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Celestino o la costumbre de ser domingo

jueves 16 de julio de 2020
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Era principios de 1989 y yo tenía cuatro años.

Recuerdo que papá tenía en el centro de la sala del apartamento en que vivíamos un “picó”,1 un aparato Silver tres en uno, radio, casete y disco, una maravilla. Mi papá tenía una buena colección de música. Era melómano y no lo sabía.

Papá tenía de todo, o al menos a mí me parecía que tenía toda la música que alguien podía necesitar: Air Supply, Ray Conniff, Raphael, Reynaldo Armas, Julio Iglesias, Marvin Santiago, Fausto Papetti, Pedro Infante, Rafaela Carrá, Demis Roussos, Bee Gees y más elementos disímiles dentro de su caos.

Papá escuchaba su música perdido en fase REM y se despertaba justo cuando iba a terminar una canción.

A mí me gustaban los discos de Serenata Guayanesa. Los ponía una y otra y otra vez. Debo haber oído un millón de veces Serenata Guayanesa canta a los niños. A Serenata aprovechaba de oírla en las tardes con mi mamá, después de la escuela y antes de las lecciones de lectura que ella me daba. Luego, los domingos, papá no trabajaba y yo era nombrado por él su dj oficial, aunque sólo se oía lo que él iba indicando. Entonces, una de sus pocas diversiones de chofer cansado consistía en sentarse esos domingos cerca de mí con una garrafa de vino Lambrusco Greco y oír durante horas sus lonpleis de acuerdo al azar de sus ganas. Ese ejercicio desordenado de apreciación me parece desde entonces la mejor forma de escuchar música.

Mi padre no tenía un gusto musical demasiado formado, pero intuía en esa anarquía auditiva una especie de libertad emocional, sin guía, sin patrón, sin más pretensiones que cerrar los ojos y perderse en los caminos del Lambrusco y el scratch de la aguja sobre el vinilo.

Han pasado años y aún puedo recordar el olor del trapo empapado en vinagre con el que limpiaba los discos; o me parece oírlo claramente diciendo: “Ponte ahora el disco del Cazador Novato”2 y mi mamá espantada en el comedor oyendo las “vulgaridades de ese señor. ¿Qué va a aprender tu hijo, Celestino?”. Yo colocaba en el picó el vinilo y lo sujetaba a una especie de barrita vertical de metal pegada a un bracito negro de plástico. Luego el picó hacía todo lo demás. Sonido cuadrafónico garantizado que fluía por unas cornetas horribles de madera recubiertas con fórmica y que ambientaban la sala, la casa entera, el barrio, el universo.

Luego de hacer sonar el vinilo me sentaba a leer las contratapas de los discos: “El disco es cultura”; “Producido por Sonorodven”; “Precio de venta al público 4 bolívares”. Papá escuchaba su música perdido en fase REM y se despertaba justo cuando iba a terminar una canción. Estaba perfectamente sincronizado con cada tema. Salía y entraba del coma, del trance, con mucha facilidad. Yo sólo leía, intentando captar y capturar el sonido más a través de mis ojos que del sentido de la audición.

A menudo ocurría que mi padre estaba triste. Habría tenido una mala semana. La situación económica nunca fue del todo buena en casa y ya se presentía lo que ocurrió luego en febrero del 89.3 En la mayoría de las casas pasaba lo mismo que en la mía, mucho trabajar, cuotas, préstamos que pagar. No sobraba la comida. Pero incluso en esos momentos papá nunca dejó de escuchar su música cada domingo.

Esa voz amariconada, hermosa, potente y profundamente nostálgica de Juan Gabriel son parte fundamental del soundtrack de mi infancia.

