—Primero que nada —dijo, en voz alta. No había nadie escuchándola; nadie vivía con ella. Pero tenía esa sensación acuciante de que debía dar alguna explicación—, yo no podía haber hecho nada. Estaba fuera de mi alcance. Y soy policía, no Superman. Hay cosas que escapan de mis posibilidades.
Cuando la mujer policía cruzó la puerta de su casa, lo primero que hizo fue sacarse el abrigo y colgarlo en el perchero. Era de esas noches pesadas, cuyo frío se metía por la espina dorsal y hacía recorrer ráfagas de dolor y molestia por todo el cuerpo. Ella todavía llevaba el uniforme de trabajo, con las botas manchadas de tierra húmeda.
La casa estaba oscura. Apenas se podía ver a más de cinco metros. Las ventanas estaban cerradas, y el viento golpeaba contra ellas como si quisiera entrar. Cuando cerró la puerta detrás de ella, sintió que allí adentro le faltaba aire.
—Esa mujer... esa mujer vino tarde. Si ella hubiera venido dos semanas atrás, capaz yo hubiera podido hacer algo —dijo, caminando hacia la cocina. Abrió la heladera y sacó una botella de vino—. Pero vino muy tarde. Ya estaba muerta cuando vino. Además, su marido tenía la perimetral. ¿Qué iba a saber yo que la iba a romper? Si esa mujer murió, si a esa mujer la mataron, fue el esposo. La culpa fue del esposo. No mía.
Se sirvió vino tinto en un vaso de plástico, y lo tomó con tanta desesperación que cayeron gotas rojas como sangre por la comisura de su boca. Las gotas resbalaron hasta alcanzar el mentón; desde allí, saltaron directamente hacia el uniforme. Bajó la mirada y notó cómo su ropa empezaba a teñirse, al igual que balazos sobre el pecho, de un bordó oscuro y caliente.
—Me vino a pedir ayuda a mí, pero yo sola no podía hacer nada —dijo ahora, dejando el vaso y apoyándose sobre el mueble de la cocina. La heladera todavía estaba abierta, y desprendía una luz blanca que no llegaba a cubrir toda la habitación—. Y yo tengo que hacer turnos. Tengo que cumplir responsabilidades. No puedo estar cuidando personalmente a cada mujer de Argentina, por si el loco del novio o esposo les hace algo.
De repente, escuchó un sonido. Era muy tenue para distinguirse, pero lo pudo sentir igual. Frunció el ceño y empezó a caminar por la cocina, tratando de averiguar de dónde provenía. Cada vez lo podía entender más, y más próximo, como un susurro naciente del aire. Entonces, se acercó a una de las paredes blancas de la cocina. Pisó con cuidado, con el miedo latiendo en su pecho y la mano sobre el arma en el estuche de su cadera. Apoyó la oreja sobre la pared y, por fin, entendió de dónde venía el ruido. Eran las mismas paredes.
—El vino de noche me cae muy mal —pensó, alejándose.
Sin embargo, lo seguía escuchando. Y cada vez más fuerte. Era una voz, una voz apagada, sin emoción, que decía su nombre y le repetía, sin cesar, “Es tu culpa”.
—No. No es mi culpa —repitió la mujer policía, cerrando la puerta de la heladera de un portazo y escuchando el tambaleo de las botellas dentro de ésta—. Si ella hubiera venido antes... ¿Por qué le estoy hablando a una pared? No te tengo que explicar nada. Yo sé cómo fueron las cosas.
Pero las paredes seguían, y cada vez eran más voces, más diversas y con tonos angustiantes. “Es tu culpa, no la ayudaste, la dejaste morir”. Ella observó las paredes, con las manos temblorosas y un nudo en la garganta. Buscaba cuál de todas era la que hablaba más fuerte. Cuál de todas le echaba la culpa a ella.
—Yo no dejé morir a nadie, porque yo no la maté. Fue el esposo, no fui yo —exclamó, señalándose el pecho mientras se giraba para observar todas las paredes—. Necesito dormir.
—Dormir no te va a servir de nada —le dijeron las paredes, mientras se dirigía hacia las escaleras.
—Sí que me va a servir. Déjenme en paz.
Ella empezó a subirlas con pesadez. Creyó que se había liberado de sus paredes, de que al día siguiente se reiría por haberle gritado a un pedazo de cemento y que incluso, algún futuro lejano, se lo contaría a alguien para reírse juntos. No obstante, cuando pisó el primer escalón, sintió otra voz debajo de su pie.
