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Estocolmo

martes 6 de octubre de 2020
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Fox no respondió de inmediato. Rebuscó en su chaqueta, sacó el revólver, lo alzó y removió el seguro. Aspiró una bocanada de aire caliente, dio tres pasos sigilosos y se pegó a la pared, como había visto que hacían los héroes en las películas. Luego, entreabrió la persiana y espió: autos, transeúntes y un perro dormido sobre la acera; nada inusual. Pero ellos no tardarían en llegar, estaba seguro.

Liebre reprimió una sonrisita.

—3 piezas de pollo frito, ensalada de col, panecillos calientes y dos refrescos casi congelados —dijo Fox al fin.

—Es una comida muy pesada, ¿no le parece? Yo preferiría una taza de café con leche.

Liebre se removió en la silla. Las esposas comenzaban a cosquillearle las muñecas.

Fox meneó la cabeza:

Pasarán horas antes de que alguien note mi ausencia. Mi gato no suele esperarme despierto, sabe, señor Fox. ¿Se llama así, Fox?

—Una última comida antes de la silla eléctrica, ¿y usted elige café con leche?

—¿Qué quiere? Soy de estómago delicado. No suelo comer después de las ocho.

Fox asintió. Jugueteó con el revólver, tamborileó los dedos sobre el respaldo de la silla, y bostezó. Para rasgar el silencio, preguntó:

—¿Qué hora es?

—No sé. Estoy esposada, no puedo ver el reloj.

—Ah, sí.

—¿Está seguro de que vendrán? Ha pasado mucho tiempo ya.

—Vendrán. Fui muy claro: estoy armado, soy violento y tengo rehenes…

—Tal vez se oía usted muy nervioso y la operadora no le creyó. Pasarán horas antes de que alguien note mi ausencia. Mi gato no suele esperarme despierto, sabe, señor Fox. ¿Se llama así, Fox?

—Tanto como usted se llama Liebre.

—Quizá exageró con eso de los rehenes.

—No imaginé que la tienda iba a estar vacía.

—Es jueves. ¿Está seguro de haber dado la dirección correcta?

—Meireles 36-8.

—¿Eso es todo?

—La operadora no preguntó más.

—La ciudad no es tan chica; puede haber otras calles Meireles por ahí. Debió ser más específico. ¿Llamó a la prensa?

—No encontré números en el directorio. Asumo que vendrán con la policía.

Liebre suspiró.

En el día del juicio final, que por azares del destino era jueves, Fox despertó muy temprano. Realizó los ejercicios matutinos que lo mantenían listo y tonificado para el apocalipsis; tomó un baño helado y desayunó café con leche. Después de escoger su atuendo y limpiar el revólver de su abuelo, dio algunos retoques estilísticos a su Manifiesto, dejó lista la grabación en la contestadora, y salió sin echar el cerrojo.

—Ahora es mi turno de hacer preguntas —masculló Fox.

—Dispare usted —bromeó Liebre—. A ver.

—Si pudiera fornicar con una celebridad, ¿a quién elegiría y por qué?

Fornicar es una palabra horrible. Pero la respuesta es simple: al Clint Eastwood de Pale Rider, sin pestañear y muy feliz.

—¿Eastwood? Le gustan los vaqueros, ¿eh? ¿Qué tal John Wayne?

Era una mujer de edad incalculable pero no vieja; linda, aunque sin la luz natural de la primera juventud.

—John Wayne siempre lucía muy ebrio y colorado. No me gustan los vaqueros; prefiero a los hombres gruñones, de ojos oscuros, ergo, Clint es el elegido. ¿Y usted? ¿Con quién fornicaría?

—Con la Jennifer Connelly de cualquier época.

—Oh, ella es muy linda —alcanzó a decir.

Empezaba a oscurecer.

La presión de los hombros le quemaba la espalda y quería orinar; incómoda y ligeramente malhumorada, Liebre cerró los ojos y estiró el cuello, a izquierda y derecha, a un lado y al otro.

