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Por qué el tal Varguitas y su compadre Gabo me caen tan mal

martes 8 de octubre de 2019
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A mí me gusta pelear, pero al estilo de la lucha libre mexicana que pasan el sábado por la tarde en la televisión. A mi abuela no le gusta que vea esas cosas, y para alejarme de la pantalla me soborna con prepararme cayeye (algo tan delicioso al paladar que renuncio por eso al cereal, al sancocho y la mazamorra, y nada más se trata de un plato de guineo cocido con queso), pero como soy el único nieto que tiene a la vista, también de su única hija que trabaja en una joyería en Sincelejo en el departamento de Sucre y que viene, cansada hasta los huesos por el viaje de cinco horas, en el autobús del domingo, a preguntarle cómo me he portado, que cómo ando en la escuela, y después de eso me lleva a comer helado a la tienda de don Rupert, que está junto a la fábrica de hielo, y luego se marcha para verla hasta el siguiente fin de semana, dejándome un montón de consejos: que me porte bien con la abuela, que no quiere más reportes de la escuela, y que si no la quiero, que recuerde que son las únicas que me quieren y que mi padre no tuvo ni un gramo de amor para mí porque la abandonó a ella cuando ni había nacido y que eso de ser huérfano de padre es duro pero que la tengo a ella, que si soy feliz haciéndola desgraciada, bueno y otras tantas cosas y que si no cambio me llevará con ella a su trabajo y tendré que separarme de la abuela que tanto me quiere, pero que por mi culpa y sólo por mi culpa (me lo recalca, abanicando su dedo índice en mi cara) la abandonaremos.

Eso sí, respetábamos la rivalidad entre los Rudos (los malotes de la liga por tramposos) y los Técnicos (los que peleaban de forma limpia o “los buenos” como les llamábamos nosotros).

Eso no me gustaría que pasara, ya que todo lo que tengo de memoria es de la casa en que vivo en el callejón Santa Clara, del barrio Manga de Aracataca en el departamento de Magdalena de la gran nación de Colombia.

Pero uno de pelado es tonto y ya verán por qué.

En la escuela Montessori donde estudio el primero de secundaria básica estaba prohibido pelear, así nos lo advertía el señor Fergusson, el subdirector encargado de la disciplina (al cual apodamos como Lagartijo por su extrema delgadez), cuyo cargo lo heredó de su madre, quien también trabajó en esta escuela. Pero como en la clase había varios compañeros que disfrutábamos practicando las técnicas de la lucha libre, y que incluso, portábamos nuestras imitaciones de máscaras hechas con las bolsas de papel que nos daban al comprar en la panadería, el día lunes era de rigor imaginar y comentar las tijeras, los candados, las abrazaderas que nuestros héroes mostraban en el ring. Yo seguía al Mil Máscaras, pero Tocanito le iba al Trueno, Dolicio al Pantera, Neto al Apocalipsis, Miguel a Zombi, Eduardo a Putrefacto, y así seguía la lista, pero todo combate en la lona carecía de sentido sin nuestra afición, por lo que éramos muy devotos a respetar a los espectadores (compañeros de clase y de otros grados) que nos prestaban su atención en los enfrentamientos.

Habíamos hecho de un espacio que se encontraba atrás del edificio de clases, al cual nadie iba porque el terreno era un tierral irregular y lleno de hierbajos secos y los profesores no se preocupaban de monitorear, porque todos se quedaban en la parte engramada frente a las aulas o en los cafetines, donde ellos se apostaban a mirar de vez en cuando el patio, mientras se despachaban una bebida con su complemento; ahí funcionaba un improvisado espacio de lucha, al cual le marcamos los límites (allí nos sirvió la bendita clase de geometría para hacernos el cuadrilátero, materia que impartía la maestra Ofelia, una señora bajita y regordeta que cuando se enojaba se le sonrojaban los cachetes que daba gusto verla).