Sólo que en esas ocasiones de tristezas él me mandaba a colocar, estricta e invariablemente, discos de Juan Gabriel. Era la música que más me gustaba después de Serenata Guayanesa. Eran las veces en que dejaba de leer las contratapas e imitaba a mi padre, cerrando los ojos, dejándome llevar por los meandros de ese sonido dulzón y triste aun cuando se pretendiera festivo. Porque cuando Juan Gabriel cantaba alegre y burlón era cuando me parecía más nostálgico y desgarrado. Cada domingo durante muchos años de infancia los pasé junto a mi papá absorbiendo cada nota, cada letra y cada metáfora de las canciones del Genio de Parácuaro. Todo en medio del absurdo calor de una Cagua situada al sureste del infierno, lo que acentuaba la tensión dramática. Esos guitarrones tristes y crepusculares; esas destiladas trompetas, tan fuertes, tan claras, tan sonoramente tequilas; esos violines llorones, manipuladores y solemnes; esa voz amariconada, hermosa, potente y profundamente nostálgica de Juan Gabriel son parte fundamental del soundtrack de mi infancia. Mi educación sentimental, el marco teórico de los barrancos, desamores y despechos que atravesé después, lo aprendí esos domingos mexicanizados y entendí, creo que para siempre, que el amor es lágrima, nostalgia, abandono, cursilería, humillación, desgarro, soledad, revancha, pérdida, derrota, drama y venganza, un desierto vacío y ponzoñoso que sólo llenan las canciones de Juan Gabriel.

Crecí y dejé de ser el dj de papá. En junio del 98 se vendió el picó y papá compró con mucho esfuerzo un equipo de sonido usado, casi inservible, que reproducía discos compactos. La tecnología del 89 empezaba a quedar obsoleta. No sé por cuál razón mi padre nunca compró discos compactos de Juan Gabriel. Quizá ya no sentía tristezas, quizá tenía demasiadas y se había prohibido alimentar toda forma de dolor. Tal vez en la década de los noventa muchos perdieron en Venezuela la capacidad de sentir.

Entonces también dejé de oír a Juan Gabriel. Había entrado largo en la adolescencia. Era un peligroso volcán de hormonas a punto de hacer erupción. Y era feo e inseguro. Creo que no dejé de serlo, pero en esos años duros de la pubertad, donde los jóvenes suelen ser tan crueles y tan sádicos, yo era un homenaje al acné, una celebración de la virginidad y la masturbación, un canto a la timidez y al tartamudeo. Para redondear el colmo del patetismo, quería ser poeta. No tenía tampoco mejor idea que vivir enamorándome. Me enamoraba a diario. Me despechaba a diario también. Ninguna muchacha quería siquiera apiadarse del muchacho grave, solitario y triste que yo era. Mis viriles y exitosos camaradas preferían mantenerme a distancia para que no les contagiara mi pesadez.

Éramos sólo la hostilidad y yo. Todo tenía la forma de lo inhóspito. Resentía la ausencia de mi padre. Había desaparecido hacía algún tiempo. No sabía nada de él ni él sabía nada de mí. Nos habíamos perdido el rastro. Todo eso a pesar de que seguía durmiendo en la habitación contigua a la mía. A pesar de que todas las noches lo oía destrabar la cerradura de la casa, dejar el pan sobre la mesa de la sala, atravesar el pasillo oscuro y encender la luz de mi cuarto, sólo para ver hacerme el dormido, sin valor, como antes, de enfrentarme a su mirada.

Tuvieron que pasar otros dos años para que, en el 2000, en mi primer gran desamor, volviera, intuitivamente, a escuchar la música de Juan Gabriel. Era la primera vez que una chica y yo nos amábamos y que esto no ocurría en mi imaginación. A los dieciséis años todo es eterno y nuestro amor lo fue los seis meses que nos duró. Al marcharse quedé desolado. Fue allí cuando toda la educación emocional que había aprendido con Juan Gabriel —y con papá— y que yacía dormida explotó. Desgarrado, melancólico y trágico, yo era una ridícula imitación de Hamlet, un Hamlet subdesarrollado y tropical que en medio de la canícula y el polvo se preguntaba como dilema existencial si ese día bebería anís o el ron más matarratas que consiguiera.

Todo Juan Gabriel es eso, una exageración dosificada, un mariachi queer melodramático.

Buscaba la forma más rápida y llamativa de matarme. Quería aleccionar a todos, en especial a aquella farsante a la que “creí que era buena / yo creí que era sincera”, Juanga dixit. Había vuelto Juan Gabriel, ya no como teoría emocional ni como sólo recuerdo infantil. Volvía su voz ahora encarnada, punzante, hiriente; retornaba para inocularme la dosis perfecta de tragedia, orgullo y humillación. Y lo peor era tener que oírlo clandestinamente, porque Juan Gabriel, el Juan Gabacho de mi niñez, resultaba ahora que era maricona. O mejor dicho, maricona siempre había sido, pero ese descubrimiento para mí reciente resultaba un problema para mis camaradas, los machitos duros del pueblo, i vitelloni.