Fox la miró. Era una mujer de edad incalculable pero no vieja; linda, aunque sin la luz natural de la primera juventud. Para ser verdaderamente guapa necesitaba una capa de maquillaje, un guardarropa moderno y un peinado. No era una rehén glamurosa, sin duda, pero todo iba según el plan.

Alguien trató de abrir la puerta de la tienda. Fox se levantó.

—¿Hola? —dijo la voz—. Me gustaría comprar dos…

—¡Largo! —gritó Fox—. Hemos cerrado ya… Vuelva pronto, adiós.

—¿Todo bien ahí dentro? ¿Señora de la tienda, está usted bien?

Liebre leyó los labios de Fox: “Cierra el pico”.

—¡Fuera de aquí, amigo! ¡No lo diré más de una vez!

El hombre se marchó.

—Ahora sí vendrán —dijo Liebre.

—Cállese.

Fox guardó el revólver y se quitó la chaqueta. Mientras se soplaba las manos, susurró: “Vendrán, seguro que sí. Respira profundo y sé un hombre. Ya verán, cerditos… Apocalipsis, aquí y ahora, los cuatro jinetes encarnados en un solo hombre: yo, Fox, el zorro destructor”.

—Señor Fox, antes del Armagedón me gustaría ir al baño.

—No. Es la hora. Ellos vendrán en cualquier momento.

—Lo sé, y no quisiera empañar el momento estelar orinándome en medio de la tienda.

Nervioso, Fox se mordisqueó el labio inferior. Se acercó y le dijo al oído:

—Está bien, pero no le quitaré las esposas. Iré con usted. Vamos, levántese, no hay tiempo que perder.

Imbécil, pensó Liebre. Mocoso de mierda.

—El papel higiénico está sobre la repisa —respondió poniéndose de pie—. Tráigalo, por favor. Ah, y sea gentil: no mire más de la cuenta. Una tiene pudor, sabe.

Fox, de pronto, pareció enrojecer. Asintió y la siguió por el pasillo estrecho y mal ventilado. Liebre se detuvo. En una puerta, que antaño fue blanca, había un título absurdo: “Sólo para empleados”.

—La llave está en mi bolsillo trasero. Sáquela, por favor, y abra rápido.

Fox tragó saliva.

—¿Derecho o izquierdo?

Liebre dudó.

—Izquierdo.

Fox se rascó la nuca y pensó: “¿Cómo diablos mete uno la mano en un bolsillo ajeno? Jeans ajustados, para variar, Dios mío”.

—Le ruego se apresure. No podré aguantar más.

Antes de salir al pasillo escuchó ruido de sirenas y voces atropelladas.

—Sí, sí.

Torpe y tembloroso, Fox introdujo el índice y sacó la llave. Giró el pestillo y dejó el papel sobre el lavabo. Liebre sonrió, divertida, y entró. Fox cerró la puerta.

—¿Señor Fox?

—¿Ahora qué?

—Tengo las manos esposadas, no podré sola…

No, en el baño no había ventanas ni ductos de aire acondicionado; la mujer no podría escaparse. Haciéndose el Clint Eastwood de Pale Rider, Fox extendió la llave y advirtió:

—Si intenta algo estúpido, le volaré los sesos. Estaré afuera.

Pero no lo hizo; escuchó algo raro y regresó a la tienda.

Liebre, no sin trabajo, se quitó las esposas. Sintió alivio al estirarse. Entró al baño; la escena del captor limpiándola le divirtió. El agua helada y el jabón la calmaron. Aprovechó y se arregló el cabello; por nada del mundo saldría despeinada en las noticias de las diez.

Guardó la llave en su bolsillo trasero y trabó la muñeca izquierda con una de las esposas; él haría el resto. Antes de salir al pasillo escuchó ruido de sirenas y voces atropelladas. La luz rojiazul iba y venía: habían llegado ya. Ojalá que con ellos también la prensa. Liebre suspiró profundo y se alegró por Fox, el zorro destructor; y, sin demorarse más, caminó de regreso hacia la tienda, lista para el apocalipsis.

Fernando Vérkell
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