Con lo que teníamos dificultad de realizar eran los lances, pues no teníamos para rodear de cuerdas el ring y usarlas como nuestros héroes para volar sobre la humanidad de nuestros enemigos, por lo que empujamos un tronco seco para que cumpliera con ese propósito, eso sí, respetábamos la rivalidad entre los Rudos (los malotes de la liga por tramposos) y los Técnicos (los que peleaban de forma limpia o “los buenos” como les llamábamos nosotros), y aunque intentamos cumplir con lo del réferi, pero igual que pasaba en la televisión, nos ocurría a nosotros, si la decisión tomada por el árbitro nos afectaba, nos le íbamos encima a castigarlo por permitir las injusticias. A lo que llegamos era a nombrar a uno de los que no peleaban, es decir, nuestros fieles espectadores, a que controlara el tiempo y marcara el inicio y final con un silbato, nada más.

Hoy es lunes. Lunes 9 de febrero de 1976.

Las luchas siempre las hacíamos en el último recreo, debido a que terminábamos completamente terrosos, y al concluirlas corríamos a los baños a lavar las camisas para quitarles la suciedad y con la misma pasárnoslas como pastes en el cuerpo y el pantalón, de tal que la pobre terminaba chorreando una especie de chocolate que llevábamos al aula, de la cual nos expulsaban hasta que se nos secara bien el vestuario. Eso podíamos superarlo porque era la clase de idioma extranjero que Mr. Rogers nos dictaba hasta matarnos de aburrimiento.

El recreo duraba veinte minutos. Y como éramos varios contendientes, organizamos el torneo para que cada semana nos turnáramos para enfrentarnos; eso sí, nadie aguantaba pasar dos semanas sin medirse con alguien.

Este día me tocaba enfrentarme a mí, el Mil Máscaras, contra el Apocalipsis, Neto, a quien ya se me hacía agua quitarle lo de violento que se maneja en el trato, porque siempre trampeaba (como todo buen Rudo) en las luchas.

Pero antes iba Tocanito (el Trueno) contra Putrefacto (Eduardo). El pobre Tocanito empezó bien con sus movimientos, ágil para esquivar las intenciones de atraparlo de Putrefacto, pero éste le pisó uno de los pies y el Trueno se quejó, lo que aprovechó su contrincante para subir al tronco y hacer un lance con patadas de canguro, derribando en el acto a mi amigo. Creo que no duró ni dos minutos.

Neto me miró a través de su horrible máscara con claras intenciones de vencerme; me imaginaba que intentaría hacerme las tijeras, su técnica preferida para lucirse ante los demás. ¡Ah!, lo que menos se esperaba era la estrategia que había diseñado para someterlo, nada que ver con hacer un lance, no señor, me le iba a ir encima al momento del silbatazo, igual que un toro para derribarlo, seguro que lo sorprendería con esa técnica, porque esperaría a que diera vueltas por el ring, y eso no iba a pasar, y al tenerlo tirado, aplicarle una de mis tres llaves favoritas (¿o por qué no las tres?): la campana, el nudo o la que todos evitábamos que nos aplicaran, la hurracana, porque con esa casi teníamos las criadillas y el chimbo de combo en la boca y los espectadores se preocupaban mucho para evitar que no olvidáramos que durante algunos segundos de nuestra existencia, conocimos los encajes de Perengano o Fulano.

Ya tenía en mi haber varios reportes y cargar uno más era para no estudiar nunca aquí, mamá se enfadaría y me llevaría a Sucre.

Escuché el pitido, incliné mi mitad superior y corrí hasta él, levanté la cabeza y fijé con mi vista el objetivo, ¡Neto no se lo creía de la manera que lo embestí! Es más, ¡parecía tan sorprendido que no le di tiempo ni siquiera para moverse! ¡Y como me lo imaginaba, cayó redondo al suelo y sin darle más tiempo a que  reaccionara! Me puse en pie para ponerme sobre su cuerpo pero me detuvieron halándome del brazo derecho, “eso es otra sucia maña de los Rudos de auxiliar a su compañero derribado”, pensé, “pero no se las voy a poner fácil”, menos cuando escuchaba que me ovacionaban “¡Mil Máscaras, Mil Máscaras!”, era combustible para mí e insistí en soltarme ya que Apocalipsis seguía en el suelo, y luego “Mauricio, Mauricio”, eso me desconcertó, porque teníamos el pacto de que en la lucha libre nadie debía llamarse por su nombre, sino por el del luchador, y fue cuando me volví para recordarles el acuerdo, pero ya no pude, en ese momento me quitaban mi máscara y quedé al descubierto ante un nuevo enemigo: ¡el señor Fergusson!

