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La ejecución

martes 26 de noviembre de 2019
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Bajo la lluvia, a pocos metros de la finca, los soldados esperaban la llegada del prisionero.

Eran cerca de las tres de la tarde. La lluvia había empezado desde la madrugada y no había amainado ni un solo instante desde entonces; sin embargo, a Palomino Suárez no le importaba. Protegido por un alero destartalado, fumaba en silencio, arrojando aros de humo celeste al inclemente albedrío de la lluvia. Tenía ya veinticuatro horas de no probar bocado, pero el amargo sabor del tabaco crudo le daba a su cuerpo una resurrección súbita, aunque efímera.

Frente a él, los otros tres hombres revolvían el fango con sus botas de indios. Tenían barro hasta en las raíces de los cabellos y la ropa empezaba a caerse a pedazos por la humedad, por lo que ya no veían cómo protegerse en el alero fuera a serles útil de alguna manera.

Hasta ese momento, Palomino se dio cuenta de que había repetido esa pregunta en tres ocasiones anteriores.

El último cigarrillo se terminó sin gloria y Palomino arrojó la colilla a un charco cercano. Lo vio flotar en las aguas marrones, bamboleándose en las linfas agitadas por las gotas que no cesaban de caer, y sonrió infantilmente al pensar en un barquito blanco a punto de naufragar en el océano. Se pasó la mano por la barba hirsuta en la que ya se asomaban algunas canas y luego se rascó detrás de la nuca con un gesto indolente y aburrido. Era un hombre de estatura baja, de casi cincuenta años, rechoncho, de piel morena retostada por las largas jornadas bajo el sol y los ojos inocentes y despistados de los asesinos.

—Cabo —gruñó Palomino—. ¿Y a qué horas traen a ese jueputa?

—Ya lo “traén” —dijo el cabo.

Hasta ese momento, Palomino se dio cuenta de que había repetido esa pregunta en tres ocasiones anteriores y en todas había recibido la misma respuesta del cabo con aquel “traén” tan típico de aquellas regiones. Con fastidio se llevó las manos sucias hacia la nariz y rascó con parsimonia.

—¡Y qué se tardan tanto! —se quejó.

Para tratar de distraerse miró hacia el charco de nuevo, pero ya no encontró la colilla flotando en las aguas: el barquito blanco había naufragado.

Se sintió tan decepcionado por ese hecho tan casual que escupió al charco con rabia. Luego se sacó la bayoneta de hoja plateada que cargaba en el cinturón y con la punta se fue sacando la mugre de las uñas, no tanto por nostalgia de la higiene como por tener otro recurso contra el tedio.

—Ya “vinió” —dijo el cabo, de pronto.

Palomino se metió la bayoneta en el cinturón, tomó el AK que descansaba en el suelo y se salió hacia el desamparo de la lluvia. De la finca venía el capitán Emilio Larraza con dos soldados malhumorados que traían a un hombre descamisado y descalzo. Palomino lo miró y se sorprendió de ver en su cuerpo flaco las costillas desamparadas apenas cubiertas por una piel muy blanca. El hombre no tendría más de cuarenta años, tenía los ojos hundidos y un bigote mal recortado debajo de una nariz aguileña. Justo detrás de ellos apareció también una mujer de aspecto deplorable que lloraba a grito partido mientras cargaba en sus brazos a una niña escuálida.

—Sargento Suárez —dijo el capitán—, ahí le dejo a ese jodido.

—¿Otro guerrillero? —inquirió Palomino.

—Les dio comida a los guerrilleros —dijo Emilio Larraza—. ¡Es la misma mierda!

La mujer con la niña se acercó dando alaridos indescifrables, pero uno de los rasos impidió su avance sujetándola del brazo. El hombre descamisado levantó la vista con enojo, pero se contuvo. Apretó los dientes y volvió a bajar la vista. Palomino ya no quería perder el tiempo.

—Amárrenlo a un palo —ordenó—. ¡Y preparen armas!

La niña escuálida empezó a llorar y la mujer, embarazada por su peso, la dejó caer al fango. El raso se sorprendió tanto por esta acción que soltó a la mujer y ésta corrió para tirarse de rodillas frente al capitán Larraza.

