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Dos cuentos breves de Carlos Canales

martes 20 de octubre de 2020
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Las indicaciones

Desperté temprano en la mañana. Desayunando en la sala, repasé el sueño. Después de pensarlo, obedecí las instrucciones que me dio un hombre vestido de blanco. Caminé unos 1.000 metros en mi bosque. Al lado de la piedra gris, cavé… Casi en la superficie encontré una carta. En la sala, la limpié. Con esfuerzo resistí la tentación de abrirla en la tarde, pero las indicaciones fueron autoritarias: “Ábrela a medianoche”. A las 12 en punto leí: “Me levanto en la mañana, bebo agua que dejo la noche anterior en la mesa, desayuno frutas, escucho música, leo poesía y cuentos, salgo a caminar por mi bosque, escucho los pájaros cantar, los árboles mover sus hojas, el agua pasar por el río, miro el cielo, me siento en la piedra, cierro los ojos y viajo a otros mundos, regreso, abro los ojos, vuelvo a mi casa, almuerzo sopa y vegetales, duermo la siesta, despierto, observo la caída de la tarde, le doy la bienvenida a la noche, ceno, me siento en mi butaca, siento el viento de la noche refrescando la sala, el silencio me revela leyendas, medito en ellas, rezo, me levanto y me acuesto en mi cama, me concentro en la oscuridad y sin darme cuenta me fugo de este mundo, viajo a todos los países, disfruto las costumbres, retorno antes del amanecer y despierto”. Cerré la carta y me medité en las palabras finales: “Una vez que hayas leído mi oración, aplica las enseñanzas”. Desperté temprano en la madrugada. Acostado evoqué la imagen. Y acaté las instrucciones que me dio un hombre vestido de azul. Recorrí unos 5.000 metros en mi bosque. Al lado de un árbol frondoso, cavé profundo… Hallé un libro cubierto de plástico y amarrado con una soga. En la cocina, lo enjuagué. Con fuerza de voluntad afronté la tentación de rasgarlo al mediodía, pero las advertencias fueron arbitrarias: “Imagínalo en la tarde”.

 

El hombre de las maletas grises

Cuando los vecinos lo vieron en la esquina, mirando a los cuatro vientos, se sorprendieron y sintieron una aprensión en los corazones. Los familiares de Benito bajaron las persianas. Los Ramírez lo miraron pasar, se afligieron y oraron. Lola lo vio observando la casa; se persignó y se escondió en su cuarto. Y Juana suspiró profundo y siguió cavilando en el regreso de su hija.

Quiso cruzar el portón de su casa de infancia, pero un hombre le salió al paso y le impidió la entrada. Se detuvo y explicó sus intenciones. El hombre no lo escuchó y se reafirmó en que no podía traspasar su propiedad. Como insistió en entrar a la casa, el hombre lo amenazó con llamar a la policía, le dio la espalda y le cerró la puerta en la cara. Recogió las maletas grises, miró al cielo, observó la calle y decidió visitar la casa de sus abuelos.

En el camino, lo paró una mujer y le advirtió… La cuestionó, y ella le contó la historia. Le informó que su familia se reunió en la casa a discutir qué hacer con ella, ya que seguía deshabitada y temían que el gobierno la reclamara. Añadió que llegaron los familiares y recordaron los tiempos pasados. Evocaron las fiestas de navidades, las bodas, la locura de Rosario y el velorio de su abuelo. Luego, empezaron la reunión. La cordialidad y la hermandad animaban la conversación. Cuando conversaron del dinero, de la repartición, se desataron las ambiciones, las pasiones, las amenazas, los enojos y los rencores. Los muertos regresaron y complicaron la discusión. Entonces, se escuchó una explosión; irrumpieron unos ángeles furibundos, los echaron en unas bolsas plásticas y se elevaron al cielo.

Él desistió visitar la casa de los abuelos. Giró la cabeza y se concentró en su calle Amapola. La encontró transformada. Recordó cuando la pavimentaron. Tenía seis o siete años. Eran los tiempos del progreso. Recordó cuando se tiraba en su carrito de bolines y escuchaba las vociferaciones de Rufino; los limbers de Pucho; las peleas de muchacho y de los vecinos, y los chistes de sus padres. Se acongojó; los recuerdos lo llevaron a recapitular su vida. Intentó comprender la situación, pero la razón no pudo resolver el enigma. Cansado y convencido de que era inútil permanecer en la calle, se marchó.

Los vecinos lo vieron partir. Algunos sintieron el impulso de acercársele y hablarle. Reprimieron los buenos sentimientos que habían aprendido en las iglesias de la comunidad. Cuando observaron su nombre en el periódico, lo sintieron, se arrepintieron y lo olvidaron.

Carlos Canales
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