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Un extracto de La Hacienda de la Soledad, de Felipe Montes

jueves 15 de octubre de 2020
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Felipe Montes
Felipe Montes (Monterrey, 1961), autor de La Hacienda de la Soledad.

Y tan hermosa se siente hoy Luz Teresa que, después de enfundarse en ese vestido de talla mucho menor, meter a la fuerza sus regordetes pies en esos estrechísimos zapatos de tacón, haberse embadurnado y después talqueado los pliegues que en su piel se le hacen y atravesar la puerta de la Casa Grande, sale a malcaminar, con fallido gesto seductor y con sombrilla blanca en mano y apoyada en su hombro, sobre las bastas piedras de la calleja que la lleva a pasar frente a las puertas de las casitas de la hacienda, ante los pares de ojos que la observan desde más allá de esas ventanas y desde las rígidas faldas de aquellas montañas.

Él contempla esas manos, y le resulta tan suave su blancor que un depósito de viejas lágrimas se le agranda en el pecho.

Y son tan grandes la molestia y el dolor que andar en esas condiciones le produce, que el gesto de su cara, con los dientes apretados y los enrojecidos mofletes ajustados, la nariz arrugada y el entrecejo fruncido bajo la fuerte luz de este día, juntos todos estos rasgos en esta sola mujer, concentrados estos sufrimientos y vicisitudes y tribulaciones que hubieran doblegado a otras con más salud y más fuerza, arman, de manera espontánea y súbita, un resplandor y una alegría debidos a su fuerte voluntad de aprovechar la vida, la irradiación de una felicidad tan sólida y contundente que logra vencer tantos que son sus apuros, y el sortilegio de esta incandescencia, sumado a las emanaciones de esos aromas que mezclan el delicado almizcle de sus sudores con los polvos y ungüentos y fragancias que tuvo a bien aplicarse durante toda la madrugada y toda la mañana, se dispara sobre los poco precavidos sentidos de Tadeo Treviño González, quien pasa por ahí más por casualidad que por intención, y de tal modo los asalta que les sorraja, de golpe, un golpe que al instante se adueña de su comportamiento y lo trae acá, ante ella, y lo obliga a mirarla por un instante de frente, a dejarse fulminar por aquella mirada, luego a arrodillarse ante esa falda larga y ajustada que está a punto de reventar, y, con el rostro hacia abajo y luego, muy poco a poco, hacia arriba, con los ojos cerrados y luego, poco a poco, abiertos, al fin liberando las muchas lágrimas de amor que han aguardado desde la infancia hasta este momento, a pedirle, suplicante, a exigirle con todas las fuerzas de su alma y de su apagado corazón y de su vida y de sus fortísimos brazos y piernas y de esa niñez que tanto lo ha puesto a esperar, y pasando por encima del dolor que pueda causar a cualquier otro, que se convierta, de ser posible desde este momento, para toda la eternidad, mucho más allá de que El Reino respire, en su esposa.

—Niña Luz: ¿quiere casarse conmigo?

Y es tal la fuerza con que él la mira, que Luz Teresa Gutiérrez de Lara Garza sólo logra cerrar los ojos ante ese impacto entre sus suaves cejas, enderezar el cuello para impedir un movimiento extremo de su cabeza hacia atrás, retroceder dos pasos grandes para compensar el impulso y mantener, hasta donde pueda, su casi nunca perdido equilibrio.

