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Cenizas secretas

sábado 15 de agosto de 2020
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Él moría en una tarde soleada. Ostentaba en su piel noventa y siete años bien aprovechados, vividos, y más que nada, sentidos. No sufría. Una sonrisa se esbozaba en su cálido y satisfecho rostro.

La ventana delante de él le dejaba contemplar un radiante y apaciguante cielo. Nunca cerraba esa ventana, ni siquiera en los monzones. Esperaba siempre de los cielos, de entre las nubes, una promesa por cumplir.

El anciano gustoso sentía en cada poro de su piel que la flama de su vida se apagaba, inclusive, esa extinción era sensible en él desde que vio la primera luz de su humanidad, y con el pasar de los ocasos y las auroras, era consciente de que esa flama en la vida de su existir cada vez se debilitaba más. Pero para el anciano aquello no era negativo, sino todo lo contrario. Se deleitaba con esa sensación y lo hacía sentir más vivo.

En ese pequeño hogar había vivido toda su vida y sus descendientes habían visto su propia luz ahí. Su humilde hogar era su recinto más sagrado, y la ventana, aquella que le mostraba el cielo, se convirtió en el objeto que más contempló en toda su vida.

De ese cielo esplendoroso que acontecía, en lo que él sabía y sentía que era su último día, pudo ver cómo en la distancia el ave legendaria se acercaba.

Disfruté cada estación, cada amanecer y anochecer que mis ojos contemplaron.

El fénix arribó y se postró en su ventana. El anciano sonrió y dijo:

—Esa es la imagen que siempre quise ver en esa ventana; verte ahí postrado.

—No puedo decir lo mismo de lo que veo, y lo sabes —dijo el fénix—. Perdona la sinceridad de mis palabras, anciano.

—No tienes por qué disculparte —respondió el viejo—, siempre fue clara la ambivalencia. El pasar de los años te hizo más honesto.

—A ti parece que te hizo más gustoso y feliz —dijo el ave—. Tu sonrisa, aparte de dibujar arrugas con marcado relieve, pinta una dicha jubilosa.

—Y no te equivocas en ninguna palabra. Disfruté cada estación, cada amanecer y anochecer que mis ojos contemplaron. Cada caricia, cada herida que sangró en mi piel, cada peligro, cada enfermedad y cada vez que hacía el amor.

—Es agradable saber eso —le dijo el fénix—, pero ahora que estás a punto de morir, sabes muy bien que cruzarás a un sendero del que jamás retornarás, dejarás el mundo terrenal, ese mundo que te permitió ver, sentir y experimentar esos gustos y dolores, y aunque los dioses te esperen al otro lado con su juicio listo, la preciosura de la vida terrenal que tanto adoraste culminará.

—Eso es lo más hermoso ¿no lo crees? —dijo el anciano—. Cada momento que viví no tiene su réplica en la eternidad. Sólo pudo acontecer una sola vez y siempre con la promesa de que esa serie de eventos concluiría al culminar también mi existir. Lo más agraciado de la vida humana es la certeza de la ronda de la muerte. Todo se vive siempre con un ímpetu terco, y ese ímpetu dicta en la mente que, ante la certeza de la mortalidad, la vida posee la belleza de lo incierto.

—La sensibilidad de tus palabras confiere la pasión por lo que viviste —dijo el fénix—, y también reafirma tu humanidad bien consolidada.

El anciano cerró los ojos y suspiró con alegría, sintiéndose orgulloso de lo que el fénix le había expresado, y después le preguntó al ave:

—¿Qué puedes decir de la eternidad?

El ave legendaria, que seguía en la ventana, extendió sus alas. Se pudo apreciar el mismo orgullo y gozo que el anciano le había mostrado antes.

—Aún faltan demasiados años para consumirme en mi propio fuego, anciano —le dijo—, quizá lo equivalente a cuatro vidas tuyas más. He podido ver y contemplar espectáculos naturales preciosos. He sido testigo, desde los cielos, de guerras humanas sin temor ni preocupación de las consecuencias. El miedo a la muerte, que experimentan los humanos, aunque sé que no es tu caso, no me invade, no me perturba y no rige con necia terquedad cada acción que ejecute en mi existir. En mi caso, no es la promesa de un final lo que me afianza en mi vida, es la promesa de un infinito futuro, de todas las asombrosas cosas que haré, contemplaré y viviré en el perenne pasar de incontables ciclos de mi existir.