Minutos más tarde, la liga escolar de lucha libre desfilaba ante el escritorio del hombre de la disciplina. Todos estábamos asustados y algunos a punto de llorar (a Neto se le fue lo rudo de repente), porque sabíamos que de esta nos iba a tocar doble, el castigo de la escuela y el de nuestros padres; bueno, en mi caso, de mi madre y quizás hasta de mi abuela.

Ya tenía en mi haber varios reportes y cargar uno más era para no estudiar nunca aquí, mamá se enfadaría y me llevaría a Sucre y con eso les diría adiós a mis amigos; yo también tenía enormes deseos de llorar.

El hombre sentado nos veía a través de sus enormes anteojos, ajustó su corbata al cuello, se estiró el saco y comenzaron sus gritos:

—¡Todos ustedes saben que los juegos de lucha están prohibidos en la escuela y aun así decidieron hacerlo, desobedeciendo a la autoridad, no importándoles que eso no fuera permitido! ¡No tienen ningún respeto por las normas de la escuela Montessori, si mi madre siguiera aquí estaría más enfadada por lo que ustedes han hecho, son unos malcriados que no valoran el esfuerzo de sus familias por tenerlos estudiando! ¡Mírense, vean el talento que tienen para perder el tiempo y no dedicarlo a sus clases y deberes!

Ya el hombre con estas primeras palabras me había arrastrado a la categoría de los gusanos, y con lo que faltaba anhelaría la existencia de un protozoario, y estaba seguro de que a mis compañeros de penas les pasaba igual, pero de repente el semblante ofuscado del señor Fergusson cambió a uno más relajado y me atrevo a jurar que le adiviné una sonrisa, pero bajé la vista no fuera que porque me equivocaba se fuera a enojar más.

—Pero bueno, ustedes no son más que unos chiquillos dando rienda suelta a su imaginación (¡qué, no me equivoqué!), así que vamos a hacer lo siguiente, si ustedes me ayudan en una actividad y se olvidan de las peleas, puedo dejar de enviar citatorios a sus padres para informarles de este suceso.

Cuando escuché eso me arrepentí de todas las veces que le llamé Lagartijo y escribí su apodo en los sanitarios, y vi en él a un hombre tan bueno y santo que quise abrazarlo, pero menos mal que me contuve, si no estos andarían diciendo que ando buscando papá.

—¿Qué dicen a eso? —preguntó, pero aún estábamos clavados con sus primeras palabras y nadie se atrevía a mover los labios, por si fuera una mentira—, ¿o es que no les gusta mi idea y prefieren traerme a sus padres?

Eso fue suficiente para que nos atropelláramos en las intervenciones y sirvió para pedirle que nos explicara de qué trataba la actividad y lo que haríamos en la misma.

—¿Ustedes conocen a Gabriel García Márquez, el famoso escritor?

Nos miramos todos y nadie asintió.

—Bueno, quizás les suene más por Gabo.

Y mis compañeros me miraron en coro a mí, ya que era de conocimiento público que él vivió en el mismo pasaje que el mío.

Respondimos afirmativamente.

—Bien, bien —dijo—, él nos visitará la semana entrante y debido a que el próximo mes es su cumpleaños, mi madre, la señora Fergusson, quien fue su maestra, ¿sabían eso ustedes? (todos negamos con ojos de chivo ahorcado), desea que le hagamos un homenaje en la escuela. Por lo que todos ustedes colaborarán en la limpieza, la decoración y el homenaje como sea necesario, pero tú (y me señaló a mí), Mauricio (hasta me insistió en el nombre para que no quedara duda de quién se trataba), tendrás una participación en el acto (estuve a punto de negarme porque si me pasaba a cantar el himno de Colombia: “¡Oh, gloria inmarcesible! ¡Oh, júbilo inmortal! ¡En surcos de dolores el bien germina ya!”, y esto es sólo el coro, falta soplarse las once estrofas que tiene, no señor, eso no lo voy a aguantar, eso era una jartera), y se trata de que recites de memoria el principio de una de sus novelas, la de Cien años de soledad, ¿qué te parece?

Los siguientes días se la pasó presumiéndome ante las vecinas del honor que me habían conferido y compartiendo la noticia de que Gabo llegaría, después de tantos años, a su pueblo natal.