Él contempla esas manos, y le resulta tan suave su blancor que un depósito de viejas lágrimas se le agranda en el pecho, le sube por la garganta y, para alcanzar las comisuras de sus ojos, pasa primero tras la nariz, desde donde involucra a toda su cara en la preparación de un gesto glorioso, de una dolorosa tristeza agobiada por un júbilo recién nacido, hasta que le brota un llanto agradecido con Nuestros Siete Abuelos, con Nuestro Padre El Muchacho De Los Cuernos Y Los Hombros Enormes y Nuestra Madre La Muchacha De Las Tres Crestas, con todas las generaciones de sus antepasados desde Esa Sagrada Pareja, y con él mismo, por haberse atrevido a nacer, a vivir lo que lleva de existencia, a residir y trabajar siempre aquí, en medio del Valle del Carrizal, entre el camino a Ciénega de Flores, el pueblo de General Zuazua, el Río Salinas y aquellas praderas, aquí, en la Hacienda de Nuestra Señora de la Soledad pletórica de esas moradas flores que brotan de las puntas de las ramas de los cenizos y de esos blancos estallidos que se acomodan sobre los oscuros y retorcidos brazos de las anacahuitas, protegida entre las aéreas asperezas de los mezquites, los chaparros prietos, los huizaches, los granjenos y los gatunios, alimentada por los cremosos botones de las palmas y de las palmitas y sombreada, hasta en los más ardientes días, por las densas corpulencias de las anacuas, y a acercarse y contemplar, con absoluta reverencia y con amor frenético, estas manos sublimes que ella aparta para evitar cualquier contacto con las suyas, por leve que éste pueda llegar a ser, y que él, por siempre, creerá que no merece.

—Sí.

 


 

“La Hacienda de la Soledad”, de Felipe Montes
La Hacienda de la Soledad, de Felipe Montes (Amazon, 2020). Disponible en Amazon

Capítulo uno
Luz

Apenas se apagan los siniestros estertores de un trueno por los rincones de las montañas que la rodean, ya estalla la furia del siguiente sobre sus techos, sobre estos sembradíos de maíz, caña de azúcar, vid, hortalizas y árboles frutales que los solitanos cultivan, se desplaza sobre esos corrales y aquellos pastizales en que crecen y se crían reses, cabras y ovejas, sobre estas callejuelas que surcan los vastos territorios de la Hacienda de Nuestra Señora de la Soledad.

Caen ya los primeros goterones contra las ásperas cortezas de mezquites y chaparros prietos que alzan sus uñas hacia las nubes, contra esas palmitas y esas anacuas que se abren paso y extienden sus ramas, contra las reciedumbres de los huizaches, los gatunios, las palmas, los cenizos, las olorosas anacahuitas, los granjenos. Tumban hojas, golpean la tierra, abren surcos por los que corre el lodo.

Tanta es ya el agua que esta abundante lluvia agrega al río, que se va llenando la acequia que de él parte.

Con prisa van y se resguardan pacientes tlacuaches, jabalíes de hirsutos pelos, liebres y conejos saltarines, nerviosas lagartijas, víboras perezosas, concentrados tejones, veloces ardillas, coyotes cabizbajos y ensimismados armadillos, y muchas palomas, codornices, faisanes y chachalacas vuelan por sobre los techos y se refugian en sus horquetas y en los huecos que las vigas les dejan. Desde lejos, guarecidos en una oquedad en esa loma, unos colorados ángeles carpinteros contemplan las ventanas tenuemente iluminadas de la Casa Grande, apabullada por el aguacero.

En el corazón de la hacienda, que es también fuerte contra incursiones de clanes y tribus de la región, la noria se prolonga, bajo el suelo, en dos túneles, uno de los cuales conecta, a pocos pasos, con la casa, y ese otro por allá, lejos, con el Río Salinas y con el cementerio. En ellos se han refugiado muchas familias solitanas durante los ataques de guachichiles, de tejas y de muchas bandas más. Ahí dentro tienen el espejo de agua al alcance de las manos, y siempre mantienen en su interior provisiones por si las hostilidades llegan a durar lapsos mayores.

Tanta es ya el agua que esta abundante lluvia agrega al río, que se va llenando la acequia que de él parte, y ya viene y ya riega y ya anega las parcelas, y ese espejo de agua del escondite sube y sube sus niveles, hasta que los túneles se colman.

Se ahogan.

