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La laguna de los patos

jueves 12 de marzo de 2020
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La palabra se diluye, es un hielo bajo una veta de sol.

—¿Te das cuenta de lo que estás haciendo? —le pregunta Osvaldo sacando los ojos del televisor.

El silencio se ahoga en su garganta, se le comprime en la boca. ¿Qué puede contestarle? El que calla otorga, piensa Emilia y mira en dirección al cuadro que cuelga sobre el hogar de leña: un óleo. Es un óleo de una mujer con los ojos perdidos en el mar; se le ocurre que no son las olas lo que mira, sino más hondo. Le gustaría saber qué es lo que ha perdido esa mujer en el fondo del mar. Podrían rescatarlo juntas, de a dos es más fácil.

Doble acá, hombre, ni se le ocurra pasar cerca del hospital. Agarre por esta calle.

—Me voy. ¿No es lo que querías? —reclama en un intento de escuchar que no se vaya, que él no va a permitir que otra vez… Los argumentos tienen forma cuando no hay estrategia. Prefiere que la amenaza no muestre su lengua filosa. Entonces titubea y dice—: ¿No me vas a responder?

—El médico fue claro. Vas a estar un poco acá, un poco allá. No es la muerte de nadie.

Algo moría, se filtraba en el fondo del mar.

—Me llevo el cuadro —dice Emilia.

Él la mira desahuciado. No repara en esa opaca brillantez que le nubla la expresión al descolgarlo.

—Me agotás, Emilia. No me quedan más fuerzas, en serio… —dice Osvaldo y sube el volumen del televisor.

Ella lo mira por encima del hombro y sale. Espera al taxi en la vereda para que la lleve a la otra casa, la casa que era del abuelo Mingo, que luego fue de su mamá, ahora sólo de ella. Se sobresalta cuando escucha la bocina. Sube y le indica la dirección.

—¿Qué hace? Doble acá, hombre, ni se le ocurra pasar cerca del hospital. Agarre por esta calle.

El taxista la mira por el espejo retrovisor y levanta las cejas.

Emilia se voltea hacia los costados hasta que reconoce el barrio.

Sale del taxi enredándose entre el bolso y la cartera. La puerta de madera está hinchada, le da un puntapié y cede. Recorre los espacios que le parecen más chicos de lo que recuerda. Se para en el centro con el cuadro bajo el brazo, un zapato en la mano, un bolso en la otra. En una de las paredes encuentra un clavo y cuelga el cuadro. Se recuesta, frente al óleo, sobre un sofá destartalado.

Osvaldo empuja a esa mujer que mira el mar, la empuja desde atrás. La mujer cae. No cae sobre la arena ni su cuerpo toca las olas, cae desde lo alto, un precipicio, el cuerpo recto con los pies hacia abajo, la cabeza gacha, los ojos fijos hacia ese centro que la atrae y la subyuga como un imán. Emilia quiere nadar, no puede desatar las manos, quiere bracear y las correas la lastiman. Una aguja se clava en su antebrazo, la enfermera sonríe y besa a Osvaldo. Emilia grita y el mar le llena la boca. Amanece. Se despereza, respira profundo. Tiene hambre. Se pasa la lengua por los labios. Mira el teléfono, espera a que suene, levanta el tubo y no tiene tono. No va a sonar, dice y se ríe, escucha su risa por el auricular y dice: Hoolaa. Hoolaa le devuelve el eco de su voz por el tubo. Se queda parada apretándolo contra la oreja. Deja el teléfono, agarra la cartera, abre la puerta y sale. Va hacia la carnicería que está a la vuelta. Avanza silbando.

El carnicero la reconoce. Ella mueve la cabeza y sonríe:

—Una chuleta bien ancha —dice.

El carnicero prende la máquina de corte. Emilia la mira fijo. Ese sonido que hace la cuchilla contra el hueso le da palpitaciones.

—Mañana le pago —dice embelesada.

Una llamarada la sorprende, el fuego se propaga rápido por las puntas secas.

