaba en el espejo eran pinturas perfectamente delimitadas y tan impecablemente miméticas que aparentaban poseer una materialidad propia. Por eso, probablemente, prohibieron colocarlos en los senados, casas presidenciales y en la mayoría de los edificios de gobierno cuando notaron que los políticos tendían a sufrir infartos si se veían tan nítidamente a sí mismos. Y lo cierto es que en un principio los sectores públicos no fueron los únicos que vetaron el uso del espejo en sus instalaciones. Algunas religiones también lo hicieron. Los musulmanes, judíos y taoístas se negaron a colocar cualquier versión del dispositivo en lugares sacros. Y la Iglesia prohibió su uso. Casi todo el resto de la sociedad, sin embargo, creímos que era inofensivo, y ¿por qué no habríamos de creerlo? Si éramos nosotros quienes hacíamos uso de él.

Recostados sobre las mesas se encontraban los espejos, todos brillantes, ovalados, de unos treinta centímetros de largo y quince de ancho, con ese mango de cobre y rodeo que ni siquiera tenía el P-rrow 1.

Desde hace dos meses, entre mis amigos no se hablaba de otra cosa; los que lo tenían nos contaban cómo la imagen tan nítida les había ayudado a notar incluso un pequeño frijol que se había atorado entre sus dientes y sonreían para mostrarnos que ahora los tenían limpios, pero cuando les pedíamos que nos enseñaran el espejo se negaban, no querían que lo tocáramos y lo llenáramos de óxido.

El 29 de junio del 2007 me formé más de nueve horas en la fila afuera de la tienda Pear de Virginia. Estaba a punto de salir la segunda generación de espejos de mano P-rrow. Como ustedes se podrán imaginar, yo, que me había quedado sin comprar el mío cuando se agotaron los de la primera, me encontraba dispuesto a perder un ojo con tal de tener un P-rrow 2.

No me arrepentí de formarme las nueve horas, ni de haber hecho esperar en la fila a mi esposa otras dos; cuando por fin entré a la tienda sentí que todo el esfuerzo había valido la pena. Recostados sobre las mesas se encontraban los espejos, todos brillantes, ovalados, de unos treinta centímetros de largo y quince de ancho, con ese mango de cobre y rodeo que ni siquiera tenía el P-rrow 1.

Cerré los ojos por un momento antes de tomar uno y me preparé para ver mi rostro. Respiré profundo un par de veces, dejé que la emoción fluyera por todo mi cuerpo y una vez que me sentí más relajado, abrí los ojos.

Me acerqué a una de las mesas y agarré un espejo que tenía un pequeño grabado en el mango. Lo coloqué justo enfrente de mi cara y comencé a ver mi nariz. Comprendí por qué me apodaban “El Búfalo”. Luego examiné el reflejo de mis ojos verdes mirándose a sí mismos y un escalofrío corrió por mi cuerpo; siempre había creído que mis facciones eran un poco parecidas a las de mi mujer, que mis ojos estaban rasgados y mi semblante era afilado. Me encontraba en el error. Descubrí que mi rostro tenía forma de rombo, y que mi cabello era mucho más amarillo que el de ella. Probablemente por eso cuando me acercaba mucho, para darle un beso o una muestra de amor, olía tan diferente a mí. El sudor que desprende un cabello de color amarillo no debería tener las mismas propiedades químicas que el de alguien que lo tiene negro. Lo mismo, supongo, debieron de haber pensado muchas otras personas, porque, justo después de un mes del lanzamiento del P-rrow 2, el índice de divorcios en Estados Unidos se disparó. No lo sé, eso también pudo haber sido causado porque la mayoría de la gente prefería ahora pasar el tiempo mirándose a sí mismos que a todos los demás.

Salí de la tienda con mi P-rrow —que me había costado el sueldo de un mes entero— en la mano y tomé la decisión de encerrarme con él durante el siguiente mes adentro de la pequeña oficina que tenía en casa, para poder explorar con mayor detalle las curvas y los ángulos de mi rostro y después escribir un paper con los descubrimientos que hiciera.

El primer día fue increíble, nadie me molestó, y logré notar que los vellos de mi nariz no eran tan abultados como los de mis amigos que tenían la piel color cobrizo, que la forma de mi barba era recta, a diferencia de las de ellos que terminaban en pequeñas circunferencias y que las bolsas debajo de mis ojos eran menores. Había visto muchos hombres parecidos a mí, así que se me ocurrió que cuando saliera del cuarto sería buena idea formar un grupo de control y analizarlos, perdón, analizarnos.

¿No vas a salir tampoco hoy? Por eso estaba en contra de que te compraras ese aparato, pero cedí, y hasta me formé dos horas en tu lugar de la fila para que lo tuvieras.