Cuando el hombre me lanzó la pregunta lo hizo en un tono tan sugestivo que me amarró con la respuesta y eso hizo que lo terminara valorando mucho más fácil, y en esto me podría ayudar mi abuela, una secretaria jubilada de la fábrica de hielo que se pasaba en mi ausencia leyendo a Gabo (dizque porque es paisano y el orgullo de Aracataca) y cuanto libro llegara, sin importarle la procedencia, como los que últimamente tenía en su mesa de noche de un novelista peruano y que de cuando en cuando, especialmente en las noches de invierno y en los días que no había energía para mirar la televisión, se ocupaba en leerme o relatarme algunos de sus pasajes favoritos de los textos que tenía en las manos.

Acepté y todos mis pares también, por lo que nos reuniríamos a los preparativos el domingo por la mañana, después de ir a la misa; había que presentarse a la escuela a trabajar y a ensayar en el homenaje.

Cuando llegué a la casa a contarle a mi abuela por lo que había sido elegido, se me vino encima a preguntarme por qué llegaba tan sucio; hasta entonces recordé que por estar con el señor Fergusson no lavé mi camisa como solía hacerlo y me presenté como me habían despachado. Sin embargo, la noticia de que fuera seleccionado para estar frente a su escritor venerado le dio un gusto enorme y en ese momento se puso a buscar la novela, olvidando al que había regañado por llegar en ese estado deplorable.

Los siguientes días se la pasó presumiéndome ante las vecinas del honor que me habían conferido y compartiendo la noticia de que Gabo llegaría, después de tantos años, a su pueblo natal. Y luego me contó lo que el señor Fergusson ya me había referido sobre su residencia en este lugar, ¡vaya con las abuelas para celebrar las participaciones públicas de sus nietos, como si fueran a darme la silla presidencial!

Los días continuaron avanzando en el calendario sin mucho entusiasmo para nosotros, debido a la promesa de no pelear más en la escuela y con el único consuelo de conformarnos a mirar el sábado la lucha libre y pensar en dónde podríamos continuar con nuestra liga local, porque es cierto que no lo haríamos más en la escuela, pero eso no incluía todo lo que era Aracataca. Sin embargo, Tocanito me confió que Neto no se mantenía tranquilo conmigo porque lo había tirado en el combate del lunes y él ni chance tuvo de reaccionar, “pero pelea es pelea y hasta que no estableciéramos el siguiente ring, eso quedaba en capítulo”, le dije.

Por otra parte, mi abuela hizo suya la asignación del nieto y desde el lunes y los días que siguieron debía leer y luego recitar ante ella al llegar de la escuela y antes de dormirme (pero primero rezar el Padre Nuestro) el fragmento a presentarle a Gabo en su visita.

—Ahora me lo dices de memoria —me pedía la abuela.

Y empezaba el rosario: Cien años de soledad de Gabriel García Márquez:

Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y caña brava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo. Todos los años, por el mes de marzo, una familia de gitanos desarrapados plantaba su carpa cerca de la aldea, y con un grande alboroto de pitos y timbales daban a conocer los nuevos inventos.

Yo quería decir hasta donde estaba el primer punto seguido, pero ella insistió en que debía mencionar a Macondo, de cómo era y hablar de los gitanos, porque uno de ellos, Melquiades, es muy importante en la historia, y yo, sí abuela, de acuerdo, y luego ella, que la fábrica de hielo que Gabo señala en la historia es la misma en la que ella trabajó en Aracataca, y yo ¿de verdad, abuela?, y ella, ¡qué niño más incrédulo saliste!

Y así fue hasta llegar al sábado, ¡gracias a Dios!

La lucha libre comenzaba a las cuatro de la tarde, por lo que a esa hora no se encontraba en la calle nadie más que los que seguían el futbol e imitaban la forma de jugar de sus estrellas como los defensores Miguel Antonio Escobar, Óscar Emilio Bolaño o el delantero Víctor Cenón Campas, pero el resto, en casa hasta las seis de la tarde, hora en que terminaba el espectáculo que hacía que los fines de semana valieran la pena.

Pero no ese fin de semana.