—¿Por qué no la ayudaste? —le dijo el primer escalón.
Ella bajó la mirada y, acto seguido, subió otro escalón.
—Si tenías el tiempo —le dijo el segundo.
—¿Y si hubieras creído las amenazas de muerte que te mostró? —exclamó el tercero.
Entonces, ella subió la escalera corriendo, con las manos sobre los oídos y los dientes apretados. Corrió hacia el baño. Prendió la luz; una luz blanca, viscosa, que colgaba del techo y parpadeaba con nerviosismo. Allí la invadió un fuerte olor a amoníaco que hizo que ella arrugara su nariz. Lo primero que hizo fue abrir la canilla y lavarse la cara. Después, las manos con jabón. Sintió que se le juntaban la angustia y el malestar en la boca; que se le formaba un gusto ácido y picante, como veneno, sobre su lengua, casi imposible de digerir. Y cuando lo hizo, cuando por fin pudo tragar, éste se convirtió en un nudo que bajó por su faringe y se trabó en su pecho, creando presión sobre su corazón.
En ese preciso instante, escuchó las voces otra vez, pero esta vez provenientes del agua que caía por la canilla.
—¿Y si en vez de haber ido a comer a lo de tus amigos, hubieras pasado unos segundos por su casa? Podría haber tenido otro final si hubieras hecho algo —dijo el agua.
—No lo sé. No lo puedo saber —respondió la mujer policía, cerrando los ojos y escuchando el ruido del agua caer—. Capaz hubiera sido lo mismo.
—O capaz no. Capaz la hubieras salvado. Capaz ahora estaría viva.
Ella miró el agua, las manchas de vino sobre el uniforme. Sus manos temblorosas y mojadas. Frías.
—¡No es mi culpa! —gritó, cerrando la canilla—. ¡No es mi culpa! ¡Yo no hice nada!
—Y por eso es tu culpa —le dijeron las paredes del baño—. Porque no hiciste nada.
Enseguida cerró la canilla y salió del baño, aturdida. Las paredes, los cuadros, la madera debajo de sus pies. Todos le hablaban con el mismo tono de desaprobación y la misma intensidad. Escuchaba sus voces como una multitud que se cernía alrededor de ella, que la miraba desde arriba y se pegaba a su cuerpo, sofocándola, asfixiándola. Ella entró a su habitación y se acostó sobre la cama. Las cosas a su alrededor le daban vueltas; de repente se sintió observada por sus propios muebles. Se tapó hasta el cuello y observó el techo. Por la ventana entraba la luz de un farol exterior y la sombra de unas ramas vacías, moviéndose por el viento.
No se sacó el uniforme. No tenía la fuerza. Allí hacía mucho frío, incluso más que afuera.
—Estoy muy cansada —dijo, cerrando los ojos—. Necesito dormir.
—¿Y si hubieras salido antes? —le dijo la almohada—. ¿Y si la hubieras invitado a dormir en la estación? ¿Qué miles de cosas podrías haber hecho y que no hiciste?
Cerró los ojos con fuerza. Se dio cuenta de que no podía evitar que las paredes, las almohadas, el piso, las cortinas, las ventanas, el viento, le hablaran, porque todas aquellas cosas tenían su propia voz. Entonces, sintió que la cama se hundía, que su cuerpo era absorbido por las sábanas y atraído hacia el centro de un núcleo gravitatorio, en una usurpación lenta y consistente. Le faltaba le aire. Miró a su alrededor. No podía salir. No podía moverse. Las ramas de un árbol golpeaban contra su ventana, con el viento aullando de fondo; los objetos hablaban, todos juntos, todos a la vez, y ella se hundía en su propia cama.
—Por favor —dijo la mujer policía—. Por favor. Es mi culpa. Ya lo sé. Es mi culpa, pero déjenme en paz. Por favor.
Entonces, los objetos se callaron de repente y dejaron, en su lugar, un espacio vacío. La cama ya no parecía querer llevársela. Ahora sólo había silencio. Como si las cosas nunca hubieran hablado.
Pero se dio cuenta de que era cuestión de tiempo, de que aceptarlo no era el final. Y de que los objetos volverían a hablarle, tarde o temprano, para recordarle que la conciencia nunca se calla.
Entonces, ella se levantó de la cama y bajó las escaleras. Agarró nuevamente su abrigo y salió por la puerta.
- Los objetos no se callan - jueves 17 de septiembre de 2020


