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Teratoma musical

viernes 21 de agosto de 2020
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Lara estaba muy nerviosa. Nunca la habían operado y, aun sabiendo que todo se perfilaba para salir bien, caía sobre ella esa sombra de incertidumbre. La anestesia comenzó a surtir efecto y un enfermero la distraía con música clásica para relajarla, alternada con una que otra ópera, género que ella misma practicaba. Entre las bellas melodías, la voz del hombre y las drogas, la cirugía pasó velozmente.

No era normal que se moviera, ni que tuviera boca dentada, ni una curiosa cabellera.

Tras un par de horas de procedimiento, la cirujana tomó las muestras de tumores y fue anunciar a los familiares de Lara que todo había sido un éxito. La gente presente que escuchó a la especialista se pudo relajar al saber que, finalmente, su querida operista estaba fuera de peligro y se restablecería después de un periodo de recuperación. La cirujana explicó qué se había hecho y los pasos a seguir para que Lara pudiese retomar su vida y previniera cualquier posible recaída. Finalmente, les enseñó las muestras de los tumores, lo cual atrajo las curiosas miradas de quienes ahí se encontraban. Y fue cuando todo comenzó.

Una de las muestras era un teratoma, es decir, como lo explicó la doctora, un tumor encapsulado con tejidos u órganos que puede llegar a contener pelos y dientes, como el que en aquel momento se les mostraba. Mayor fue el morbo de la familia y amistades de Lara, por lo que buena parte de ellos se acercaron a contemplar detenidamente la muestra. De pronto, un pequeño movimiento de aquella gelatinosa cosa sobresaltó a la tía Nena. “¿Suelen moverse las cositas esas?”, preguntó, con su voz de señora. La cirujana, algo desconcertada, acercó la muestra a sus ojos para analizarla bien. Pum. Ahí estaba de nuevo: otro movimiento. La impresión fue tal que el pequeño frasco de plástico cayó al piso y se abrió, dejando salir al teratoma, que comenzaba a moverse más y más.

El teratoma fue llevado a un laboratorio para su análisis. No era normal que se moviera, ni que tuviera boca dentada, ni una curiosa cabellera. Con el tiempo, fue desarrollando también ojos, brazos, e incluso unas pequeñas y deformes piernas. Pero lo que más sorprendió a la comunidad científica fue su capacidad de cantar. Surgido de una operista, la creatura interpretaba fragmentos de famosas y no tan famosas óperas.

El acontecimiento pronto fue conocido en redes sociales y en los medios de comunicación, cuando uno de los encargados de observar al teratoma grabó un video con su celular y lo subió a internet, rompiendo récords de reproducciones. Nacía un nuevo fenómeno en la red que rebasaba fronteras. Aparecían videos intentando explicar el origen del teratoma, muchas veces relacionándolo con las señales del apocalipsis o alienígenas; otros en los que gente intentaba cantar como él, simultáneamente o sola; gente que hacía mezclas de audio a partir del canto de aquella cosa operística. Pronto, el fenómeno traspasó los umbrales del internet.

Los medios informativos hicieron del inusual teratoma una celebridad aún mayor. Políticos de todo el mundo, personajes prominentes y celebridades de todas partes hacían referencia al tumorcillo. Había quienes bromeaban con eso, otros que luchaban por sus derechos y libertad, haciéndolo parte de la agenda de muchos grupos de activistas. Aprovechando el revuelo, una corporación que poseía numerosas compañías de medios, entre ellos disqueras, logró adquirir al operista.

Se anunció una gira internacional del teratoma, que se presentaría en los teatros y foros de ópera del mundo. Sin embargo, la compañía nunca logró prever tres cosas muy importantes: la primera, que los amantes de dicho género musical no deseaban ver a un tumor cantando; la segunda, que los recintos no tenían la capacidad para acoger a todos aquellos morbosos que sí querían ver a un teratoma, y, la tercera, aquellos asistentes a las presentaciones no deseaban escuchar ópera, sino tan sólo satisfacer su curiosidad de ver y escuchar a la creatura.

Era imposible no escucharlo al menos una vez al día cuando se salía a la calle, ya ni qué decir en bares y fiestas.

Si bien la gira fue un éxito, el impacto no duró demasiado. Las siguientes presentaciones del teratoma no lograron llenar los recintos donde se realizaban. La gente simplemente había visto lo que tenía que ver y ahora se enfocaba en los nuevos fenómenos de las redes sociales y de los grandes medios de comunicación. Así, la atención pronto fue para un chico taiwanés que tocaba la trompeta con el trasero, luego para una anciana finlandesa que enseñaba recetas de pasteles eróticos y así sucesivamente.

Sin embargo, la compañía que tenía los derechos sobre el teratoma no se dio por vencida. Prepararon una nueva imagen y el pequeño tumor fue relanzado como cantante de reguetón, trap y baladas románticas con letras llenas de lugares comunes y fórmulas prefabricadas. Sus letras, si bien no eran del agrado del intérprete, enloquecían a su público, con frases como “quiero que me lleves en tus entrañas”, “si me dejas, una parte de mí permanecerá contigo hasta tu muerte” y “siempre volveré a ti”. La mayoría de los escuchas no encontraron la ironía entre las letras de las canciones y el hecho de que el intérprete fuera un tumor.

El relanzamiento del teratoma tomó a todos por sorpresa cuando apareció en un evento deportivo visto a nivel mundial en el espectáculo inaugural. Apareció de pronto cuando la nueva sensación juvenil musical del momento interpretaba uno de sus mayores éxitos, y el tumor surgió para hacer un dúo con ella. El éxito fue inmediato.

El teratoma saturó el internet, las radios y los canales musicales de todas partes. Era imposible no escucharlo al menos una vez al día cuando se salía a la calle, ya ni qué decir en bares y fiestas. Sus giras internacionales abarrotaban los recintos masivos de espectáculos y toda la gente, aun cuando odiara aquellas canciones, sabía al menos un fragmento de éstas. No faltaba, incluso, quien decía que era un galán y deseaba poder pasar una noche o, en su defecto, un instante de pasión con él.

La vida para el tumorcillo, por otra parte, era muy difícil. Odió desde el primer instante tener que cantar para hacer dinero y no por el gusto de hacerlo. Fue casi forzado a cambiar a géneros musicales que aborrecía. Los de su propio gremio lo despreciaban debido a que les robaba los reflectores, en tanto que la gente que gustaba de la ópera sentía repulsión por él debido a lo que era: un tumor. Aquellos que lo trataban creían que no era más que un esnob y un pedante. Así, el teratoma pronto cayó en las garras de la depresión y del exceso, del sexo, de las drogas, del despilfarro y de la prepotencia.

La meteórica carrera del teratoma llegó a un sorpresivo y trágico fin a los pocos años. Una agresiva y veloz enfermedad acabó con su vida. Muchos lo atribuyeron a los excesos que marcaron su trayectoria. Otros, a la presión social y de sus manejadores. Sin embargo, irónicamente, pocos fueron los que vieron la ironía en que muriera de cáncer.

Ignacio de la Garza Gáez
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