Justo a la hora en que debía emitirse nuestro ansiado programa, la televisión reveló algo que hizo que mi abuela volviera del patio con su grupo de libros, que era donde se estacionaba para extasiarse en la lectura y evitar reñirme por mirar la lucha libre, y en cambio a mí me alejó disgustado, por lo siguiente:

La televisora se disculpaba por no transmitir la programación que correspondía a esa hora, ya que lo dedicarían para hacer un reportaje sobre Gabo.

Me llamó a la sala para mostrarme los libros que tenía en la mano y leí en sus portadas La ciudad y los perros y La casa verde.

Pensé que se trataba de su cumpleaños y la visita a la escuela, y eso ya lo sabía todo el pueblo, pero había algo más, Gabo había sido golpeado por otro escritor, mi abuela no podía dar fe a lo que escuchaba.

—¡No puede ser, no puede ser agredido por nada más y nada menos que por su compadre!

Luego me lo gritaba a mí que tiraba el balón en el patio.

—¡Él también es un escritor!

Otra vez hablando conmigo cuando yo creía que hablaba sola.

—¿Lo sabías?, es un novelista y su nombre es Jorge Mario Pedro Vargas Llosa, mejor conocido como Mario Vargas Llosa.

Luego negaba con la cabeza. A mí lo que me molestaba era que no hubiera lucha libre por su culpa, pero enseguida ella me llamó a la sala para mostrarme los libros que tenía en la mano y leí en sus portadas La ciudad y los perros y La casa verde y después repetía “¡no puede ser, si son grandes amigos!, ¿qué les pasó?, si ya habían entrado en familia”.

—¿Te imaginas tú peleándote con tus primos de Sucre?, así mismo es esto de raro —me decía la abuela.

Y así se estuvo la que me acusó de incrédulo, viviendo en carne propia el pecado.

Apenas pude conciliar el sueño con todo lo que me esperaba al día siguiente, y menos si recordaba que me había quedado sin mi dosis de emoción de los combates en la televisión, pero sin saber cómo, me dormí porque cuando la abuela me despertó estaba en el suelo, liado en la colcha.

—¡Ves cómo te tiene la lucha libre! ¡No dejabas de hablar dormido acerca de una pelea! Y te movías en la cama de acá para allá, ¡hasta que terminaste fuera de ella, la agarraste con la inocente almohada!

Yo no me acordaba de esto, y la verdad es que nunca me acuerdo de lo que sueño, pero me alegré por que en mis sueños alguien se divirtiera.

—Toma el baño y vente a la mesa a desayunar.

Sin muchos ánimos cumplí lo solicitado y luego nos marchamos a la iglesia con una cara de condenado que la abuela me lo señaló sin dificultad.

Terminamos la misa y ni fui a pedir la hostia porque la abuela no me dejó, ya que decía que no merecía el cuerpo de Cristo por todos mis sucios sueños de luchador y por la actitud no tan cristiana que traía, así que me llevó sin perder el tiempo a la escuela, donde el señor Fergusson nos recibió en la entrada.

Yo no quería que mi abuela llegara a la escuela, por el temor de que el hombre no respetara el acuerdo, pero ella insistió en darle las gracias por el honor que me había conferido, pero el Lagartijo (perdón, la costumbre es más fuerte que el arrepentimiento) fue un profesor de palabra, hasta le mencionó que yo me le había ofrecido al momento que nos contó de la actividad (¡se imaginan, yo ofreciéndome para eso!). Se notaba el orgullo que eso producía a la abuela al escucharlo de mi mentor y no quise ser más ingrato y me limité a sonreír para que no se me viera lo rapaz en la cara.

Luego se despidió advirtiéndome que me portara bien y que al llegar mi madre le contaría dónde estaba para que fuera a saludarme.

—Espérame en la cafetería —dijo el señor Fergusson.

Sin más obedecí y entré a la escuela.

El resto de condenados (muy afanados en sus ocupaciones, los muy hipócritas) hacía ratos estaban trabajando; algunos ni fueron a misa por terminar cuanto antes con las tareas asignadas; uno de esos, Tocanito, quien barría una parte del patio.

—¡Qué fregada la de ayer, sin lucha libre! —le dije.

—Estuvo muy aburrida la tarde —me contestó.