—¿No temes que en uno de esos tantos ciclos empieces a creer que ya lo viste y viviste todo? —preguntó el anciano—. Que entre tanta posibilidad del infinito futuro la eventualidad de no haber nada más por lo que sorprenderse te aqueje.

—Poético… esa también es una incertidumbre —respondió el fénix—, al igual que la ronda de la muerte en la vida humana, que amenaza el existir del hombre que ignora el momento de su final. La eventualidad que mencionas no representa para mí un miedo; ya que siempre, y tú lo sabes, viejo amigo, la vida te depara sorpresas que superan la imaginación y expectativas.

—Lo sé —dijo el viejo—. Si el mundo deja de darte sorpresas, tú sorprende al mundo entonces, haciendo algo extraordinario.

Los dos rieron, como ríen dos cómplices que guardan un secreto. Y el secreto del fénix y el anciano radica en una historia un poco más antigua a este encuentro.

 

Adom se llamaba el hombre que caminaba por el desierto. Grandes penas mundanas y banales lo aquejaban. No le importaba que el abrasador astro rey quemara su piel. Adom sentía que en su vida no había encontrado la trascendencia que buscó y ya nada de lo terrenal lo inspiraba a vivir. Sentía que se le acababa el tiempo, que la arena de su reloj descendía con súbita rapidez. Su humanidad, y, por ende, su mortalidad, le pesaban, y estaba demasiado cerca de aborrecerlas.

Masud se llamaba el fénix que volaba encima de las dunas. La eternidad de su existir lo atormentaba. Había perdido en su totalidad la noción de la sorpresa y anhelaba una resolución, un final, y eso para el ave legendaria era un imposible ideal.

Diametralmente opuestos, ellos tenían que encontrarse, y así fue.

—¿Qué te aqueja, humano? —preguntó Masud.

Adom se arrodilló al ver tan majestuosa bestia de leyenda.

Adom, eres un hombre en toda la extensión de la palabra: preocupándote por cosas tan simples.

—La finitud de esta humanidad que llevo —contestó Adom—. Pero qué insignificante ha de ser para ti lo dicho por un mortal, tú que portas la infinidad en tu ser.

El fénix, que había permanecido aleteando sobre el hombre, descendió.

—¿Y si te dijera que la eternidad podría convertirse en una maldición? —preguntó el ave.

—Entonces tendría que mostrarte la verdadera maldición que es tener que soportar las cosas tan mundanas de la vida humana —respondió Adom.

—¿Cuál es tu nombre?

—Me llamaron Adom cuando vine a este mundo. ¿Cuál es el nombre que has portado tú en la eternidad?

—Cada vez que ardo, me consumo y renazco sigo siendo Masud —dijo con tranquilidad el fénix—. Adom, eres un hombre en toda la extensión de la palabra: preocupándote por cosas tan simples.

El hombre se puso de pie, irritado por las palabras del fénix y con cierta envidia por la gloria legendaria con la que el ave había nacido. Ello lo motivó a lanzar aquel reto:

—Te invito a posarte en mi hombro y que me acompañes en mi andar hasta el próximo poblado.

—¿Con qué fin, Adom? —preguntó Masud.

—Con el fin de que escuches mi pesar y que puedas, si es posible, sentir empatía.

El ave accedió. Adom caminó con Masud en su hombro a través del desierto. Éste escuchaba las quejas del hombre y al mismo tiempo se fascinaba con su historia, y en secreto, adoraba esa simpleza del existir de aquel miserable humano; que además no dejaba de glorificar los atributos eternos del fénix.

Adom quería que el fénix sintiera el golpe del sol, que experimentara lo que era caminar y no volar. Que el desierto, de cierto modo, y más cerca de la arena y alejado de los cielos, fastidiara al ave y con ello le diera la razón en su quejumbroso discurso.

Lo que no sabía el hombre era que el fénix lo envidiaba, por esa efímera vida humana que Masud sólo podía imaginar en ilusiones, y el andar desértico para él era en exceso disfrutado.

Llegaron a la cercanía del poblado. Masud interrumpió a Adom que, entre queja y queja del vivir, también intentaba esbozar la despedida para ingresar al pueblo.

—Adom, aquejado hombre —dijo el fénix—, permíteme invitarte ahora a ti a presenciar el mayor espectáculo que jamás hayas visto.

—Gustoso accedo a ser testigo —dijo Adom—. ¿De qué se trata?

El fénix se alejó de su hombro y en el aire dijo:

—Estás a punto de observar cómo concluye un ciclo más de mi eternidad. Te concederé el grato honor de aquel evento. Adom, me verás arder y renacer.

