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Vigilia

jueves 16 de enero de 2020
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A Mónica Du Bois

Ya es para él normal despertarse en medio de la noche, y que volver a conciliar el sueño sea una cumbre demasiado empinada. Algunas veces trata de ocupar esas horas leyendo o escribiendo. En este instante duda entre retomar La música como pensamiento, el ensayo de Mark Evan Bonds sobre la recepción ideológica de las sinfonías de Beethoven en el siglo XIX, o el texto con el que viene bregando desde que sus relecturas de Pessoa —en especial la del Libro del desasosiego— le incentivaron a dar forma a algunas historias que tenía guardadas.

Pero se resigna a ser un perezoso incorregible, y termina en Facebook.

Alguien le dijo una vez que el mito de que Ringo Starr era un baterista mediocre tenía que ser la primera posverdad de la historia.

Se topa con las fotografías de unos viejos amigos a quienes no ve desde hace mucho y se pone a revisarlas. Están en un concierto de Guns N’ Roses y posan, histriónicos y con algo de desenfado, ante la cámara de algún teléfono móvil. Se trata de dos hermanos —mujer y varón, hijos de españoles inmigrantes de la década de los setenta— con sus respectivas parejas. Personas formales, comerciantes de toda la vida que, habiendo padecido varios asaltos y más de un secuestro exprés, tomaron la decisión de irse al país de sus padres y que, vistos ahora, parecen haberse transformado en unos pandilleros anacrónicos con sus camisetas negras con calaveras.

Se detiene después en un video en el que un amigo suyo mezcla escenas de un viaje en crucero con fragmentos del Abbey Road. Alguien le dijo una vez que el mito de que Ringo Starr era un baterista mediocre tenía que ser la primera posverdad de la historia. Sin quererlo sonríe.

Desde el chat de la aplicación le escribe Clara, una amiga andaluza de sus tiempos en Providence. Se relaja un poco, bosteza y se apoltrona sobre el sofá. Quiere mucho a Clara y siente que es una suerte que la diferencia horaria haya sido baipaseada por su insomnio:

—¡Hola! ¿Cómo estáis? Anoche soñé con vosotros.

—Hola.

—Estabas muy solo y triste en un cuarto oscuro. Tenías una gripe terrible. Fernanda me decía en lágrimas que quería irse, pero no regresar a Venezuela porque siente mucho dolor por algunos miembros de su familia. ¿¿¿Estáis bien????

Así es Clara, siempre dispuesta a revelar algo sin esperar que los demás muestren interés alguno. Ambos estuvieron en el mismo programa de literatura hispánica, y ella terminó haciéndose muy amiga de Fernanda. En ese entonces estaba casada con un estudiante alemán, candidato a un Ph.D. en Física, de quien se divorciaría un par de años más tarde. Él habría apostado a que Clara iba a terminar siendo narradora o poeta, o tal vez crítica literaria. Pero ella optó por hacerse sanadora de reiki. Él, en cambio, siempre estuvo convencido de que lo suyo era la enseñanza.

—Bastante bien, la verdad, pero ¿qué puede significar eso?

Lo de “bastante bien” le suena a defensa débil o impostura. Siente también que con esa pregunta apresurada se arriesga a quedar en evidencia, y que eso le hará sentirse aún más incómodo. Es demasiado tarde para dar marcha atrás.

—No lo sé, tal vez que debemos tener un contacto más frecuente y profundo.

La respuesta le parece inocua, aunque no le tranquiliza del todo. Movido por un cierto afán de defenderse decide contraatacar, aunque no con demasiada rudeza. No se siente en condiciones y además en verdad quiere mucho a Clara:

—¿Sueles tener sueños premonitorios o simbólicos?

—Sí.

Por un segundo es consciente del ritmo de su respiración. La ironía resulta un arma inocua frente a una sanadora de reiki convencida y profesional. En el chat Clara escribe que prefiere pensárselo mejor o consultar con alguien más antes de enviarle una interpretación definitiva de su sueño. Sin dar oportunidad a añadir nada, desaparece.

En la habitación Fernanda duerme. La noche ha tenido que ser también larga para ella.

 “Muy solo y triste”, “gripe horrible”, “no regresar a Venezuela”, “dolor por la familia”, “Fernanda en lágrimas”. “En lágrimas”, eso le dijo y le resulta una imagen desoladora.

Ve hacia la ventana. Adivina otro día opaco, el invierno se resiste a morir. En Caracas dormía de corrido y nunca se acordaba de lo que había soñado. Piensa entonces en la morosa espera que habrán tenido que soportar sus amigos mientras Axl Rose, gordinflón e indolente, se bajaba de su avión para enrumbarse al lugar del concierto. Seguramente trataron de sobrellevarla bromeando y tomándose fotografías. De vez en cuando se conecta con ellos para contrastar las anécdotas gratas de la adolescencia y la juventud compartidas con las dificultades del presente. Acaso eso sea la nostalgia. Un lugar común: entender que éramos felices y no lo sabíamos.

En la habitación Fernanda duerme. La noche ha tenido que ser también larga para ella. Se siente sola y atrapada, se lo reclamó repetidas veces. Luego de lo ocurrido la escuchó llorando.

Dentro de unas horas él estará en la universidad donde ahora dicta un curso sobre literatura inglesa del siglo XIX. Hoy hablará sobre Dickens, con la ayuda de Nabokov; ya tiene lista la clase. Antes de salir preparará el desayuno.

De momento sigue escribiendo estas líneas, tratando de sobrellevar el tiempo que resta para que amanezca del todo.

Octavio Vinces
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