Así que si Juan Gabriel era un recuerdo único de mi niñez ahora se había vuelto más íntimo, más cercano, más mío. Como si por el alejamiento entre mi papá y yo habría decidido reescribir mi origen y asumirme adoptado por un cantante mexicano que no conocía y por su música que me sabía de memoria. Como si nos entendiéramos de toda la vida y guardáramos un pacto en el que yo no revelaría su homosexualidad ni él contaría de mi gusto por sus canciones. Terminaría Juanga entonces la formación que la soledad de Celestino y sus temores no le permitían. Hasta mamá me dijo un día que me descubrió en otra crisis de amor oyendo “Costumbres”: “Si sigues oyendo esa música vas a terminar como tu primo”. Mi primo Ignacio, del que toda la familia decía que no tenía novia conocida porque “Ignacio es un pícaro, ¿qué mujer va a soportar un tipo tan mujeriego como él?”. Mi primo, tan toscamente frágil; tan delicado, tan contenido, tan flor.

Atravesé todos mis veinte años y muchos dolores amorosos me rompieron, algunos de ellos tan largos e intensos que terminaron por aburrir hasta a mis amigos más cercanos. Y en todos estuvo Juan Gabriel, haciéndome sentir a ratos el tipo más digno, autosuficiente y altanero del mundo para, media hora después, desarmarme las precarias empalizadas con que pretendía defenderme de la nostalgia y el llanto.

Cada quien tiene su propio mapa emocional, su geografía sentimental. Y cada uno de esos paisajes particulares lleva un soundtrack asociado. El dolor por la ausencia del ser amado es uno de los territorios a los que más himnos se ha compuesto. Hay tipos que resuelven sus delirios de manera trágica y cobarde, matando o matándose. Otros buscan en la multiplicidad de cuerpos amados recrear la conmoción del hallazgo de la primera vez. Yo prefiero oír a Juan Gabriel, remontarme a la niñez, a la adolescencia. Me gusta la mariconería trágica y exagerada con la que expresaba sus emociones. Me gusta ver sus performances en el escenario, esos eléctricos brincos de cabra en celo que daba mientras agitaba sus hombros desesperadamente. Porque todo Juan Gabriel es eso, una exageración dosificada, un mariachi queer melodramático, un arrebato travestido y melancólico que era capaz de desnudarse el alma ante cien mil personas.

Tendría que decirle a mi mamá que aprendí muchas más vulgaridades estos años escuchando a los políticos en los mítines que al Cazador Novato. Tendría que decir que mi padre nunca más ha vuelto a oír la música de Juan Gabriel. Supongo que se enteró de que el tipo gustaba de otros tipos. Quizá piense cuando me ve escuchar sus canciones que yo también soy como el primo Ignacio. Tal vez, simplemente, dejó de interesarle la música. Del reproductor de discos compactos tampoco queda nada. Papá lo vendió para comprarse un televisor. En el televisor a veces dan un programa sabatino de mal gusto en donde un imitador de Juan Gabriel exagera hasta la deformación la homosexualidad del tipo. Mi padre lo ve y se divierte. Parece haber olvidado aquellos domingos en que éramos cómplices y en donde aprendí que amor es desamor, que todo en esta vida puede sobrellevarse con aguardiente y música.

Jesús Rodríguez
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Notas

  1. Venezolanismo por pick-up.
  2. Recitador colombiano de música folclórica de los llanos colombo-venezolanos mejor conocido por sus temas llenos de alegorías sexuales y palabras ofensivas.
  3. El 27 de febrero de 1989 ocurrió en Caracas y en zonas cercanas un sacudón social que, según cifras extraoficiales, dejó más de 3.000 muertos y desaparecidos. Es conocido como El Caracazo. Sus repercusiones se expandieron por todo el país. Cagua no fue la excepción. Algunos comercios fueron saqueados. Mi papá logró sacar de un comercio chino unos paquetes de harina de maíz para luego echar a correr cargando conmigo.
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