En el mercado de la esquina el chico que atiende está de espaldas. Emilia aprovecha, agarra un pimiento de un cajón que está afuera y camina rápido hacia la casa. Cuando entra suelta todo sobre el piso y corre la mesa del comedor hacia la puerta. Quiere atrancarla, hace fuerza con todo el cuerpo para que la mesa quede bien pegada, no vaya a ser que Osvaldo entre y quiera llevársela de nuevo al hospital. Enciende la hornalla de la cocina y pone las chuletas sobre la bifera que encuentra adentro del horno. En tanto se cuece la carne tritura el morrón con la cuchilla y lo echa encima. Come de parada y agarra la carne con la mano, el jugo le chorrea por los dedos, esa jugosidad le cruza el brazo hasta el codo; con los dedos junta los trozos de morrón tostado y se los mete en la boca. Mientras mastica se pasa la mano por el pelo; descansa la mano en la nuca y hace presión con los dedos hacia arriba y hacia abajo, eso la relaja. Mira a la mujer del cuadro y le habla con la boca llena. Se ríe cuando un trozo de ají cae sobre la remera y se mancha de rojo. Sangre, sangre, dice mientras se mira y vuelve a reír.

Sale al patio. En el fondo, el pasto le llega a las rodillas. Emilia se acerca y ve cómo una hilera de hormigas baja y sube por un tronco seco. Sigue el recorrido de las hormigas y ve que cerca de su pie hay una lombriz que se retuerce. Tiene el encendedor en el bolsillo trasero del pantalón, lo saca. Chasquea la ruedita con el dedo. Lo prende y lo apaga. Se incorpora y acerca el encendedor a una mata de pasto seca. Una llamarada la sorprende, el fuego se propaga rápido por las puntas secas. Ella se queda mirando cómo el pastizal arde y el fuego se expande. Rasca la tierra con las manos y comienza a tirar montículos de tierra sobre el fuego, la tierra se le mete entre las uñas, rasca, levanta y tira hasta sofocar las llamas. Se pasa las manos por la frente, por el pelo, sobre la ropa.

Vuelve a entrar y mira por la ventana que da al patio. Ya no hay llamas, sólo una mancha oscura en medio del pasto y la humareda que da vueltas. Abre la ventana y una ráfaga de humo le da en cara. Se corre hacia un costado y mira cómo una cascada de luz remueve los ácaros que se mezclan con el humo. Va hacia la pieza. ¿De quién es esta antigüedad?, le había preguntado Osvaldo después de la muerte del abuelo cuando, ordenando sus cosas, encontraron en el segundo cajón del ropero el revólver. Dejá eso, le había dicho Emilia arrancándoselo de la mano y volviéndolo a guardar entre la ropa. Recuerda el día en que su abuelo la llevó con él a cazar patos. Se recuesta sobre el colchón lleno de polvo y piensa cuando el abuelo jaló el gatillo de la escopeta y un estruendo seco rebotó contra el agua, formando ondas, entre el aleteo de los patos y el chasquido de las botas del abuelo al entrar en el agua a buscar el pato muerto. Anda a buscarme más cartuchos y llevalo a este hasta la camioneta, la mandó el abuelo. Ella caminó despacio con el brazo extendido, apretándole las patas con los dedos, sin dejar de mirar la sangre que teñía el pasto de un rojo brillante. Lo tiró sobre la caja de la camioneta y fue a abrir la guantera; entonces vio el revólver. No toques nada, le gritó el abuelo que la miraba con una mano sobre las cejas. Cuando crezcas te voy a enseñar a usarlo, le dijo al volver ella con los cartuchos.

Se mira en el espejo de una de las puertas. Abre el segundo cajón. Agarra el revólver 38 largo. Se enfrenta al espejo.

Cierra los ojos, parece que ahora sí se relaja. Tose, le lagrimean los ojos y de un salto baja de la cama y abre la ventana. El humo que llega desde el fondo del patio entra en la habitación. Vuelve a cerrarla.

Abre las puertas del armario, mira un instante el portarretratos que está sobre uno de los estantes vacíos. Su abuelo serio al lado de la camioneta, la mirada fija hacia la cámara, ella sobre los hombros de su abuelo, con un brazo levantado, saludando con una risa que le cubría toda la cara, en el fondo, la laguna de los patos. Mira fijo el retrato, lo levanta, lo pone frente a sus ojos y se ríe, suelta una carcajada y deja la foto en su lugar. Se mira en el espejo de una de las puertas. Abre el segundo cajón. Agarra el revólver 38 largo. Se enfrenta al espejo. Se lo apoya contra la sien y dispara.

Cuando entran los bomberos rompiendo la puerta, Emilia sigue frente al espejo mientras juega a dispararse con el 38 vacío. Desde la ventana se ve el jardín que arde.

—Vamos, Emilia. Ya está. Dejá eso —le dice Osvaldo apretándola contra el pecho.

Sabrina Álvarez
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