—¡Y todo por culpa de Gabo!, ¡por él no hubo lucha libre y por él estamos el domingo en la escuela! —agregué y me alejé para mirar a los alumnos y trabajadores desde la cafetería, con su dedicación en armar el improvisado escenario montado en unas bases de madera y colocando telones para esquivar el sol en el patio.

Mientras llegaba el señor Fergusson, dispuse repasar mi participación para que todo saliera según lo convenido, respiré hondo y de repente… las luces se fueron de mis ojos y en ese par de segundos estuve fuera de mí, de tal que no fui consciente cuando terminé de espaldas en el patio, y sólo entonces recobré la vista y distinguí, con el ojo derecho medio lloroso y el otro haciéndole barra al lastimado, la figura de Neto.

Apenas le di tiempo a terminar la frase que me recordaba lo que mi madre me señalaba y el coraje me nació de las entrañas.

—¡Sos un cagao, Neto! —le grité poniéndome en pie—. ¡Eso no se hace ni en la liga, de atacar a alguien desprevenido, soroco!

—¡Esta ya me la debes, guámbito! —me gritó.

—¿Y de dónde te la debo, chimbo?

—¡Del día de la lucha, vos te me encimaste y me tiraste al suelo!, ¿ya se te olvidó, cansón? ¡Pues no te preocupes que yo te voy a refrescar la memoria, huerfanito!

Apenas le di tiempo a terminar la frase que me recordaba lo que mi madre me señalaba y el coraje me nació de las entrañas y otra vez fui contra él, lo tumbé y rodamos por el suelo, golpeándonos sin respetar las gloriosas reglas de la lucha libre y combinando desesperadamente estilos diversos de pelea. En un movimiento pude quedar sobre su estómago y lo presioné con mis muslos, y lanzarle un puñetazo a la cara, pero el muy canija se torció y me empujó con sus piernas llevándome a comer polvo, lo que aprovechó para pararse y dio de puntapiés en mi estómago; yo me alejé rodando con mi dolor y nuevamente me puse en pie y apreté mis puños.

—¡Esto no te va a salir barato, marica! —le grité.

Y nuevamente escuchaba que me decían mi nombre: “Mauricio, Mauricio”, lo que era normal pues no teníamos máscara, por lo que no me extrañé que me lo dijeran, pero la insistencia en lo mismo fue lo que me hizo detenerme, y con mi ojo entrecerrado lagrimeando involuntariamente y el bueno, reconocí las tres figuras que venían sobre mí: el señor Fergusson, mi abuela y mi madre.

Mamá estaba furiosa, mi abuela me lo reprochaba con su mirada, mientras que el señor Fergusson estaba consternado.

—Usted comprenderá, señora —decía el hombre desde su oficina a mamá, mientras ella no me quitaba la vista de encima—, que Mauricio ha desmejorado notablemente en su conducta, gracias a su afición por la lucha libre, poco a poco se ha ido convirtiendo en una amenaza para él mismo porque no logra controlar su carácter, y para sus compañeros al agredirlos constantemente con sus demostraciones de peleador callejero.

—¡Esto no se va a quedar así, Mauricio! —me dijo mamá—. ¡Me oíste!

Mi abuela nada más negaba con la cabeza.

Suspiré y sentí que palidecí, herido en mi orgullo, en mi ojo y ahora por mi familia.

—Pero —intervino mi abuela— él debe cumplir con su obligación, señor profesor.

—¿En serio?, ¿podrá? —preguntó—. ¡Pero mírenle el ojo, lo tiene completamente morado, el pobre!

¡Eso me dolió también, a tanto que estaba dispuesto a echarme un río por los ojos, pero me la aguanté, apretando los dientes de mero coraje, y de sazón, la falsa compasión del Lagartijo!

—¡Sí que lo hará! —agregó mamá—. ¡De eso me encargo yo! ¡Repite al señor tu participación! ¡Este muchachito ya sabrá lo que es cumplir con una obligación, señor profesor!

—Bueno —dijo el hombre—, si ustedes insisten en que él podrá con la tarea, no tengo inconveniente en que continúe.

Mentiría si no menciono que las palabras que tenía guardadas, con tanto mosquetazo, Neto me las había sacado de la cabeza, pero quizás eso fue bueno, porque de las tantas amenazas y castigos que tenía prometidos, el resto del día se la pasaron cuidándome en casa y ayudándome a aprender el inicio del libro de Gabo.