Los tres soldados rasos y el cabo apuntaron el pecho inerme del hombre. En el ambiente triste, invadido por la lluvia, sólo podían escucharse los gritos de la mujer y de la niña.

—Por favor —lloró—. ¡Por favor!

Emilio Larraza era un treintañero de tez morena y altura impresionante. Ni siquiera se dignó a mirar a la mujer que lloraba a sus pies.

—Estos indios nunca aprenden —gruñó.

Los rasos amarraron al hombre descamisado a un árbol de mangos y empezaron a preparar las AK mientras Palomino miraba a la niña que lloraba en el fango. Era blanca como el hombre descamisado, tenía el cabello de un color amarillo cobrizo y unos ojos de un tinte incierto anegados en lágrimas amargas. Seguramente era la hija del hombre. Era una lástima que su madre la hubiera sacado para contemplar su muerte.

—¡Preparen! —ordenó Palomino.

La mujer dio un grito ahogado y trató de levantarse de donde se había quedado postrada, pero el soldado raso se lo impidió presionando con la mano su hombro.

—¡Apunten! —continuó Palomino.

Los tres soldados rasos y el cabo apuntaron el pecho inerme del hombre. En el ambiente triste, invadido por la lluvia, sólo podían escucharse los gritos de la mujer y de la niña. El hombre descamisado no decía nada, no lloraba, tenía los ojos clavados al suelo y apretaba la mandíbula.

—¡Fuego! —gritó Palomino.

Las armas dieron un gemido metálico en lugar del esperado estallido apocalíptico y Emilio Larraza lanzó un bufido de frustración.

—Pero, ¿qué mierda…?

—Las armas ‘tán mojadas, capitán —dijo el cabo—. ¡Se enconcharon las jueputas!

Emilio Larraza sacudió el hombro de Palomino.

—Sargento —dijo—, quiero a ese hombre muerto.

Palomino Suárez se encogió de hombros. ¿Qué más le quedaba? Pensó en sacar la bayoneta con la que se había limpiado las uñas y degollar al desgraciado. No era algo elegante, pero era efectivo. Él sólo quería irse a comer.

—“Sargentó” —dijo el cabo—, allá arriba hay un pozo.

Palomino Suárez comprendió la sutil sugerencia y sonrió ante la diabólica malicia de su subalterno. Sin más, les dijo a los rasos que desataran al hombre y que lo llevaran al pozo. Caminaron los pocos metros que los separaban entre los gritos de la mujer, los lloros de la niña y la imparable insistencia de la lluvia.

El viejo pozo de aquella finca estaba repleto de agua hasta el mismo borde. Aquello no era más que un simple agujero en el suelo con un agua marrón igual a la de los charcos. El hombre descamisado entendió lo que iba a pasar y el coraje que lo había sostenido hasta ese momento se le quebró.

El hombre no tardaría tanto en desaparecer porque tenía las manos atadas en su espalda.

—Por favor, sargento —dijo, con una voz profunda y temblorosa—. ¡Yo no me quiero morir, no quiero dejar a mi niña!

Palomino ni siquiera se dignó a mirarlo.

—Tírenlo —ordenó a los rasos.

El agua del pozo se levantó con fuerza al caer el hombre en el mismo centro del círculo. Por un instante su cuerpo se hundió totalmente, pero no tardó mucho en volver a salir a la superficie y empezó a agitar las piernas en la desesperación de no hundirse de nuevo. Palomino Suárez sonrió al recordar la colilla del cigarrillo en el charco, pero supo que el hombre no tardaría tanto en desaparecer porque tenía las manos atadas en su espalda y no había forma de que se sostuviera nadando sólo con las piernas.

Los segundos pasaron de forma agónica. La cabeza del tipo se hundía en el agua y luego volvía a salir, después volvía a hundirse y volvía a salir, así por un largo rato en el que todos estuvieron en silencio, incluso la mujer y la niña. Finalmente la cabeza del infeliz se hundió por un instante más largo que los anteriores y, para cuando volvió a emerger, ya no tenía ningún movimiento en sus miembros.

—Ya se murió —dijo el cabo con un acento de desilusión.

Palomino Suárez no respondió. Se volvió hacia el cabo y se rascó la barba con indolencia.

—Ahora a la mujer —ordenó.

Roberto Berríos
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