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Matrimonio

jueves 28 de mayo de 2020
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El revólver presionó la mandíbula y el metal helado recordó a su memoria el fragor de la brisa que se escabulle del Cabo de la Vela los primeros días de noviembre. Cuando cerró los ojos, el disparo ensordecedor atravesó las fronteras del sonido y apaciguó la voz del mundo por un instante. Segundos después, la caída fue lenta, imprecisa. La bala pulverizó de inmediato y algo en su cabeza se desprendió súbitamente como si de un tajo hubiesen destapado un coco de cristal. Mientras su cuerpo desarticulado quebraba la supervivencia, segundo a segundo las miles de imágenes anidadas en remotos recuerdos fueron proyectándose en reversa, sucediendo todo lo sucedido, pero sin realmente suceder, como si el tiempo transcurriera en sentido contrario. No tuvo precisión entonces de las cosas. Los disparos fulminantes propinados a quemarropa en el cuerpo de su esposa regresaban poseídos por mil demonios en la misma dirección en que fueron disparados desde el cañón del revólver, una, luego otra y así sucesivamente hasta completar la número cinco. El chorro de pólvora se disipó en un instante y nuevamente el arma se enfundó en la pretina del pantalón, como si estuviese destinada a volver finalmente a su sitio de origen después de la hecatombe. La fiebre empapó de nostalgia aquel espacio insoluble de la habitación y la memoria, logrando su redención, embriagó de tristeza las únicas cinco horas que les duró aquel matrimonio arreglado. Berenice Epieyu era una majayura de carácter indomable, minúscula y ágil, que solía llevarle la contraria a todo lo que tuviese razón. Cuando cumplió los trece años se opuso rotundamente al encierro wayuu y ni los consejos de su abuela muerta pudieron doblegarla. Creció libre en medio de aquel paraje inhóspito del norte de Uribía, deambulando entre trupíos eternos y decenas de caminos irreales en el desierto que conducían a todas partes y no llevaban a ningún lado. Testaruda como su madre, imponía su voluntad con una mínima dosis de sutileza y su desapego al mundo era tan atroz como su desapego a la memoria. Hasta un día que se cansó de oponerse a la corriente y doblegó la furia que llevaba sujeta a las pantaletas. Cuando cumplió diecisiete años, un tío materno fue sorprendido por un relámpago imprevisto cuando regresaba de pescar. El ímpetu de la catástrofe lo levantó dos metros de la barca por cinco segundos y finalmente cayó de cabeza en el mar exhalando un olor insoportable a carne chamuscada. Horas después, unos niños sin dueño que deambulaban en el ocio encontraron el cuerpo fulminado en la orilla de la playa y corrieron despavoridos para comunicar la noticia del hallazgo. Estaba pétreo, inflexible, y tenía la apariencia de los muertos vírgenes que empiezan a ser olvidados por la cordura. El agua salada le había hinchado los huesos, pero tenía los ojos vivos como si estuviera soñando despierto. Cuando la noticia se liberó de la lengua, los gritos de lamento agobiaron el Jepirra y los mismos fantasmas milenarios sintieron compasión de aquel infortunio. Centenares de familiares remotos, provenientes de los lugares más impensables del mundo, arribaron a la ranchería con un estupor apacible, olfateando en la memoria algún recuerdo verosímil que pudiese construir una imagen exacta de aquel hombre a quien nunca conocieron. En ese tropel de apellidos entrelazados con determinación y castas increíbles de wayuu milenarios, Isidoro Pushaina vio por primera vez a Berenice y aquella belleza indomable le agobió el alma desde entonces. Intentó a través de miles de formas una manera sutil de tropezarse con ella, pero su imaginación era tan frágil como una pluma zarandeada por veinte huracanes. Sin habilidades para cortejar a una mujer, Isidoro contempló con resignación aquel amorío inverosímil que nunca llegaría a consumarse debido a su endeble gallardía. Tenía treinta y seis años y vivía solo en El Pájaro, un pueblo árido de La Guajira donde las olas del mar Caribe se quedaban a vivir de felicidad en la orilla y el jolgorio de aves emblemáticas no dejaba dormir en las noches. Era un amante empedernido de las armas pero poseía un espíritu de paz y solía cargar una de ellas siempre que salía de su casa, aunque nunca hubiese tenido la necesidad de utilizarla. Veinte días después del velorio, resuelto a experimentar aquellas posibilidades que surgen del amor, apareció en la ranchería donde vivía Berenice con cuatro camiones repleto de animales espléndidos: veinte cabezas de ganado cebú, cincuenta cabezas de cabras, cinco caballos de carrera y diez terneros destetados; con el fin de pagar la totalidad exigida por su dote y de esta manera convertirla finalmente en su esposa. Berenice, quien restaba importancia a los presagios de los fantasmas, fue advertida por su abuela muerta esa misma