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martes 7 de julio de 2020
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En el Facebook de Ángela, Lauro vio la felicidad que temió muchos años: dos manos se comprometían en el recuadro. Mostraban lealtad y descubrimiento… una cuota de mestizaje.

Una selfie con el novio, un tal Eric. “Nombre de príncipe audaz”, se dijo Lauro contrayéndose. Ambos torcían las caras juguetonas, con un amor polémico tras la mirada. El problema es que Lauro la amaba mucho. Y esto, para quienes aman todavía, es intolerable. Nadie resiste la felicidad de quien ama.

Por lo menos esa felicidad no.

Al sentarse optaba por una oscuridad sugestiva ya que la luz abundante desconcentraba. Así era durante las reflexiones, y como la mayoría del tiempo reflexionaba, la bombilla del techo permanecía fría. Sólo las ideas le daban claridad, no importaba que su luz fuera inútil para la acción, con que fuese suficiente para el pensamiento.

Conocía a la perfección sus males, conversaba con ellos. Por eso estaba allí, a punto de cometer una locura.

Las contadas personas de su círculo —sólo dos importaban— le suplicaron que no cometiera una locura. “Busca con quien hablar y deja el orgullo”, le sugirió Tati. “Te puedo prestar dinero, y me pagas en dos partes”, le dijo Enrique. “¿No ves que hay gente que te ama? No inventes suicidarte”, se alarmó Teresa muy helada. Hasta le dijeron que acudiera a las iglesias.

Manuel Carrión, una de estas dos personas que importaban, lo instó a que se viera con psicólogos. La madre —la otra persona—, que buscara un brujo y le leyera las cartas o el tabaco. Pero Lauro se convencía de que a donde los brujos y los psicólogos sólo van quienes están confundidos, o los que no aceptan la amarga cura de sus dolores. Él no era uno de estos tipos. Conocía a la perfección sus males, conversaba con ellos. Por eso estaba allí, a punto de cometer una locura, pero no la que piensan los demás. Una locura que sólo él consideraba llamarla así. Eliminaría su cuenta de Facebook.

Cuando Lauro pensaba en su mamá, envidiaba su ignorancia hacia los temas digitales. Es como una suerte en las personas que transitaron los dos siglos. Lo físico y tangible lo llevan como muy metido en el alma. No escriben, te llaman. No usan alarmas, anotan todo en un papel. Le tienen miedo a los aparatos y a las configuraciones.

En el Facebook de Manuel Carrión, que era a su vez un profesor de historia, no conseguía cosa reveladora: sólo links hacia grupos políticos y una vieja cédula en el perfil. “Así no puedo leer, necesito el libro”, decía mucho el profe Miguel. Su chat con él estaba vacío, y sus fotos de joven estaban en los baúles familiares. Para saber de su vida, había que escucharla de sus propios labios. Si ese hombre eliminaba su cuenta, no perdería nada.

¡Jah! Pero el Facebook de la gente del instituto era el secreto de sus propias habitaciones, y ni se diga en el chat: en las conversaciones con Jimena Ayala —una ex novia, por ejemplo— estaba desde la declaración de amor hasta los melodramas de la ruptura. Las relaciones empezaban allí, y allí mismo terminaban. Al menos por esas vías uno llora fácil, se decía él mismo. Desde su cuenta era más posible enfrentarse a la realidad del mundo sin abandonar esto de la mente. El cogito ergo sum era difícil aplicarlo cuando te enfrentabas a los hechos en carne y hueso. ¿Y es que el propio Descartes no necesitó confinarse a una habitación para contemplar el mundo, sin que le jodieran? Hoy ese cuarto vacío, nuestro templo más profundo de meditación, son las redes. Eso pensaba mucho Lauro.

La lista de amigos le mortificaba. Una cantidad de personas que había conocido en la primera década de su vida estaban allí exponiendo triunfos y desarrollos. Esto era una de sus consideraciones más valiosas porque solía recordar cómo hablaba su madre de sus propias compañeras, en plenas noches de vigilia, trayéndolas de la memoria con tristes narraciones pretéritas y como si estuvieran ya perdidas. Pero Lauro tenía a sus amigos allí en la lista. Era sólo de un me gusta para comunicarse con ellos y un me encanta quizás para la insinuación.

