“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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El sacacorchos negro

sábado 7 de marzo de 2020

“¡Separarse… separarse de ti! No, no, Nora, no puedo resignarme a la separación”.
H. Ibsen
para Alexandra

—¡Pendejo! —grité instintivamente en mi dialecto centroamericano… pero ellos entendieron en algún otro lenguaje, en última instancia nos encontrábamos saliendo de la zona arqueológica de Teotihuacán hacia el pueblo de San Juan. Exa cachó al tiro… yo tardé un toque más.

No se arriesguen, nos había advertido Chole por la mañana, después de contarnos cómo huyó del machismo de su papá, es decir, de su casa en Tijuana a los trece años —“desheredada por ser mujer”—, mientras lavaba un váter colectivo.

Yo desayunaba lentamente mientras la escuchaba contar sus historias.

—Mi mamá decía algo parecido sobre el machismo de muchos hombres —le respondí luego de masticar con calma— y que por eso ella había empezado a trabajar apenas terminó la secundaria.

Exa desayunaba junto a mí. Le sonreí con una mirada lasciva, y concluí:

La idea de caminar le encantó. Me tomó del brazo y mirábamos las flores a nuestro alrededor mientras avanzábamos.

—Como siempre sucede en las historias de feminicidio en Roberto Bolaño, la tragedia sobreviene por el más insignificante de los detalles, así que al final de cuentas uno nunca sabe si las experiencias nos marcan para bien o para mal, hasta más tarde, cuando se muestran sus cicatrices.

Ambas guardaron silencio.

Cuando a nuestras espaldas el sol comenzaba a extinguirse frente a la Pirámide del Sol (como ocultándose dentro de la Calzada de los Muertos), lo presentí. Cargaba una botella de 150 ml de Cabernet Sauvignon y una tocola del tostón de Santo Domingo… pero por besar a Exa había desaprovechado todas las oportunidades en el trayecto al museo y ahora quería aprovechar alguna caminando hasta la siguiente parada del camión.

Exa estaba de un humor exquisito. La idea de caminar le encantó. Me tomó del brazo y mirábamos las flores a nuestro alrededor mientras avanzábamos. Yo fantaseaba con que apareciera un nopal con tunas… aunque creo que ella esperaba algo un poco más alucinante, pero cuando de repente vi dos tipos saltar al camino para cortar nuestro paso supe que la querrían violar. No era su culpa, ni donde estaba, ni como vestía.

Reaccioné como todo un púgil contemporáneo, presa de un ataque de pánico y de un abrumador sentimiento de culpa por habernos expuesto tanto, echándome para atrás sin decidirme a atacar ni hacer daño, esquivando los golpes que lanzaba mi agresor directo con su pequeño, pero contundente, cuchillo cocinero de mango blanco. Exa hacía otro tanto con el otro de los agresores, quien traía ropa de yuta mexiquense y la amenazaba con una 9 mm.

—¡Pendejo! —grité en costarricense—, si va a violar a alguien, métamela a mí, a ver si puede con un culo bien macho. ¡Kreeepicha malpariiido!

El tipo que agredía a Exa volteó un instante hacia mí como ofendido por esas simples palabras, mientras mi agresor —cansado de aventar filazos al aire— había renunciado a su arma y se lanzó sobre mí para derribarme y golpear mi cabeza contra el suelo.

Sentí la fría sequedad del aire cortando la sangre hirviente que corría sobre mi cuello. Sentí el pitido ensordecedor de un golpe seco sobre mi cráneo, como con un tubo, y todo el peso de mi agresor caer sobre mi cuerpo adolorido… y cuando intenté empujarlo con mis manos hacia un lado, sentí mis fuerzas desfallecer ante otro bombeo, como de las caderas de un cuerpo más.

—¡Facho kuuliiiiao! —gritó Exa, como la más pulenta chora de Santiago, mientras le clavaba mi sacacorchos negro en el ojo derecho a su agresor directo, aprovechado su minúscula distracción. El paco, al sentirse amenazado, retrocedió tratando de contener el sangrado, con tan mal hado que tropezó con mis piernas y las de mi agresor, y cayó sobre nosotros, profundizando aún más su herida hasta volverla mortal.

Exa me volvió a ver. Le dediqué una mirada desde mi alcantarilla.

Subrepticiamente, extrajo la minúscula botella de su vientre como en un ritual de victoria.

Vio mis ojos desorbitados de desesperación al sentir otros ochenta kilogramos adicionales de asfixia. Vio mis manos repeler los cuerpos hacia la izquierda y vio mi cuerpo saltar como un miura ardiendo en furia mientras vomitaba y lloraba en cuclillas. Dio dos pasos hacia mí, y aún con restos ensangrentados de forúnculos corpusculares del cuello de mi agresor en mi boca… me besó.

Vio mi asco, vio mi odio… vino hacia mí y me ofreció su cuerpo, y como tiritando juntos al mismo ritmo, dejé de sentir miedo. Mis tatuajes están en la cabeza, quise explicarle balbuceando algunas palabras, pero bailando frente a mí, como contestándome con un silencio, Exa me reveló que defendíamos la misma ideología.

Lo primero que pensé era que me quería decir que me perdonaba por exponernos así al peligro, pero cuando fue hacia los cadáveres y preguntó retóricamente por el vino (instintivamente me esculqué los bolsillos de la chaqueta), se detuvo a extraer el sacacorchos desatornillándolo… y como machacando su negra sangre de carabinero… Subrepticiamente, extrajo la minúscula botella de su vientre como en un ritual de victoria. Así comprendí que nada podía enseñarle sobre el miedo a ser violada… y quizá ni siquiera sobre cómo robar bancos.

Otra pared en Santiago había sido intervenida, mi cabeza tenía un nuevo tatuaje… Sería una noche inolvidable de amor desencapuchado, y no una menos. Exa se marcharía a la mañana siguiente de mi habitación dejándome su olor y este llanto incontenible mientras escribo, pero no su patronímico ni su número.

Diego José Zárate Montero
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