 

Volviendo a aquella habitación, el anciano dejó de admirar al fénix en la ventana y se enfocó en el cielo.

—¿Lo valió, viejo amigo? —le preguntó el fénix con aire de nostalgia.

—Cada momento —respondió el viejo que se acercaba a su final—, todo fue precioso; las lágrimas, las sonrisas, el dolor, el amor y el odio, el miedo y la dicha. A ti, amigo mío, no tengo que formularte la misma pregunta, es evidente el orgullo y la gloria que ostentas, y me alegra que ambos encontráramos la satisfacción.

El fénix voló hasta el regazo del anciano, lo cubrió con sus alas, cobijándolo en sus suspiros finales, y le dijo:

—En mi interminable vida, tú serás el recuerdo perpetuo, y, en la perpetuidad, mi agradecer lo coronará.

—La vida que estos ojos vieron pasar —dijo el anciano—, fue tan sólo un susurro, un suspiro en la eternidad, pero fue el más hermoso de los suspiros.

Ambos ardieron en el fuego sagrado, un fuego precioso y divino, una combustión sagrada y sólo digna de los dioses.

Y murió.

El fénix se llenó de tristeza. Con las plumas de sus alas rozó el arrugado y calmado rostro del viejo, como una poética despedida, una promesa cumplida, para después atravesar la ventana y emprender su vuelo legendario para continuar viviendo su infinito existir.

Este relato retorna al encuentro entre Adom y Masud. Retorna a la perplejidad del hombre ante el espectáculo que el fénix Masud le había propuesto ver. Pero al hombre le esperaba una sorpresa más, pues el fénix lo invitaba, además, a experimentar algo que nunca en la historia de la eternidad había ocurrido. Algo que iba más allá del solo hecho de ver arder al fénix.

Masud le preguntó a Adom si estaba dispuesto a acceder a sus dos propuestas. El hombre fascinado no podía negarse. Entonces Masud voló hacia Adom y se volvió a postrar en su hombro, abrió las alas y comenzó a cubrirse en llamas que pronto también cobijaron al hombre. Lo que pasó sólo adquiere su sentido en el significado de sus nombres.

Ambos ardieron en el fuego sagrado, un fuego precioso y divino, una combustión sagrada y sólo digna de los dioses. Las llamas consumieron a ambos en un espectáculo pírico sin réplica en la eternidad.

A las afueras del poblado se escuchó el llanto de un bebé a todo pulmón. Un montículo de cenizas yacía en el silencio que heredó el sonido del fuego después de su esplendor. De aquel montículo emergió un pichón de fénix que, poco a poco, fue desarrollándose y adquiriendo su forma adulta. A su lado, el bebé seguía llorando, cubierto por las cenizas.

Unos habitantes del poblado escucharon aquellos llantos y se dispusieron a acercarse.

El fénix, ya adulto, extendió sus alas y después se percató de que al bebé le molestaban las cenizas que tenía en sus ojos. Aquel fénix, con las plumas de sus alas, acarició el tierno rostro del niño, quitándole aquellos restos que había dejado el fuego. El bebé sonrió, sabiendo perfectamente lo que ocurría, y después el fénix emprendió el vuelo haciendo una promesa.

El hombre y la mujer que habían escuchado el llanto del infante llegaron al montículo de cenizas y vieron al pequeño en medio de éste. Lo tomaron en sus brazos y lo limpiaron para después llevárselo.

Aquel niño tendría una vida simple y terrenal, como cualquier otro ser humano. Crecería con la promesa de que tarde o temprano moriría, de que tendría un final, y siempre fue consciente de lo ocurrido en las afueras del poblado, siempre recordó todo.

El fénix conquistaría los cielos eternos, portando la gloria de la inmortalidad y contemplando los inciertos eventos del interminable devenir.

Adom era ahora el nombre de ese fénix, y el niño, que se convertiría en hombre y después en anciano, siempre supo que su nombre había sido Masud, aunque aquellos pobladores no lo llamaran así.

Ese fue siempre el secreto que convertía a Masud, el neófito hombre que viviría noventa y siete años, y a Adom, la nueva ave legendaria e inmortal, en cómplices. Pues en el fuego sagrado que los cubrió, en aquel pírico espectáculo, ambos intercambiaron vidas y cuerpos con el otro, y ambos, en las nuevas versiones de su ser, surgieron de las cenizas secretas para así vivir aquello que añoraban y deseaban; uno la finitud, y el otro la eternidad.

Amaury R. Ledesma
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