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El ojo

martes 9 de junio de 2020
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Nadie más lo hubiese visto, ningún otro que no fuese yo. Imagínate, era sólo una percepción de esas que cobraba forma a cada paso. Siempre en el 7, en el mismo recodo, como esperando y aguantando el aire en los pulmones. Tan así era esa sensación susurrante, entrecortada, pero imperceptible. Por eso te lo dije ese día.

—Los pisos tienen oídos. ¡No arrastres los pies!

¿Es que acaso no lo recuerdas? ¿Por qué no respondes? Estaba allí de nuevo. ¿Es que no comía, se bañaba o dormía la siesta? ¡Qué exasperación! No me mires como si fuera una loca. Sé lo que te digo. ¡Está detrás de nosotros! Subrepticia, ocupada, pendiente de nuestros pasos…

A veces su rostro sobresalía de entre la oleada de aquellos que atiborraban la sala y la terraza del piso que ambos compartían en armonía.

Esa tarde caminé de puntitas y no por la torta de fresa con la que celebraríamos el cumpleaños de Juan. Mi mamá decía que yo tenía brazos fuertes, pero por aquel rayo que me seguía oculto tras algún portal o tal vez tras muchos de ellos… No era mi culpa. La silueta de mis piernas me había elevado a las pasarelas y éstas me permitieron pulir más la brillantez de mi dorado cabello. ¿Es eso? ¿Y yo qué culpa tengo? Francamente, pueblo pequeño, infierno grande… Qué razón tuvo quien dijo eso alguna vez…

 

***

 

—¡Hola, Clara! —exclamó alguien a las espaldas de la espigada joven.

—¡Señora Magnolia! —murmuró ella volviéndose con una sonrisa mal esculpida en el rostro.

—¡Tiempo sin verte! —dijo la rolliza presencia sin evitar que sus ojos la escanearan de norte a sur.

—El trabajo… Usted sabe… —masculló la chica.

—¡Y Juancito va a cumplir años! —comentó la mujer con una estrafalaria sonrisa que su interlocutora no soportaba.

—Uff… ¡Lo recuerda usted más que yo! —quiso parecer simpática, pero no lo fue.

La señora Magnolia arrugó la cara, obviamente desagradada.

—Bueno…, pues aquí todo el mundo lo sabe —entonces la doña le dio la espalda y caminó hacia la salida del edificio sin despedirse.

Y de hecho así era. ¡Llegó el gran día! Juan cumplió años y todavía no se explicaba por qué invitó a los amigos de él… que eran casi todos los vecinos de aquel edificio de siete pisos… Es que Juan, su novio desde hace ya cuatro años, era el ser más sutil y solidario que había tenido el gusto de conocer… Allá estaba en medio de la marejada de cabezas sonrientes que lo abrazaban y felicitaban con una sinceridad envidiable. A veces su rostro sobresalía de entre la oleada de aquellos que atiborraban la sala y la terraza del piso que ambos compartían en armonía, a pesar de que a veces atravesaban episodios tormentosos… Nada que no curara un casi inmediato intercambio de amor…

—¡Clara! —su voz tan cercana la sobresaltó y lo abrazó de inmediato.

—¡Qué bueno que estás feliz, Juan!

—¡Claro! Convocaste a casi todos mis amigos y te lo agradezco —la ciñó con fuerza y ella con sus ojos cerrados lo disfrutó.

Luego Clara lo miró dispuesta a no acapararlo por más tiempo para cederlo al cariño de sus fanes, pero algo la paralizó. Justo frente a ella estaba el espejo que se extendía por la pared principal de la sala. Unos ojos verdes la observaban fija y detenidamente. ¡Era eso lo que había estado sintiendo! Recodo tras recodo, en cada pasillo cuando subía rumbo a su piso… Soltó a Juan de golpe.

—¡Juan, allí! ¡Mírala, es ella!

Él se volvió de inmediato y la vio de nuevo.

—¿Quién es? No la conozco. ¿Tú la invitaste?

—¡No! Y voy a terminar con esto ahora mismo —dijo decidida.

—Quizás es una nueva vecina —la atajó él por el brazo—. Te acompaño.

La buscó incansablemente por los ochenta metros por los que se extendía la sala.

—No, déjame a mí. Tú nunca has sentido lo que yo, así que…

—¡Clara! ¡Juan! La fiesta es maravillosa. Debes decirme dónde compraste los canapés —se atravesó Ana María, la hija de Magnolia.

—Ana, te lo digo luego —la apartó casi con brusquedad, pero ya la mujer no estaba.

La buscó incansablemente por los ochenta metros por los que se extendía la sala. Volvió, presurosa, donde se encontraba su marido.

