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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

Callada

martes 26 de enero de 2021
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Desde la primera vez que hablé ese día, me di cuenta de que nadie me entendía. No sé cómo pudo haber pasado. Toda mi vida me había comunicado en un español, no académico, pero propio de una usuaria apta en el lenguaje, y ahora no podía arrojar una palabra sin obtener de regreso un gesto de extrañamiento del interlocutor en turno.

Fue el momento en que salí a caminar en la calle, en el que me di cuenta de que yo no era la única. Primero, noté cómo una mujer que había abierto la ventana de su coche para quejarse con el conductor de enfrente, gritaba una serie de vocablos en un lenguaje extraño; miré entretenida el rostro desconcertado del receptor de la mentada de madre.

Minutos más tarde, mientras pasaba por afuera de una cafetería, vi que la clienta le pedía al barista algo que sonaba como:

Leeló Josh.

Y éste, notablemente nervioso, le señalaba objetos para ver si los quería, provocando que ella se desesperara cada vez más.

Estaba segura de que lo había programado en español, pero debajo de los íconos sólo aparecían unas letras extrañas.

Cuando llegué al trabajo, me encontré con una turba de las empleadas, que exclamaban furiosas enfrente de una muchedumbre de hombres asustados. En este día extraño —pensé— aquellos que afirmaban que los dos géneros somos de diferentes planetas podrían estar seguros de que por lo menos proveníamos de países distintos.

Esquivé el lío y me dirigí a mi cubículo. Humberto, el contador castroso que tenía a mi lado, comenzó a hablarme con voz de bebé:

—Tú tampoco entiendes, ¿verdad, chiquitaaa? —su mano se levantó hacia mi nariz y su dedo se acercó para acariciarla, a la vez que aproximaba su rostro al mío—. A ver, dime algo.

Como estábamos tan cerca, no fue difícil hacer el movimiento atinado para que la cachetada cayera justo en su mejilla. Perturbado por lo que acababa de pasar, se quedó mirándome y colocó su mano sobre su cara, como si eso lo fuera a sanar:

—Perra amargada. No captas una broma.

Lo ignoré y me senté, prendí mi computadora y escuché cuando decía:

—Vas a ver cómo me la pagas.

Lo raro fue que el lenguaje escrito en el monitor tampoco estaba claro. Estaba segura de que lo había programado en español, pero debajo de los íconos sólo aparecían unas letras extrañas. Abrí el Excel que había preparado unos días antes para presentarle a mi jefe, pero incluso los números me eran incomprensibles. Me puse de pie e hice señas con las manos para llamar la atención del asistente que estaba cerca de mi cubículo.

Éste volteó a ver a los lados, como si no se encontrara seguro de que yo le estuviera hablando a él, y luego se señaló a sí mismo en forma de pregunta. Intenté asentir con la cabeza, pero ésta se movió de lado a lado, haciendo un gesto de negación. Así que el recepcionista, ya muy confundido, movió su mirada en todas las direcciones hasta que se me acercó:

—¿Con quién quiere hablar?

Me señalé, e intenté señalarlo a él, pero cada vez que lo hacía mi dedo índice se movía solo y parecía querer llamar a alguien diferente. Él, que primero se mostró paciente, comenzó a desesperarse y a levantar la voz:

—No entiendo —me decía angustiado.

Yo tampoco, pensaba. Hasta que, finalmente, se dio por vencido y se fue a su escritorio. Tomé asiento de nuevo.

¿Qué podría hacer?

Caminé por la oficina y noté que muchas de mis compañeras no estaban en sus lugares. La grilla entre ambos sexos se había acabado y al darme cuenta sentí un poco de paz de ya no escuchar ese ruido que no había notado que me estaba molestando.

Una compañera se me acercó, parecía que me quería decir algo, pero finalmente se arrepintió y regresó a la mesa en donde estaba sentada. Noté que su computadora estaba apagada, seguramente le estaba pasando lo mismo que a mí.

Lo peor fue que cuando mi jefe me preguntó qué pensaba, mi boca sonrió en contra de mi voluntad.

No estaba lista para darme por vencida, tendría una junta importante a las doce y no pensaba perdérmela. Así que regresé a mi cubículo e hice una meditación; si nadie podía entenderme, por lo menos yo lo haría.

Después, cuando hube calculado que faltaban pocos minutos para la junta, toqué la puerta de la oficina del jefe de equipo y mis compañeros interrumpieron forzadamente las carcajadas que se escuchaban desde afuera.

—Pasa —me indicó el dueño de la oficina, evitando que la risa se le saliera.

Nos sentamos; Martín comenzó a dar un reporte de ventas, que era erróneo; intenté hablar para corregirlo, pero al parecer la condición con la que desperté esa mañana había empeorado, pues ya no podía sacar sonido alguno de mi boca.

Después, Humberto explicó aquello que yo había planeado presentar y se atribuyó el crédito de todo mi trabajo. ¿Cómo lo había robado? Se debió de haber metido a mi computadora mientras yo daba la vuelta por la oficina.

Hasta ese momento había sido paciente, pero me estaba comenzando a desesperar. Lo peor fue que cuando mi jefe me preguntó qué pensaba, mi boca sonrió en contra de mi voluntad.

Recordé las palabras de mi abuela:

—Calladita te ves más bonita.

No sé si más bonita, pero sin duda más conveniente para ese idiota. Salí de la junta y mientras la furia de no poder decir nada ante la injusticia revoloteaba en mi estómago, pude ver el gesto triunfal de mi enemigo cuando mi jefe le anunciaba su promoción de puesto por el buen trabajo que en realidad yo había hecho.

Ivonne Gamus Harari
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