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La enfermera de Siria

jueves 18 de junio de 2020
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La memoria es un paisaje desnudo que tiene parecidos con la nada, pero es también potente porque golpea el cerebro y desaloja al terror del olvido.

La memoria se abre como capullo de rosa y recuerda. Esta vez salta de alguna célula cerebral la pequeña Lina con miedo en los ojos de no saber a dónde llega.

Cuando me miró detuvo su andar y, como intentando consultar con su padre, volvió la mirada a una vieja fotografía que tenía en la mano; Jasmina, su madre, nos había retratado a Talib y a mí en las calles de Palmira. Estábamos contemplando la nueva geografía mundial, había caído el muro de Berlín. Y los augures vaticinaban el fin de una guerra que, aunque fría, causó muchas muertes.

Hace años que no meto las narices en ningún basurero político ni militar, soy jubilado.

En el aeropuerto, Lina me miró con desconfianza, ¿era o no el de la fotografía? Sin llorar ni gritar y tampoco pestañear se plantó delante de mí y clavó sus dos ojos negros en los míos perdidos en cientos de arrugas y dijo en un buen inglés:

—Han matado a los dos.

Entonces el que lloró fui yo, abrazado de la niña.

 

En fracción de segundos, la voz de su padre volvió a sonar en mis oídos, llegó con el viento del medio oriente.

 

Era tarde, no sé si las 7 u 8, aquí en este lugar alumbra el sol hasta las 10 de la supuesta noche. Estaba cavando y cavando una fosa donde iba a enterrarlo. Él habría querido ser sepultado a los pies del abedul de esta pequeña parcela que la comuna nos alquila a los fanáticos agricultores como yo que gustan comer sus propios tomates y pepinos.

Hace años que dejé de viajar por el mundo. Hace años que no meto las narices en ningún basurero político ni militar, soy jubilado.

Cuando trasladaba el cuerpo de Lorenzo vibró mi celular que estaba, como siempre, en el bolsillo izquierdo de mi vaquero. Dejé a Lorenzo sobre el piso y miré el display. Se trataba de una llamada de Siria.

Hace unos años había estado allí trabajando como periodista; eran tiempos del papá Assad, tan cruel como su hijo Bashar, aunque más pragmático.

Talib es mi colega y traductor. En la época del llamado telefónico, Talib era uno de los líderes de la revuelta democrática de su país. “La primavera árabe”, una expresión que hace suponer el nacimiento de rosas y claves libertarios, cuando en la práctica la primavera en esos sitios es ventosa, con ramalazos de frío dictatorial y guerras civiles.

—Me tienes que ayudar, habibi. Escúchame que no hay mucho tiempo. ¿Te acuerdas de Lina? La estoy mandando a Suecia, la tienes que recibir para tramitar su estatus de refugiada. Assad mató a mi Jasmina y seguro que el próximo soy yo. Lina tiene once años, ¿me puedes ayudar? Es lo único que tengo. Con tu ayuda le pueden dar la categoría de refugiada de guerra, cuídala y dile que siempre la amamos. Please, my friend.

 

Cómo no reconocerla. La recuerdo mirando la foto que tenía cautiva en sus manitas.

Todos estos recuerdos se entremezclan con otros, el de mi madre que parece esperarme en una estación ferroviaria de las antiguas. Mi padre con los ojos quemados de tanta lectura me mira a través de un libro. Ella, mi mujer, recriminándome por grande y pequeñas faltas, pero amándome incluso con su mirada. Mis hijos y mis nietos desfilan en mi recuerdo en absoluto silencio. Al más chiquito no lo abracé jamás, nos mirábamos con curiosidad, de lejos, no muy cerca, decían sus padres cuando venían a verme. Lorenzo los habría recibido ladrando y enredándose en los pies de las visitas, pero tampoco está.

 

No recuerdo por cuántos días estoy metido en una celda de un mundo incierto. Todo comenzó con una tos seca, dolor de pecho, fiebre y dificultades de respiración. Se había agazapado ese ser invisible que vive de la cuota de oxígeno que me toca.

 

Fue ella quien me trajo a esta burbuja de oxígeno. No sé cuántos días han pasado. ¿Respiro? No lo sé. No puedo ver y no es que estoy ciego, simplemente no tengo fuerza para abrir los ojos.

Escuché su voz. Cómo no reconocerla. La recuerdo mirando la foto que tenía cautiva en sus manitas.

Es ella, vibra todo el cuerpo cuando siento que ha tomado mi mano y la acaricia. No es su piel, son guantes, a pesar de ellos siento que es ella. De mi mano inmóvil sale una manguerita que me alimenta no sé si con suero o con sangre, pero ese diminuto espacio de piel siente que es ella. Escucho que me dice: “La umi está bien, te está esperando en casa”.

Umi es mamá en árabe. A pesar de los años no olvidó el idioma de sus padres. Adoptó a mi mujer como a su umi y a mí como a su baba. Mis hijos la quieren como una hermana. Cuando llegó a mi casa, mis hijos ya la habían abandonado para hacer sus propios nidos. Resultó ser una hija que llegó en avión con una foto en sus manos.

No puedo abrir los ojos, me pesan los párpados, en mi boca está metido un tubo, por eso no puedo decirle lo mucho que aprecio que acaricie mi mano que está inmóvil.

Acostumbra a tomarme de la mano, a veces la estrujaba cuando debía revelar cosas que creía que no me iban a gustar.

Baba, ¿me escuchas?”, me pregunta, pero no puedo hablar para decirle que sí. No puedo porque es un lugar donde no entra el canto ni la poesía. Sus habitantes son el dolor y la duda. ¿Duda? Sí, me carcome el corazón. ¿Abriré los ojos?, ¿podré tomar su mano? La duda no tiene color. Me asalta la pregunta ¿si no fuese ella? ¿Si sólo fuese un sueño o una pesadilla?

Quiero abrir los ojos para verla, pero no puedo. No tengo ojos, no tengo lengua, tampoco tengo mañana; el visitante que mora en mis pulmones me los está quitando de a poco. Y…

Me prometió no separarse de mí desde que una vez se perdió en un mercado callejero. Han pasado diez años desde aquella llegada. Era una niña. Y yo que había perdido la costumbre de llevar niños a la escuela, pero la cuidé porque no se olvida el amor que se aprende; hoy lo hace ella.

Acostumbra a tomarme de la mano, a veces la estrujaba cuando debía revelar cosas que creía que no me iban a gustar. ¡Tengo novio! o ¡No quiero ser como ustedes, mis padres! ¡Nada de periodismo ni política! Los matan o se mueren de pena por haber deambulado por sitios nauseabundos. Yo quiero ayudar a salvar la vida, me dijo con la serenidad que sus padres le habían regalado, y se fue a la escuela de enfermería.

Otra vez la oscuridad. No veo nada, no siento su mano enguantada, pero siento pasos. ¿Dos o tres personas? ¿Será ella? Después de algunas vacilaciones escucho una voz apagada por la máscara que oculta su rostro.

—Lina, déjalo ya. No lo pudimos salvar.

Carlos Decker-Molina
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