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Cruzados modernos

jueves 14 de noviembre de 2019
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“Las malas decisiones”, de Jesús Ovallos
El cuento “Cruzados modernos”, del escritor colombiano Jesús Ovallos, está incluido en su libro Las malas decisiones, publicado por El Taller Blanco Ediciones en 2019.
…uno siempre debe procurar morir último.
Germán Santamaría.

Una luctuosa calma anunciaba que los contendientes habían dejado de responder al fuego. Las densas nubes habían dado tregua y el sol abrasaba las desprotegidas nucas de los mercenarios victoriosos que avanzaban reconociendo su conquista. Con una naturalidad forjada por las cruentas incidencias de la guerra, los hombres enfundados en camuflados avanzaban recogiendo cadáveres y rematando heridos, incluyendo a los no tan graves. El recuento de bajas enemigas era una labor rutinaria para ellos, a diferencia de lo que estaban por atestiguar. El destino quiso que aquella tarde se toparan con un herido tendido en el suelo, cuya pierna derecha destrozada pendía a la altura de su rodilla. Además del notable deterioro de su articulación, que parecía apenas colgar adherida a la tela de su pantalón, llamaba la atención su aspecto tanatoico: el color de su piel tenía un aspecto verduzco que se asemejaba al de un cadáver. Al acercarse, repararon en un tatuaje en forma de gusano verde escamado que iniciaba en su sien y se escurría a través del cuello de su camisa perforada por las balas. También advirtieron el hedor que desprendía, “como a muerto de varios días”, según la expresión de uno. A pesar de los agujeros de bala, su vestimenta no mostraba rastro alguno de sangre.

No bien observaron al sujeto levantar su cabeza para hablar, emprendieron una ágil huida que los llevó con prontitud más allá de los matorrales que crecían en el horizonte.

Mientras se aproximaban, el malherido reunía fuerzas para balbucear una singular petición: “La bota izquierda, quítenmela”. El más delgado de la cuadrilla, un moreno de estatura media y cuerpo casi esquelético, desenfundó su pistola y le disparó mientras lanzaba comentarios sarcásticos sobre la voluntad del rival de morir sin la incomodidad del calzado. El sujeto se retrajo con una sacudida y cayó pesadamente sobre el pasto, el único vestigio del impacto fue un profundo agujero en medio de sus ojos. El escuadrón parecía hallar diversión en la particular solicitud del muerto, con excepción de uno de sus miembros, que mantenía una ceremoniosa solemnidad. El impasible llevaba plasmado a un costado del cuello una columna de madera que se prolongaba bajo su camiseta, y parecía encontrar más interesante el tatuaje en la sien del ajusticiado que sus últimas palabras. Poco tiempo duró la dicha eufórica de los asesinos. Con sorpresa y espanto, vieron cómo el cuerpo recién baleado trataba de incorporarse, apoyando las palmas de sus manos contra el suelo buscando erguir su columna. En evidente agonía, al que hasta hace poco consideraban un cadáver volvió a pedir que lo despojaran de su calzadura.

Los asesinos sintieron deshinchar su pecho del sádico valor de su victoria. No bien observaron al sujeto levantar su cabeza para hablar, emprendieron una ágil huida que los llevó con prontitud más allá de los matorrales que crecían en el horizonte. Sólo quedó el del madero tatuado, quien prefirió agacharse para hablar con el desahuciado.

—Imagino que esto pasa cuando se le falla a las ánimas. ¿O me equivoco? —le preguntó al moribundo, fijando su vista en el orificio que el disparo le había dejado en el cráneo.

—La bota izquierda, por favor… —la decrepitud del sujeto era cada vez más evidente, pero por alguna razón, la vida parecía aferrarse a él, rasgando su alma sin desprenderse.

Su propia experiencia le había dado luces sobre la insistencia de aquel desconocido en que le removieran el calzado. Antes de cumplir la voluntad del moribundo, se quitó la camisa, dejando al descubierto en su costado la imagen de un hombre barbado crucificado de cabeza que terminaba en la cadera.

—Con razón usted no corrió —dijo casi a fuerza de murmullos el maltrecho—, usted también está cruzado —una repentina tos lo obligó a pausar momentáneamente—, pero un descuido, un desliz y mire. Diosito abandona…

—Dios no abandona —acotó el otro—, la cosa es que a nosotros el que nos cuida es el diablo —dijo secándose el sudor de la frente—. Las brujas trabajan con el diablo, y a conocerlo vas. Cuando sea mi hora, allá en el infierno nos veremos… —replicó el asesino con una sonrisa de satisfacción.

Tomó el cuerpo del embrujado y emprendió con éste un camino que lo llevó a una zona alejada de los otros cuerpos.

Al zafar la bota, pudo apreciar en el dedo más pequeño la cabeza de una serpiente que se prolongaba por entre su raído pantalón; por su tono y textura, reconoció que era el principio del tatuaje que terminaba en la sien de su enemigo. Las miradas de los hombres se cruzaron por última vez cuando el suplicante ya se hallaba descalzo. Después de las palabras de su enemigo dejó entrever el terror por el castigo eterno. Mientras tanto, el verdugo no podía evitar verse a sí mismo en las pupilas de aquellos ojos amarillentos. Desde que vio los ojos estrechamente ovalados de la serpiente en el pie de su rival, sospechó que destruir esa cabeza sería la forma de romper el encantamiento que lo dotaba de inmortalidad. Presto a terminar el sortilegio, levantó su puñal y le propinó un certero golpe que le arrancó el dedo. Del pie, ahora mutilado, al igual que de las otras heridas en el cuerpo del embrujado, comenzó a brotar a borbotones un espeso líquido negruzco. Su rostro, su pecho y su rodilla destrozada pronto se tiñeron del color de aquella viscosidad que ahora se filtraba por los intersticios de la tierra.

El hombre se puso de pie tan pronto terminó su trabajo. Supuso que sus compañeros no se repondrían del susto hasta el anochecer, así que procedió a apilar los cadáveres que debían desaparecer, ya fuera en los hornos clandestinos o arrojados a los caimanes criados para este fin. Sabía también que sus compañeros, supersticiosos y rezanderos, reaccionarían con horror al volver a toparse con aquel hombre que, según creían, había regresado de la muerte, así que tomó el cuerpo del embrujado y emprendió con éste un camino que lo llevó a una zona alejada de los otros cuerpos. En la lejanía, lo dejó a la intemperie para el festín de los carroñeros. A esas alturas de la tarde las nubes comenzaban a arrebolarse. Se estaba haciendo tarde para regresar al campamento y las ánimas no protegen contra los animales.

Jesús Ovallos
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