El segundo día no fue tan bueno, acerqué el espejo a mi rostro y noté que debajo de algunos vellos de mi barba tenía abultamientos negros, casi como un brote de acné, pero los granitos eran mucho más pequeños. Me pregunté si tendría herpes, o, peor aún, si estaba descubriendo una enfermedad nueva. Me angustié muchísimo y pensé en exprimir alguno de ellos, pero me dio miedo que el padecimiento se corriera por toda la cara, así que me abstuve. Escribí en mi libreta que sería necesario ir al dermatólogo para que me revisara en cuanto saliera de ese cuarto, y de paso volví a tomar el espejo y lo acerqué de nuevo a mi cara para analizarla más a fondo. No encontré nada nuevo en las siguientes cuatro horas. Sonreí, pero estaba muy cansado, así que en vez de enfocarme en mis dientes, cerré la boca y me quedé dormido sobre el escritorio con el P-rrow en la mano.

Desperté al tercer día porque mi mujer comenzó a golpear la puerta desesperadamente. Mi puño todavía apretaba el mango del espejo; lo solté, lo dejé en la mesa y me paré para abrir.

—¿No vas a salir tampoco hoy? Por eso estaba en contra de que te compraras ese aparato, pero cedí, y hasta me formé dos horas en tu lugar de la fila para que lo tuvieras. Por favor ven a desayunar conmigo.

Me sentía cansado, no contesté y la seguí a la mesa sobre la que ya se encontraban dos huevos duros, dos juegos de cubiertos y una ensalada de quinoa. Me serví un poco de la ensalada sin fuerza ni hambre y me di cuenta de que había ayunado los dos días anteriores. Comí apresuradamente para poder regresar a hacer mis investigaciones y, cuando estaba a punto de terminar, comenzó a hablar mi mujer acerca de este grupo de rehabilitación. Permanecí en silencio, a pesar de que comprendí su insinuación. Que, ahora que lo pienso, más que insinuación fue un regaño. En vez de escuchar su voz tediosa, me fijé en sus dientes: eran más picudos que los míos.

Cuando terminó de hablar y me preguntó si tenía algún comentario, giré la cabeza hacia los lados, le agradecí por la quinoa y me fui de regreso a la oficina. Cerré la puerta y la escuché gritar:

—Lo están prohibiendo en muchos países. En Italia ya inventaron unas pinturas que hacen el cabello amarillo, por que los muy soberbios de los maridos quieren cambiar a sus esposas para que sean iguales a ellos.

Ignoré las quejas por un momento. Después escribí en mi libreta que sería una buena idea explorar la opción de usar esas pinturas para teñir su cabello. Pues yo no tenía la intención de divorciarme, y ahora que había reparado en que su aroma me molestaba, necesitaba encontrar una solución para poder seguir viviendo con ella.

Tomé el P-rrow entre mis manos, una vez más. Comencé de nuevo la investigación. Abrí mi boca para ver bien mi dentadura, y sí, era más ovalada; revisé si había comida atorada en ella, pero no encontré nada; probablemente a mis amigos se les quedó ese frijol porque sus frontales estaban demasiado pegados. En fin, en medio de esta reflexión mi mujer abrió la puerta y entró a la oficina con un martillo.

Cuando desperté tenía un dolor de cabeza infernal y sólo podía ver algunas sombras que se mezclaban entre ellas.

—Suelta el P-rrow y ponlo sobre la mesa —me gritó.

Enfurecido conmigo por no haberme dado cuenta de que mi mujer sólo guardó silencio porque estaba tramando algo para deshacerse del espejo que le quitaba mi atención, abracé el P-rrow y le pedí que por favor, por lo que más quisiera, no lo destruyera. Le dije que la segunda edición ya se había agotado y faltaba un año para que sacaran la tercera. No escuchó mis súplicas, soltó el martillo sobre la mesa y comenzó a tratar de arrebatarme el espejo. Como consecuencia del forcejeo, el P-rrow cayó al suelo. Logré levantarlo antes de que ella llegara a él, pero sólo quedaba el mango, el vidrio estaba hecho añicos. Así que lo solté, cayó en el piso y comencé a sollozar.

—¿Por qué no dices nada? —pregunté—. ¿No te das cuenta de lo que hiciste? El error fue mío, por haberme casado con una mujer con los ojos rasgados y los dientes afilados.

No contestó. Ella, que nunca se callaba, decidió usar ese preciso momento para guardar silencio. Me enojé aún más y seguí gritando, cegado por la rabia. Finalmente ella recogió del piso el mango del P-rrow, y sin que yo tuviera tiempo para reaccionar lo lanzó con fuerza hasta darme un golpe con él en la frente.

Cuando desperté tenía un dolor de cabeza infernal y sólo podía ver algunas sombras que se mezclaban entre ellas. Pero, poco a poco, la vista regresó y me di cuenta de que me encontraba sentado en el asiento trasero de una camioneta. Me toqué la frente y tenía un chichón enorme. En el asiento de adelante mi esposa conversaba con el conductor:

—No se preocupe —le decía él, mientras ella lloraba—, incluso uno de los inventores del espejo ingresó hace unos meses a nuestra clínica.

Vi cómo, el muy descarado, miraba las piernas de mi mujer cuando hablaba. Después, giré hacia la ventana y pude ver que todos en la calle se ponían sus P-rrows frente al rostro.

Ivonne Gamus Harari
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