Amanecí mirándome en el espejo el ojo morado, a pesar de todo lo que ellas hicieron para que no se me notara.

—Tu mamá —dijo la abuela— ya sabrás que no se fue muy contenta contigo, pero que, si haces bien esta participación, posiblemente fuera menos dura con los castigos que te tiene prometidos.

¡Vaya, eso es algo de consuelo a mi caso!

Llegué a la escuela y con insistencia busqué a Neto, pero no aparecía, luego me encuentro a Tocanito y me explica que su papá vino y se reunió con el señor Fergusson después que ustedes salieron de su oficina y estuvo más tiempo con ellos, los vi porque me tocó hacer el trabajo de Neto y a esta hora no le he visto.

—Eso es mejor —le dije—, porque donde lo vuelva a ver nos vamos a medir la jeta, Tocanito.

—Ya no le sigas, porque nunca van a terminar. ¡Y mejor te callas que allí viene Lagartijo!

Con una indicación de mano, el hombre mostraba una seriedad de león y me pidió que lo siguiera hasta el escenario.

—¿Te lo aprendiste? —me preguntó.

Como pudo se abrió paso entre manos y cuerpos, conducido por el señor Fergusson, quien lo llevó hasta el lugar donde tomaría asiento y ahí lo esperaba la madre de él, a quien Gabo abrazó con mucha emoción.

Asentí.

—¡Perfecto! Ubícate a un costado del escenario, parado de frente.

De repente se interrumpe y me grita:

—¡Mira, Gabriel García Márquez está llegando!

Sonó la música de bienvenida, la gente lo cercó para saludarlo y como pudo se abrió paso entre manos y cuerpos, conducido por el señor Fergusson, quien lo llevó hasta el lugar donde tomaría asiento y ahí lo esperaba la madre de él, a quien Gabo abrazó con mucha emoción, gritándonos a todos que ella le había enseñado a leer. Se le veía muy contento vistiendo su liquiliqui de impecable blancura. Bueno, era más de lo que podía ver, pues lo divisaba de costado, debido al lugar donde me habían indicado debía permanecer.

El maestro de ceremonia, el señor Rogers, llamó a todos a sentarse con su acento extranjero y luego me tocó soplarme el himno con todas sus once estrofas (menos mal que pusieron el cantado y así no se nota cuando uno confunde u olvida las palabras), siguió con las expresiones especiales para el invitado que incluían: “Feliz próximo cumpleaños”, “hijo meritísimo”, “futuro nobel de Aracataca y de la gran Colombia”, y otras tantas.

El señor Rogers me anunció sin mi nombre, pero como era el único que tenía ese punto, entendí que debía subir a recitar mi parte.

Me solté un profundo suspiro y rogué que el tiempo pasara sin mayor asombro para mí, mientras subía cabizbajo el improvisado escenario, como si fuera a mi propia celebración de la horca.

Y entonces lo vi.

—¡Y te petrificaste, Mauricio! —eran las palabras de mi abuela—, ¿por qué?

Gabo estaba frente a mí y aunque ya lo conocía por las fotos del diario y de la abuela, lo único que me llamó la atención no fue su bigote espeso, o su pelo desordenado, ni la sonrisa que me mostró; él tenía el ojo derecho morado y fue cuando recordé la noticia de la televisión:

…el jueves 12 de febrero, Gabriel García Márquez asistió a un cine en México para acompañar a su amigo, Mario Vargas Llosa, por la premier de la cinta La odisea de los Andes, cuyo guion había escrito, y mientras aquél se disponía a saludarlo, el peruano lo recibió con un puñetazo…

—…¡Mauricio, Mauricio!

Y dale con mi nombre, pero no lo reconocí hasta que me zarandeó el señor Rogers y volví a caer en la cuenta de que estaba en el acto de Gabo y recité lo que me tocaba:

Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.

Y ya no pude decir más. No me dejaron mi ojo morado, que empezó a lagrimear, el ojo dañado de Gabo que no me perdía la vista y los ojos de todos que se me fueron encima por mi silencio.

El señor Rogers me empujó para que descendiera del escenario, otra vez cabizbajo porque sabía que la había regado con mi olvido. Miré al señor Fergusson y su madre y se les notaba su decepción, pero en cambio Gabo salió a mi encuentro.