—¿Nada? —quiso saber él y notó que ella negó con la cabeza—. Bueno, si está aquí volverá a aparecer —añadió para disipar su preocupación.

—Te juro que es la primera vez que me arrepiento de vivir en un piso tan grande. Ciento veinte metros entre sala y terraza es una exageración.

—Trata de que ese episodio no nos acabe la fiesta —determinó él.

 

***

 

Más tarde, Juan la encontró en un recodo de la terraza.

—Clara, no creo que la presencia de una mujer en una fiesta deba causarte semejante reacción.

—¡No entiendes! Sabes cómo me molesta la gente metiche.

—Ya hemos pasado por esto… No es sano que te enfrasques en esas cosas…

Otra de las vecinas interrumpió la conversación.

—Tórtolos, disculpen ustedes. Clara, recuerda que me dijiste que te avisara la hora para picar la torta —dijo presurosa la joven, otra de las pocas que toleraba en el edificio.

—Sí, claro, Andrea… Es verdad —respondió Clara de inmediato y Juan sonrió.

—¡Al fin, el manjar de la noche! —dijo él con alegría.

—Mi amor, no te di las gracias por lo estupendo que se ve el vidrio de las puertas de la terraza. ¡Casi son invisibles! —y lo abrazó.

—Lo mejor para ti, mi modelo preferida.

Ambos se dieron un beso largo y apasionado que provocó aplausos de la concurrencia. Se separaron algo avergonzados, pero nada arrepentidos.

—¡Cortemos la torta! —palmeó Juan y Clara lo siguió con entusiasmo.

La noche se deslizó con alegría, cosa que Clara jamás esperó dada su relación no muy grata con los vecinos. A pesar de eso Juan convertía toda ocasión en algo especial. Ese era su don.

—Nada extraño —suspiró Clara—. No más ojos huidizos y eso es un gran adelanto…

—¡Clara! —la abrazó de pronto Juan.

—¿Sí? —preguntó al mirarlo, sorprendida.

Y allí estaba ella, su sonrisa se escurrió por la comisura de sus labios como una vela a punto de apagarse.

—¿Qué hiciste? —le susurró Clara.

—Ella también se llama Clara. ¿No te parece una gran coincidencia? —le preguntó sin reparar en la eclosión interna que removía cada uno de los órganos de su cuerpo—. Mi amor, ella trata de ser amable —le advirtió en voz baja.

La modelo vio esa mano bien cuidada con un diamante en el anular. Miró el suyo justo en el mismo dedo.

—¿Es que no te das cuenta? —clamó como un trueno que puso fin a las risas y la alegría. Atrapó todas las miradas.

Juan se quedó mudo, pero la mujer permaneció impasible.

—Me dijeron que tu segundo nombre es Claudia. El mío también porque mi mamá admiraba a Claudia Schiffer y por eso me nombró Clara Claudia. Un gusto.

—¿Qué es esto? —entonces vio a Juan.

Clara no supo cómo, pero se encontró corriendo y esquivando a quienes estaban tratando de detenerla.

—¿Qué, mi amor? —dijo él realmente estupefacto.

—Mi mamá también agregó a mi nombre Claudia por esa mujer…

—¡Qué casualidad! —exclamó la otra joven de ojos verdes rutilantes.

Juan tomó a su novia por el brazo.

—Cálmate…

—¡No! Yo no soy una loca… ¡Ella lo es! —entonces la señaló con el dedo índice y la muchacha no se movió, ni una pizca de asombro conmovió su rostro.

La modelo se soltó del marido y dio algunos pasos atrás.

—Ven, Clara. No pasa nada —le dijo él para calmarla.

—Amiga, todo está bien —intervino Ana María.

Clara no supo cómo, pero se encontró corriendo y esquivando a quienes estaban tratando de detenerla.

—Somos tus amigos, tus vecinos…

Clara no paró y de repente, después de haber atravesado el cristal, voló más allá del balcón. En su caída se sintió feliz de deshacerse de esos ojos verdes tan oscuros a la vez. Alcanzó a escuchar gritos y la voz de su amado Juan, hasta que el pavimento detuvo su improvisado y definitivo escape.

—¡Dios! ¿Qué pasó? ¡Ni siquiera me parecía a ella! —lloró la otra Clara—. ¿Sabías que el Clara Claudia siempre fue un chiste de mamá? Nadie más distinta a esa modelo que yo. Nos reíamos por eso. Yo con mis ojos y mi cabello negro nunca me iba a parecer a esa mujer —sollozó por el impacto de lo que acababa de pasar.

Ivonne Ayala Perdomo
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