Momentos antes de que la lluvia se colara bajo el cristal de su ventana y hubiera tendido en el piso de su cuarto ese charco que ya lame el tapete, los cristalinos ojos de Luz Teresa Gutiérrez de Lara Garza ya estaban muy mojados.

 


 

La mañana tiene las manos bien lavadas. Los peones de la hacienda, con algunas leves modificaciones, retoman sus rutinas, empuñan la herramienta, se animan unos a otros a brincar sobre los charcos o a seguir trabajando, aunque el lodo se les meta entre los cordones de sus huaraches, por las grietas de las suelas de sus botas, entre los dedos de sus pies descalzos.

Acá, la señora Marta, con ese don que sus padres le heredaron, manda acá y allá a los mozos, las cocineras, las trapeadoras y los barrenderos a dejar todo en la Casa Grande como a ella le gusta.

Sube la escalera, señala un rincón sin trapear, instruye, verifica, estira levemente la orilla de la cortina, incluso se agacha para acomodar la alfombra del comedor. De una vez, piensa, es momento de limpiar cada vidrio, de plumear los candiles, de lavar la vajilla que no se usa, de vaciar las cajas, sacarles el polvo y reacomodar en ellas sus contenidos.

Es la sexta vez que hoy desciende por la escalera, pero ahora encuentra algo que le sorprende. Aunque desde hace días ha atestiguado doña Marta las nuevas visitas de su única hija a la sala, nunca, desde que dio a luz a esa niña pálida y regordeta, la había encontrado con una actitud semejante a la que ahora ve que adopta, y que mantiene pese al ruido de las cubetas, del exprimido de los trapeadores y del rasquido de los canutos de las escobas sobre las losas.

¿Por qué desde hace días viene y se sienta ratos tan largos en este sillón, en el otro, en el blanco, en el verde, en el sofá, y se queda ahí mirando la ventana de su sala? ¿Ves el cristal, niña linda, o ves más allá?

—¿Luz?

Mas la niña no contesta.

 


 

La luz del día se rinde, y aquellos silbidos sin plumas no se cansan, aunque sí pierden la saliva que lubrica sus ondulaciones.

En su dormitorio, Luz Teresa está de nuevo ante su ventana, cuyo repisón de piedra azul carga el estallido de sus flores en esas grandes macetas de barro. Suspira ante esas nubes que se mueven despacio. Ve dos de ellas que se alejan del resto; una lleva la delantera; a la otra la une un jirón algodonoso con las rezagadas.

Luz cierra la ventana; asegura el postigo.

Cuando la noche va llenando el cielo con sus cabellos negros, un pájaro canta cerca de esta ventana del segundo piso. El gorjeo se entrecorta, tropieza, se sucede. Se sobrepone. Buen rato suena ahí ese llamado al que ninguna pájara acude.

La luz del día se rinde, y aquellos silbidos sin plumas no se cansan, aunque sí pierden la saliva que lubrica sus ondulaciones.

Un nuevo tronido de la trabita del postigo de esa ventana detiene aquel trino, que de inmediato se recupera y se alegra.

El postigo se entreabre. La luz del cielo se va, mas un bello par de ojos ilumina a otro par de ojos que, decidido, se abre paso entre los densos follajes de los árboles.

Después de tirar su sombrero al suelo, y con su carrera y su habilidad para trepar por las rejas, ya está aquí ese pájaro que no es pájaro, sino el corpulento Tadeo Treviño González cuyos soberbios dedos van y aprietan los barrotes de esa jaula que a su pájara, que tampoco es pájara, encierra.

—Mi amor.

—Mi amor lindo.

Tadeo por fuera, sujeto con sus fuertes manos a estas rejas de hierro; Luz por dentro, sin saber qué tanto arriesgarse a acercar sus manos a esas otras, pero sin dejar de iluminar con su mirada ese rostro prieto requemado de quijada angulosa que suspira a su ventana.

Felipe Montes
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