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La escritora

domingo 15 de septiembre de 2019
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Se paralizó al ver la hoja en blanco. Tenía mucho sin arrastrar un lápiz, dibujando pequeños trazos que daban paso a una historia. Ahí estaba. Sentada sobre una mesa cuadrada de madera en Roots Café con su café de latte, mirando el papel, mientras la música de fondo parecía refugiarla en un mar de pensamientos sobre distintos personajes, ambientes, tramas, pero ninguna idea le sonaba suficientemente buena como para plasmarla.

No sabía cuánto tiempo había transcurrido y el café se había enfriado; bebió un sorbo. Se dijo a sí misma que no vería el reloj; sin embargo, creía haber pasado una eternidad. Sólo miraba cómo entraba y salía gente del lugar. Si supieran que esa extraña mujer tan delgada y de apariencia tan frágil como el cristal fue una de las máximas representantes de México a nivel internacional con su narrativa tan limpia, realista, siempre orgullosa de sus raíces, y qué decir sobre su poesía, si lograba ese toque musical que sólo se percibe al leer esas estrofas en voz alta.

Dio tres pequeños golpecitos con su lápiz sobre el papel.

—¿Todo bien? —le preguntó el muchacho que atendía el lugar.

El detalle estaba en que no podía recordar más allá de lo que estaba sucediendo en el instante.

—Sí, claro. ¿No tendrá un pie de queso? —la verdad es que una de sus múltiples debilidades no eran precisamente los postres, sino la ansiedad que sentía cada vez que empezaba una historia nueva y que solamente podía calmar con bocadillos. O tal vez, en ese momento sólo se sentía obligada a consumir por tener tanto tiempo en el lugar.

—En un minuto…

Se puso a pensar en qué momento había dejado de ser popular entre las cafeterías que frecuentaba antes con su grupo de amigos, también letrados. Personas cuyos nombres sobresalían dentro de la literatura sinaloense. ¿En qué momento se había aislado tanto de lo que realmente la hacía vibrar? Sí, eso es. No es que se sintiera invisible, por supuesto que no. Al contrario, ahí estaba tan viva, siendo parte del todo, pero ya no era la protagonista. No pertenecía a esa historia, cualquiera que fuera. O quizás sí. Tal vez, sólo era cuestión de retomar la disciplina con la energía y entusiasmo con la que se había adentrado en ese mundillo alguna vez; mientras tanto, no dejaba de pensar en todos aquellos libros que se había leído, cuántas novelas, cuentos y poesía, todo el montón de personajes; todo aquello había surgido a partir de ideas o simplemente de algún arrebato por querer escribir sobre alguien para darle un sentido a lo que le sucedía, alguna experiencia o solamente desahogarse o querer expresar algo que fuese importante para su persona.

Tiró el café con un movimiento brusco al darse un sobresalto por aquella locura que acababa de asaltarla. “No, es que no existe posibilidad alguna”, señaló con fingida seguridad. Y es que el detalle estaba en que no podía recordar más allá de lo que estaba sucediendo en el instante.

El empleado se acercó a dejar el postre y, de mala gana, a limpiar el desorden provocado por la señora que llevaba cinco horas mirando una hoja de papel en blanco. Vieja loca.

Y es que Lorena luego recordó algo que leyó hacía muchos años sobre Platón. Este filósofo se basaba en el realismo de las ideas, decía que, para que algo pueda existir, tiene que existir primero la idea sobre este algo. “Si para narrar una historia, primero debe de existir la idea de ésta…”, pensó. Ella que siempre se rehusaba a saber qué contaría a través de sus letras, ahora lo tenía claro. No podía escribir porque no tenía una idea de lo que quería dar a conocer al mundo con sus palabras.

Entendió todo: ella era la idea.

Rubí Anabella Ayón Sicaeros
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