mañana sobre un mal sueño que no la había dejado dormir tranquila en las noches anteriores. En el sueño una pareja de novios vestidos de negro, descalzos, sin ojos ni boca ni nariz, asistían a su boda cuando, de repente, millones de abejas enormes ingresaban a la iglesia y con punzadas letales iban reventando las cabezas de los invitados hasta que no quedó ninguno vivo. Berenice no comprendió el sueño y descartó cualquier posibilidad en su vida que tuviese relación con aquella revelación de la abuela muerta. Pero cuando escuchó el sollozo infernal de los animales acorralados entre las latas de los camiones y el ganado bramando de sed, el alma se le tambaleó por dentro; entonces imaginó lo peor. A sus espaldas, habían concretado los detalles de un matrimonio que nunca autorizó con alguien a quien ni siquiera conocía, y eso le produjo una amargura monstruosa en la lengua. Empecinada en la libertad, hizo todo lo posible para deshacer el acuerdo, pero no logró suavizar la tenacidad del complot. Así que no tuvo más remedio que aceptar con risitas fingidas el compromiso, mientras pensaba en una estrategia inteligente para salir del embrollo sin desencadenar una afrenta aún mayor. Sin embargo, no tuvo escapatoria. La idea de la unión fue desarrollándose en la medida que pasaban los días. La noche antes de la boda, la abuela muerta apareció en la habitación de Berenice y la pellizcó sutilmente en las costillas, pero ella estaba despierta y no se inmutó. Intentaba conciliar el sueño pero sentía hormigas en los ojos. La abuela le acarició la cabeza y la arrulló en lengua nativa hasta que Berenice se fundió en la posibilidad de un reposo infinito. Cuando abrió los ojos, detrás de la oscuridad de sus ojos, asistía vestida de negro a su propio matrimonio y un centenar de abejas africanas enormes atiborraron el sueño. El alba la sorprendió dando vueltas en la hamaca y de inmediato despertó alarmada. Isidoro también había tenido el mismo sueño por semanas, pero solía resolver con prudencia aquellos aspectos que no conocía así que, escéptico a las bondades del reposo con el estómago vacío, hizo caso omiso al hallazgo y continuó la rutina. En la boda, la aglomeración de personas fue atroz. Prepararon sesenta cabezas de cabra guisada con bollo limpio, dieciocho ollas de sopa y quinientos litros de chicha fermentada. Isidoro y Berenice se casaron un veintiocho de febrero a las seis de la tarde. El jayeechi tormentoso de los borrachos sin dueño se escuchó toda la noche. En medio del festejo, Isidoro apretó la mano a su esposa y la condujo a la habitación para consumar el matrimonio. Berenice estaba compungida, angustiada. Sudó. Un sin sabor en la lengua la mantenía en vilo. La virtud de las mujeres era llegar virgen al altar y ella no lo era. A escondidas, tuvo un amor fugaz con un extranjero y, tras varios meses de encuentros clandestinos, terminó perdiendo la dulzura de su vientre y la castidad del corazón. Fue un romance intenso, pero breve. La magnitud de aquel amor se había convertido en el brazo de un odio desaforado litigándole la espalda. Después de la ruptura decidió negarse a la facultad de los hombres y se escondió del amor dentro de sí misma para siempre. Cuando Isidoro la persuadió con un beso en el cuello, ella sintió terror y quiso salir corriendo. Inexperto en el arte de amar, Isidoro la palpaba sin saber dónde acariciar, sudaba, la desvistió sin saber que la desvestía. Berenice transitaba por otros mundos sin descubrir, con los ojos cerrados pensaba en su infancia traslúcida y en la madre que recordaba con vehemencia en las noches de julio. Sentía repulsión y una inminente desdicha en la piel. Ante la negativa del amor, Isidoro empezó a perder la paciencia y trató de forzar el camino al paraíso. Aunque era novato en el arte de los cuerpos, la facilidad en la abertura lo desquició completamente cuando quiso ingresar en ella, y reaccionó energúmeno.

“¡No soy ningún marica!”, gritó encolerizado y la noche se sacudió varios segundos. Entonces Berenice regresó nuevamente, abrió los ojos y sintió la quemadura de las balas en el pecho, condenándola de manera lenta pero instantánea. Isidoro le disparó una, dos, tres, cuatro, cinco veces, sin saber que le disparaba o sin pensar que lo hacía en realidad. Quizás soñaba e imaginó que al despertar recobraría nuevamente la conciencia. Estaba atónito, insulso. Las piernas se le quebraron y recordó el sueño de las abejas. Se sintió acorralado como una presa moribunda. Pensó en huir, pero tenía las coyunturas de las piernas congeladas. Una multitud enardecida se agolpó en la puerta para derribarla. En ese momento, la abuela muerta apareció en el rincón de la habitación y vio cuando Isidoro Pushaina se puso el revólver en la mandíbula. También vio a las abejas revoloteando en el aire y después escuchó el último disparo.

Deibis Amaya Pinedo
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