—¡Gracias, hijo! ¡Pero no tenías que moradearte el ojo por mí!

Y eso si me calentó la sangre. ¿“Hijo”, me dijo? Eso bastó para acordarme de Neto y empezar a soltarle mis reclamos:

—¡No soy su hijo, señor, no tiene que llamarme así!

¡Se imaginan eso! ¿Pero qué tan especial se siente este Gabo, que por ser escritor alguien como yo querrá ser su hijo y que de paso lo imito? ¡Ni que fuera alguien de la liga de lucha libre!

A Gabo no le perdono que nos dejara sin lucha libre, que me llamara hijo, ¡yo hijo de un escritor, mejor peleador de la lucha libre!, y que luego dijera que me pintarrajé el ojo para ganar su aprobación.

Los que estaban próximos a nosotros lo escucharon y eso incluyó a mi abuela, quien se quedó sin colores en la cara.

Gabo nada más sonrió y volvió a su silla.

Me sacaron del acto sin probar el pastel que le partirían a Gabo y mi abuela casi me arrastró a la casa por la vergüenza que le había hecho pasar. Lo que siguió fue una serie de reprendas de mal educado, qué tragedia para la familia, que hoy sí te luciste, Mauricio, en fin, fue otro día horrible que se sumaba al de ayer y al del sábado, ¡ya esto parecía una maldición de la costa!, en donde uno se echa una mala suerte sin querer y la caraja que se le paga a uno hasta despedazarlo en vida.

Y tal como me lo anunciara mamá, sus castigos fueron cumplidos como los minutos de las horas y me llevó al departamento de Sucre. Y sin consultarme ningún parecer me llevó hasta un colegio militar para que me pongan en cinto con toda la disciplina de los uniformados en mi pellejo.

La abuela y yo nos pusimos muy tristes, los dos disimulamos las lágrimas (yo ni tanto, porque mi ojo dañado lloraba hasta por diversión), pero no fue suficiente para convencer a mi madre de cambiar su decisión.

La abuela, como obsequio, me dio sus libros de Gabo y Vargas Llosa que poseía para que los leyera y agregó: “Te van a servir en la siguiente escuela, dentro de poco, ya verás”.

Y era cierto, la abuela era una mujer muy sabia, los profesores me los piden de lectura pero, aunque me los dejen para presentar reportes o exámenes, ni siquiera los toco.

Prefiero leer los resúmenes o escucho con atención las conversaciones de los demás sobre sus obras o presto atención cuando hay exposiciones sobre los dos o alguno de ellos.

Y es que por culpa de ellos mi destino me llevó hasta acá: a Gabo no le perdono que nos dejara sin lucha libre, que me llamara hijo, ¡yo hijo de un escritor, mejor peleador de la lucha libre!, y que luego dijera que me pintarrajé el ojo para ganar su aprobación, ¡vaya con los escritores y su ego!

Lo de Vargas Llosa, no es para menos, me molesta que haya golpeado a un paisano, porque los de Aracataca somos los únicos que podemos golpear a otro de Aracataca, ¡no un peruanito que vive debajo de Colombia y menos de Arequipa, los más escondidos de Perú y tirados a la cola del Pacífico! ¡No, señor, eso no se le hace a uno de Aracataca!

Y de esta manera refería mi tragedia a los aspirantes a cadetes que se interesaban en conocer sobre mis orígenes.

—Entonces —intervino uno de mis oyentes— el tal Neto es…

Le interrumpí para confirmarle que al tal Neto lo sacaron de la escuela para traerlo a este centro militar, donde el diablo se encarga de juntar a sus borregos y hoy somos compañeros a la fuerza, otra vez, ni el oráculo de Apolo es tan fuerte con Edipo como lo fue conmigo.

—¡Qué estás hablando de mí! —me gritó el susodicho acercándose al círculo de conversadores.

Y lo que tenía de hace tiempo ensayado para cuando me lo encontrara, se lo dije con tanta naturalidad que hasta el salto de lucha libre realizado desde unas gradas que improvisé fue espectacular, según el decir de los nuevos aficionados:

—¡Que hoy te voy a reventar la jeta, marica!

Y de esta manera volvía Aracataca a mi vida.

Luis Alfredo Castellanos
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