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Península, un viaje familiar

domingo 5 de julio de 2020

a Elizabeth Segovia y Johnny Torres

Aquel viaje lo habíamos preparado minuciosamente. Fue durante una cena en la amplia casa del escondido pueblo de montaña que acordamos conocer la otra parte de la península. Yo conocía sólo algunas playas cercanas a poblaciones comerciales pero nunca había ido a la parte más remota, aquella donde pocos viajeros llegan. Días antes había soñado bañarme en playas transparentes, ajenas al mundo de las ciudades, al ruido de la civilización. Quizás sea una pequeña utopía personal, me había dicho a mí mismo. Pero aquella noche coincidimos en que sería interesante que los niños, nuestros hijos, conocieran el mar. Habían vivido en aquel pueblo de montaña y quizás necesitaban el sol de la costa, ver otros paisajes que les dieran otra percepción de la realidad, de la vida. La misma idea de península llamaba mi atención. Había estado antes quizás, pero no sabía qué era. O quizás lo había imaginado o simplemente deseado. Cuando me dijeron península pensé en un pueblo lejano, sólo con algunos pescadores, abierto al mar, en el que podría caminar incansablemente. Entonces dije sí, vamos a hacer ese viaje. Nos informaron que podíamos llegar a una casa desocupada, donde estaríamos nosotros solos, es decir las dos parejas y los niños. Quizás fue Dora quien tomó la iniciativa. Sería una buena ocasión para hablar de nuevos temas que nos permitieran conocernos mejor.

Ellos, Dora y Alejandro, recién llegaban de Brasil y traían nuevas ideas acerca de una gran ciudad a orillas de una playa, en la que se podía bailar locamente y acerca del café, un asunto de nuevas tecnologías aplicadas al procesamiento de una antigua semilla. ¿Sería Brasil un país de grandes bacanales, de esculturales diosas negras que se ofrecen ardorosas al amor, enloquecidas por las danzas y el licor, o se trataba de un estereotipo cultural? Brasil, el inmenso país de la samba, del bossa nova, de la selva amazónica, del Orfeo negro, nos apasionaba: siempre volvía a él en mis sueños y en nuestras conversaciones. ¿Serían Dora y Alejandro unos aventureros? Cuando los vi por primera vez supe inmediatamente que eran jóvenes y apasionados. Me intrigaba el deseo que expresaban de vivir fuera de las grandes ciudades, como si buscaran un antiguo eslabón familiar que los condujera a sorpresivas riquezas.

El amor, pensé, es también como un viaje, tiene mucho de una ilusión que transgrede fronteras.

Sin precisar mucho, algo dijo ella de una casa comprada por la hermana. Siempre los viajes ameritan una cena, algo distinto a la rutina porque es como reinventar la vida, dijo Alejandro, y disponer de buenos vinos, agregó, para que las cosas giren sobre sí mismas y sean distintas, como iluminadas por nuevos matices. E inmediatamente se dispuso a abrir una botella del mejor vino reserva insospechadamente comprada en una bodega de nuestro pueblo de montaña. Dora hablaba de antiguas parentelas de origen italiano que habían vivido en aquel pueblo de montaña. Estaban dispuestos a perseguir sus rastros genealógicos. Brindaríamos también por esos raros detalles y descubrimientos que hacían un poco inverosímil la realidad, como encontrar de pronto un trío de guitarreros dispuestos a ofrecer la tarde de un perdido sábado de la memoria un concierto a los escasos y desprevenidos habitantes de aquellas escondidas montañas. Las birras, decían los músicos entre efusivas canciones de amor y despecho, son nuestras ofrendas a los dioses de estos lugares. Y como si recordara vagamente algo de Plinio el viejo pensé que el licor hace aparecer verdades. Los niños, los locos y los borrachos son de una misma estirpe, aseveró Alejandro.

Cenamos, bebimos y hablamos. Hubo preguntas acerca del viaje, Brasil, el café, la capital de nuestro país y otra vez la península. Apenas nos conocíamos. Al siguiente día ellos regresarían a Caracas, y desde allí partirían a la península. Eran discretamente intrépidos y amaban el conocimiento de antiguas lenguas. Compartiríamos el sabor de esas viejas palabras que tanto decían de las modernas maneras de ser y de comunicarnos. Acordamos vernos el viernes siguiente a la entrada de Coro. Ellos nos esperarían en una estación de servicio y desde allí continuaríamos juntos el trayecto. Por ahora no nos podían revelar muchas señas del lugar. Sólo dijeron que el viento era seco, constante y furioso. Recordé ya cuando brindamos que la casa había sido adquirida por el esposo de la hermana de Elizabeth, un señor mayor, pero que hacía feliz a su hermana. El amor, pensé, es también como un viaje, tiene mucho de una ilusión que transgrede fronteras. Para los niños el trayecto podía ser fatigoso. Les dijimos sin embargo que habría mucho de aventura pero que debían ser pacientes, pues se trataba de un viaje largo, de más de seis horas, que era necesario levantarse temprano, que la carretera era a veces una línea recta y podía tornarse árida y monótona, interrumpida misteriosamente por unos grandes médanos en los que podríamos detenernos pues anunciaban la cercanía del mar. Les dijimos que sería algo totalmente nuevo y diferente para ellos. Maravilloso, respondieron un poco eufóricos ante la idea de abandonar la rutina y ante la perspectiva de conocer el mar.

Los viajes tienen que ver con la felicidad, me dijo mi mujer, ya para acostarnos como advirtiéndome que me dejara llevar por la insólita belleza de las cosas. Porque un pájaro, agregó, no siempre es sólo un pájaro. Hay que pensar en la infinitud del cielo, me dijo, recuerda a Saint John-Perse: “…A la mar sola diremos / que extranjeros fuimos en las fiestas de la ciudad”. Me insinuaba que en muchos aspectos me gustaba nadar contra corriente pero las aguas del Caribe eran para mí un territorio inexplorado. Me dormiría pensando que alguna vez, en alguna remota vida, pude ser un viajero, explorador de bellas islas del Caribe, y sobre todo pensaba cómo podría ser la vida en aquel pueblo lejano de la península. Recreé brevemente en mi imaginación el furioso ruido del mar. Los pescadores estarían allí esperándonos para acompañarnos a alguna isla solitaria y cercana donde podríamos, junto con los niños, saber por fin cómo es el mar. No teníamos un conocimiento directo de cómo podría ser su inmensidad. Habíamos visto películas en las que ocurren tormentas y aventuras de piratas, pero la realidad tenía que ser diferente. Es otra vez mi pequeña utopía personal, volví a decirme, y me dormí como en aquellos días de infancia cuando mi madre me besaba en la frente antes de acostarme y yo soñaba con el paraíso.

Douglas Bohórquez
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