Pero también estaban los factores nocivos. Por ejemplo, esta felicidad de los otros le deprimía: los logros de los demás eran la ausencia de sus metas, el turismo de sus amigos en los castillos de Europa no eran más que el imposible escape de su frustración, sus Julietas enamoradas terminaban siendo la cara más corrupta de su propia soledad, y cuando vio las fotos de Ángela allí suelta y melindrosa con el Eric asumiendo la felicidad, le atornilló esta idea pecaminosa de no ser amado nunca.

“¡Elimínala, pues, y ya está!”, le dijo unas cuantas veces su madre. Aunque siendo ella lo que era, no atinaba como lo había hecho Tati: era por el orgullo. Ese que le pidió dejar. Lauro percibía aquello como una rendición: eliminar a Ángela era hacer pública su penuria. Estaba en esta guerra silenciosa que siempre acompaña la soledad de quienes se separan. Esas preguntas megalómanas de ¿quién puede vivir sin el otro? o ¿quién pudiera hacerlo mejor?

Si era de proceder, Lauro debía dejar esas evaluaciones a la deriva. Enfocarse en el mero sacrificio. Decidir como lo hacen los suicidas.

Algo además le atormentaba. Una serie de percances económicos se habían sucedido en las quincenas y lo comprometieron con personas indeseables, enemigos de su propia moralidad. Caer en la deuda con ellos siempre es deberles algo más. Sufrir en el dinero y en el amor es como padecer de hambre y sed al mismo tiempo. Así estaba Lauro.

Dejaría, pues, muchas aflicciones de lado si eliminaba su Facebook. Sin embargo algo complicaba más la decisión: Lauro se abrió la cuenta a los catorce años y ahora tenía veintiséis. Cuarenta álbumes y unas mil fotos, grosso modo, yacían en el contenido. Gran registro. Cuando deslizaba hacia arriba para encontrar las publicaciones, analizaba sus propios cambios de opinión en los estados, transiciones a una madurez aguda y que leía con orgullo. Despojarse de todo eso no era sencillo.

“Por qué no las guardaba en las carpetas del Escritorio, y procedía?”. Habrá quienes se preguntasen eso.

No es de extrañarse que Lauro obviara aquella solución tan evidente, porque cuando se cae en los minutos más profundos de reflexión, los detalles sencillos tienden a omitirse y quedar en la superficie. Pero no era el caso: Lauro ya lo había intentado un par de veces, y la cantidad de fotos era tan grande que trasladarlas terminaba en un procedimiento que lo hacía retroceder ante su meta definitiva. Quedaba a mitad de camino, igual de deprimido y con la cuenta. Estas cosas las hace mucho el pasado.

Si era de proceder, Lauro debía dejar esas evaluaciones a la deriva. Enfocarse en el mero sacrificio. Decidir como lo hacen los suicidas. Y si bien es cierto, Teresa, que Lauro no se iba a suicidar, también es cierto que se quedaba con una vida menos, como los gatos cuando se caen de las orillas.

Se precipitó, entonces, sobre el teclado. Iba a eliminar su cuenta. Un remolino de ideas bruscas ajetreaba su mente para que lo abandonara. Se vio en su foto de perfil con melancolía y creyó sentir unas súplicas en su propia mirada. Pensaba en las cosas que le decía Teresa, “no lo hagas, no lo hagas”. ¡Pero no, Teresa! O eliminaba su cuenta o se mantenía con la herida. Si no se quitaba la vida de esa forma lo haría de la otra. Algo sonó en el vacío, un ruidito de palabras ciertas. Frío y trémulo presionó las teclas con fuerza. Accedió a las opciones, apretó sin querer algunos nombres, vio otra vez las fotos de Ángela y cerró los ojos. Ojalá pudiera hacerlo todo con los ojos cerrados, desde esa perspectiva hasta suicidarse era más sencillo. Llegó a las ventanas del menú y en las configuraciones de cuenta privada dio con el enlace que esperaba, con el gatillo del arma. Eliminó su cuenta, cerró la laptop con pánico y se lanzó a la cama.

Abrió sus ojos, bien dilatados como si vieran todo en la oscuridad, y su respiración adquirió ritmos lentos. Poco a poco se fue calmando, haciéndose más ligero, más tranquilo. Ya no había pesares, no más dolores. Fue quedándose quieto y tan en paz como si se hubiera muerto.

Alexandro Xavier López Baquero
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