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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

El que camina a mi lado

viernes 30 de agosto de 2019
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Las luces del bar eran muy opacas, en especial las de aquel pasillo y, debido a mi problema visual y también a los efectos del alcohol, no veía y no estaba consciente de todo lo que decía y hacía. Aun así, en la gravedad de mi estado sabía que no estaba solo. Me acompañaba una figura alta y lánguida que estaba en las mismas condiciones que yo. Me decía que caminara a su lado porque junto a él la noche sería más placentera. Y así, dada la situación, lo seguí hasta la habitación del fondo. Al entrar ahí, me encontré con la dama del vestido rojo que había visto temprano en la velada. Ella con una pose tentadora, un vino barato y dos cigarrillos, me invitaba a la cama. En ese instante, yo como todo hombre debía cumplir con mi función. Tenía que aprovechar esa oportunidad, pues ese momento de placer libertino probablemente no se repetiría en mucho tiempo, puesto que le soy o más bien le era fiel a mi mujer. En esa noche, el dinero no era problema y, dada la circunstancia y los deseos reprimidos de conocer una mujer distinta, le pagué para que todos mis apetitos lujuriosos fueran saciados. Al momento en que salí del cuarto aquella persona misteriosa apareció. Lo más curioso es que debido al problema eléctrico del sitio y a mi estado no podía ver su rostro. Luego, al dejar el bar, en un abrir y cerrar de ojos él desapareció. Pensé que no lo vería nuevamente, ya que al no poder apreciar su rostro y no saber ni su nombre ni su procedencia, no valdría la pena contactarlo, ya que aquella aventura sucedió en noche de copas y ahí debía terminar.

Él realmente era un tipo interesante y al parecer no tenía la responsabilidad de velar por un hogar, no tenía sus deseos reprimidos ni mucho menos estaba atado a una mujer. Él era lo que yo quería ser.

A la mañana siguiente al despertar con una fuerte resaca vi el rostro de mi amada. En su bello mirar se apreciaba una gran desilusión, pero como soy todo un varón debía hacerle saber quién manda, pues yo como todo hombre responsable y de buenos principios respondo por mi familia y, debido a eso, no debo darle explicaciones a nadie de lo que hago ni mucho menos aguantarme una cantaleta. Además, no salgo mucho a beber, puesto que trabajo como un burro y mi tiempo libre es limitado. La discusión con mi esposa fue breve, ella como toda buena mujer agachó su cara y se fue para la iglesia y yo, como cada domingo, me senté en la sala a ver cualquier película que trasmitieran por el televisor. Sintonicé un canal que no recuerdo y en él pasaban una película de acción en donde aparecían un hombre musculoso, una mujer bella y un conflicto bélico. Una película muy cliché y, por tal motivo, no me concentré para nada en la trama, ya que no dejaba de pensar en la noche anterior. Y así, durante todo el día especulé sobre quién podría ser la persona que estaba conmigo en ese bar de mala muerte.

Pasaron dos semanas para ser específico. Pensé mucho sobre ese suceso hasta el punto en que decidí volver al bar, pues la curiosidad por saber quién era aquel hombre me atormentaba mucho. Así que fui, me tomé dos cervezas y un buen vaso de whisky hasta que nuevamente esa silueta apareció y se me acercó. Le invité a sentarse, le ofrecí un trago y comenzamos a dialogar. Algo en él me era familiar, su voz, su manera de mover las manos eran muy parecidas a las mías. Aun así, no podía ver su rostro, dado que el problema eléctrico del bar no se había solucionado. Él sabía cómo hablar conmigo, le interesaban los libros, los equipos futbolísticos e incluso los ideales políticos que a mí me llaman la atención. La conversación con él era muy fluida, las botellas se amontonaban más y más en la mesa. Al pasar las horas y debido a nuestro estado y deseos reprimidos decidimos terminar en la situación de la vez pasada.

Al final de la velada, después de cometer tales actos vergonzosos, respiré hondo y le propuse a ese hombre que se fuera conmigo. Él aceptó y mientras caminábamos dialogamos de muchas cosas. Muchas de ellas eran comunes con las mías e incluso por un momento llegué a desear ser esa persona. Él realmente era un tipo interesante y al parecer no tenía la responsabilidad de velar por un hogar, no tenía sus deseos reprimidos ni mucho menos estaba atado a una mujer. Él era lo que yo quería ser. Cuando llegamos a la puerta de mi hogar, le pregunté por su nombre y en ese instante mi problema visual como por arte de magia mejoró un poco para que así pudiera apreciar su rostro. Al verlo, y ante mi asombro, aquel hombre me respondió: “Me llamo Janos1 y yo soy tú, yo soy tu otra cara, esa que no le muestras a tu mujer. Soy lo que odias, soy lo que deseas, soy el que camina a tu lado”.

Miguel Ángel García Carreño
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Notas

  1. Deidad de la mitología romana que posee dos rostros. Para los habitantes del imperio, este personaje representa la dualidad que puede existir en cada una de las personas.